domingo, 12 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo VIII (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA
- VIII -
HUIDA PERSEGUIDA

Cuando Norrington salió de Velsoka el treinta de sexembre, Drill ya estaba en camino hacia el Bosque Espeso.
Había viajado la noche del robo en dirección hacia Ghuell, por el camino real. Con el nuevo día se detuvo y se escondió en una pequeña arboleda que había a la izquierda del camino, a unos cincuenta kilómetros de Velsoka. Pasó allí la mañana, durmiendo, para volver a ponerse en camino por la tarde.
Cada día se alejaba un poco más del lugar del crimen, sin sentirse del todo seguro. Había hecho lo que debía hacer para cumplir su misión, pero eso no lo tranquilizaba. La realidad era que había cometido un robo, había robado una reliquia de un gran héroe de guerra, un objeto venerado por la mayoría de los habitantes del continente. La esperanza de devolverlo al final de su misión no le hacía sentirse mejor.
Dormía al raso, escondiéndose entre la maleza siempre que podía. Otras veces dormía entre los árboles que crecían cerca del camino y en una ocasión, pasado ya Ghuell, pasó la noche en el granero de una granja que había a la entrada de Dert, una aldea grande a quince kilómetros de Ghuell. Los dueños de la granja le dieron de cenar y le trataron como un huésped.
El tres de septiembre, con el Verano instalado con toda su fuerza en Rocconalia, Drill decidió hacer un alto en su huida, aprovechando que había llegado al Bosque Espeso. Entró en el bosque, tirando del ronzal del caballo y se refugió a un centenar de metros de la linde de los árboles.
Pasó allí dos días, dejando descansar a su montura y disfrutando del frescor de los árboles y la hierba, tan de agradecer en el calor estival.
Drill sopesó sus opciones. Había valorado esconder la espada en el Bosque Espeso, en alguna de las cuevas que conocía en el centro del bosque. Sin embargo le había dado miedo que algún animal encontrase la espada y la estropease, o que algún viajero perdido la encontrase al refugiarse en la cueva y se la llevase después. Sin contar con los habitantes del bosque, la tribu de los Námàs, que conocían las cuevas y realizaban ceremonias en ellas: ellos también podían encontrar la espada y quedársela.
O peor, devolverla al museo.
Tenía que buscar otro sitio donde guardarla. Por ejemplo, la granja de su amigo Tterry.
Tterry Lomas era el mercenario amigo suyo que se había retirado el año anterior. Era el que había levantado y cuidado una granja cerca de mi pueblo, en el norte de Ülsher. Era donde Drill quería pasar sus últimos años, después de retirarse.
Pero no podía esconder la espada allí. Era demasiado peligroso para Tterry y para la granja. Drill no quería meter a su amigo en problemas, y es lo que podía acarrearle el tener escondido en sus terrenos el producto de un robo.
Sólo le quedaba una opción.
Tendría que esconder a Lomheridan en su caja de seguridad de Fixe, en Arrash. Era un sitio seguro, de donde nadie más que él podía sacar la espada. Pero aquella acción dejaba un rastro de papel, una serie de formularios en los que se registraba que su caja de seguridad contenía (aparte de sus ahorros y unas piezas de cristal de artesanía) la célebre espada de Rinúir-Deth. Confiaba en la seguridad y la discreción del banco de Arrash, pero un investigador hábil podía conseguir acceso a los archivos del banco y descubrir que él escondía la espada.
Drill suspiró, desesperado. No le quedaba otra opción mejor (en realidad sabía que la caja de seguridad era la mejor opción) así que decidió no darle más vueltas.
Se tumbó sobre un lecho de mullida hierba y se tapó con la manta hasta la cintura. Colocó las manos bajo la nuca y disfrutó del frescor y los sonidos del bosque, con tranquilidad.


