lunes, 16 de julio de 2018

Lucas Barrios, Detective Paranormal: Árbol Genealógico - Capítulo 13


- 13 -
(Granito)

Lucas avisó a don Felipe Carvajal y a doña María Rosa Sande de que tenía que realizar ciertas investigaciones allí cerca, consultar con una pareja de expertos ciertos detalles de la investigación. Les aseguró que aquella misma noche estaría de vuelta y que el martes podría volver a tratar a Sofía. A los señores Carvajal Sande aquello les pareció ciertamente irregular, pero accedieron amablemente. En realidad no entendían los métodos del detective, así que le dieron el beneficio de la duda.
Lucas montó en su Twingo mejorado y viajó sin parar hasta la provincia de Toledo, en medio de un monte, buscando a sus amigos. Guiándose por la ubicación que le había enviado Pancho el sábado los encontró con cierta facilidad.
Escuchó los ladridos de Barney bastante antes de verlos, cuando aparcó el Twingo al borde de un sendero y caminaba por el campo de hierba, salpicado de árboles retorcidos. Sus amigos estaban ocultos por la vegetación, unos metros por delante, así que no los veía, pero los ladridos del perro le indicaron la dirección en la que tenía que andar y el lugar donde estaban los tres. Apartando ramas peladas de árboles y esquivando puntas afiladas, llegó a un claro, ancho y largo, cubierto de hierba verde, maltratada por los fríos del invierno.
La caravana estaba fija y bloqueada, asentada a un lado del claro. El gran Ssang Yong Rhodius de Carla estaba aparcado cerca, a la vera de los árboles del bosque. En medio del claro estaba Carla, jugando con Barney. Le lanzaba un palo grande y grueso y el perro se lo devolvía.
El pastor alemán olió a Lucas, porque de repente se giró y salió como una bala, directo a él, corriendo por el campo como si volara.
- ¡¡Lucas!! – Carla se alegró de verle, saludándole de lejos. Barney llegó hasta él y se puso a saltar, como loco, queriendo saludarle. Lucas le acarició el cuello y la cabeza y el perro caracoleó entre sus piernas, contento. Cuando Lucas echó a andar hacia su dueña, Barney lo siguió, trotando a su lado, con la rosada lengua colgando fuera de la boca.
- Hola, Carla – saludó Lucas, al llegar hasta ella, dándole un abrazo y dos besos.
- ¡Ya estás aquí! ¿Qué tal el viaje? ¿Nos has encontrado bien?
- Bastante bien, sí, aunque tenéis la manía de esconderos – bromeó el detective.
- Vamos donde está la acción, qué le vamos a hacer.
- ¿Qué estáis haciendo aquí?
- Ya te dije que esta zona era un lugar muy activo en matanzas – contestó Carla, agachándose para acariciar al perro, que deambulaba entre las piernas de los dos. – Entre la Reconquista, la Guerra Civil y otros conflictos, ha sido terreno de batalla muchas veces. Por allí hay una quebrada poco profunda, donde se abandonaban los cuerpos de los muertos en batalla, así que esto es un foco de fantasmas terrible, como te puedes imaginar.
- Ya....
- Estamos recogiendo huesos, para ver sus propiedades – explicó Carla. – Hay un montón, a veces no hace falta casi ni excavar. Queremos ver si los ectoplasmas impregnan con su energía, de alguna forma, los restos. Si eso ocurre queremos ver si se pueden aprovechar los huesos, o su polvo, de alguna manera.
- ¿Pancho está allí?
- Sí: vamos a verle – Carla encabezó la marcha y Lucas se puso a su lado. Barney trotaba alrededor de ambos, se adelantaba y luego retrocedía. – Él cree que podrían servir incluso como GPS o brújula. Que el polvo de los huesos, si tiene propiedades sobrenaturales por la exposición con los humos, quizá tenga alguna reacción hacia otros espíritus o fantasmas en su misma longitud de onda.
- Y manipulando el polvo, de alguna manera, se podría diseñar una especie de brújula o de radar – asintió Lucas. La teoría era muy inteligente.
- Exacto. Aunque sólo es una idea de Pancho, tenemos que estudiarlo y ver cómo se comportan los huesos y si de verdad sirven para algo así.
Carla le guio por el claro y salieron de él por el extremo oeste, caminando con cuidado por entre los árboles de ramas afiladas y desnudas. Barney, con mayor facilidad por ir más cerca del suelo, se coló entre los troncos de los árboles y las piernas de su dueña y se adelantó. Los humanos llegaron un poco más tarde, a una zona despejada del bosque, en el que el suelo de tierra marrón se abría en una quebrada de unos cinco metros de ancho, bastante empinada. Sin embargo, desde donde estaban, al inicio de la grieta, se podía descender por un terraplén natural de tierra prensada. Carla bajó por allí con agilidad, fruto de la experiencia, pero Lucas prefirió hacerlo con cuidado: era la primera vez que bajaba por allí, sus botas estaban bastante desgastadas en las suelas y sobre todo no quería quedar como un torpe delante de sus amigos. Sobre todo delante de Pancho, que utilizaría aquello para mofarse de él durante dos o tres años, más o menos.
Pancho estaba al fondo de la grieta, a unos doce metros del terraplén. Estaba acuclillado, limpiando con un cepillo de cerdas blandas unos fragmentos de hueso, clasificándolos y guardándolos en una caja de herramientas, modificada para ese fin. Cuando escuchó los pasos detrás de él se giró, alegrándosele la cara al ver al recién llegado.
- ¡¡Lucas, tío!! – le saludó, dejando lo que tenía en las manos y poniéndose de pie, dándole un afectuoso abrazo al detective.
- ¿Qué tal estás, Pancho?
- De lujo, macho. Estamos trabajando a piñón, pero muy bien. El curro sale adelante y puede que demostremos algunas teorías.
- Carla ya me ha contado algo.
- ¿Y qué te parece?
Lucas sonrió ampliamente antes de contestarle.
- Pues que ojalá se me hubiera ocurrido a mí antes....
Pancho rio a carcajadas.
- Ven, que te explico de qué va la movida.
Lucas se acercó a Pancho, que le contó lo que llevaban haciendo él y Carla allí los últimos ocho días. Le mostró los huesos que había en el fondo de la cañada, cómo se podían desenterrar fácilmente, cómo los limpiaban y cómo los seleccionaban luego.
- Una vez elegidos los de mejor pinta y los que tienen mejores posibilidades, los llevamos a la caravana. Allí Carla se encarga de trocearlos, pulirlos y desmenuzarlos. Y luego los manipula, con unos geles y no sé qué mierdas. Ella es la que mejor controla eso, yo soy demasiado bruto para esa parte del trabajo – reconoció, sin asomo de vergüenza.
- Lo que hago es mezclar el polvo de huesos (o los trocitos pequeños, siempre que sean menores a una lenteja) con unos geles de péptidos – explicó Carla, detrás de ellos dos. Lucas se dio la vuelta para mirarla. – Van mezclados con sangre de Jideo, tan sólo son tres partes por millón, pero hacen que la mezcla sea más efectiva.
- ¿Y luego?
- No lo sabemos. Todavía estamos trabajando en el prototipo – la mujer se encogió de hombros.
- Creemos que quizá una matriz de cristal líquido pueda funcionar – apuntó Pancho. – O un recipiente, como una simple cajita, transparente, con algún metal permeable a las fuerzas ectoplásmicas como fiel. No estamos seguros, tenemos que probar muchas cosas....
- Si necesitáis ayuda, o dinero, ya sabéis que podéis contar conmigo – dijo Lucas.
Pancho y Carla se miraron avergonzados.
- Ya lo sabemos, tío, gracias.
- Pero no queremos liarte más, ya nos has ayudado muchas veces....
- Sí, y mirad qué bien me ha venido – asintió Lucas, que no le importaba dar su dinero, ya que tenía de sobra. – Las trampas cuánticas las pude terminar gracias a vuestro estudio sobre los circuitos eléctricos de litio y carbono de Hidra.
- Bueno, si necesitamos algo te lo pediremos – aceptó Carla, que aunque avergonzada, sabía que Lucas estaba en lo cierto. Les había prestado mucho dinero, varias veces, pero lo utilizaban para mejorar la investigación paranormal, y Lucas acababa beneficiándose de ello.
- ¿Has papeao algo? – preguntó Pancho.
- Nada, unas galletas mientras venía en el coche – negó Lucas. – He venido directo.
- Pues pa’dentro, a la caravana, que empieza a hacer fresco – dijo Pancho, señalando hacia el claro, tras los árboles. – Te invitamos a comer y hablamos.
Los tres, seguidos por Barney, salieron de la zanja y caminaron hasta el claro, donde estaban aparcados el enorme Ssang Yong de color azul y la caravana con remolque blanca. El viento se había levantado con más fuerza y hacía frío. Lucas agradeció ponerse a cubierto. El cielo estaba empezando a cubrirse con nubes grises muy oscuras, preñadas de lluvia.
