jueves, 16 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo X (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA
- X -
ENCUENTRO DESAFORTUNADO

La semana que Drill pasó en Totsetum se hizo muy corta. Mi viejo yumón disfrutó de unos días tranquilos, sin preocupaciones. Paseo por la ciudad, visitó las tabernas por las noches, jugó en los casinos de la zona de fiestas, comió en los mejores restaurantes que le aconsejaron, conoció gente interesante.... Estaba lejos del Museo de la Guerra y la espada Lomheridan estaba bien escondida, a buen recaudo. Nadie podía relacionarle con aquel robo y se sentía más tranquilo.
El día antes de que Drill continuase con su viaje estaba aprovechando para despedirse de la ciudad, cenando agradablemente en una de las tabernas más famosas. Había gastado bastante durante aquella semana (aunque había recuperado casi todo con los dados en el casino hacía dos noches) pero aún le quedaba mucho de los quinientos sermones que Karl Monto le había adelantado en concepto de gastos. Drill aprovechaba para cenar en condiciones (pato en confitura, patatas asadas, pan de pipas, cerveza negra y flan de postre) e incluso valoraba la idea de pagar por tener algo de compañía aquella noche....
- Así que nos dejas, ¿eh? – dijo un joven pastor de ovejas, sentándose a la mesa de Drill. El muchacho se llamaba Tithus, y había hecho amistad con el viejo mercenario. Era el que le había enseñado la vida nocturna de la ciudad, con todas sus diversiones y entretenimientos.
- Mañana parto hacia Darisedenalia, sí – contestó Drill, pidiendo otra jarra de cerveza para su amigo.
- Te voy a echar de menos – dijo el muchacho, con pena. – No encontraré por aquí a nadie como tú, que me siga el ritmo cada noche. La gente de aquí tiene la diversión a su alcance, pero no la disfrutan.... Contigo podía hacerlo.
- Lo siento, pero tengo que seguir con mi trabajo.... – se excusó Drill.
- Lo entiendo, lo entiendo – el camarero le trajo a Tithus una cerveza en ese momento y el muchacho la tentó, dejándose dibujado un bigotillo de espuma. – Y espero que tengas éxito y suerte.
- Que Sherpú te oiga – dijo Drill, brindando con su nuevo amigo, chocando las dos jarras de cerveza.
Los dos amigos se quedaron un rato en silencio, Drill concentrado en la madera de la mesa y Tithus ojeando la gente del local.
- ¿La tienes por aquí? – preguntó el muchacho, en un susurro confidencial. Drill metió la mano en un bolsillo amplio que tenía su pantalón de pana a media pernera y sacó la caja de Karl Monto, poniéndola sobre la mesa.
Tithus la admiró otra vez, como las otras veces que Drill se la había mostrado. Mi antiguo yumón sabía que no podía hablar sobre su misión, pero sabía que con el joven pastor no había problema: no era un espía, ni sacaría beneficio con la información.
Drill tomó la caja y empezó a juguetear con ella, pensativo. Empezó a abrir y cerrar la tapa varias veces seguidas, sin darse cuenta de que no estaba solo. Tithus abrió los ojos como platos cuando reconoció lo que había dentro, cuando la luz dorada del interior le iluminó la cara.
- ¡Vaya! ¿Así que es eso lo que esconde la caja? Menudo tiparraco el que te ha contratado....
- ¿Por qué dices eso? – preguntó Drill, avergonzado, riñéndose mentalmente por haber cometido tremendo error Una cosa era que Tithus supiese de su misión y otra que viese el interior de la caja.
- ¿Acaso no has visto lo que hay dentro? – preguntó el muchacho, divertido. – Ése tío es un vicioso....
Drill lo pensó detenidamente, sorprendido. Nunca se le hubiese ocurrido pensar que lo que había dentro de la caja se podía ver de aquella manera.... Guardó el cofrecito en el bolsillo otra vez y cambió de conversación.
Los dos hombres siguieron cenando y hablando, bebiendo varias cervezas más. Cuando Tithus empezó a tambalearse y su voz a resbalar, el mercenario decidió que ya era hora de parar.
- Me temo que has bebido más de la cuenta – le dijo, poniéndole erguido sobre el taburete.