- Era él, sin duda – contestó el hombre, asintiendo con fuerza. Norrington sonrió, contento.
El mercenario se había detenido a preguntar en el pueblo de Dert, en la granja que había antes de entrar en el pueblo. Llevaba siguiendo las huellas del caballo del hombre del parche desde Velsoka. Tenía suerte, pues el hombre no había abandonado el camino que unía la capital con Ghuell y después de cruzar esta ciudad había seguido  por el mismo camino. Tan sólo se desviaba para entrar en alguna arboleda o bosquecillo (Norrington imaginaba que para pasar la noche) pero luego el rastro volvía al camino.
- ¿Está seguro?
- Totalmente seguro. Pasó la noche con nosotros. Era un hombre muy educado, aunque yo no lo describiría como un anciano. Era un hombre mayor, de pelo gris y con un parche en el ojo. En el ojo izquierdo – dijo el granjero con seguridad.
- No tiene ninguna duda....
- No señor. Siempre me he fijado en esos detalles, desde pequeño: quién es diestro o zurdo, en qué dedo lleva una dama el anillo de compromiso, en qué antebrazo lleva un soldado el tatuaje.... y este hombre llevaba el parche en el ojo izquierdo.
- Bien. Gratitud y prosperidad, señor – dijo Norrington, terriblemente contento.
- Ofrezco y deseo igual. Que Sherpú le guarde.
Norrington volvió a montar en su caballo y salió de allí al galope. Seguía sobre la pista del posible ladrón de la espada.


Cuatro días después, la mañana del nueve de septiembre, Drill llegaba a Hujila, una aldea de unos trescientos habitantes que quedaba a un día de camino de la frontera. Drill se detuvo antes de entrar en el pueblo, bajándose del caballo y llevándolo por el ronzal.
Había decidido que seguiría a pie su camino. No sabía si alguien le seguía (quería pensar que no, pero estaría preparado para lo peor) así que decidió que deshacerse del caballo era una buena idea: sus huellas eran más fáciles de seguir que las de sus botas. La misión había pasado a otro nivel, uno más peligroso: Drill estaba ahora más expuesto, por eso llevaba su espada en la vaina en la cadera izquierda y su hacha corta en el cinto en la cadera derecha. Su cuchillo seguía atravesado en la espalda, colocado en el cinturón. Drill quería ir preparado.
Recorrió el pueblo hasta llegar a una casa de un solo piso, de adobe, con un pajar adosado a ella. Dentro de la cuadra había una mula y una vaca.
- ¿Hola? ¿Hay alguien en casa? – preguntó al vacío. Al cabo de un instante un hombre calvo y delgado salió de la casa, limpiándose las manos con un trapo. Llevaba un delantal sucísimo, manchado de barro y arcilla.
- ¿Qué desea?
- Atiéndame, me presentaré – comenzó Drill, colocándose el canto de la mano en la cabeza con el dedo pulgar estirado en la frente. – Soy Dumarus, viajante de profesión. Voy camino de Yutem y querría desprenderme de mi caballo.
- Yutem está aún muy lejos – dijo el alfarero. – ¿Por qué deshacerse de su caballo ahora?
- Voy a viajar por las montañas, visitando varias aldeas – dijo Drill, señalando hacia atrás, donde podía verse en la lejanía la Sierra Lishen. – Viajaré en una mula, más cómoda y útil para aquellos terrenos escarpados. Si usted tuviese la necesidad de comprar un caballo podríamos llegar a un acuerdo....
- Lo lamento, pero no necesito un caballo.... – dijo el alfarero, iniciando el gesto de reverencia, demostrando desinterés.
- ¡Atienda!  Es  usted  alfarero  ¿verdad?  –  le  detuvo. – Supongo que llevará sus trabajos por toda la comarca....
- Sí. Tengo un carro. Pero ya tengo una mula que tire de él....
- Pero yo le vendo un caballo para que el carro marche mejor tirado por los dos – dijo Drill, embaucador. – No le saldrá muy caro....
- No tengo mucho dinero, lo siento.
- Se lo venderé por lo que quiera darme....
El alfarero miró el caballo. Era un excelente animal, de buen porte y juventud. Parecía un poco cansado, pero no estaba en malas condiciones. El hombre miró a Drill, escamado. Aquello era muy raro.... Sin embargo, un caballo le vendría muy bien. Podría vender la mula y quedarse sólo con él: así podría montar por el campo y visitar más a menudo a la viuda Angelyn: estaba tan sola....
- Sólo puedo darle tres sermones por él – dijo el alfarero, que estaba dispuesto a pagar el doble.
- Es suyo.
El alfarero se sorprendió por la necesidad de aquel hombre por deshacerse del caballo (de un caballo tan bueno) pero aprovechó la ocasión. Estaba seguro de que podría vender la mula al viejo Thomas por cinco o incluso siete sermones, así que no sospechó nada más.
Pagó por el caballo y el extraño viajero siguió su camino, colgándose la mochila (que antes estaba en la grupa de la montura) en su espalda. Una espada larga sobresalía desde dentro de ella, pero el alfarero ya no tenía ojos para el forastero. Contempló su bello y magnífico caballo nuevo.
Drill salió con tranquilidad de Hujila, caminando. Salió del pueblo por el suroeste, caminando con tranquilidad hacia la frontera con Arrash. Esa misma noche habría llegado allí.


