martes, 24 de abril de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XVI (4ª parte)


LA LLAVE ES LA CLAVE
- XVI -
VIAJE POR MAR

Al mediodía estaban a unos cientos de metros de la costa, arrastrados por las corrientes norestes que dominaban el estrecho. Algunas ocasiones tenían que volver a remar, para volver al centro de la corriente, pues algunas corrientes secundarias o algunas olas díscolas los volvían a llevar a la isla de Hefestia. En realidad estaban agotados, después de toda la mañana remando para salir de la isla y para alejarse lo más posible de ella.
Ahora la veían en el horizonte, lejos de ellos, pero Drill no estaba tranquilo. Los guerreros naroquienses se habían esforzado mucho por conseguir una presa con la que extorsionar al rey de las islas Tharmeìon, así que no se dejarían engañar por ellos. Los buscarían sin descanso. Drill quería alejarse lo más posible de Raj’Naroq y cuanto antes mejor.
Por suerte, el estrecho era un corredor comercial bastante transitado, así que una hora después del mediodía (a pesar de ser finales de octubre el Sol calentaba con fuerza, sobre todo a aquellas horas del día) un barco mercante se acercó a ellos, lentamente.
- ¡¡Ah del bote!! – escucharon, saliendo de su modorra y su agotamiento. Se incorporaron los dos y vieron el costado de un barco a dos metros de su barca. Era un barco mediano, sin símbolos naroquienses, pero aun así Drill se llamó idiota por haber bajado la guardia. – ¿Están los dos bien?
Drill y Klinton miraron por encima de la borda del barco, donde tres hombres se asomaban para verles desde la altura. Sólo uno de ellos les saludaba y les hablaba, pero los tres les sonreían. Aquello era buena señal.
- Lo estamos, aunque estamos cansados de remar y agradeceríamos un trago de agua: nos hemos quedado sin reservas – explicó Drill.
- Eso tiene fácil arreglo – les dijo el hombre tocado con un gorro de lana, lanzándoles un odre lleno de agua fresca. Drill dejó que el pintor bebiera primero y aprovechó para observar a los hombres del barco.
Desde luego no eran naroquienses. Vestían como en el continente y su color de piel era moreno por el Sol, pero no rojizo como los hombres de la isla de fuego. No llevaban los tatuajes tribales que lucían los naroquienses (ya fueran guerreros o no) y sus rasgos eran más parecidos a los de la gente de Rocconalia o Aluin que a los norteños.
- Ofrecemos gratitud – dijo Drill después de refrescarse y beber, lanzando el odre de nuevo a la cubierta del barco, visiblemente más vacío.
- Y nosotros deseamos prosperidad – contestó el hombre que había hablado de los tres, mirando con curiosidad a Drill, sin duda sorprendido por aquella fórmula más propia de lugares más finos y civilizados. – Aunque me temo que poca van a tener si siguen navegando el estrecho en un bote de remos.
- La necesidad nos obligó a utilizarlo.
- ¿La necesidad? No veo aparejos de pesca ni equipajes que sugieran un viaje. ¿Quiénes son ustedes y qué hacen en medio del estrecho?
Klinton y Drill se miraron y después fue éste el que contestó, convencidos los dos de que sólo la verdad les serviría para convencer a aquellos marineros.
- Escapamos de la isla Hefestia, perseguidos por guerreros naroquienses que nos tomaron prisioneros para pedir un rescate por nosotros – explicó Drill.
- ¿Un rescate? ¿Acaso sois fugitivos? ¿Hay una recompensa por vos?
- No, no somos fugitivos. Tampoco gente famosa, aunque mi compañero es importante en la corte de las islas Tharmeìon – explicó Drill, sin entrar en detalles. – Dejadnos subir a bordo y os contaremos toda nuestra historia.
Los tres marineros se miraron y hablaron entre ellos en murmullos, aunque para Drill quedó claro que el que hasta ese momento había hablado con ellos era el capitán del barco. Tras un breve intercambio de impresiones, los tres se volvieron hacia ellos, acodándose de nuevo en la batayola.