La caravana era espaciosa y Carla y Pancho la tenían muy bien aprovechada. Había armarios en todas las paredes, para albergar tanto el material de cocina, como todo tipo de ropa, incluyendo el instrumental y los aparatos de investigación paranormal. Carla y Pancho no eran detectives como Lucas, pero también investigaban eventos paranormales, ellos desde una perspectiva más científica y académica que su amigo, que se dedicaba a ello profesionalmente. Mientras Pancho ponía a cocer unas lustrosas salchichas y preparaba panecillos y montaba una ensalada surtida, Cala y Lucas se dirigieron a la parte delantera de la caravana, donde estaba el pequeño sofá y la mesa para comer.
- ¿Cómo lo llevas?
- Pues más o menos bien – asintió Lucas, esperando sonar convencido, esperando convencerse a sí mismo. – Ya te dije que he vuelto a trabajar.
- Bien. Eso es bueno.
- No quería volver a envolverme en estas cosas, por si pensaba demasiado en.... bueno, ya sabes, en cómo terminó – divagó, sabiendo que Carla le entendería. Conocía la historia. – Pero no sabía cuánto lo echaba de menos hasta que no me puse otra vez con ello.
- Normal. Eres bueno en esto. Es lo tuyo. Lo necesitas – contestó Carla, sonriendo con confianza. Desde la parte de la cocina les llegó ruido de cacharros y de cubiertos. Lucas sabía que Pancho estaría poniendo la oreja, pero no le importaba.
- Por cierto, ¿no sabréis nada de un gran cargamento que ha sido movido en Madrid? ¿De contrabando?
- ¿Cargamento de qué?
- No lo sé. Pero olía a tráfico de productos paranormales o incluso ectoplásmicos.
- No sabemos nada.... – negó Carla, con cara de lástima.
- No pasa nada, tampoco es tan importante – desdeñó Lucas, acordándose del hangar del aeródromo donde su amigo Ramiro había visto la discreta transacción. ¿Por qué se había acordado de eso estando allí con Carla y Pancho? Quizá sí que fuese importante y su instinto de detective (su “anomalía” no era la única habilidad que tenía) no le dejaba olvidarlo.
- ¿Y en qué estás trabajando ahora? – Carla cambió de tema, sin percatarse del debate interno que sufría Lucas en el cerebro.
- Un exorcismo – contestó, volviendo a fijar su vista en su amiga. – Bueno, al menos eso creo. Es la primera vez que veo a un demonio que intenta dos veces poseer a una humana sin conseguirlo.
- ¿Cómo?
Lucas le explicó a Carla las dos veces que Sofía había sufrido la posesión, sin llegar a concretarse, sin que el demonio consiguiese poseerla del todo, anidando en ella, parasitándola.
- Eso es muy raro....
- Desde luego que lo es.
- ¡Ya está aquí la comida! – anunció Pancho, llegando a la mesa con una bandeja cargada de salchichas gordas cocidas y un montón de panecillos. – Ahora os traigo una birra a cada uno. ¿Qué es lo que es muy raro?
Se lo explicaron, mientras el hombre volvía a la cocina para coger la ensalada y cervezas para los tres.
- Una posesión se hace o no se hace – apuntó, poniéndose serio. – Los demonios se afanan bien con eso, porque si no consiguen poseer el cuerpo elegido lo más fácil es que la espichen.
- Ya lo sé, por eso estoy confundido.
- ¿Seguro que es una posesión? – preguntó Carla.
- Ojos rojos con iris dorados, ennegrecimiento de la cara y el cuello, espasmos y tensión muscular, voz ronca y frases obscenas.... – Lucas se encogió de hombros, mostrando las palmas de las manos.
- Eso huele a demonio fijo – asintió Pancho.
- Pero si las posesiones no se concretan.... – dudó Carla.
- He pensado que la huésped puede ser telépata o tener algún poder sobrenatural, pero lo habría notado – dijo Lucas. – Si el demonio, suponiendo que es uno solo, no puede poseerla, no es cosa de la chica. Tiene que ser algo externo.
- ¿Para eso has venido? ¿Para que te echemos una mano? – preguntó Carla.
- Yo no tengo el equipo necesario. Quería que revisarais la zona con vuestro software, a ver si la mansión es territorio con alta probabilidad de fuerza paranormal o no.
- ¿Tienes un presentimiento? – sonrió Carla, que conocía a su amigo.
- Más o menos....
- Tú pide lo que te haga falta – dijo Pancho, levantándose de la mesa, chupándose los dedos de kétchup y mostaza. Volvió a la mesa con un portátil muy pequeño, lo encendió y empezó a teclear. – ¿Dónde está exactamente la mansión?
- Entre Cabezuela del Valle, Jerte y por ahí. No tengo las coordenadas exactas, pero está al sur de Cabezuela, al oeste de la Garganta de los Infiernos.
- ¡¡Anda!! Esa zona es muy bonita. Estuvimos hace dos veranos, recogiendo huevas de diablillos de fuego. ¿Has estado en la garganta?
Lucas negó con la cabeza.
- No he tenido tiempo, la verdad. Además, con este tiempo, no pretendo ir a bañarme al aire libre....
Pancho soltó una carcajada.
- Ya lo sé.... – replicó Carla, con una mueca. – Pero merece la pena visitarla.
- Iré en cuanto pueda, te lo prometo.
- Ahí la he pillao – dijo Pancho, que seguía enfrascado en el ordenador portátil, tecleando con rapidez y con fuerza, deslizando el dedo con presteza por la almohadilla del ratón. – La mansión de los Carvajal-Sande, ¿no?
Lucas se asomó al ordenador y vio el mapa, con gráficos de diferentes tonos de verde. La planta de la mansión aparecía con el nombre escrito al lado.
- Exactamente, ésa es.
- Pues ya ves que es una zona libre de eventos paranormales – señaló Pancho. – Ahí no ha pasao nada sobrenatural ni en los dormitorios. Ya me imagino a esos aristócratas estirados, que no sabrán ni dónde tienen las mujeres la....
- Gracias, cariño, lo hemos entendido – sonrió Carla, forzadamente.
- Lo que sí parece mostrar rastros paranormales es esto de aquí – señaló Lucas. – ¿Qué es?
Pancho movió el cursor y arrastró el mapa, para centrar la gran masa de intenso color verde.
- Es un bosque.
- ¿No tiene nombre? – preguntó Lucas.
- Aquí no aparece. Y ya sabes cómo es este software: si no viene el nombre.... – dejó en el aire Pancho, meneando la cabeza.
- Es el bosque que hay en la parte trasera de la mansión, después del muro.... – dedujo Lucas. Tuvo necesidad de hacer una pregunta, aunque no supo por qué. – ¿Qué tipo de bosque es? ¿Qué árboles?
- Amos a ver.... – murmuró Pancho, trasteando con las posibilidades del programa informático. – Mmmhh.... Sí, la mayoría son robles, aunque también hay algunos castaños y encinas.
Lucas recordó de repente algo y supo de dónde le había venido el impulso de preguntar por los árboles: la ramita encontrada bajo la cama de Sofía. No sabía mucho de árboles, era verdad, pero reconocía sin problemas las hojas de roble. De niño había sido su árbol favorito y disfrutaba mucho cuando su padre les llevaba a su hermana y a él los domingos por la mañana de excursión.
- ¿Puedes averiguar ahí qué edad tiene ese bosque? – preguntó, manteniendo a raya los recuerdos, para que no le inundaran de tristeza.
- Déjame mirártelo, tronco....
Mientras Pancho investigaba sólo él sabía cómo, Carla miró intensamente a Lucas, que estaba pensativo y ausente. Al cabo de un rato se dio cuenta de la adoración de la que estaba siendo objeto.
- ¿Qué pasa? – preguntó, tímido, sonriente.
- Me encanta cuando te pones en plan detective – afirmó Carla. – ¿Nunca has pensado en dedicarte a eso oficialmente?
- ¿Qué? ¿Investigar crímenes, desapariciones y robos? – se hizo el indignado, riendo. – Demasiado aburrido....
Carla sonrió.
- ¡¡Ahí está el cabrito!! – soltó Pancho, lanzando un puñetazo al aire. – Qué difícil, macho....
- ¿Lo has encontrado? – se asombró Lucas.
- ¡¡Ése es mi chico!! – se alegró Carla.
- Lo he encontrao, ha costado, tío, pero lo he encontrao.... – asintió Pancho, sin orgullo. – Es un carroza tu bosque, ¿eh?
- ¿Cuánto?
- Es difícil afinar, ¿eh? No tengo ni idea de estas mierdas, pero por lo que he encontrao puede tener hasta tres mil años. Siglo arriba, siglo abajo....
Lucas se puso a pensar. Barney se acercó a él y apoyó la cabeza en la rodilla del detective. Éste le acarició despistadamente, mientras seguía pensando.
- ¿Lucas....? – tanteó Carla, con cautela.
- Tengo que volver a Cáceres – dijo, volviendo en sí, mirando a sus amigos. – Pero no antes del postre.
Carla sonrió y Pancho rompió en carcajadas.
- ¡¡Sí señor!! ¡¡Tenemos natillas!! – Pancho se levantó de la mesa y fue a buscarlas al pequeño frigorífico.
- ¿Has dado con la clave del caso? – preguntó Carla.
- Podría ser – sonrió Lucas, tímidamente. – Por lo menos ahora tengo una teoría, aunque lo que necesito es investigarla y confirmarla.
- ¿Y eso puedes hacerlo en ese bosque?
- Es el único lugar donde puedo hacerlo – asintió Lucas. Barney ladró ligeramente, volviéndose a apoyar en la rodilla de Lucas. El detective volvió a acariciarle, delicadamente.