Drill caminó todo el día y llegó a la frontera al atardecer, cuando el cielo ya estaba mayoritariamente de color negro. Los caballeros de la Orden de Alastair le revisaron su placa de identificación y sus armas y le dejaron pasar sin problemas. Anduvo un trecho por el nuevo país y esperó a que se hiciese de noche por completo. Entonces se detuvo y volvió sobre sus pasos, con precaución.
Mi antiguo yumón sabía que la espada podía llamar mucho la atención y era tan grande que era imposible de esconder (no como la caja de Monto, que iba escondida en un doble forro de la mochila), así que la había escondido en unos matorrales que había en la frontera, en el lado de Rocconalia, a medio kilómetro del puesto fronterizo.
Drill había visto un par de jinetes de la Orden de Alastair en el puesto fronterizo, así que imaginó que había caballeros montados que vigilaban la frontera (tanto de noche como de día). Con cuidado se acercó a la frontera, a los matorrales donde había escondido la espada: cruzó la frontera cuando los cascos de un jinete sonaban lejos, hacia la costa, recuperó el arma y se adentró en Arrash.
Fixe aún estaba lejos, pero confiaba en haber despistado a sus posibles perseguidores.


Norrington siguió las huellas del caballo de su perseguido hasta Hujila, una pequeña aldea cercana a la frontera entre Rocconalia y Arrash. El mercenario confiaba en haber recortado distancias con su perseguido, pues había descansado pocas horas cada noche, viajando la mayor parte del día. Era cierto que su caballo nunca había marchado al galope (no quería cansarle ni dañarle, ya que le obligaba a realizar marchas de casi dieciocho horas cada día) pero habían recorrido muchos kilómetros en pocas jornadas.
Allí las huellas desaparecían y Norrington tuvo que reconocer que las había perdido. Creyó que el caballo había pasado por allí unos cinco días antes que él, pero todavía era evidente una huella de su casco herrado delante de una casa de adobe con una cuadra adosada a ella.
Se acercó a la casa, para preguntar, cuando vio un caballo en la cuadra. Lo observó con ojo crítico y de experto, acercándose al fin. Abrió la media puerta de la cuadra y entró en la estancia, pisando sobre la paja. Una vaca y una mula lo miraron con ojos estúpidos desde un rincón. El caballo lo miró también, confiado, sin inmutarse, mientras masticaba un puñado de heno.
Norrington levantó la pata del caballo, como lo hubiese hecho un diestro herrero dispuesto a cambiarle las herraduras. Observó el hierro que calzaba el animal y sonrió orgulloso.
Aquel era el caballo que llevaba siguiendo varios días.
- ¡Oiga! ¿Qué hace usted ahí? – preguntó un hombre que entró en la cuadra desde una puerta que la comunicaba con la casa.
- Disculpe, buen hombre. No pretendía hacerle nada a su caballo, ruego y solicito perdón – dijo, componiendo el gesto de saludo reverente con el canto de la mano en la cabeza. El alfarero pareció aplacarse, aunque mantuvo su ceño fruncido. – Sólo quería preguntarle por él.