- Sea. Les subiremos a bordo. Pero si lo que pretenden es engañarnos o tramar algo contra mi tripulación....
- Nada de eso, capitán – rechazó Drill. – Por mi honor de mercenario que lo único que queremos es regresar cuanto antes a las islas Tharmeìon.
El capitán lo miró con fijeza, ante aquella nueva información. Después ordenó subir el bote a bordo, usando para ello una grúa móvil que había en la cubierta del barco. Estaba claro que aquel navío era mercante y como tal estaba preparado para mover, cargar y descargar mercancías.
Mientras un grupo de cuatro marineros arrastraban el bote por la cubierta y lo llevaban al lugar en que otros dos estaban asegurados, el capitán del barco se quedó con Drill y Klinton, valorándolos.
- Soy Morris Unghu – era un hombre alto y corpulento, con un ligero vientre abultado, pero miembros delgados y musculosos y una espalda ancha. Su cara era cuadrada, se cubría los cabellos oscuros con un gorro de lana y tenía el rostro cubierto por una barba negra descuidada y una cicatriz en la mejilla izquierda. – Y este es mi barco, “La Dama Clarish”. Si no traen malas intenciones tampoco las recibirán de mí y mis hombres.
- Desde luego que no, capitán – negó Klinton.
- Al contrario, sólo ofrecemos gratitud por habernos ayudado. No podríamos haber llegado muy lejos con ese bote de remos....
- Bueno, podrían haber llegado al continente esta tarde si hubieran seguido remando, con rumbo sur. Pero para ello deberían haber transportado agua y comida, para reponer fuerzas: luchar contra estas corrientes es agotador – asintió el capitán, que los trataba con amabilidad pero seguía mirándolos con precaución. – Por qué no me explican de una vez esa historia del secuestro, la recompensa y la corte de las islas Tharmeìon.
- ¿Quiere que lo hagamos aquí? – preguntó Drill, abarcando la cubierta con un movimiento del brazo. – ¿O prefiere que lo hagamos en privado?
- ¿Conviene que lo hagamos así?
- No sé – se encogió de hombros Drill. – Eso depende de lo que confíe en sus hombres. O de lo que mi compañero y yo aguantemos de pie a pleno Sol.
El capitán rio a carcajadas, al ser consciente del deplorable aspecto que presentaban Drill y Klinton. Llevaban más de dos meses con la misma ropa, casi sin lavarse. Habían estado toda la mañana en el bote de remos alejándose de la costa, así que no estaban ni limpios ni olían bien. Además, se les notaba que no habían comido nada en muchas horas y que el odre que les habían prestado del barco era lo único que habían bebido en toda la mañana.
- Esta bien, vayamos a mi cabina – concedió el capitán Unghu.
En la cabina del capitán estuvieron más frescos y pudieron tomar otro trago de agua. Además el capitán Unghu les ofreció frutas frescas, que los dos comieron con avidez. El camarote era sencillo y nada aparatoso, aunque cómodo. Aquel barco estaba claro que era mercante y que su capitán era un verdadero oso de mar.
Drill y Klinton, turnándose y corrigiéndose, le contaron a Morris Unghu lo que les había ocurrido desde que Drill había llegado a la pradera de la isla sur, hacía ya casi tres meses. Le explicaron lo que habían hecho en los acantilados de la isla sur, cómo fueron secuestrados, cómo viajaron encadenados en el barco naroquiense y toda la historia del calabozo, hasta que aquella noche pasada habían escapado y se habían hecho a la mar, con más prisa que experiencia y preparación.
- Así que sólo queremos volver a las islas Tharmeìon – terminó Drill, que se había cuidado mucho de contar nada de su misión. – Si nos puede llevar hasta Nori sería estupendo, pero si no ofreceríamos gratitud de igual manera si nos pudieran dejar en el continente, en las costas de Rocconalia.
- No tenemos nada de valor con nosotros, capitán, pero si nos lleva a las islas podremos pagarle buen dinero, a modo de compensación – agregó Klinton.