jueves, 12 de julio de 2018

Lucas Barrios, Detective Paranormal: Árbol Genealógico - Capítulo 12


- 12 -

Lucas llegó el sábado a primera hora de la tarde a casa del maestro Francisco Pizarro, que no había echado en falta su ausencia desde la tarde anterior. No se sorprendió al verle, aunque le preguntó qué tal le iba. Cuando Lucas le explicó que llevaba toda la noche trabajando en la mansión Carvajal-Sande, el maestro solamente asintió y no comentó nada. Ni siquiera compuso una mueca de sorpresa, o de malicia, o de interrogación. Simplemente le preguntó si había comido, porque le habían sobrado garbanzos con morcilla, y le puso un plato cuando Lucas reconoció que tenía hambre.
Tras comer una generosa ración de los deliciosos garbanzos de Francisco Pizarro, Lucas se fue derecho a la cama y durmió hasta la madrugada del día siguiente, doce horas seguidas. Se quedó remoloneando en la cama, sin llegar a dormirse de nuevo, aunque dormitando mientras esperaba que amaneciese el domingo.
Una vez despierto, cuando escuchó moverse a su anfitrión por la casa, se levantó y se aseó, desayunando con el maestro.
- Ha dormido mucho tiempo seguido – comentó Francisco Pizarro sin tono de pregunta. Lucas lo miró, esperando algo más, pero no llegó ningún otro comentario. Aquel tipo era raro de verdad.
- Sí, tenía muchísimo sueño atrasado – comentó, asintiendo, mientras se comía una tostada con aceite y pimentón de la Vera. – Ya le comenté que había pasado toda la noche trabajando en la mansión Carvajal-Sande.
- ¿Tiene mucho lío allí?
- Bueno, bastante. Es complicado.
- Esa familia es complicada – comentó el maestro, con una mueca rara que Lucas no supo identificar.
- ¿Los conoce?
Francisco Pizarro Huete se encogió de hombros, mientras recogía los útiles del desayuno.
- Cuando llegué a esta escuela, hace unos pocos años, traté de conocer el pueblo y a la gente que vivía en él. Algunos me indicaron que existía esa mansión y me acerqué a conocer a los Carvajal. Cuando supe que tenían una hija pequeña quise conocerla, pensando que la tendría en clase, o al menos que la vería en la escuela. Fue cuando me enteré de que la niña recibía clases en casa.
Lucas esperó, ya que aquello ya lo sabía y no justificaba el comentario del maestro de que era una “familia complicada”. Francisco Pizarro Huete se mantuvo en silencio y sólo siguió hablando cuando descubrió que Lucas lo miraba expectante.
- De eso les conozco, nada más, y de haber coincidido con los padres en una subasta benéfica que hubo hace un tiempo en Jerte – explicó. – Pero he oído cosas sobre ellos.
- Rumores y chismes – desdeñó Lucas.
- Eso es, que en un pueblo tan pequeño tanto pueden ser habladurías como grandes verdades – asintió Francisco Pizarro, sentándose a la mesa de nuevo, frente a Lucas. – No les hice mucho caso, desde luego, por lo que dice usted, pero algunas de las cosas que supe eran tan jugosas que investigué un poco por mi cuenta.
- ¿Qué cosas?
- Bueno, imagínese: adulterios, hijos secretos bastardos del patriarca, el pasado como novicia de la madre del clan, asuntos de drogas en los que se ha visto envuelto un sobrino un poco díscolo.... El “a, b, c” de toda familia de renombre que se precie.
- Ya veo – sonrió Lucas y se sorprendió al ver que su interlocutor también sonreía. Casi tenía una cara bonita cuando sonreía, tan larga y gris el resto del tiempo.
- Como le decía: todo aquello podía ser tan cierto como falso, de lo ordinario que era. Como lo de la cazafortunas de la mujer de Felipe hijo, cuando anduvieron de novios hace tres años y acabaron casándose a los pocos meses. Otro cliché.
Lucas asintió, recordando lo que le había dicho Sandra sobre su cuñada. Recordó cómo le había abordado en la sala de lectura, cuando se habían quedado solos, y pensó que Aliena era un mal bicho de cuidado.
- Pero investigué un poco más, alejándome de la familia actual y acercándome al origen del apellido. ¿Sabía usted que los Carvajal eran miembros de una de las familias más importantes de Cáceres durante el asedio del siglo XIII?
- Algo había oído.
- Tenían una gran fortuna, no sólo en dineros, sino también en posesiones. Los terrenos donde se asienta ahora su mansión son de la familia desde hace siglos. En Cáceres hay un palacio que lleva su nombre. Además también tienen casas y palacios en Plasencia y otras ciudades de la provincia. Terrenos, fincas y demás. Y los Sande eran una familia menor, pero también importante en Cáceres en aquellos tiempos. También tienen un palacio en Cáceres con su nombre y algunos terrenos que hace años fueron vendidos. Durante muchos años las familias nobiliarias de Cáceres se mezclaron entre ellas, mediante matrimonios concertados, y la unión actual de Felipe Carvajal Roelas y de María Rosa Sande Carpio es una más de ellas, en tiempos menos excelentes para los nobles y los aristócratas
- Todo esto es interesante, pero no veo de dónde saca que la familia Carvajal Sande es “complicada”, como usted ha dicho antes – apuntó Lucas.
- Por todo lo que le he explicado de su pasado – contestó Francisco Pizarro Huete, sin mudar su rostro ni alzar la voz. – La historia familiar pesa mucho y mantener el renombre de dos casas tan famosas en otro tiempo hace que la familia tenga actividades poco convencionales.
Lucas le miró, suspicaz.
- ¿Ilegales, quiere decir?
- No aseguraría tanto, pero es cierto que gracias a su negocio no dejan de comprar y vender posesiones – explicó Francisco Pizarro. – Llevan un ritmo de vida de aristócratas, aunque según tengo entendido están arruinados.
- ¿De veras? – se sorprendió Lucas, que no había visto detalles de ello durante su estancia en la mansión, sino todo lo contrario.
- Oh, seguro que usted ha visto mucha opulencia, desde luego. Hay que aparentar – asintió el maestro. – Pero según he averiguado, aunque le pido tome mis palabras con tiento, tienen muchas deudas. Todo lo que ganan con su empresa de gestión de bienes y no sé qué más historias lo usan para pagar lo que deben y las ganancias de la familia sólo provienen de la cría de caballos. Buenos dineros, sin duda, pero innecesarios para mantener un nivel de vida más cercano al de los antiguos marqueses que a los de una familia sencilla de este siglo.
