sábado, 14 de enero de 2017

Cuatro reyes - Capítulo I



La vida en el desierto de Tâsox era dura. El calor, el viento, la arena, la falta de agua.... hacían que el desierto fuese un bello paisaje, pero un lugar peligroso para vivir.
Sin embargo, los habitantes del reino de Tâsox, descendientes de los Berebes y los llamados heraclianos (descendientes de los hijos del rey Heraclio, primer monarca de aquellas tierras), no imaginaban un lugar mejor para vivir. No preferían otras zonas de los cuatro reinos en los que asentarse. Sufrían como todos las inclemencias del desierto, pero habían nacido allí y estaban acostumbrados a ellas, así como a las medidas que se podían tomar para vivir mejor sin sufrir demasiado.
Además, las múltiples ciudades construidas sobre las arenas hacían la vida mucho más llevadera y no tan incómoda: las inclemencias del desierto sólo se sufrían cuando se estaba en él. Dentro de las murallas de cualquier ciudad se vivía mucho mejor: había sombra, pozos de agua, vegetación que crecía en los amplios zaguanes de los palacios y casonas, había mercado, huertos cubiertos, espectáculos, animación y ajetreo....
Y la ciudad más esplendorosa del reino de Tâsox era su capital, Medin, donde estaba el palacio real y donde su majestad Al-Jorat tenía su palacio y había instalado la corte.
Al-Jorat era un hombre bello y apuesto, de piel oscura. Vestía túnicas amplias, se tocaba con un turbante en la cabeza y llevaba una perilla y un bigote negrísimos, bien cuidados y recortados.
Lo llamaban “el rey hechicero”, ya que su reino era donde la orden de hechiceros había nacido y donde todavía permanecía. Era cierto que el rey Al-Jorat apenas realizaba hechizos, pues no conocía muchos. No había estudiado mucha hechicería, pero en cambio era un excelente fabricante de pociones y ungüentos. Por ello había adoptado la copa de oro cubierta de rubíes como el símbolo de su reino.
En Medin había barrios ricos, como correspondía a la corte del reino, pero también había barrios periféricos, que lindaban con las murallas, mucho más humildes y pobres. En uno de estos barrios vivía un anciano hechicero, llamado Eonor. Era un anciano de larga barba blanca, con una melena del mismo color. Vestía siempre túnicas de color púrpura y no llevaba otra cosa en los pies más que sandalias. Había sido antiguo profesor del rey Al-Jorat, cuando todavía era un muchacho, así que tenía una buena relación con el monarca, aunque no perteneciese a la corte propiamente dicha.
Eonor vivía de leer la buenaventura a las gentes más humildes de la ciudad, de vender pociones y filtros mágicos, de hacer hechizos y conjuros bajo pago. Si tenía suerte el pago eran unas pocas monedas de cobre y cuando el cliente no tenía dinero aceptaba unas hortalizas, unos dátiles o unas resmas de tela, lo que le hiciera falta y le pudieran pagar.
El día que nos ocupa Eonor llegó a su estudio de hechicero tan sólo unos minutos después de que amaneciera. Vivía en uno de los bloques de viviendas del barrio, pero tenía su estudio en la avenida del sur, bastante más concurrida. Además, muchas de las caravanas que venían del desierto, desde otras ciudades importantes como Batra o Pegno, pasaban por allí. Era una zona mucho más comercial.
Entró en la tienda, abriendo la vieja puerta de madera con una pesada llave. Estaba recién despertado, así que sus reflejos no eran muy finos todavía. Caminó por la estancia, tropezando con las cosas que había por el suelo, con los libros, tazas, cuencos, tarros de hierbas y especias.... Había incluso un par de sillas caídas, que levantó sin pensar muy bien qué hacían allí.
Fue cuando metió la sandalia en un cajón que había tirado en el suelo cuando se dio cuenta de que la tienda estaba muy desordenada.
Abrió los ojos del todo, buscando su jofaina de agua. Estaba sobre un soporte de madera labrado con formas geométricas y runas arcanas. Se lavó la cara con el agua fría, sufriendo un leve escalofrío y después se volvió para mirar su tienda, dejando que el agua le gotease por las mejillas y le calara la barba.