- El je essshta borracho eresssh tú.... – dijo el muchacho, arrastrando las palabras. Drill rio, divertido. Él también estaba un poco achispado, pero estaba acostumbrado a beber y, además, tenía la panza llena con la abundante cena. Sin embargo, su nuevo amigo era un tanto flojo con la bebida.
- Vamos, te acompañaré a casa....
- ¡Que no! Me voy yo sssholo.... – Tithus se tambaleó al levantarse, pero se mantuvo en pie.
- ¿Estás seguro? – preguntó Drill, poniéndose de pie después de su amigo.
- Ssshí. Tú ssshigue a lo tuyo....
Tithus salió de la taberna, trastabillando y chocando con bastantes clientes. La mayoría le conocían así que no hubo problemas. Drill lo vio irse, preocupado, mientras se acercaba a la barra. Puso unas monedas sobre ella y se despidió con un gesto del camarero.
- Adiós, Drill. Suerte con tu misión.
- Gratitud y prosperidad – respondió el mercenario, dirigiéndose ya hacia la puerta, buscando a su amigo con la mirada. No se dio cuenta de que un hombre corpulento se ponía de pie detrás de él y lo seguía.
Drill salió de la taberna y llamó a gritos a Tithus, que no le respondió. No había ni rastro del joven pastor. Drill se preocupó un poco, pero tampoco podía hacer nada más. El muchacho podía andar y seguramente lo habría hecho a toda prisa hasta su casa.
Por si acaso, se acercó al callejón oscuro que había detrás de la taberna. A lo mejor Tithus se había metido allí a vomitar, entre las cajas de madera vacías, los barriles de vino y cerveza y los montones de porquería. Drill escudriñó la oscuridad, sin verle por allí.
Se dio la vuelta para salir del callejón y fue cuando vio al hombre enorme que le cerraba el paso, a la entrada. Drill se detuvo, atento y algo nervioso. La luz de un farol le daba de espaldas, así que no podía verle la cara. Pero pudo intuir su amplitud de espaldas, sus miembros anchos y fuertes y la melena que le caía por los hombros. Imaginó que llevaba un casco, pues dos cuernos grandes de vaca le salían de la cabeza.
- Buenas noches.... – dijo, intentando usar un tono despreocupado. Esperaba no tener que defenderse de aquel ladrón (pues, ¿qué más podría ser?).
- Tienes que ser tú.... estoy casi seguro de que eres tú.... – dijo el hombre.
- Sí, yo soy yo – contestó Drill, movido por los vapores del alcohol. – ¿Y quién eres tú?
- El hombre que va a detenerte – dijo la sombra que estaba a la entrada del callejón.
- No he hecho nada malo – dijo Drill, levantando las manos a ambos lados del cuerpo. Sin embargo, no dejaba de pensar en Lomheridan.
- Tendremos que comprobarlo.... – dijo el hombre, acercándose. Su parte delantera se volvió más oscura. – Imagino que tendrás una coartada durante el último mes....
- Sí.... No.... No sé.... – tartamudeó Drill. – ¿De qué me acusa?
- De robar la espada de Rinúir-Deth del Museo de la Guerra, en Velsoka, hace mes y medio.
- Yo no he robado nada.... – intentó defenderse. Una sonrisa brilló en la cara en sombras del otro hombre.
- Eso es fácil de comprobar.... Acompáñame sin causarme problemas y lo aclararemos en seguida....
- Yo.... es que.... mañana salgo de viaje en diligencia....
- Vaya, lo siento. Supongo que perderá el viaje. Pero si sirve para aclarar su inocencia habrá estado bien – dijo el hombre en sombras, con un tono burlón que a Drill no le gustó nada.
No sabía cómo, pero aquel hombre había descubierto que él había robado la espada. Más aún, sabía que él era el ladrón y lo había seguido durante cientos de kilómetros hasta alcanzarle en Arrash, donde él ya se sentía seguro y despreocupado. No podía entenderlo.
Por suerte la espada estaba escondida y no había dejado ninguna pista de que él la hubiese robado. Aquel hombre no tenía nada para probar su culpabilidad.
- La única espada que tengo es ésta – dijo, señalando el arma que llevaba en la cadera izquierda. – Y como puede ver no es la de Rinúir-Deth.