- No está en venta, lo siento – contestó el hombre calvo, algo cortante. – Pero si quiere puedo venderle la mula por diez sermones.
- No, no.... No me entiende. No necesito comprarle el caballo, yo ya tengo una montura – dijo Norrington, señalando fuera de la cuadra. El dueño de la casa pudo ver el enorme y brioso caballo gris de Norrington. – Solamente quiero preguntarle por el dueño de este caballo, el que se lo vendió o cedió a usted.
El alfarero relajó su postura, desanudando su ceño fruncido. Parecía comprender algo.
- ¿Qué ha hecho ese bribón? – preguntó.
- Le sigo por robo – contestó Norrington. – ¿Sabe hacia dónde se dirigía?
- Dijo que era viajante, aunque estoy seguro de que era un mercenario....
- ¿Por qué lo dice? – preguntó Norrington, interesado
- Por su forma de hablar. Por el acento – dijo el alfarero, con un gesto taimado. – Al menos es de Ülsher, eso puedo jurarlo, digo wen.
- ¿Dijo dónde iba?
- Ese mentiroso siguió con su juego de que era viajante y que iba a visitar varias aldeas de la Sierra Lishen, por donde viajaría en mula, que por eso no necesitaba su caballo y quería vendérmelo.
Norrington se acarició la barba, pensativo. No tenía sentido que un viajero abandonase su caballo para viajar por las montañas, aunque pensase recorrerlas en mula. Estaban lejos de las montañas todavía y podría haber seguido a caballo hasta alguna aldea más cercana a la sierra, donde podría haber vendido su caballo igualmente.
Norrington lo comprendió de pronto. Hujila estaba a un día andando de la frontera con Arrash. Aquel bribón pretendía esconder la espada robada en algún banco de la capital.
- ¿Llevaba espada el hombre que le vendió el caballo?
– preguntó Norrington. Sentía a aquel hombre muy cerca, y quería asegurarse de que era a quien tenía que cazar.
- Llevaba dos. Una corta en el cinto y otra en una mochila que llevaba a la espalda. Me llamó la atención porque la que estaba en la mochila era larga y elegante, mucho mejor que la que llevaba a mano. No entendí por qué prefería usar una espada mediocre cuando tenía otra mucho mejor.
Norrington sonrió.
- Ofrezco gratitud y deseo prosperidad – dijo el corpulento mercenario, repitiendo el gesto de saludo y respeto. Salió de la cuadra y montó en su caballo a toda prisa, alejándose al galope.
El alfarero no tuvo tiempo de repetir la fórmula de despedida.


Drill recorrió caminando durante tres días la parte norte de Arrash, hasta el río Shen. Lo cruzó por un conocido vado, donde coincidió con un arriero que transportaba lajas de mármol hasta Fixe, para las cajas de seguridad. El arriero, un hombre mayor muy amable y divertido, se ofreció a llevar a Drill, que aceptó gustosamente.
En el carro Drill sólo tardó día y medio en llegar hasta la capital de Arrash, al mismo tiempo que Norrington se entrevistaba con el alfarero en Hujila.