Su tienda estaba muy revuelta. Los armarios habían sido abiertos y todo su contenido se había volcado o, directamente, lo habían tirado al suelo. Habían sacado los cajones y rebuscado en su interior. Había hierbas, tazas, cuencos, túnicas, runas de hueso, naipes.... todo tirado por el suelo. Incluso había un rincón encharcado con un montón de frascos rotos, en una mezcla de diferentes pociones.
- ¿Pero qué diantres ha pasado aquí? – se preguntó el hechicero Eonor en voz alta.
Con cuidado de no pisar nada más cruzó la estancia y se fue a la trasera, donde tenía una sala de meditación, para atender a los clientes con casos más graves o más importantes. Un ambiente organizado y cuidadosamente preparado para mantener fuera las energías negativas era esencial para según qué casos. En aquella estancia, pequeña, tenía un par de sillones, un brasero de estaño para quemar esencias (como tila, incienso o asaúco) y una pequeña lámpara de aceite colgada del techo. Aprovechaba aquella habitación para almacenar sus viejos y valiosos libros de magia en una estantería resistente.
Los libros estaban todos por el suelo, tirados y maltratados.
Eonor se cayó al suelo, de rodillas, asombrado y dolorido al ver cómo habían tratado a sus pequeñas joyas. Para él, un hechicero de la vieja escuela, aquellos volúmenes eran un tesoro.
Escuchó ruido en la puerta y en la tienda e imaginó que su aprendiz de hechicero, Dímoras, había llegado. Eonor se levantó de un salto y se dirigió con paso firme a la tienda, a enfrentarse con Dímoras. No pensaba con mucha claridad y lo sabía, pero estaba muy enfadado con lo que había pasado en su tienda.
- ¡¡Dim!! – llamó, chillando, nada más verle al otro lado de la tienda, cerca de la puerta de entrada. – ¿¡¡Se puede saber qué murciélagos hiciste anoche al recoger la tienda!!?
Dímoras se quedó sobresaltado, por la irrupción de su maestro y por la acusación. Era un chico joven, de quince años, que llevaba tres al servicio del hechicero. Su relación era cordial, como la de un padre y un hijo, y por eso mismo Eonor le reñía a menudo, cuando el joven aprendiz hacía algo mal, no le salían las pociones o cuando sus hechizos le quemaban la punta de la barba a Eonor.
- Yo no he hecho nada, yumón – dijo Dim, defendiéndose. – Dejé la tienda recogida, como siempre....
- ¿¡¡Y cómo explicas esto entonces!!? – preguntó Eonor, señalando con un gesto del brazo la tienda entera.
- ¡Anoche yo solamente limpié y recogí todo, como siempre! – volvió a defenderse el aprendiz.
- ¿Cerraste la puerta? – preguntó su yumón.
- Claro, supongo que vos habréis tenido que usar la llave para entrar....
Eonor recordó que había tenido que hacerlo.
- Entonces es que alguien nos ha robado.... – dedujo el hechicero.
- ¿Quién, yumón? – preguntó Dim, extrañado. – Aquí no tenemos cosas de valor. Y lo único que lo tiene son cosas de hechicero: ¿qué hechicero robaría a otro?
- No lo sé, Dim, no lo sé.... Pero puede ser que algún ladronzuelo nos haya robado para vendérselo a otro hechicero....
Dímoras se reconoció que aquello tenía sentido.
- Pues yo no sé qué nos han podido robar: parece que todo está aquí mismo, tirado por el suelo.... – dijo el aprendiz.
- Tendremos que colocarlo todo, para ver si se han llevado algo y para ver si algo ha quedado inservible – dijo Eonor. Y acto seguido, los dos hechiceros (el yumón y el aprendiz) se pusieron manos a la obra.

Muchas cosas volvieron a su sitio, sin más problemas. Algunos tarros se habían roto y las hierbas que contenían se habían mezclado, así que Dim las barrió y lo recogió todo junto, para tirarlo: eran inservibles ya, pues sus propiedades se habían perdido. También había mucha loza y muchos cuencos y platos de arcilla rotos, que también tuvieron que tirar. Eonor descubrió que la pequeña ventana enrejada de madera que había en el evacuatorio estaba rota e imaginó que por allí se habían colado los ladrones. Tiró por el agujero del suelo que comunicaba con las cloacas la mezcla de hierbas que habían recogido de la tienda y cambió el ramillete de lavanda, que colgaba de una pared, para dar buen olor.