- Hace días que ha escondido la espada, supongo que en algún banco de Fixe, en alguna caja de seguridad que esté a su nombre – dijo el hombre en sombras, con superioridad. – Es fácil situarle en la frontera entre Rocconalia y Arrash, pues entregó su placa de identificación a los caballeros de la Orden. Además, varias personas pueden reconocerle, como los dueños de la granja a la entrada de Dert o el alfarero de Hujila al que le vendió el caballo. Todos le vieron con una espada en la mochila, una espada que no es ésa que lleva en el cinturón.
- ¿Cómo....? ¿Cómo se atreve....? – mintió Drill, ágil en el último momento. Su primera pregunta iba a ser ¿Cómo sabe usted todo eso?
El hombre en sombras se presentó entonces como Tash Norrington, mercenario contratado por el director Dumarus, del Museo de la Guerra de Velsoka para atrapar al ladrón y recuperar la espada. Después le contó a Drill cómo le había seguido la pista desde la capital del reino de Rocconalia, por el camino real y hasta Arrash. Le dio todo lujo de detalles, por eso os he podido contar todo el viaje y las pesquisas de Norrington con veracidad en los capítulos anteriores. Ya os dije que Norrington se lo había contado todo a Drill.
Mi antiguo yumón tragó saliva sonoramente. Había creído que no había dejado pistas, pero era evidente que un mercenario bien entrenado podía encontrarlas. Se había sentido victorioso demasiado pronto. Y ahora le habían pillado.
Maldijo a Monto por lo bajo.
- Le pido por favor que no se resista – decía en ese momento el mercenario llamado Tash Norrington. – No quiero iniciar una pelea, pero le seguiré el juego si usted quiere pelear. Y no se lo recomiendo.
Drill valoró a su adversario. Tenía muchas posibilidades de ganarle en una pelea a espada: el tal Norrington había cometido el error de infravalorarlo, por su edad y su estatura. De todas formas, no quería meterse en una pelea, allí, en aquel callejón sucio y apestoso. Tendría que dejarse atrapar y después ver cómo podía lograr escapar.
- Está bien – dijo, levantando las manos, separándolas del cuerpo. Empezó a andar hacia su captor. – No tengo nada que esconder.
Norrington rio.
- Puede seguir con esa cantinela cuanto quiera, amigo. Pero sé que usted es el culpable.
Entonces todo se aceleró. Como suele ocurrir, la vida suele ser una sucesión de momentos lentos, aburridos incluso, una cadena de rutinas una detrás de la anterior.... hasta que ocurre lo inesperado, lo que nos anima a seguir viviendo. De repente llega la acción, largamente esperada. Y suele ser un momento rápido e intenso.
- ¡Drill! ¿Qué haces aquí? – se escuchó una voz desde la entrada del callejón, detrás del hombretón. Norrington se dio la vuelta, sorprendido, viendo allí a un jovenzuelo despeinado, sudoroso y visiblemente borracho. Tenía la pechera del jubón llena de vómito y la cara pálida y con ojeras. Cuando mi yumón vio a su amigo vio la oportunidad de su vida, echando a correr.
Pero Tash Norrington era bueno y logró atraparle por el cuello de la camisa cuando pasó a su lado. Drill frenó de repente, por el tirón de Norrington, que le hizo separar los pies del suelo.
- ¡Tú no te escapas! – le gritó.
Tithus reaccionó entonces, al ver cómo era zarandeado su amigo. Apretó los dientes y corrió hacia el hombretón que sujetaba a Drill de tan malas maneras. Aulló como un loco cuando saltó sobre su espalda, agarrándose con fuerza a su cuello, rodeándolo con los brazos. El gigantón soltó a Drill, agarrando a Tithus por la espalda del jubón, intentando quitárselo de encima, sacudiéndose en todas direcciones.
Drill miró asombrado la escena: el enorme y fuerte mercenario intentando quitarse de encima al escuálido muchacho. Era como ver luchar a un león que quería librarse de un gorrión que se le había posado en la espalda (con la sorprendente situación de que el poderoso león no podía deshacerse del frágil gorrión).
El casco de Norrington salió despedido, en uno de sus varios giros para soltarse del muchacho. Drill se acercó entonces, cerrando la mano derecha en un puño, apretando su antebrazo, volviéndose sus músculos en acero templado. Cuando el mercenario gigantón se quedó de cara hacia él, fruto de sus múltiples movimientos, Drill le calzó un puñetazo en la mandíbula, con fuerza y velocidad.