El capitán los miró uno a uno, sorprendido y admirado.
- Menuda aventura la suya, señores – dijo, silbando. – No me gustaría que acabara mal, así que puedo ayudarles a volver a las islas. En realidad nuestro itinerario no nos separa mucho de ellas, aunque tendremos que rodear el continente por el norte.
- No vamos a discutirle la travesía, desde luego, mucho menos si nos ayuda, digo wen.
- Eso sí, el viaje será largo, no puedo prometerles rapidez – el capitán Unghu se encogió de hombros, impotente. – Llevamos sedas y sal al norte de Rocconalia, donde compraremos barriles de semillas, que llevaremos después a Badir, en Gaerluin. Después pensábamos pasar la Muerte del Año en Lendaxster, así que podemos desviarnos un poco de nuestra ruta para dejarles en Nori. No será ningún problema, pero tardaremos un tiempo.
- Creo que hablo por los dos cuando le digo, capitán, que no nos importa cuánto tardemos, ahora que sabemos que estamos a salvo y volvemos a las islas – contestó Drill, haciendo el gesto reverente, con la mano en la cabeza y cruzando la pierna derecha sobre la izquierda. Oras Klinton también dedicó aquel gesto al capitán.


El viaje transcurrió sin incidentes, tal y como lo había expuesto el capitán Unghu. Viajaron al norte de Rocconalia y atracaron en un puerto mercante que estaba al norte de Velsoka. Hicieron sus negocios allí y después navegaron al sur hasta Badir, donde vendieron las semillas a buen precio. Después la travesía siguió más al sur, tranquilamente, rodeando el cabo Recoso y alcanzando la isla norte.
Durante el viaje, Drill y Klinton aprendieron a trabajar en un barco y ayudaron a la tripulación en las tareas de navegación y de carga y descarga de las mercancías. Eran dos grumetes ya crecidos que hicieron bien su trabajo. Aquello sirvió para afianzar mucho más la amistad de mi antiguo yumón con el pintor y para establecer una excelente relación con los marineros y el capitán Unghu.
La Dama Clarish” llegó al puerto de Nori a últimos de noviembre, un mes después de haber recogido a los dos “náufragos”. Aquel no era el hogar de Drill ni su misión había terminado (en realidad seguía en el mismo punto que cuando llegó por primera vez a las islas Tharmeìon meses atrás) pero cuando vio el puerto de Nori desde la cubierta de “La Dama Clarish” se sintió a salvo y como en casa.

lunes, 23 de abril de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XV (4ª parte)


LA LLAVE ES LA CLAVE
- XV -
ESCAPE

Tras las “entrevistas” que tuvieron con los dos, los guerreros naroquienses les llevaron, al cabo de un par de días, todas sus pertenencias. Al menos aquéllas que habían encontrado junto a ellos al raptarlos en los acantilados.
La cesta grande en la que llevaban el vino y las viandas fue llevada por dos guerreros, acompañados por un tercero. Éste abrió la puerta de la celda de Oras Klinton y los otros dos metieron la cesta allí. Después se fueron, sin decir palabra.
Drill, un poco ansioso, se dirigió a los barrotes de su celda, agarrándose a ellos, observando cómo el pintor abría la cesta y comprobaba lo que había allí dentro. No quedaba rastro de las botellas de vino, ni del queso, el pan y la fruta. Estaban dentro todos sus útiles de dibujo, además del caballete. Los dibujos que había realizado el día del rapto estaban también en la cesta, aunque no habían sido tratados con consideración: la mayoría estaban doblados, con el carboncillo corrido y había hasta uno roto.
- ¿Mis cosas están ahí también? – preguntó Drill.
Klinton sacó entonces la bolsa en la que Drill llevaba sus cosas y se la pasó entre los barrotes, tirándola de una celda a la otra. Drill abrió la bolsa bandolera y encontró allí los cubiertos de madera, su petaca de cuero con la picadura de tabaco y la pequeña cartera, que estaba vacía: los guerreros naroquienses habían aprovechado los pocos sermones que allí había, como propina del rescate que pretendían obtener.