Lucas asintió, sorprendido. Había pasado por alto a su anfitrión y se estaba dando cuenta de que, quizá, si hubiera empezado hablando con él, su visión sobre la familia Carvajal Sande habría estado mucho mejor dimensionada.
- Además.... – inició Francisco Pizarro Huete, frenándose al instante. Entrecerró los ojos y miró fijamente a Lucas, antes de decir, casi avergonzado: – Lucas, ¿cree usted en lo sobrenatural?
El detective tuvo que contener una carcajada divertida y socarrona que casi se le escapó desde la garganta.
- Más me vale.... – contestó, confundiendo de primeras a su anfitrión, pero convenciéndole después con un asentimiento y una sonrisa franca.
- Pues verá: se dice que la familia puede estar maldita. O quizá no tan exageradamente, pero al menos sí marcada por la desdicha – explicó Francisco Pizarro Huete, haciendo que Lucas prestase mucha más atención que antes, que ya era mucha. Aquellas historias se acercaban más a su terreno, a lo que de verdad influía en su trabajo y en sus pesquisas. – Hay quien cree que la desgracia familiar empezó con don Bernardino López de Carvajal y Sande, que fue catedrático en la universidad de Salamanca, cardenal en Roma y embajador de los Reyes Católicos ante la Santa Sede. Un virtuoso, en definitiva, tanto de los conocimientos terrenales como de los espirituales. Hay en Plasencia un palacio donde vivió.
- ¿Y qué hizo semejante hombre ilustre?
- Que se sepa, nada malo. Aunque se dice que celebraba orgías con mancebos y doncellas cada pocos días, que oficiaba misas negras durante los solsticios de invierno y de verano y que era amigo de brujas y de sus artes. Todo habladurías, pero lo cierto es que durante un tiempo estuvo excomulgado.
- ¿En serio?
- Sí, por no sé qué lío durante el Conciliábulo de Pisa, a principios del siglo XVI: debió de encabezarlo, o algo así – dijo vagamente Francisco Pizarro. – No nos importa, la excomunión no es signo de mal camino: a menudo se utilizaba como medida de presión por la Iglesia. Lo importante es que la biografía de este santo varón tiene los suficientes espacios en negro como para que sirva de excusa de la supuesta maldición familiar.
- ¿Y si no es por esto, por qué es? – preguntó Lucas, que había entendido, por la forma de expresarse del maestro, que había más hipótesis.
- ¿Se ha fijado en el escudo de los Carvajal? – preguntó en respuesta Francisco Pizarro.
- Sí – asintió Lucas, que lo había visto por todas partes, tallado en piedra o madera, bordado en tapices o pintado en cuadros por toda la mansión.
- Muestra una banda negra rodeada de hojas y bellotas de roble – asintió el maestro. – Al roble también se le llama carballo, en la zona asturleonesa de donde proviene la familia: Carvajal viene de ahí, de carballo.
Lucas asintió, sorprendido.
- Bueno, a lo que iba: la banda negra fue en inicios de color rojo, pero fue cambiada por un hecho que aconteció en el siglo XV: los hermanos Pedro y Diego Alonso de Carvajal fueron acusados de haber robado las tierras al noble favorito del rey Fernando IV de Castilla, y de haberle asesinado luego. El rey los condenó a muerte y los hermanos, antes de ser ajusticiados, lanzaron una maldición al monarca, emplazándole a un juicio ante Dios en un plazo de treinta días. Pues bien, los hermanos Carvajal fueron ajusticiados y nadie prestó crédito a sus palabras. Pero cuando se cumplieron los treinta días Fernando IV murió repentinamente y de esa manera los hermanos Carvajal, desde la tumba, demostraron su inocencia. ¿Y sabe con qué sobrenombre pasó a la historia el rey Fernando IV de Castilla?
- No lo sé: lo mío no es la Historia – Lucas compuso una mueca.
- Fernando IV “el Emplazado” – dijo Francisco Pizarro, tomándoselo a risa. – Así se le conoce.
- Vaya....
- La banda del escudo cambió de rojo a negro, que es como luce ahora, y se dice que aquella maldición de los hermanos Pedro y Diego Alonso de Carvajal, a pesar de haber demostrado su inocencia, maldijo a la familia, pues al fin y al cabo habían matado al monarca.
- ¿Y usted cree que estos pasajes de la historia de la familia han originado que los Carvajal no levantaran cabeza desde el siglo XV o XVI? – preguntó Lucas, interesado.
- Yo no creo nada – Francisco Pizarro Huete se encogió de hombros y se levantó de la mesa. El brillo inteligente de sus ojos y la pasión que iluminaba su rostro durante la narración habían desaparecido y volvía a parecer un hombre simple y mediocre. – Me temo que la falta de pujanza de los Carvajal Sande se debe, más que nada, a una mala gestión del patrimonio familiar desde hace muchos años. Y a que la hidalguía ya no vale de nada en España: tan ladrón y tan inepto es el hidalgo como el escudero. Ya lo dijo Cervantes hace cuatro siglos, pero ninguno nos damos por aludidos.
- ¿Y entonces por qué me ha contado todo esto?
Francisco Pizarro Huete, que ya se había dado la vuelta para encaminarse por el pasillo, se volvió a mirar a Lucas.
- Porque mucha gente cree que ahí puede estar la explicación de que a los Carvajal Sande les vaya tan mal las cosas y sean una familia mal avenida, a pesar de lo que quieren aparentar. Además, creí que a usted todo eso le interesaría – añadió, y alzó las cejas al ver la cara de incomprensión de Lucas. – ¿Acaso no es usted Lucas Barrios, detective paranormal? Creí que las historias de maldiciones y encantamientos le vendrían bien para su trabajo....
Francisco Pizarro Huete salió de la cocina, sin hacer caso ni reaccionar a la cara de pasmo y sorpresa que lucía Lucas. El detective se preguntaba cuándo se había dado a conocer ante el maestro. ¿Acaso lo había hecho? Estaba convencido de que no.
Lucas sonrió, divertido y escamado. Estaba claro que el maestro no era alguien estúpido y mediocre, como había supuesto al conocerle. Muy al contrario.
Lo que tenía que valorar era si no sería, además, alguien peligroso de quien precaverse.