El catorce de septiembre Drill llegó a Fixe, en el carro del arriero que lo había recogido en el vado del Shen. Esa noche, Norrington llegó al galope al puesto fronterizo entre Rocconalia y Arrash, al norte de la Sierra Lishen.
- ¿Llevan ustedes en este puesto varios días? – preguntó a los tres caballeros de la Orden de Alastair que comprobaron su placa de identificación. Norrington sabía que los caballeros cambiaban periódicamente de destino (aunque nunca muy separados uno del siguiente) y esperaba que aquellos no hubiesen sufrido un cambio de frontera hacía unos días. Esperaba que hubiesen visto pasar al ladrón que perseguía.
- Llevamos aquí desde sexembre, ¿por qué? – contestó el que tenía su placa de identificación. Se la devolvió mientras esperaba la explicación de Norrington.
- Voy buscando a un ladrón desde Velsoka. Es un hombre con un parche en el ojo.
- El último que pasó por la frontera era un hombre con un parche en el ojo – contestó otro de los caballeros. – Pero era un mercenario como usted....
- Puede que lo sea – contestó Norrington, pensando en las sospechas del alfarero de Hujila pero manteniendo la duda, hasta haberlo podido comprobar. – ¿No lo detuvieron? Llevaba una espada robada.
- No señor – contestó el primer caballero que había hablado, y que parecía ser el de mayor rango. – Llevaba una espada reglamentaria que estaba a su nombre. Nada más.
- La habría escondido.... – murmuró Norrington. – ¿Cuánto hace que pasó por aquí?
- Hará unos cuatro o cinco días – fue la respuesta. – ¿Está seguro de que era el ladrón?
- Estoy seguro.
- Entonces tendremos que revisar con atención la frontera, por si la espada robada está escondida a lo largo de ella – dijo el caballero.
- Háganlo – dijo Norrington, volviendo a montar en su caballo, aunque no creía que los caballeros encontraran nada.
- ¿Cómo era la espada? – preguntó otro de los caballeros, para saber qué tenían que buscar.
- Ese mercenario ha robado la espada de Rinúir-Deth – dijo Norrington, a la vez que azuzaba a su caballo y entraba en el reino de Arrash al galope. Los caballeros de la Orden de Alastair se quedaron con la boca abierta, detrás de él.

martes, 7 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo VII (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA

- VII -

TASH NORRINGTON



Mi viejo yumón ya estaba lejos de Velsoka (muy lejos) cuando lo que voy a contaros sucedió, así que no os fieis mucho de mis palabras. Mi relato se basa más en mis experiencias previas y en mi adiestramiento como mercenaria que en el conocimiento fehaciente de lo que ocurrió en esta situación. El resto de la historia os la cuento tal cual mi viejo yumón me la transmitió a mí: esta parte es una mera suposición.

Cuando los guardias del Museo de la Guerra se dieron cuenta de que la espada Lomheridan había sido robada dieron la voz de alarma, usando sus silbatos de latón. Sin embargo, a pesar de que reaccionaron de una manera bastante ágil y rápida, el ladrón se había escapado sin dejar ninguna pista (como os he contado en el capítulo anterior).

Los alguaciles de la ciudad registrarían todo el entorno, sin hallar ninguna pista. Los guardias y ellos sólo sabían que el ladrón se había descolgado desde la linterna de la alta cúpula, saltando después a tierra, quemando la cuerda para no dejar pistas. Dos alguaciles habían luchado contra él, pero no habían podido verle, porque estaba a contraluz.

En definitiva, no tenían ninguna pista del ladrón.

Los guardias del museo, después de buscar pistas y de que los alguaciles de fuera les advirtiesen de que el ladrón había escapado, cumplirían con el protocolo: darían el aviso al teniente de alguaciles de la ciudad para que se pusiera a buscar al ladrón inmediatamente (había pocas posibilidades de que el ladrón siguiera en la ciudad, pero alguna había) y después avisarían al director del museo, el señor Dumarus.

Supongo que el director llegó al museo en plena madrugada, apresuradamente. Me gusta imaginarle despeinado, vestido de forma informal, y con ojos somnolientos, pero imagino que estaba espabilado. En su museo había ocurrido lo peor que podía ocurrir.

La investigación continuaría durante toda la madrugada y el día siguiente. Los alguaciles de la ciudad entrarían en el museo, para buscar pistas y comprender la situación. Y la situación era que el objeto mejor guardado del continente había sido robado.