Drill sintió que se le encogía la respiración al no encontrar la caja de Karl Monto entre el resto de sus cosas.
- Y esto, que estaba en el fondo de la cesta – dijo Klinton desde su celda. Drill lo miró y suspiró aliviado, al ver que tenía la dichosa caja en las manos. – Esto tiene que ver con tu misión, ¿ea? ¿Puedo ver lo que contiene?
Drill se encogió de hombros.
- Adelante.
Oras Klinton levantó la tapa taraceada y observó con detenimiento el interior, mientras el resplandor dorado le bañaba la cara.
- ¿Qué es esto? – acabó preguntando.
- Se supone que es el símbolo del amor de una pareja de casados. O una muestra de su compromiso de muchos años – explicó Drill, algo confuso. – En realidad no estoy muy seguro.
- Yo tampoco lo entiendo – contestó Oras, encogiéndose de hombros, con una mueca de ignorancia en la cara. Era tan divertida que hizo reír a Drill. El pintor cerró la caja y se la pasó al mercenario por entre los barrotes, tirándosela. Drill la tomó y la metió en la bolsa.
Lo cierto era que le importaba poco la caja, aunque su honor de mercenario le impedía ignorar la misión, sobre todo en aquellos momentos en los que estaba tan cerca de poder cumplirla por fin. Pero, en realidad, en aquellos instantes estaba más preocupado por ciertos apuros más importantes y más apremiantes: estar encerrado en un calabozo de Raj’Naroq era más preocupante que haber dejado en pausa su misión. Aun así, y de todas formas, se sintió más tranquilo al saber que volvía a tener la caja a mano.


Dos días después, mientras comían el rancho que les habían bajado para cenar, Drill tuvo una idea. Se quedó con el trozo de carne de lagarto a medio camino entre el plato de hojalata y su boca, pinchado en el tenedor de madera. Dejó el tenedor con la carne en el plato y apoyó también el cuchillo de madera al lado, mientras miraba la puerta de su celda.
Estaba sentado en el catre, con las piernas cruzadas (aunque sus rodillas le mandaban mensajes de dolor de vez en cuando) y el plato sobre ellas. Frente a él, en su celda, Oras Klinton comía de una forma similar su ración.
Drill observó detenidamente al puerta de su celda y después contempló con detenimiento la puerta de la celda de su compañero, con especial atención a la cerradura. Maquinalmente, sin pensarlo, se llevó el tenedor a la boca, masticando la carne (sabrosa y bien cocinada), cogiendo sin darse cuenta el cuchillo con la mano derecha.
- Oras, si pudiéramos escapar.... ¿tú lo harías? – preguntó de sopetón.
- ¿Qué?
- Si tuviéramos una posibilidad de escapar, ¿la aprovecharías? ¿Vendrías conmigo? ¿O esperarías al supuesto rescate del rey?
Oras Klinton lo miró fijamente, con la cara pensativa. Drill tenía claro que él escaparía si tuviera la ocasión: no se fiaba mucho de que el rey fuese a pagar el rescate y, en caso de que lo hiciera, se temía que no sería por los dos. Pero dudaba de las intenciones de su nuevo amigo. Al fin y al cabo, Oras Klinton era súbdito del reino de las islas Tharmeìon y era un miembro destacado de la corte, favorito del rey y de la reina. Tenía muchas posibilidades de que el soberano quisiese verle libre de nuevo.
Oras se pensó mucho la respuesta, Drill supuso que por todas aquellas consideraciones, pero al contestar al final fue tajante y estaba seguro de sí mismo.
- Sí. Escaparía contigo – contestó, Drill no supo si por lealtad a él o porque Oras no se fiaba tampoco de la recompensa que supuestamente iba a enviar el rey. Fuera como fuese, Oras Klinton estaba dispuesto a jugársela, acompañando a Drill, y eso a este le reconfortaba y le alegraba.