* * * * * *

Zarag Diomines terminó de ajustar la televisión, enchufó el cable de conexión y se enderezó, haciendo sonar su espinazo encorvado.
- Bueno, pues esto ya está hecho – dijo, con una sonrisa amigable, con su voz arrastrada y de marcado acento búlgaro o rumano. Miró a la pareja de jóvenes, que esperaban ante él sentados en el sofá.
- ¿Ahora se ve sin problemas? – preguntó él, apuntando con el mando a distancia a la tele y encendiéndola. La imagen apareció sin problemas, nítida y visible. Zarag no dirigió su mirada a ella, confiado en que funcionaría. Se entretuvo en guardar sus herramientas, sabiendo que las “mejoras” que había instalado en la tele sólo funcionarían cuando la mujer estuviese sola ante ella.
- Bueno, pues muchas gracias – decía en ese momento precisamente ella, acercándose a Zarag Diomines, que se ponía en pie y se colgaba la bolsa al hombro con las herramientas. La mujer joven le tendía un billete de cinco euros.
- ¡Oh, no! ¡No, no, no! – lo rechazó Zarag, haciendo aspavientos con las manos y sin dejar de sonreír, amable. – No tiene que darme nada, el arreglo entra en el seguro y yo estoy pagado.
- Era sólo un detalle, por su rapidez y su amabilidad....
- Cójalo, no se preocupe – dijo él, mirando al reloj. Zarag sabía que tenía cierta prisa por salir de casa y encontrarse con alguien a solas. El operario vestido con peto y camisa de cuadros no pudo evitar sonreír, malévolo, muy diferente a como lo había hecho durante todo el arreglo de la televisión. Mantuvo la sonrisa, mirando al hombre joven, mientras tomaba el billete de manos de la mujer.
- Muy bien. Muchas gracias – dijo, y después cambió su sonrisa, de nuevo a la agradable.
- A usted – le dijo ella, imitándole.
Zarag Diomines recogió todas sus cosas, volvió a despedirse y a dar las gracias y salió del apartamento, anadeando con su curioso caminar (fingido, tan sólo para disimular), sin poder evitar sonreír con mucha maldad.
Cuando llegaba por el segundo piso ya reía a carcajadas.
Zarag Diomines salió a la calle. Miró a ambos lados antes de cruzar y bajó a la calzada, para llegar hasta la otra acera. Allí se acercó a la entrada de un callejón oscuro. Cuando llegó no había rastro de Zarag Diomines: era Zard el Dharjûn.
Oculto a la vista de la gente, refugiándose en las sombras del callejón, miró hacia el portal del que acababa de salir. Dejó caer la inútil bolsa de herramientas al suelo y se despojó de la camisa, soltándose los tirantes del peto: así era como el Dharjûn se sentía más cómodo.
Observó salir al hombre al que acababa de “reparar” el televisor y sonrió con malicia al imaginarse a la mujer joven ante el aparato: ahora que estaba sola, vería imágenes de su marido reuniéndose con su cita, una vecina del bloque. Zard sonrió, divertido: la bronca cuando el marido volviese a casa sería de aúpa.
El caos estaría servido.
Una vibración sorda sacudió el bolsillo del peto. Sacó de allí el teléfono móvil que usaba en aquella dimensión y contestó (con dificultad, dados sus dedos grandes con garras) pulsando sobre el icono verde de la pantalla.
- Diga.
- Buenas noches señor – saludó una voz de mujer, serena y profesional.
- Sonsoles, me alegro de oírte – asintió Zard. – ¿Qué tienes que contarme? ¿Hay novedades sobre ese agente de la ACPEX?
- Está controlado, señor – contestó Sonsoles Mediavilla Liérganes, sin alterar la voz o el tono. – Gerardo Antúnez podrá ponernos en contacto con el general Martínez en cuanto se lo pidamos.
- Pídaselo ya – rogó el ente, con media sonrisa satisfecha y peligrosa. – Tengo algo muy importante de lo que hablar con el general.
- En seguida señor. Conseguiré una cita con el general para mañana mismo.
- Excelente – siseó el Dharjûn, goloso. – Necesito que ese vejestorio me presente a alguien mucho más valioso e importante....

lunes, 9 de julio de 2018

Lucas Barrios, Detective Paranormal: Árbol Genealógico - Capítulo 11


- 11 -
(Granito)