Después pasaron a la sala de meditación, a la biblioteca de la tienda. Recogieron todos los libros y los empezaron a colocar en la estantería que cubría la estrecha pared, de no más de tres metros. Cuando llevaban la mitad del trabajo Eonor se quedó quieto un momento, mirando los libros que ya estaban en los estantes y los que quedaban por el suelo, por colocar.
- Falta uno.
- ¿Qué? – Dim lo miró desde lo alto de la escalera móvil que usaban para colocar los libros en los estantes más altos.
- Falta un libro. Se lo han llevado.
- ¿Está seguro, yumón? No hemos visto que se hubiesen llevado nada de la tienda y aquí podría ser igual. Además faltan muchos libros por colocar....
- Lo sé, mi joven aprendiz, pero éste libro es el más grande y más gordo que tenemos, y se vería a primera vista tanto entre los que ya hemos colocado como entre los que siguen por el suelo.
- ¿Se refiere a....? – dijo Dímoras, sin poder seguir.
- Me refiero al grimorio de Kórac, exactamente.... – dijo Eonor, con tono tranquilo, dirigiéndose a su aprendiz. Pero realmente estaba nervioso, muy nervioso.
Su aprendiz, que no tenía que guardar las formas, resumió la situación con un fuerte exabrupto.
- ¡¡Guano de murciélago!!



jueves, 12 de enero de 2017

Cuatro reyes - Prólogo



No aprecio más rey que el de la baraja, ni conozco a otro Dios fuera del que uso para blasfemar.

Gualterio Malatesta en “El caballero del jubón amarillo”,
Arturo Pérez-Reverte (2003)


Hablo en serio Dean, ¿qué preferirías tener: paz o libertad?

Castiel en “El canto del cisne”, episodio de “Sobrenatural” (2010)







Hace casi mil años había un reino esplendoroso y magnífico, el reino de Sésena.
El soberano de aquellas tierras era el rey Zósimo. Era un hombre orgulloso, altanero y firme. Sin embargo, su pueblo estaba contento con él: mantenía las distancias, era rico a más no poder, pero atendía las necesidades del pueblo llano, los protegía gracias a la orden de caballería y mantenía los caminos practicables y libres de bandoleros. Además, mantenía en el castillo un almacén de grano y alimentos, para repartir a la gente en caso de hambrunas. Era cierto y sabido que en el castillo nunca faltaban las viandas para comer, y que el rey sólo daba pan y queso cuando había necesidad, pero al menos era un rey que se preocupaba por sus súbditos.
El rey Zósimo era viudo. Su esposa había muerto hacía muchos años. Pero no estaba solo, pues el rey tenía tres hijos.
El mayor, llamado Gilberto, era caballero. A los catorce años (la edad permitida) había ingresado en la orden de caballería y había escalado puestos hasta convertirse en capitán. Era famoso en el reino por su habilidad para la lucha y la guerra. En varias ocasiones había dirigido su compañía para defender las fronteras del norte de los intentos de asalto de los Berebes, saliendo victorioso. Era un gran guerrero, un apuesto caballero y un joven muy prometedor. Sólo tenía veinticinco años y todos en el reino sabían que sería nombrado nuevo general de la orden de caballería en muy poco tiempo, cuando el actual general se retirara.
El segundo hijo del rey, llamado Saturio, era un muchacho muy inteligente, muy observador y muy contemplativo. Pronto se hizo evidente su interés por los temas filosóficos, trascendentales, así que su ingreso en el Culto era casi inevitable. Se convirtió en monje, ingresando en el Culto con quince años. Era muy trabajador, muy estudioso y muy obediente, así que pronto se convirtió en ayudante del prior. En ese puesto promovió muchos cambios en el monasterio, mejorando los molinos, renovando el pozo y haciendo más eficientes las cosechas, con nuevos fertilizantes y nuevas técnicas de rotación de cultivos. Era muy popular, las doncellas nobles de la corte preferían sus misas a las del resto de los monjes, comprendía la forma adecuada en la que el Culto tenía que relacionarse con el estado y la caballería y todo el reino sabía que el nuevo prior del monasterio sería él.
El hijo menor del rey Zósimo, por su parte, no conseguía igualar a sus hermanos. Se llamaba Heraclio, era rubio y pálido (a diferencia de su padre y de sus dos hermanos mayores, que eran de piel y cabellos oscuros) y no lograba destacar en ninguna disciplina. No era un muchacho torpe o estúpido: era bueno en sus estudios, cabalgaba como un verdadero príncipe, dominaba la cetrería y manejaba correctamente el arco y la espada.