Drill asintió, satisfecho y Klinton enarcó una ceja.
- ¿Por qué? ¿Estás tramando algo?
- Puede ser – dijo Drill, con el cuchillo de madera de rhalá en la mano. – Por ahora cena tranquilo. Esperaremos a que vuelva el guardia a recoger los platos.
Así lo hicieron. Cuando el guardia naroquiense bajó al calabozo y recogió los platos con los restos de la cena los dos prisioneros se los entregaron y se volvieron a sus catres. Normalmente, todos los días después de cenar, se acostaban en sus respectivos catres e intercambiaban unas pocas palabras, antes de dormir. O de quedarse cada uno en silencio en su propio camastro, mirando a la oscuridad.
Pero aquel día ninguno de los dos se durmió. Esperaron en silencio, aguzando el oído, escuchando los sonidos de los guardias que venían del piso de arriba. Oras Klinton esperaba expectante, sin saber qué tenía previsto mi antiguo yumón. Drill esperaba al momento más adecuado para actuar.
Dejaron pasar una hora, en silencio los dos, alertas. Entonces, y sólo entonces, cuando Drill no escuchó pasos en el piso superior, se levantó del catre, con el cuchillo de madera en la mano. Fue hasta los barrotes, tanteó con las manos por fuera, y cuando encontró la cerradura introdujo el cuchillo y empezó a forzar el cierre con él. Klinton también se había levantado y veía hacer a su compañero, en la oscuridad.
- ¿Crees que eso funcionará? – susurró.
- Sé que funcionará – contestó Drill, con más fe de la que la realidad aconsejaba. – Lo que necesitamos es que funcione rápido.
Dril estuvo un cuarto de hora, más o menos, hurgando con el cuchillo en la ancha cerradura. Aquello fue lo que le permitió forzarla, introduciendo la hoja del cuchillo en su interior, forzando los dientes con la punta. Después de mucho hurgar, consiguió que la cerradura saltara, giró el cuchillo y pudo abrir la puerta.
La cerradura de Klinton tardó mucho menos en abrirla, pues la tenía de frente y ahora ya sabía cómo obrar con el cuchillo para forzar el cierre. Cuando el pintor estuvo libre salió de la celda y abrazó a Drill. Después entró en la celda de nuevo y tomó sus bocetos en papel e hizo un hatillo con un pedazo de manta, para guardar sus lápices, carboncillos, pinceles y demás útiles.
Drill entró también en su celda, recogiendo la bolsa, asegurándose de que todo lo que tenía estaba allí dentro. La caja coronaba todo el montón de cosas y Drill asintió satisfecho antes de salir de nuevo de la celda y acompañar a Klinton hacia las escaleras que subían al piso superior.
Los dos presos anduvieron con mucho cuidado y cautela. La escalera era de piedra, así que no emitieron crujidos o gemidos delatores, como hubiese ocurrido con una de madera. Al llegar arriba, a la casa, no encontraron a ningún guardia, así que Drill guio a Klinton hacia la parte trasera. Mi antiguo yumón siempre dice que tuvieron mucha suerte aquella noche. Los guardias que estuviesen cuidando de la casa debían estar en otra habitación, o incluso en la puerta (la noche era agradable para estar al aire libre), y por eso no se encontraron con ninguno.
Drill y Klinton salieron de la casa por la parte trasera, por una ventana a la que cerraron los postigos al salir a la calle, para disimular. Agachados, casi en cuclillas, los dos se escurrieron entre las sombras de la noche, de casa en casa, todas de ladrillos de barro cocido. La gente de aquella parte de la ciudad no estaba dormida, al menos toda no, porque escucharon conversaciones al otro lado de las ventanas e incluso música de una guitarra en una casa, pero no vieron a nadie por la calle. Los naroquienses se habían retirado a sus hogares, aunque no para dormir, sí para estar a cubierto y relajados.