Amanecía el sábado y Lucas seguía en la mansión de los Carvajal-Sande. Había pasado toda la noche allí, despierto, trabajando en el caso, buscando pistas y datos, valorando opciones y explicaciones.
Después de lo ocurrido, llevaron a Sofía a su cama, por petición de Lucas. Felipe Carvajal Roelas llevó a su hija en volandas, acompañado por su mujer y su hija mayor. Los demás, asustados, afectados pero queriendo ayudar, tuvieron que quedarse abajo, pues no era necesaria una comitiva de gente para llevar a la pequeña a su habitación. Todos hablaban a la vez, lamentándose por lo ocurrido, hablando con miedo, instando a Lucas a que averiguara qué le pasaba a la niña y a que la librara de ello.
Lucas pidió a Venancio que en las cocinas hicieran una infusión de romero y hierbaluisa para Sofía y después fue a buscar su mochila, que había dejado en el coche. Nadie habría podido habérsela alcanzado durante el evento, pero no lo había recordado con la tensión y los nervios. De la mochila sacó (con gran alegría porque tuviera un poco) unas hojas de adormidera, para calmar a Sofía y que durmiera toda la noche seguida.
Recogió la infusión de manos del mayordomo, le dio las gracias, metió el pellizco de hojitas secas sin que nadie lo viera, subió la taza hasta la habitación de Sofía, se la entregó al padre para que se lo hiciera tomar a la niña y esperó en la puerta. Al cabo de unos minutos salieron los tres miembros de la familia y se encontraron al detective en el pasillo.
- ¿Cómo está?
- Asustada, pero más tranquila – contestó Sandra.
- Haga algo, señor Barrios – rogó doña María Rosa Sande, agarrándose al pecho de su camisa, mientras lloraba desconsolada. – Ayúdela, por favor. Cúrela.
- Lleva aquí tres días y no ha hecho nada – le echó en cara el señor Carvajal Roelas. – ¿Cuándo va a empezar a ganarse su salario?
Lucas estuvo a punto de contestarle de malas maneras, explicándole que había hecho mucho más de lo que su estúpido y remilgado cerebro podía entender, pero prefirió guardar las formas. Aquel matrimonio (y aquella familia en general) estaba sufriendo un trance muy doloroso.
- Si me da su permiso, ahora mismo – contestó, midiendo sus palabras y su tono. – Déjenme entrar en el dormitorio de Sofía, déjenme investigar en la casa esta noche. Averiguaré algo.
- ¿Usted solo? ¿En el dormitorio de mi hija? – se incomodó el señor Carvajal Roelas.
- Sandra Herminia puede quedarse conmigo – apuntó Lucas, sabiendo que la mayor de los hermanos Carvajal Sande podía ser de mucha ayuda. – Ella podrá ver que mi interés es estrictamente profesional.
- Felipe, no seas mal pensado – lloriqueó doña María Rosa. – El señor Barrios sólo quiere ayudar.
- Sea.
Lucas les agradeció el permiso y entró en la habitación. Sandra se quedó fuera, aunque con la puerta abierta, más por la preocupación de sus padres que porque a ella le importara. Estaba claro que confiaba en Lucas y sabía que no había ninguna intención oscura en que entrara en la habitación.
Sofía aún estaba despierta, siendo víctima de la poción poco a poco. Estaba arropada hasta el cuello, tumbada de medio lado, de cara hacia la puerta de la habitación. Cuando notó que Lucas entraba a oscuras, abrió los ojos, y le miró con confusión. Después, al enfocarle bien y reconocerle, le sonrió.
- Hola, Lucas.
- Hola Sofía. ¿Cómo te encuentras?
- Muy cansada....
- Duérmete, no he venido a molestarte – le dijo Lucas, quedándose de pie al lado de la cama. – Sólo quiero comprobar algunas cosas.
- ¿Que no me pase lo de antes otra vez? – dijo la niña, asustada.
- Eso es, entre otras cosas.
Sofía guardó silencio, sin cerrar los ojos, mirando todavía a Lucas.
- He dicho cosas asquerosas, ¿verdad?
- Bueno, no has dicho piropos, es verdad, pero no eras tú quien lo decía – contestó Lucas. – ¿Recuerdas lo que ha pasado? ¿Lo que has dicho?
Sofía negó, apoyada en la almohada. Brillaron lágrimas en sus ojos.
- Sé que algo me empujó, como sacándome de mi cabeza – lloriqueó. – Vi el comedor como en una pantalla de cine, aunque no recuerdo lo que vi. Todo se movía mucho. Creo que mi madre y mi padre chillaban mucho, ¿no? No lo sé, no estoy segura. Pero creo que he hecho y dicho cosas feas, por cómo me miran mis padres y mis hermanos....
- Bueno, no te preocupes ahora por eso, ¿quieres? Estamos todos cuidándote y no te va a pasar nada.
- ¿Me lo prometes? – pidió Sofía, con cara llorosa. – ¿Me prometes que no me va a volver a pasar nada y que vas a curarme?
- Lo prometo – contestó Lucas, sin dudar, porque pensaba averiguar y salvar a aquella niña. Lo que no estaba tan seguro era de si volvería a sufrir otro intento de posesión antes de que él descubriera qué estaba pasando allí. – Y ahora, ¿me harías un favor? – Sofía asintió, secándose las lágrimas con una mano que sacó de debajo de las sábanas y la manta. – Cierra los ojos y cuenta lentamente hasta cien, imaginándote los números en tu cabeza. Cada número de un color o de una forma, sin repetir. Si llegas a cien puedes abrir los ojos y seguimos hablando. ¿Harás eso por mí?
Sofía asintió. No era tonta y seguramente imaginó la intención de Lucas, pero no rechistó y pareció obedecerle. Lucas imaginó que para el número veinte ya estaba dormida.
Como era natural, buscó primero bajo la cama. Allí no encontró nada más que suciedad normal y algunas cosas que una adolescente guardaría en aquel sitio, como una caja con unos patines, un casco viejo de montar a caballo, un montón de revistas, y una caja de madera con antiguas muñecas. Lo único fuera de lugar era una ramita seca de roble, que podía haber llegado allí pegada a un zapato o enganchada a un calcetín, o incluso arrastrada por el aire y colándose por el amplio ventanal de la habitación, que todas las mañanas se abría de par en par. Lucas la recogió, más que nada para sacarla de allí.
Buscó marcas demoniacas y, como sospechaba, no encontró nada. Revisó la ventana, saliendo incluso al balcón y observando todo por fuera. Abrió el gran armario y buscó alguna pista demoniaca, tratando de no hacer caso de la ropa que encontró (y suplicando por no hallar ningún secreto vergonzoso que Sofía escondía allí). No halló nada, ni destacable para la investigación ni vergonzante para él y la chica.
A pesar de todo el revuelo que causó (aunque tuvo cuidado de ser silencioso) Sofía no se despertó. La adormidera hacía su efecto. Aprovechó para revisar las uñas de la joven y la cabeza detrás de las orejas, sin encontrar restos de pasta o aceites hechizantes ni ninguna marca en la piel. Aquello cada vez parecía más una posesión aleatoria, aunque Lucas no se creía eso ni de coña.
Salió de la habitación al cabo de un par de horas. Sandra seguía en el pasillo, quizá un poco aburrida, pero totalmente despejada y sin rastros de sueño.
- ¿Ha encontrado algo? – le preguntó de sopetón.
- He descubierto que no he encontrado nada – contestó Lucas, encogiéndose de hombros. – Todos los posibles rastros que deja una posesión programada no están y no hay evidencias de que Sofía sea víctima de algún chamán o invocador externo.
- ¿Entonces?
- Todo indica que puede ser una posesión aleatoria.
- ¿Así que es una posesión seguro? – inquirió Sandra.
- De eso no hay duda – asintió Lucas, recordando la cara negra y los ojos cambiados de color de Sofía, además de la voz ronca y potente.
Sandra cerró los ojos y los apretó, preocupada.
- ¿Y qué es eso de una posesión aleatoria?
- Básicamente que un demonio juguetón, de alguna otra dimensión o de la nuestra, si ha viajado hasta aquí, toma posesión de un cuerpo humano al azar, para hacer de las suyas – explicó Lucas.
- ¿Y cree que eso es lo que le pasa a mi hermana?
Lucas negó con la cabeza.