Norrington se sintió aturdido, cayendo de rodillas al suelo. Soltó a Tithus para apoyarse en el suelo con las manos, quedando a cuatro patas. Drill cogió una caja vacía de madera medio podrida para estampársela en la cabeza al enorme mercenario. Norrington quedó tendido en el suelo, gimoteando. Tithus se soltó al fin y le dio un par de patadas en el estómago, aprovechando que el mercenario estaba medio vencido en el suelo.
- ¡Corre, Drill! ¡¡Corre!! – dijo, echando a correr él también. La borrachera se le había pasado de golpe.
Los dos amigos corrieron por las calles de Totsetum, en dirección a la pensión de Drill. Allí recogió sus pertenencias (asegurándose de que llevaba la caja de Monto) y volvió a salir corriendo.
- ¿Qué vas a hacer? – preguntó Tithus, jadeando al lado del mercenario.
- No puedo esperar aquí para coger mañana la diligencia. Ese tipo lo sabe....
- ¿Pero qué quiere de ti?
- Es parte de mi misión – explicó Drill, sin meterse en más detalles. Dijo justo lo que Tithus necesitaba saber.
- Si te quedas aquí te encontrará....
Drill se pasó la mano por el mentón, raspándose con la corta barba. No se le ocurría qué podía hacer....
- ¿No hay por aquí algún pueblo pequeño?
- Fregis está a poco más de veinte kilómetros de aquí, hacia la frontera – explicó Tithus. El joven pastor jadeaba, sudaba y apestaba a vómitos, pero estaba lúcido. – Si viajas toda la noche llegarás allí antes del amanecer.
- ¿La diligencia pasará por allí?
- Creo que sí. Es la primera parada.
- Entonces ya sé qué es lo que voy a hacer.... – dijo Drill, poniéndose en marcha. Tithus lo siguió trotando.


Al día siguiente Norrington vigiló la salida de cualquier diligencia que fuese a dejar la ciudad. Lo tuvo fácil: sólo tres carruajes de línea regular salían aquel día. Uno marchaba hacia el norte y, aunque no tenía ninguna esperanza de que Drill volviese sus pasos en esa dirección, estuvo en la partida de la diligencia. Por supuesto, Drill no estaba allí.
Tampoco lo vio en ninguna de las dos diligencias que salieron de Totsetum aquel día, una hacia Yutem y la otra hacia el este de Rocconalia. No había ni rastro del ladrón.
Lo que quería decir que, probablemente, seguía en la ciudad.
Norrington, cabreado, herido en su amor propio y con un chichón en lo alto de la cabeza, se puso a buscar a Drill por la ciudad.


Norrington nunca podría encontrar a Drill en Totsetum, ya que el viejo mercenario llevaba toda la noche en el camino y desde el amanecer esperaba sentado al lado de la parada de la diligencia que había en Fregis. A media mañana llegó el carruaje, que hizo su parada fijada, aunque ninguno de los pasajeros pensaba bajar. Drill se acercó al pescante para hablar con el conductor.
- Buenos días.
- Lo mismo tenga usted – contestó el hombre subido al pescante.
- Atiéndame: tengo billete para la diligencia....
- Entonces suba.
- ....pero tengo un problema. Mi billete era desde Totsetum, pero tuve que venir ayer hasta Fregis por un asunto urgente. ¿Hay algún problema si cojo la diligencia aquí?
- Ninguno, señor – explicó el joven cochero. – Solamente ha pagado de más, ya que parte del recorrido de la diligencia ya lo ha hecho usted a pie. No creo que la compañía se queje por eso.... – bromeó.
- Muy bien.
- Suba y disfrute del viaje – dijo el cochero, mientras tomaba la pequeña mochila de Drill y la subía al techo, asegurándola. Drill montó dentro.
El conductor chasqueó las riendas y los seis caballos se pusieron otra vez en marcha, a buen trote.
Drill se acomodó en el asiento, permitiéndose un momento de relajación. A cada segundo se separaba un poco más de Tash Norrington.