Drill y Klinton se alejaron de la casa del calabozo serpenteando por entre las casas de la zona, llegando a un establo abierto. Parecía un establo abandonado, por el aspecto del techo y de las paredes, aunque había tres caballos allí resguardados. Pero lo que de verdad les interesó fue encontrarse con el carro-jaula que los había llevado hasta allí.
- Usaremos eso – susurró Drill, señalando.
- ¿Eso? – se sorprendió Klinton. – ¿Quieres que volvamos a montar en eso?
- Es seguro y equilibrado, para poder correr con él – explicó mi antiguo yumón, que se había fijado al ser trasladado hasta Duk’ja. – Además, si nos topamos con algún grupo de guerreros o de ciudadanos, podemos pasar por esclavista y esclavo.
- ¿Aún hay esclavos en Raj’Naroq? – preguntó Oras, sorprendido.
- Me temo que sí.
Se pusieron manos a la obra, enganchando un caballo al carro y sacándolo a la calle. Dejaron la puerta de la jaula abierta, para que Oras pudiera ir dentro pero no sentirse atrapado. Drill condujo el carro.
Corrieron a toda velocidad durante la noche, atravesando los campos cercanos al río Dracon. Drill y Klinton vigilaron el río, con sus meandros y curvas que acercaban el curso a ellos o lo alejaban. Seguir el río era el camino más seguro para llegar hasta el mar, así que no debían desviarse ni perder de vista su curso.
Al alba llegaron a la costa. Había barcos pesqueros que ya habían salido a faenar, que se podían ver desde la orilla. Drill y Klinton habían llegado a una playa arenosa, no a una zona portuaria, así que estaban a salvo de miradas indiscretas. Dejaron allí el carro-jaula abandonado, buscando con prisa una embarcación como las que veían a lo lejos: no sabían si los guardias abrían descubierto ya su ausencia, si habían controlado las celdas durante la noche o habrían bajado a verles con las primeras luces del día, así que querían estar en el mar cuanto antes.
Recorriendo la playa a lo largo dieron al fin con una barca de remos que estaba por encima de la línea de la pleamar. Estaba asegurada amarrada a una estaca que estaba clavada en la arena seca de la playa. No estaba abandonada, pues estaba en buen estado, cuidada y reparada. Por allí no vieron a su dueño, así que supusieron que su casa estaría por allí cerca.
Se dieron mucha prisa. Klinton soltó la cuerda y se montó de un salto dentro, mientras Drill empujaba la barca de nuevo al agua (notando cómo algunos de sus huesos y articulaciones se quejaban). Cuando la barca ya flotaba y mi antiguo yumón tenía el mar por las pantorrillas, saltó dentro.
Cada uno de los dos tomó uno de los remos, se sentaron en los bancos transversales que había en el interior y comenzaron a remar, para alejarse de la costa lo más posible.
Al principio lo hacían descoordinados, sin ser efectivos, pero al cabo de unas decenas de metros y unas cuantas paladas, los dos remaron como si lo hubieran estado haciendo juntos toda la vida.

sábado, 21 de abril de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XIV (4ª parte)

LA LLAVE ES LA CLAVE
- XIV -
AMIGOS ENTRE REJAS

Drill y Oras Klinton pasaron días en aquellas celdas, sin recibir visitas ni sufrir interrogatorios. Tan sólo les llevaban de comer tres veces al día y un vigilante entraba de vez en cuando a comprobar que todo seguía en orden.
Comían mejor que en el barco y ya no estaban encadenados. Al menos habían mejorado en eso. El tiempo en Raj’Naroq era agradable, con el Verano en su final, así que no necesitaban manta para dormir en los estrechos e incómodos catres, pero los naroquienses se las dieron igualmente. Tenían agua suficiente para beber todos los días, aunque no para lavarse y asearse. Aun así, los dos rehenes hacían lo que podían con el cubo de agua, lavándose por partes, como los gatos. Tardaron una semana en acostumbrarse al agua de bebida y a no pasarse toda la tarde en el cubo de desperdicios, aliviando sus maltratadas tripas.