No, no era eso. Heraclio era un muchacho inteligente y hábil.
Lo que pasaba era que sus hermanos eran mucho mejores que él en todo. Gilberto era mucho mejor jinete que él, manejaba la espada mucho mejor que él y peleaba mucho mejor que él. Saturio era mejor astrónomo que él, comprendía la Historia mejor que él y era más astuto que él.
Heraclio comprendió muy pronto que no tendría nunca un sitio honorable en la orden de caballería, cuando su hermano mayor era el héroe allí. Tampoco conseguiría nada uniéndose al Culto, con su hermano como prior. Además, su hermano mediano ya había demostrado una mente muy aguda, así que Heraclio tampoco le superaría si intentaba destacar en una ocupación intelectual.
Heraclio no era un mal príncipe, ni torpe ni estúpido: simplemente no era el mejor.
La música y otras artes no le atraían y no logró dominarlas. La labor de embajador era demasiado pedestre para un príncipe, aunque quizá hubiese sido un buen candidato.
Así, el hijo menor del rey Zósimo tenía una vida plena y todas las riquezas y facilidades que pudiese desear, pero interiormente estaba triste y amargado. Ser príncipe no le llenaba.
¿Por qué su hermano podía ser el héroe del reino? ¿Por qué su otro hermano era reconocido como el hombre más inteligente y avispado del reino? ¿Por qué él tenía que conformarse con ser simplemente un príncipe de Sésena?
Entonces, cuando tenía veinte años, Heraclio decidió dejar el reino de su padre, en busca de territorios inexplorados. Decidió que, si no encontraba su sitio en Sésena, lo buscaría lejos, por su cuenta, en territorios por colonizar.
Le contó a su padre sus intenciones y cuando éste trató de convencerle de que no era necesario que emprendiera tan alocada aventura, el muchacho se mantuvo firme. Sus hermanos acudieron a palacio y se reunieron con él, tratando de hacerle recapacitar, pero el hermano menor había pensado mucho su decisión y no cambiaría de parecer: había decidido buscarse su futuro lejos de allí.
Como no había rencores entre ellos, los hermanos se despidieron efusivamente y con gran emoción. Gilberto le hizo entrega de una espada oficial de la orden de caballería, larga, brillante, afilada y con la empuñadura de oro. Además le cedió una escolta de cuarenta caballeros, todos chicos jóvenes como él. Saturio le hizo entrega de una colección de libros de muy diversos temas, escritos e iluminados en el monasterio. Además le dio quince carros tirados por bueyes, cargados con viandas y herramientas, para poder construir un nuevo reino allá donde se instalase.
Su padre, el rey Zósimo, le legó parte de su herencia, en forma de treinta baúles llenos de monedas de oro, docenas de piezas de plata (platos, bandejas, vasijas y copas), cinco calderos llenos de piedras preciosas y diez pesadas alfombras de seda. Para que pudiera transportarlo todo le dio veinte carros tirados por caballos y guiados por aldeanos de Sésena. Además, multitud de gente de los pueblos del reino decidieron acompañar al joven príncipe, para asentarse allá donde él quisiera instalar su principado.
La comitiva partió a los pocos días, tras la despedida emotiva del príncipe Heraclio con su padre y hermanos. La gente del pueblo despidió al príncipe y a su séquito entre grandes honores, grandes deseos de felicidad y buena esperanza.
El príncipe Heraclio viajó con su comitiva durante muchos meses, recorriendo leguas y leguas de diferentes terrenos. Salió de las fronteras del reino de su padre y siguió viajando lejos y más lejos, en busca de un territorio inexplorado y libre donde asentarse.
Tras muchas leguas recorridas, el príncipe decidió detener la comitiva e instalarse en un amplio territorio, muy lejos al noroeste del reino de Sésena. El nuevo reino del rey Heraclio era vasto, con muchos ríos que desembocaban en un gran lago, tres cordilleras montañosas altas y escarpadas, una estepa fría al norte y un desierto templado al sur, con una gran extensión de rocas peladas y negras al este que podía usarse de cantera y multitud de bosques y praderas.
Reinó allí durante más de sesenta años, estableciendo una capital y gobernando todas las ciudades que surgieron por todo el reino. Diferentes tipos de piedras salieron de Gondthalion, el territorio del este del que se sacó todo el material con el que se construyó todo el reino. Heraclio reinó de manera justa, cometiendo algunos errores, por supuesto, como cualquier ser humano, pero fue un rey decente y honrado.