- No creo que sea eso. Sólo digo que todo indica que es eso – explicó, algo confusamente. – Verá, una posesión aleatoria no deja rastros, como sucede aquí. Pero una posesión aleatoria no suele repetirse en el mismo sujeto. Además, como le he dicho, los demonios que hacen eso tienen un objetivo muy concreto, y las posesiones que ha sufrido su hermana, tanto la que me ha relatado como la que he visto esta noche, no parecían servir más que para que Sofía hiciese y dijese barbaridades.
- ¿Hoy también se ha contoneado y se ha....? – Sandra preguntó con cautela, llevándose las manos al pubis, sin llegar a tocarse. Lucas asintió, grave. Sandra compuso una mueca de disgusto. – Dios mío....
- Hay cosas muy extrañas aquí, así que debo seguir investigando – trató de calmar Lucas a su confidente y ayudante. – Quiero dar una vuelta alrededor de la mansión, quiero bajar a los sótanos y quizá también ir a los establos. No quiero dejar ningún cabo suelto sin revisar. ¿Podría llevarme a las caballerizas?
- Claro.
- Muy bien, pero luego – dijo Lucas, agarrando por el hombro a Sandra, con confianza. – Ahora debe ir a dormir. La noche ha sido muy dura y si mañana va a ayudarme debe estar descansada.
- No sé si podré pegar ojo – se lamentó Sandra, mirando hacia la habitación de Sofía.
- Yo puedo ayudar con eso – se ofreció Lucas, pensando en la adormidera que todavía tenía en la mochila. – Pero antes, una pregunta: ¿su hermana Carmen Adelaida sigue en la mansión?
- Creo que sí – asintió Sandra. – Sólo se han ido mi hermano Felipe Ernesto y Aliena. Y mi tía y mi primo, que se han ido con ellos.
- Bien – asintió Lucas, pensando que si la rubísima se había marchado se quitaba de encima una preocupación más. Admirar a Aliena era una maravilla, pero le hacía sentirse muy mal: recordaba a Patricia a cada momento, pero cuando se recreaba en las curvas de la mujer de Felipe Ernesto Carvajal Sande la imagen de su novia muerta le venía con mayor nitidez a la mente. – Luego iré a hablar con ella. Usted pida a Venancio que le prepare una infusión como la que ha preparado antes a Sofía y le añade esto: le ayudará a dormir – le dio un pellizco de adormidera y después caminó por el pasillo, en dirección a las escaleras que bajaban.
- Lucas – le llamó, haciendo que se girara. – Ninguno estamos a salvo de sufrir una posesión de ésas, ¿no es así?
Lucas compuso una mueca.
- Hasta donde yo sé, supongo que no.
- ¿Y no tiene miedo de sufrirlo? – preguntó Sandra, y entonces Lucas se dio cuenta de que el miedo y el temblor ligero que sufría la mayor de los hermanos podía no ser sólo por su hermana pequeña.
- No, a mí no pueden poseerme.
Sandra le miró interrogativa. Lucas volvió sobre sus pasos y se acercó a ella. Se aseguró de que nadie los miraba y se desabrochó la camisa, tres botones, lo justo para que Sandra pudiera verlo.
- Hace años, un maestro persa que tuve, me mandó tatuarme esto. Es una protección contra las posesiones demoníacas.
Sandra pudo ver el tatuaje con tinta blanca que Lucas lucía en el torso. Eran tres líneas que formaban tres óvalos, concéntricos, que le rodeaban el cuello, pasando por sus hombros y cruzándole el pecho y la espalda, a la altura de los omoplatos. Eran líneas sencillas, que parecían cicatrices, al estar hechas con tinta blanca. El único “dibujo” diferente eran tres picos que apuntaba hacia abajo en la espalda (uno dentro del otro, sin tocarse) y tres curvas que formaban casi un circulo completo (también uno dentro del otro) en el pecho, sobre el esternón.
- Entonces, ¿estás protegido?
- Sólo contra demonios – contestó Lucas, colocándose la camisa y abrochándose los botones. Después compuso una mueca. – Pero hay criaturas de todo tipo ahí fuera: el multiverso es fecundo y variado.
Volvió a darse la vuelta y se llegó hasta las escaleras, bajando por ellas al piso de abajo.
Lucas pasó la noche deambulando por los alrededores de la casa, abrigado con un abrigo de paño que le prestó el solícito Venancio. Revisó sobre todo los exteriores de la ventana de la habitación de Sofía, sin encontrar ningún rastro ni ninguna pista. Cuando todos los miembros de la familia dormían (o al menos mal dormían, agitados por lo que habían vivido aquella noche) Lucas paseó por las diferentes dependencias de la mansión, al menos por las habitaciones a las que podía acceder (desde luego no entró en los dormitorios que estaban ocupados).
A pesar de su insistencia y su tenacidad, no halló nada relevante. Si no fuera porque lo había visto (e incluso había luchado contra el demonio que había poseído a Sofía) no creería que había ocurrido nada paranormal en aquella casa.
Aquel pensamiento, cuando el Sol ya rayaba en el horizonte oriental, fue el que le dio una pista para seguir investigando. Lo que ocurría era que desde allí no podría hacerlo, así que tendría que depender de la ayuda de sus amigos. Miró la hora y decidió esperar un poco más para llamarlos. Seguramente aquellos dos locos por lo sobrenatural ya estarían despiertos, pero prefería hablar con ellos con la mañana ya avanzada, cuando estuvieran un poco más despejados.
Lucas desayunó en las cocinas, cuando el servicio se levantó para poner en orden la casa. Comió en silencio, mientras las criadas y criados le miraban con cierto recelo y algo de miedo. Lucas hizo caso omiso de aquellas miradas y de lo que significaban.
Curiosamente, a pesar de no haber dormido en toda la noche, estaba bastante despejado y activo, con nuevas ideas para afrontar el día y la investigación. Esperó sentado en el gran salón a que los demás Carvajal despertaran, jugueteando con la rama seca de roble que había encontrado bajo la cama de Sofía. Cuando empezó a escuchar algo más de jaleo por la casa se levantó del sillón que quería atraparle entre sus brazos y su mullido asiento, lanzó la ramita a los rescoldos de la chimenea, y salió del salón mientras crecía una pequeña llama en las brasas.
Dejando espacio entre él y la familia, esperó a que todos estuvieran despiertos, aseados y hasta desayunados (en algunos casos). Sólo entonces se dirigió a Carmen Adelaida.
- ¿Qué tal han pasado la noche?
- Malamente – respondió ella con un suspiro. – Sin pegar ojo, y cuando lo hacíamos tardábamos pronto en despertarnos, agitados por malos sueños. Mi hijo sigue en la cama, pues ha pasado mucho miedo durante la noche y apenas ha dormido.
- ¿Y su marido?
- No, él ha dormido bien. Le costó conciliar el sueño, pero Enrique podría dormir en cualquier parte – aquella confesión doméstica sobre su marido la hizo sonreír, cosa que no había hecho en toda la noche. Todos los de la mansión estaban sombríos y parcos.
- Doña Carmen, tengo una pregunta para usted – inició Lucas. – Quizá no pueda responderla, dada la tensión del momento, pero no se preocupe. Sólo quería saber si usted se fijó si faltaba alguien en el comedor cuando anoche a su hermana Sofía le dio el ataque.
Carmen Adelaida Carvajal Sande miró sorprendida al detective, pero al ver que no era una pregunta trivial, porque Lucas Barrios seguía mirándola con seriedad, arrugó el ceño y trató de recordar.
- Creo que no. Estábamos todos. Ustedes estaban a punto de salir a la sala de lectura, a fumar, pero seguían en el comedor, cerca de la puerta – comentó. – Incluso estaban por allí Venancio, Daría y otras criadas, tomando nota de lo que queríamos beber y empezando a recoger la mesa. Había mucha gente, pero no faltaba nadie, creo.
- Muy bien, doña Carmen, muchas gracias – asintió Lucas, confirmando su sospecha. Sabía que para una cosa así necesitaba a una madre, acostumbradas a controlar a sus hijos y vigilantes siempre del ambiente que los rodeaba, aunque fuera de forma inconsciente. Si Lucas no había preguntado directamente a la señora Sande Carpio, la madre de Sofía, era porque en aquellos momentos de susto y dolor doña María Rosa sólo habría tenido ojos para su pequeña, que estaba sufriendo.
- Me alegro de poder ayudar – asintió y sonrió modesta Carmen Adelaida Carvajal Sande.