Pronto debió llegarse a la conclusión de que sólo un ladrón experimentado podía haberlo hecho, así que el director del Museo de la Guerra, el señor Dumarus, (esto lo sabemos con seguridad, por lo que pasó después) requirió los servicios de un mercenario.

A mediodía del día siguiente al robo, el catorce de sexembre, el señor Dumarus recibió en su despacho al mercenario que los alguaciles de la ciudad le habían conseguido. Pude conocerle tiempo después, así que puedo daros la descripción exacta de cómo era: un hombre grande, corpulento, con el pelo largo y negro, un fiero bigote sobre el labio y una barba rizada en las mejillas. Sus ojos grises refulgían bajo las pobladas cejas, serios, duros y coléricos.

Vestía ropas de color pardo y una capa confeccionada con pieles de oso. Llevaba botas de cuero marrón, protectores de hierro en los antebrazos y un casco amplio con cuernos de vaca en los costados. Su nombre era Tash Norrington y era natural de una aldea de Barenibomur, en las Montañas Seden.

- Bienvenido. Siéntese, por favor – imagino que dijo el director.

Por lo que pude saber de Norrington más adelante, imagino que se quedó de pie, aunque bien podía haberse sentado. Más tarde Drill averiguaría que acababa de cumplir la noche anterior una misión de rescate en una aldea de la costa norte de Rocconalia, así que quizá estuviese deseando sentarse y descansar.

- Supongo que los alguaciles le han puesto en antecedentes de nuestro problema – iniciaría Dumarus la conversación.

- Han robado algo en su museo y yo tengo que recuperarlo – contestaría Norrington (aunque en realidad él ya sabía qué habían robado).

- Eso es. Ni más ni menos – diría Dumarus. – Solamente una apreciación: necesitamos que nos traiga al ladrón. Queremos darle un castigo ejemplar – diría Dumarus, con un tono sádico (aunque quizá esto no fuese así: la verdad es que el director del museo no me cayó bien desde el principio, y quizá sólo esté exagerando).

- Bien.... ¿Tienen alguna pista? ¿O debo buscar por todo Ilhabwer? – preguntaría Norrington (al menos es lo que yo preguntaría).

- Hace unos días me entrevisté con un hombre anciano que estaba muy interesado por la espada. Esperó casi un mes para poder entrevistarse conmigo, así que su interés era intenso. Quería la espada para su asociación, una agrupación llamada Amigos de los Nueve Reinos, o algo así. Según dijo su sede estaba en Ire. Es un buen sitio por el que empezar a buscar – es lo que el director dijo con mayor probabilidad.

- Bien. Veo que no tenemos muchos datos para empezar a buscar.... – diría Norrington (la verdad es que al pobre mercenario le habían propuesto una misión un tanto complicada).

- Sé la dificultad de la misión – diría el director. – Por eso vamos a pagarle trescientos sermones por la captura del ladrón y la recuperación de Lomheridan (es de lo poco que sabemos con seguridad que ocurrió durante esa entrevista: la recompensa que recibiría Norrington).

- Me pondré a trabajar de inmediato, señor – aseguraría Norrington, sonriendo peligrosamente. Después se despediría del director con el pulgar en la frente y el canto de la mano en la cabeza y saldría del despacho y del museo.





Lo que Tash Norrington hizo los días siguientes en Velsoka puedo contároslo con mayor o menor certeza, porque más adelante se lo explicaría a Drill.

El mercenario recorrió la capital casi por completo, empezando por los alrededores del museo hasta extenderse hacia la periferia. Preguntó en cada taberna, en cada comercio, en cada puesto del mercado. Indagó sobre un anciano vestido con túnica y con cicatrices en la cara.

Se pasó los primeros cinco días investigando sobre el anciano y su asociación de Amigos de los Nueve Reinos. Pero nadie conocía la asociación.

Norrington imaginó que la asociación era una simple tapadera, una invención para engatusar a la gente del museo, así que dejó de buscar en esa dirección.