Había tenido cuatro hijos, que habían sido los príncipes de su reino. Como Heraclio no quería que a sus hijos les ocurriese lo mismo que le había ocurrido a él, cuando sintió cercana su muerte, dividió su reino en cuatro partes y cedió una a cada uno de sus hijos.
A su hijo mayor, Belirio, le hizo señor de las tierras del norte, amplias y extensas, cubiertas de praderas, donde se criaban los mejores caballos. Los inviernos eran duros, pero era una tierra bella.
A su hija Rodena le legó un territorio central, rodeado por dos de las cordilleras del reino y compartiendo el lago con otros dos territorios, al suroeste. La antigua capital estaba allí y también la mayoría de las grandes ciudades y cuarteles de la orden de caballería.
A su tercer hijo, Tiderión, le hizo entrega del territorio del oeste, bañado por multitud de ríos que venían de lejos. Era una tierra cubierta de hierba verde, bosques y vegetación. Había muchos molinos de viento y de agua, que sostenían parte de la antigua economía del reino.
Y a su última hija, la pequeña, llamada Tâsox, le dejó el territorio del sur, el que lindaba con el desierto. Era una tierra cálida y bella, misteriosa y enigmática, como su hija.
Los cuatro nuevos monarcas enterraron a su padre en las montañas Pyer, en un mausoleo enorme, fabricado con mármol blanco que trajeron expresamente de Gondthalion. Después del entierro, cada uno de los reyes volvió a su nuevo reino, para instalarse definitivamente allí y empezar a gobernar su nueva tierra.
Pero no se separaron del resto. Al menos no del todo.
Al fin y al cabo eran hermanos, habían crecido juntos y se tenían cierto cariño. Por ello, cuando el mal surgió de las entrañas de la tierra, los cuatro hermanos se unieron para enfrentarse a él.
Desde Gondthalion, fruto de tantos años de excavar la roca y arañar en las profundidades de la tierra, empezaron a propagarse temblores del suelo. Allí, en la Tierra de las Canteras Eternas, el suelo se abrió en grietas anchas y profundas. Un vapor hediondo y negro se liberó de su prisión en las profundidades y se coló en el cuerpo de uno de los canteros que trabajaban allí. Thilt había poseído un nuevo cuerpo.
Un mal se había despertado, su prisión de roca se había roto, por culpa de las excavaciones durante decenas de años. La esencia de Thilt (lo único que había quedado después de la guerra cruenta que se había librado contra él y en la que se le había vencido) se vio liberada.
Hacía cientos de años, Thilt había sido un nigromante muy poderoso y peligroso. Cuando empezó a acaparar poder mágico es cuando se volvió realmente peligroso, porque gracias a su inteligencia engañó a las masas y acaparó poder político también. Era un tirano que dominaba la magia. Un peligro para la gente.
Los ejércitos de muchos territorios cercanos se unieron, proporcionando soldados, caballerías, armas, equipamientos y magos. La guerra fue cruenta y larga.
Pero al fin lograron vencer a Thilt, destruyendo el cuerpo mortal y encerrando su esencia en una urna de roca en las profundidades de la tierra oscura de Gondthalion. Los terrenos cercanos habían quedado destruidos, arrasados por el poder maligno de Thilt y por la guerra, así que fueron abandonados.
En aquellos terrenos, ajeno a su historia, era donde se había instalado el príncipe Heraclio hacía sesenta años. Aquellos terrenos fueron los que dividió para entregar a sus cuatro hijos. Aquellos terrenos fueron los que se reconstruyeron y edificaron con piedra sacada de Gonthalion.
Cuando Thilt resurgió, los cuatro nuevos reyes se reunieron, para poder vencerlo. No sabían su historia, pero pronto las acciones del nigromante se hicieron evidentes y los cuatro reyes y hermanos vieron que era un gran peligro para los cuatro reinos.
Tres largos años duró la campaña, en la que los cuatro reyes pusieron a disposición de todos los recursos de sus respectivos reinos. Se formó un ejército con gente de los cuatro reinos, se usaron las caballerías disponibles en todos ellos, los pocos magos y sabios de los cuatro territorios trabajaron juntos, para poder vencer a Thilt. Las riquezas de los cuatro reinos se gastaron para poder vencer al enemigo común.
