UNA
ESPADA LEGENDARIA
- VII -
TASH NORRINGTON
Mi
viejo yumón ya estaba lejos de
Velsoka (muy lejos) cuando lo que voy a contaros sucedió, así que no os fieis
mucho de mis palabras. Mi relato se basa más en mis experiencias previas y en
mi adiestramiento como mercenaria que en el conocimiento fehaciente de lo que
ocurrió en esta situación. El resto de la historia os la cuento tal cual mi
viejo yumón me la transmitió a mí:
esta parte es una mera suposición.
Cuando
los guardias del Museo de la Guerra se dieron cuenta de que la espada Lomheridan había sido robada dieron la
voz de alarma, usando sus silbatos de latón. Sin embargo, a pesar de que
reaccionaron de una manera bastante ágil y rápida, el ladrón se había escapado
sin dejar ninguna pista (como os he contado en el capítulo anterior).
Los
alguaciles de la ciudad registrarían todo el entorno, sin hallar ninguna pista.
Los guardias y ellos sólo sabían que el ladrón se había descolgado desde la
linterna de la alta cúpula, saltando después a tierra, quemando la cuerda para
no dejar pistas. Dos alguaciles habían luchado contra él, pero no habían podido
verle, porque estaba a contraluz.
En
definitiva, no tenían ninguna pista del ladrón.
Los
guardias del museo, después de buscar pistas y de que los alguaciles de fuera
les advirtiesen de que el ladrón había escapado, cumplirían con el protocolo:
darían el aviso al teniente de alguaciles de la ciudad para que se pusiera a
buscar al ladrón inmediatamente (había pocas posibilidades de que el ladrón
siguiera en la ciudad, pero alguna había) y después avisarían al director del
museo, el señor Dumarus.
Supongo
que el director llegó al museo en plena madrugada, apresuradamente. Me gusta
imaginarle despeinado, vestido de forma informal, y con ojos somnolientos, pero
imagino que estaba espabilado. En su museo había ocurrido lo peor que podía
ocurrir.
La
investigación continuaría durante toda la madrugada y el día siguiente. Los
alguaciles de la ciudad entrarían en el museo, para buscar pistas y comprender
la situación. Y la situación era que el objeto mejor guardado del continente
había sido robado.
Pronto
debió llegarse a la conclusión de que sólo un ladrón experimentado podía
haberlo hecho, así que el director del Museo de la Guerra, el señor Dumarus, (esto
lo sabemos con seguridad, por lo que pasó después) requirió los servicios de un
mercenario.
A
mediodía del día siguiente al robo, el catorce de sexembre, el señor Dumarus
recibió en su despacho al mercenario que los alguaciles de la ciudad le habían
conseguido. Pude conocerle tiempo después, así que puedo daros la descripción
exacta de cómo era: un hombre grande, corpulento, con el pelo largo y negro, un
fiero bigote sobre el labio y una barba rizada en las mejillas. Sus ojos grises
refulgían bajo las pobladas cejas, serios, duros y coléricos.
Vestía
ropas de color pardo y una capa confeccionada con pieles de oso. Llevaba botas
de cuero marrón, protectores de hierro en los antebrazos y un casco amplio con
cuernos de vaca en los costados. Su nombre era Tash Norrington y era natural de
una aldea de Barenibomur, en las Montañas Seden.
-
Bienvenido. Siéntese, por favor – imagino que dijo el director.
Por
lo que pude saber de Norrington más adelante, imagino que se quedó de pie,
aunque bien podía haberse sentado. Más tarde Drill averiguaría que acababa de
cumplir la noche anterior una misión de rescate en una aldea de la costa norte
de Rocconalia, así que quizá estuviese deseando sentarse y descansar.
-
Supongo que los alguaciles le han puesto en antecedentes de nuestro problema –
iniciaría Dumarus la conversación.
-
Han robado algo en su museo y yo tengo que recuperarlo – contestaría Norrington
(aunque en realidad él ya sabía qué habían robado).
-
Eso es. Ni más ni menos – diría Dumarus. – Solamente una apreciación:
necesitamos que nos traiga al ladrón. Queremos darle un castigo ejemplar –
diría Dumarus, con un tono sádico (aunque quizá esto no fuese así: la verdad es
que el director del museo no me cayó bien desde el principio, y quizá sólo esté
exagerando).
-
Bien.... ¿Tienen alguna pista? ¿O debo buscar por todo Ilhabwer? – preguntaría
Norrington (al menos es lo que yo preguntaría).
-
Hace unos días me entrevisté con un hombre anciano que estaba muy interesado por
la espada. Esperó casi un mes para poder entrevistarse conmigo, así que su
interés era intenso. Quería la espada para su asociación, una agrupación
llamada Amigos de los Nueve Reinos, o algo así. Según dijo su sede estaba en
Ire. Es un buen sitio por el que empezar a buscar – es lo que el director dijo
con mayor probabilidad.
-
Bien. Veo que no tenemos muchos datos para empezar a buscar.... – diría
Norrington (la verdad es que al pobre mercenario le habían propuesto una misión
un tanto complicada).
-
Sé la dificultad de la misión – diría el director. – Por eso vamos a pagarle trescientos
sermones por la captura del ladrón y
la recuperación de Lomheridan (es de
lo poco que sabemos con seguridad que ocurrió durante esa entrevista: la
recompensa que recibiría Norrington).