martes, 14 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo IX (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA
- IX -
CAJAS DE SEGURIDAD

Arrash era un país pequeño, más o menos del mismo tamaño que Ülsher. Era un reino pacífico, dedicado a la banca y a la protección de objetos y riquezas del resto de reinos. Arrash era pequeño y estaba encajonado entre las montañas de la Sierra Lishen y los acantilados de la costa. Era un país difícil de atacar y sencillo de defender. Además, siempre se había mantenido neutral (excepto en la Guerra de los Nueve Reinos) y ahora guardaba riquezas, tesoros y secretos de mucha gente de los otros ocho reinos: a ninguno le interesaba que lo que había guardado en los bancos y las cajas de seguridad de Fixe (la capital de Arrash) cayese en otras manos que no fuesen las propietarias de aquellos tesoros y secretos. Había un acuerdo tácito entre todos los soberanos para que Arrash siguiese siendo un territorio neutral y pacífico.
Drill tenía abierta en Fixe una cuenta, como la mayoría de los mercenarios: era la única manera segura de ahorrar el dinero necesario para pagar el tributo a la academia cada mes de febrero. Además también tenía contratada una caja de seguridad, donde pensaba guardar a Lomheridan.
Mi antiguo yumón buscó una pequeña pensión en la capital para pasar aquella noche, y reservó una pequeña habitación. Después dejó su equipaje en el armario y salió a la calle con Lomheridan en sus manos. La espada estaba envuelta en trapos, para que nadie la reconociese.
La espada le quemaba en las manos. Notaba todos los ojos puestos sobre él, imaginaba que todo el mundo en Fixe reconocía el objeto que llevaba con él y eso le ponía más nervioso. Tenía que deshacerse de la espada ya mismo.
Llegó al banco “Gran Azul” de Fixe, donde tenía su cuenta de ahorro y su caja de seguridad. Las cuentas de ahorro de Arrash funcionaban de la siguiente manera: la gente podía guardar allí sus ahorros, sin pagar nada. Sin embargo, el banco usaba todos los activos que tenía para hacer préstamos e invertir en actividades de poco riesgo. De esta manera, el banco obtenía beneficios (con las ganancias o con los intereses de los préstamos) y también los clientes, que al fin y al cabo eran los que exponían sus ahorros. Las cajas de seguridad tenían un alquiler, que se pagaba al año al banco. El contenido de las cajas nunca se tocaba, salvo cuando el dueño lo ordenaba o permitía. Había muchas cajas de seguridad cerradas, sin poder abrirse, porque sus dueños habían muerto y no habían dejado claro en su testamento qué hacer con sus posesiones guardadas en ellas. La ley de Arrash dictaminaba que debían pasar cincuenta años antes de poder abrir la caja de seguridad de una persona que había muerto.
- Bienvenido, señor. ¿En qué puedo ayudarle? – le dijo una mujer joven, que atendía uno de los mostradores de piedra del banco.
- Vengo a abrir mi caja de seguridad – dijo Drill, manteniendo la espada bajo el mostrador.
- ¿Va a hacer un ingreso o una sustracción?
- Ingresar un nuevo artículo.
- Muy bien – dijo la joven, mirando por encima de Drill, buscando algún técnico libre. – Mire, la señora Joffa está libre. Ella es técnico en cajas de seguridad: es aquella mujer de allí.
- Ofrezco gratitud – dijo Drill, dándose la vuelta y yendo al encuentro de la señora Joffa, que estaba sentada a una mesa llena de papeles, con plumas de tinta por doquier. Un ábaco y un tintero completaban la mesa.
- ¿En qué puedo ayudarle? – le dijo, amablemente.
- Verá, tengo una caja de seguridad en este banco y quiero hacer un ingreso – explicó Drill, mientras le tendía a la mujer su placa de identificación.
- Ya veo.... Es usted mercenario – dijo, cambiando su mirada de la placa a la cara de Drill, sonriendo, admirada. Drill compuso su sonrisa tímida e infantil.
- Sí.
- Espere un momento.... – la señora Joffa se levantó de la silla y se acercó a unos archivadores que había en la parte trasera del banco, ocupando toda una larga pared. Un montón de fichas de madera estaban allí guardadas, por orden alfabético: eran las fichas de los clientes del banco. La señora Joffa buscó en las baldas de la letra D hasta que encontró la que buscaba y volvió a su mesa. – Veo que su caja de seguridad es de nivel 3, señor Drill. ¿Quién es su técnico especializado?