* * * * * *

Mientras esperaba a que Sandra despertara, para que le acompañara a los establos, Lucas cogió su teléfono y buscó un número en la agenda. Se lo llevó a la oreja y esperó a que contestaran, mientras sonaban los tonos de llamada.
- ¡¡Lucas!! ¡¡Hola guapo!! – contestó una voz femenina, muy alegre. – ¿Cómo estás?
- Bien, bien, trabajando de nuevo – contestó, dibujándosele una sonrisa al escuchar la voz de la mujer, como siempre le ocurría.
- ¡¡Qué bien!! Me alegro mucho.
- ¿Y vosotros? ¿Qué tal?
- Muy bien, al pie del cañón. Buscamos un grupo de humos ahora mismo, en una cañada que ha sido escenario de un montón de matanzas – explicó la mujer, con soltura, como si estuviese hablando de otro tema más ordinario.
- ¿Dónde estáis exactamente? Quiero ir a veros.
- ¡¡Genial!! Pues te paso con éste, que te indicará mejor que yo – contestó, aunque Lucas sabía que era ella la que conducía siempre.
- Muy bien.
Escuchó ruidos inconexos, mientras el móvil cambiaba de manos.
- ¿Qué pasa contigo, chaval? Quieres venir para acá, ¿no? – escuchó la voz potente y graciosa, esta vez de un hombre. – Pues te indico. ¡Y luego te mando la ubicación!
Lucas escuchó las explicaciones y se aseguró de haberlas entendido bien y de recordarlas. Como no sabía qué iba a hacer el día siguiente, quedó con ellos el lunes, asegurándole que iban a permanecer allí bastantes días.
Lucas colgó el teléfono, todavía cansado por la falta de sueño, pero reconfortado al saber que en un par de días iba a reunirse con Carla y Pancho. Siempre era una alegría estar con ellos.

* * * * * *

Hacia el mediodía, cuando Sandra Herminia Carvajal Sande ya estaba despierta y repuesta, gracias al reparador sueño que le había brindado la infusión de Lucas, acompañó al detective a los establos, donde éste quería buscar indicios de invocaciones o rituales satánicos.
Los dos caminaban abrigados, pues el frío de la mañana era helador. Lucas volvía a usar su corta cazadora, pues con los rayos del Sol era suficiente, y porque se sentía incómodo aprovechándose del buen Venancio: había descubierto que el cálido y largo abrigo que le había prestado durante la noche era del mayordomo. Lucas estaba muy agradecido, pero no quería tomar ventaja sobre él, sólo por ser criado de la mansión.
- Tengo una duda que me ronda desde anoche – comenzó Lucas, mientras se acercaban a los establos, que estaban tras la mansión, en pleno campo, dentro de la finca pero alejados del edificio. – No quise preguntárselo entonces, porque el momento no era el más adecuado y no quería que pensara que se lo estaba echando en cara.
- ¿Qué es?
- No soy el primero al que llaman para que ayude a Sofía, ¿me equivoco?
- No – contestó Sandra, algo avergonzada, mirándose los pies mientras avanzaba.
- No se preocupe, Sandra, no hay de qué avergonzarse – aclaró Lucas, que no quería incomodar a su guía. – Sólo lo pregunto porque tuve una corazonada, y porque me servirá para hacerme una idea de la situación....
Sandra todavía tardó una docena de pasos en contestar.
- Sofía lleva casi dos semanas enferma, aunque en realidad no sabíamos si estaba enferma o qué le pasaba – explicó, al fin. – Digamos que estaba indispuesta. Mis padres llamaron primero al doctor Morales Quintero, el médico de la familia. No encontró dolencia alguna, así que le recetó un reconstituyente y unas vitaminas. Sofía no mejoraba, así que mi padre hizo venir a una neuróloga muy afamada, de Barcelona. Le hizo unas pruebas y tampoco encontró nada reseñable. Su diagnóstico fue fatiga, quizá por algún desarreglo hormonal sin importancia. Lo que le diagnosticaron a Sofía fue adolescencia.
- Bueno, eso se cura con el tiempo – bromeó Lucas.
- Pero Sofía no se curaba y al final, por intercesión de mi tía María Resurrección, mis padres llamaron sin ningún convencimiento a un chamán sintoísta, que examinó a mi hermana, ahumó su habitación con varitas de incienso o de no sé qué sustancias y leyó unos cánticos de unos libros que traía consigo. No pareció funcionar.
Lucas no dijo nada, porque en realidad no conocía al chamán ni había visto sus métodos, pero lo cierto era que en determinadas situaciones aquello funcionaba mucho mejor que la medicina. Sobre todo si lo que la medicina trataba de curar eran dolencias sobrenaturales.
- Entonces, el domingo pasado, fue cuando ocurrió el primer ataque, el primer evento como los llama usted. Mis padres no estaban en casa así que les llamé para que volvieran cuanto antes. Valoramos nuevas opciones, hablamos de métodos no ortodoxos y una rápida búsqueda en internet me hizo dar con su página web. No esperaba que contestara tan pronto.
Lucas sonrió, sin explicar que, de haberse producido una semana antes, aquel mensaje se habría quedado sin contestación.
- Su padre también me llamó – comentó, en su lugar.
- Sí. Creo que vio mi búsqueda en el ordenador y, estaba tan desesperado, que se decidió a llamarle al día siguiente.
Lucas asintió, sorprendido por las palabras de Sandra. Don Felipe Carvajal Roelas se había mostrado sereno y medido desde que Lucas estaba allí, nunca desesperado. Lo que era mantener las apariencias para aquellos hidalgos....
- Lamento que no fuese nuestra primera opción – comentó Sandra, cuando llegaron a las puertas de los establos. – Pero no podíamos imaginarnos qué era lo que le pasaba a Sofía.
- Descuide – sonrió Lucas. – Mucha gente me llama en último lugar: muy poca gente piensa en fenómenos paranormales cuando se enfrenta a algo que no entiende. En realidad, es en lo último que piensan – suspiró Lucas, componiendo una mueca de pesar. – Lo malo es que, a veces, ya es tarde cuando me llaman y llego: esperemos que, en este caso, no sea tarde para su hermana.