La guerra acabó cuando los sabios y magos lograron volver a encerrar a Thilt en una urna de bronce, que fue arrojada a los pozos de lava de Gonthalion, cerca de la cordillera Oscura, al norte. No había certeza de que el malvado nigromante hubiese muerto, pero sí que la había de que permanecería encerrado para siempre.
Los cuatro hermanos volvieron a sus reinos, a tratar de recuperarlos de la guerra y de la destrucción. Pasaron unos años en los que cada reino se encerró en sí mismo, preocupado por recuperarse, sabiendo que sus vecinos no eran el enemigo.
Pasaron los años. Los reyes tuvieron hijos, que pasaron a ser los gobernantes de los diferentes reinos. Los nuevos monarcas apenas conocían a sus primos, que gobernaban en los otros reinos, y no tenían mucha relación. Al cabo de cien años los reyes de cada reino, aunque lejanamente emparentados, eran desconocidos unos para otros.
Pasaron muchos más años, cientos. Tribus bárbaras del norte llegaron al reino de Belirio (llamado así en honor de su primer monarca). Había sido un invierno muy duro y frío, y los bárbaros buscaban nuevos sitios para establecerse donde las nieves no hubiesen cubierto todo. Invadieron el reino y el actual monarca de Belirio no pudo hacer nada por rechazar a los invasores: el ejército se vio desbordado y los bárbaros del norte se instalaron en el reino. Pusieron un rey de su elección en el trono y vivieron en armonía con los anteriores habitantes del reino.
Decenas de años después, las relaciones comerciales que el reino de Tâsox (llamado así por su primera reina) había mantenido con los Berebes de más allá del desierto se rompieron, por desacuerdos en una acalorada negociación que duró meses. Los Berebes del desierto declararon la guerra al reino de Tâsox, una contienda que se alargó durante siete años. Al fin, el pueblo Berebe se alzó con la victoria, asentándose en los terrenos conquistados, conviviendo pacíficamente con los habitantes de Tâsox que sobrevivieron a la contienda.
Pasaron cientos de años. Habían pasado ochocientos años desde que el rey Heraclio había fundado su propio reino en aquellas tierras. Seguían existiendo los cuatro reinos, más el territorio de Gondthalion, que no tenía soberano y que seguía usándose como cantera real por los cuatro monarcas.
En el reino de Belirio vivían los descendientes de los antiguos bárbaros. Ahora manejaban el fuego y por lo tanto fundían metales. No eran nómadas ya y cultivaban sus cosechas, sobre todo cebada y patatas. Eran grandes cuidadores y criadores de caballos.
En el reino de Rodena (llamado así por su primera reina) se había establecido una orden de caballería muy distinguida. Tras las guerras en los reinos del norte y el sur, hacía cientos de años, se había eliminado la orden de caballería en aquellos territorios. Por ello, en el reino de Rodena, la caballería había tenido un auge espectacular y el reino entero se había organizado y erigido en torno a los caballeros y a su orden.
En el reino de Tiderión (llamado así en honor a su primer monarca) era donde habían quedado todos los molinos y la poca industria que había en los cuatro territorios después de la gran guerra contra Thilt. De esa manera, después de cientos de años y sin haber sufrido guerras ni intentos de invasión, la caballería y el ejército no fueron muy necesarios y en cambio sí que se potenció la industria y la artesanía. Era el reino más rico de los cuatro, el que poseía más industria, generaba más comercio y exportaba más mercancías.
Por su parte, en el reino de Tâsox, los descendientes de los antiguos Berebes que habían invadido y colonizado el reino, eran los más estudiosos y misteriosos de los cuatro territorios. Conocían la magia y la cultivaban. La hechicería era la ocupación mayoritaria de sus habitantes. Apenas tenía cuerpo de seguridad, un ejército, pero sí que tenía una orden de magia, compuesta por miles de hechiceros, que se comportaba y actuaba como un ejército, protegiendo el reino desértico.
Los cuatro reinos (y sus cuatro reyes) vivían dentro de sus fronteras, sin querer invadir los territorios vecinos y sin temor a ser invadidos por ellos. Aunque ya no tuviesen prácticamente nada en común, sus raíces eran las mismas y sus antepasados eran hermanos.
No es que tuviesen unas relaciones muy fluidas, pero al menos no había enfrentamientos entre ellos. En ocasiones, no había siquiera relación.
Pero eso tuvo que cambiar....