- La señorita Guada – dijo Drill.
- Espere allí, si es tan amable – dijo la señora Joffa, señalando una zona de sofás. – Iré a buscarla.
- Gratitud y prosperidad.
La señora Joffa se metió por una puerta que llevaba
hasta la zona de los despachos y los pasillos del interior del banco, donde estaba la zona de administración. Mi antiguo yumón mientras tanto se sentó en un sillón a esperar a la señorita Guada.
A los pocos minutos llegó una mujer joven, de unos veinticinco años, con el pelo castaño recogido en una coleta. Era un poco más bajita que Drill y muy delgada. Sus ojos eran saltones y azules y su cara era pálida y redonda. Sonreía al mercenario mientras se acercaba a él.
- Buenos días, señor Drill – dijo, amable, tendiéndole la mano. Los dos se dieron la muñeca. – Hacía mucho tiempo que no le veíamos por aquí.
- Hacía tiempo que no tenía nada valioso que guardar.... – dijo Drill, amable.
- Pero al parecer ahora tiene algo – dijo Guada, señalando la espada envuelta en trapos.
- Sí.
- Acompáñeme, por favor. Vamos a su caja de seguridad.
La señorita Guada caminó hacia una puerta, situada a diez metros de la puerta de la zona de administración, en la misma pared. Drill la siguió, caminando los dos por un pasillo largo forrado de mármol. Sus pasos resonaban con eco en la vacía estancia.
- ¿Y cómo le van las cosas, señor Drill? ¿Envuelto en alguna nueva misión? – se interesó la señorita Guada.
- Efectivamente – contestó Drill, sin comprometerse mucho. – Por eso tengo que guardar este artículo, hasta que lo necesite dentro de un tiempo.
- Sabe que aquí estará seguro....
- Lo sé.
Los dos cruzaron el pasillo y entraron por una puerta amplia de doble hoja, después de haber dejado varias puertas a la izquierda, sin preocuparse por ellas. En esas salas estaban las cajas de seguridad de nivel 1 (para objetos pequeños) y las de nivel 2 (objetos de mayor importancia). Las cajas de seguridad de nivel 3 eran más grandes y más caras: estaban mejor protegidas.
Allí fue donde los dos entraron, en la sala de las cajas de seguridad de nivel 3. Era una sala amplia, de mármol grisáceo. Salvo la pared de la puerta, toda la sala estaba forrada de puertas de mármol con una cerradura de bronce. Las cajas de seguridad (y sus puertas) eran de diversos tamaños: había puertas de un palmo de largo y unas pocas pulgadas de alto, puertas tan altas como un hombre y de medio metro de ancho, puertas cuadradas de un par de metros de lado.... La caja de Drill, la 019, medía unos cuarenta centímetros de ancho y unos veinte de alto. La señorita Guada la abrió y se alejó, dejando que Drill se acercara: los técnicos no podían mirar lo que había dentro de las cajas de los clientes. Drill abrió la puerta, que giró sobre las bisagras de bronce y sacó un largo cajón de metal que había en su interior (de un par de metros de largo). Dentro de la caja había un saco de cuero pequeño con un puñado de monedas, una espada corta dentro de una vaina elegante y ostentosa y varias piezas de cristal de artesanía, envueltas en papel de estraza, para protegerlas. Drill, con mucho cuidado, metió a Lomheridan dentro del cajón de metal de su caja de seguridad. Mi viejo yumón suspiró, aliviado. Sentía que se había quitado un peso terrible de los hombros.
Entonces cayó en la cuenta de la otra espada que estaba dentro del cajón, al lado de Lomheridan. Había sido un regalo de hacía muchos años, un regalo de un cliente agradecido. Drill siempre había pensado que era una espada demasiado ostentosa para él, así que la había guardado en su caja de seguridad. Era una espada corta, de la misma longitud que la sencilla espada que siempre llevaba con él. La hoja era brillante y afilada, de unos cuarenta centímetros. La empuñadura era de buen acero templado, con la cruz ligeramente curvada hacia la hoja. Tenía dos agujeros anchos, en los que se podía introducir un dedo, para hacer girar la espada sobre él y hacer peligrosos molinetes. En el centro de la empuñadura, en la base de la hoja, en ambos lados, había una pieza de oro con el emblema de la Hermandad de los Mercenarios.