Cambió de táctica y preguntó en todas las agencias de diligencias, preguntando por un viajero: la asociación podía ser falsa, pero la persona que se había entrevistado con el director del museo era real. Durante otro par de días Norrington preguntó por un anciano con la cara llena de cicatrices en todas las agencias de diligencias, sin éxito.

Así que luego probó en las caballerizas y casas de alquiler y venta de caballos. Norrington sabía que el tiempo era esencial, que cuanto más tiempo estuviese en Velsoka más se alejaba el ladrón de allí. Pero también sabía que la información que pudiese obtener sobre el ladrón era fundamental para atraparlo.

Al fin, en una caballeriza pequeña y humilde, un vendedor pudo darle información aparentemente útil.

- No recuerdo todos los caballos que he vendido, señor – le dijo el caballerizo, un hombre maduro, de rasgos jóvenes y mirada avispada. – Y menos si me pregunta por una venta de hace más de diez días....

- El comprador era alguien fácil de recordar – dijo Norrington. – Era un anciano con la cara llena de cicatrices y el ojo izquierdo cegado por una herida profunda.

- No recuerdo a nadie así.... ¡Bueno! Recuerdo haber vendido un caballo a un hombre con un parche en el ojo, hará dos semanas, poco más o menos....

- ¿Llevaba el parche en el ojo izquierdo?

- No puedo recordarlo, lo siento.... Pero recuerdo el parche y las cicatrices de su cara.... Aunque no era un anciano: era un hombre mayor, pero no un viejo.

- ¿Le vendió el caballo de noche, casi de madrugada?

- No señor. Eso seguro que no. Nunca estamos abiertos de noche. Me compró el caballo de día, creo recordar que fue por la mañana. Es más, lo compró y lo dejó aquí un día, más o menos. Después lo recogió y no volví a saber nada más de él.

- Gratitud y prosperidad – dijo Norrington, lanzándole una moneda de un sermón, que el caballerizo atrapó al vuelo.

- Gratitud a usted, que Sherpú le guarde, digo wen.

Norrington creía estar sobre la pista del ladrón, o por lo menos del farsante que había intentado hacerse con la espada mediante mentiras y engaños. No era un mal sitio por dónde empezar.

Sabía que un hombre con cicatrices y un parche (esperaba que lo usase para cubrirse el cegado ojo izquierdo) había estado en Velsoka en las mismas fechas que el ladrón de Lomheridan, que había comprado un caballo cerca de la fecha del robo y que había sacado el caballo de la caballeriza de día, después de haberlo dejado allí un tiempo. Si lo había usado para salir de la ciudad después del robo, debía haber dejado el caballo en algún sitio hasta la noche.

Norrington indagó entonces en las tabernas de la ciudad, durante los tres días siguientes, hasta dar con un tabernero que recordaba al tipo del parche en el ojo.

- No recuerdo en qué ojo llevaba el parche, lo siento – dijo el tabernero, mientras restregaba la barra de madera con un trapo mugriento. – Pero ese hombre me pagó para que su caballo se quedase atado a la puerta de la taberna durante toda la tarde y parte de la noche.

- ¿Cuándo vino a recogerlo?

- No lo sabría con seguridad – contestó el tabernero,

– pero sería entre medianoche y la una de la madrugada, porque cuando el doctor se fue a eso de la una le acompañé a la puerta (estaba terriblemente borracho) y ya no había ningún caballo atado a la puerta. Como aquel hombre no vino al día siguiente a reclamarlo imaginé que había sido él el que se lo llevó por la noche.

- Gratitud y prosperidad – dijo Norrington, lanzando otra moneda de sermón girando por el aire.

Norrington sabía que el ladrón le llevaba casi quince días de ventaja, pero ahora sabía cómo era (casi con total seguridad) y hacia dónde se había dirigido. Aquella taberna estaba en el sur de la ciudad, muy cerca de la carretera hacia Ghuell.

Norrington imaginaba que el ladrón había salido hacia allí, no sabía con qué destino, pero lo averiguaría poco a poco.

No en vano era el mejor rastreador de huellas de su promoción en la academia de mercenarios.