-
Me pondré a trabajar de inmediato, señor – aseguraría Norrington, sonriendo peligrosamente.
Después se despediría del director con el pulgar en la frente y el canto de la
mano en la cabeza y saldría del despacho y del museo.
Lo
que Tash Norrington hizo los días siguientes en Velsoka puedo contároslo con
mayor o menor certeza, porque más adelante se lo explicaría a Drill.
El
mercenario recorrió la capital casi por completo, empezando por los alrededores
del museo hasta extenderse hacia la periferia. Preguntó en cada taberna, en
cada comercio, en cada puesto del mercado. Indagó sobre un anciano vestido con
túnica y con cicatrices en la cara.
Se
pasó los primeros cinco días investigando sobre el anciano y su asociación de
Amigos de los Nueve Reinos. Pero nadie conocía la asociación.
Norrington
imaginó que la asociación era una simple tapadera, una invención para engatusar
a la gente del museo, así que dejó de buscar en esa dirección.
Cambió
de táctica y preguntó en todas las agencias de diligencias, preguntando por un
viajero: la asociación podía ser falsa, pero la persona que se había
entrevistado con el director del museo era real. Durante otro par de días
Norrington preguntó por un anciano con la cara llena de cicatrices en todas las
agencias de diligencias, sin éxito.
Así
que luego probó en las caballerizas y casas de alquiler y venta de caballos.
Norrington sabía que el tiempo era esencial, que cuanto más tiempo estuviese en
Velsoka más se alejaba el ladrón de allí. Pero también sabía que la información
que pudiese obtener sobre el ladrón era fundamental para atraparlo.
Al
fin, en una caballeriza pequeña y humilde, un vendedor pudo darle información
aparentemente útil.
-
No recuerdo todos los caballos que he vendido, señor – le dijo el caballerizo,
un hombre maduro, de rasgos jóvenes y mirada avispada. – Y menos si me pregunta
por una venta de hace más de diez días....
-
El comprador era alguien fácil de recordar – dijo Norrington. – Era un anciano
con la cara llena de cicatrices y el ojo izquierdo cegado por una herida
profunda.
-
No recuerdo a nadie así.... ¡Bueno! Recuerdo haber vendido un caballo a un
hombre con un parche en el ojo, hará dos semanas, poco más o menos....
-
¿Llevaba el parche en el ojo izquierdo?
-
No puedo recordarlo, lo siento.... Pero recuerdo el parche y las cicatrices de
su cara.... Aunque no era un anciano: era un hombre mayor, pero no un viejo.
-
¿Le vendió el caballo de noche, casi de madrugada?
-
No señor. Eso seguro que no. Nunca estamos abiertos de noche. Me compró el
caballo de día, creo recordar que fue por la mañana. Es más, lo compró y lo
dejó aquí un día, más o menos. Después lo recogió y no volví a saber nada más
de él.
-
Gratitud y prosperidad – dijo Norrington, lanzándole una moneda de un sermón, que el caballerizo atrapó al
vuelo.
-
Gratitud a usted, que Sherpú le guarde, digo wen.
Norrington
creía estar sobre la pista del ladrón, o por lo menos del farsante que había
intentado hacerse con la espada mediante mentiras y engaños. No era un mal sitio
por dónde empezar.
Sabía
que un hombre con cicatrices y un parche (esperaba que lo usase para cubrirse
el cegado ojo izquierdo) había estado en Velsoka en las mismas fechas que el
ladrón de Lomheridan, que había
comprado un caballo cerca de la fecha del robo y que había sacado el caballo de
la caballeriza de día, después de haberlo dejado allí un tiempo. Si lo había
usado para salir de la ciudad después del robo, debía haber dejado el caballo
en algún sitio hasta la noche.
Norrington
indagó entonces en las tabernas de la ciudad, durante los tres días siguientes,
hasta dar con un tabernero que recordaba al tipo del parche en el ojo.
-
No recuerdo en qué ojo llevaba el parche, lo siento – dijo el tabernero,
mientras restregaba la barra de madera con un trapo mugriento. – Pero ese
hombre me pagó para que su caballo se quedase atado a la puerta de la taberna
durante toda la tarde y parte de la noche.
-
¿Cuándo vino a recogerlo?
-
No lo sabría con seguridad – contestó el tabernero,
– pero sería entre medianoche y la una de
la madrugada, porque cuando el doctor se fue a eso de la una le acompañé a la
puerta (estaba terriblemente borracho) y ya no había ningún caballo atado a la
puerta. Como aquel hombre no vino al día siguiente a reclamarlo imaginé que
había sido él el que se lo llevó por la noche.
-
Gratitud y prosperidad – dijo Norrington, lanzando otra moneda de sermón girando por el aire.
Norrington
sabía que el ladrón le llevaba casi quince días de ventaja, pero ahora sabía
cómo era (casi con total seguridad) y hacia dónde se había dirigido. Aquella
taberna estaba en el sur de la ciudad, muy cerca de la carretera hacia Ghuell.
Norrington
imaginaba que el ladrón había salido hacia allí, no sabía con qué destino, pero
lo averiguaría poco a poco.
No
en vano era el mejor rastreador de huellas de su promoción en la academia de
mercenarios.
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