La vaina era también de acero y oro. La boca de la vaina era de acero, con grabados y adornos de oro incrustados, igual que el final de la vaina. Entre medias, unida al acero, había una pieza de oro de un palmo, adornada con molduras y con trozos abiertos, por los que se podía ver la hoja cuando la espada estaba guardada. Era un arma muy aparatosa, pero era buena: buen acero, buen filo, equilibrada y útil. A Drill se le ocurrió en ese momento que era la ocasión de utilizarla. En aquella misión que no era suya, en aquella misión estúpida e inútil.... en aquella misión que iba a ser su última misión (acabase bien o acabase mal).
Cogió la espada elegante y dejó la sencilla, con la vaina y todo, vigilando por encima del hombro que la señorita Guada no se diera cuenta. Empujó luego el cajón hasta el fondo y volvió a cerrar la puerta.
- Ya está – dijo, dirigiéndose a la señorita Guada. Ésta se volvió, pues estaba de espaldas, y se acercó a la caja 019, para cerrarla con llave.
- Muy bien – sonrió la mujer. – Ya sabe que su artículo estará a salvo en nuestra caja de seguridad, durante el tiempo que quiera disponer de sus servicios. Nadie la abrirá, ni observará lo que hay en su interior, ni tocará ninguno de los artículos. Sabe que sólo usted puede hacer eso. No olvide que antes de salir del banco tiene que rellenar los formularios de ingreso de artículos y actualizar la lista de objetos de su caja de seguridad, que como bien sabe es confidencial, pero el cuerpo de alguaciles de Arrash obliga a llevar al día. ¿Desea algo más?
- ¿Sabe dónde puedo comprar un pasaje para alguna diligencia que salga del reino? ¿Hacia Darisedenalia, si es posible?
- Aquí en Fixe no podrá hacerlo – respondió la señorita Guada. – Desde Fixe salen bastantes diligencias hacia ciudades y aldeas de todo el reino, pero ninguna va al extranjero. Puede viajar a Totsetum, una ciudad del sur, pasando el río Tempu. Allí podrá conseguir un pasaje para salir por el sur de la Sierra Lishen hacia Darisedenalia. Y hasta más allá, según creo, pero no estoy segura.
- Gratitud y prosperidad, señorita Guada. Como siempre ha sido un placer – dijo Drill, llevándose el pulgar a la barbilla, tocándola ligeramente y separando luego el puño hacia adelante.
- Que Sherpú le acompañe – se despidió la joven.
Drill salió del banco más tranquilo. Al menos se había deshecho del objeto del robo y ya no lo llevaba con él. Nadie le había visto robarlo en Velsoka ni había dejado pistas (al menos eso creía), así que podía viajar seguro por Ilhabwer ahora que no llevaba la espada a cuestas todo el rato. Podría buscar el conjuro y la llave de la tumba de Rinúir-Deth sin miedo a que alguien lo relacionase con el robo de la espada.
Mi antiguo yumón se dirigió a su pensión y pasó el resto del día allí, descansando y durmiendo. Toda la tensión que había llevado encima durante su huida desde Velsoka se había esfumado, ahora que Lomheridan estaba a salvo y escondida, así que su cuerpo sólo le pedía dormir y relajarse.
Y fue lo que hizo.


Al día siguiente mi viejo yumón pagó su pensión y compró un pasaje a Totsetum, para viajar en diligencia. El viaje fue lento y largo: tardaron cinco días en llegar a la cercana ciudad del sur, pero es que la diligencia paraba en multitud de pueblos y visitaba numerosas aldeas. A Drill no le importó: tenía tiempo de sobra para perderlo.
Al fin, el veinte de septiembre, Drill llegó a Totsetum, una gran ciudad, llena también de bancos. Tenía mucha animación y estaba llena de gente. Drill se sintió a gusto, perdido entre la multitud.
Preguntó por diligencias que saliesen del país y compró un pasaje en una que salía al cabo de siete días hacia Yutem. Después seguía su camino hacia Darisedenalia, cruzando todo el país hasta Lendaxter, en la costa.
Drill decidió que no tenía prisa y que podía esperar.