Durante aquellos primeros días, como estaban solos en el calabozo, cada uno en su celda, sin guardias ni otros encarcelados, Drill y Klinton hablaron mucho, tratando de evadirse de aquella situación. Drill le habló de la vida de mercenario, de misiones pasadas y de lo que pretendía hacer cuando acabara su misión, aunque en aquellos momentos no tenía muy claro cómo iba a ser su futuro. Oras Klinton le habló de sus vicisitudes en la corte y de sus correrías como pintor afamado que estaba siendo en aquellos días, o que al menos había sido, porque no sabía tampoco cómo iba a ser su futuro.
O siquiera si lo iban a tener.
Estas conversaciones, además de para animarse y evadirse de su penosa situación, sirvieron para que los dos ganaran en confianza y se tomaran un gran cariño mutuo.
Pasados unos diez días, un guerrero con pulseras de plumas en los antebrazos y los hombros llegó hasta ellos. Los miró serio y ceñudo, como todos, pero también inteligentemente, valorándolos para algo.
- Tú – dijo por fin, en la lengua oficial, no en su dialecto. – Vendrás conmigo.
A continuación entró otro guerrero, sin tantos adornos, y abrió la puerta de la celda de Oras Klinton, sacando al prisionero y llevándoselo del edificio. El primer guerrero, que estaba claro que era un oficial o un jefe o algo así, lanzó una mirada vigilante a Drill y después se fue.
Drill estuvo solo unas horas, preocupado y nervioso, pensando en lo que podrían estar haciéndole a Klinton. Si le querían vivo para pedir un rescate no le estarían torturándolo, pero ¿y si los naroquienses se habían puesto en contacto con el rey de las islas Tharmeìon y no habían recibido respuesta? ¿Y si se habían negado a pagar?
Cuando por fin trajeron de vuelta a Klinton comprobó, con alivio, que estaba intacto y no había sufrido daños. No pudo hablar con él, porque inmediatamente, en realidad mientras todavía metían a Klinton en su celda, abrieron la puerta de la suya y le sacaron de allí.
Los dos guerreros (el sencillo y el más emplumado) le sacaron del edificio de las celdas y le metieron en un carro cerrado, con el que no pudo ver el exterior. Tras un recorrido de unos pocos minutos el carro se detuvo, lo sacaron de él y le metieron rápidamente en una cabaña solitaria, también de ladrillos y con el techo de basalto.
La estancia era pequeña y tenía dos taburetes. En uno sentaron a Drill, que seguía sin grilletes, aunque un poco confundido por todo aquel trajín. En el otro, frente e Drill, se sentó el guerrero de las pulseras con plumas que les había ido a buscar a la celda.
- ¿Y tú quién eres? – preguntó bruscamente.
Drill valoró contestarle con la misma brusquedad, valoró pedirle explicaciones antes de contestarle, valoró contestarle con sinceridad. Todas aquellas valoraciones en sólo un segundo.
Optó por darle un poco de teatro al asunto. Según sus hipótesis aquellos guerreros naroquienses iban a por Klinton y se le habían llevado a él de rebote, así que tenía que tratar de que siguieran pensando que era alguien importante.
- Soy Bittor Drill.
- ¿Y qué hace Bittor Drill en las islas Tharmeìon? – preguntó el guerrero. Hablaba con un acento cerrado, pero se le entendía.
- ¿Cómo que qué hago? Es mi hogar. Soy.... ministro en la corte del rey Vërhn – aseguró, con vehemencia.
El guerrero se irguió en su taburete, mirando con suspicacia al mercenario.
- ¿Ministro? ¿Qué es eso?
- Soy un consejero – aclaró Drill. – Esa palabra sí que la conoces, ¿verdad?
El guerrero lo miró achicando los ojos, tratando de discernir si el prisionero le estaba ayudando o mofándose de él. Drill adivinó la duda en aquella mirada y volvió a hablar.
- Entiendo que nuestra lengua puede ser complicada, discúlpame. Soy un consejero del rey, le ayudo con los temas referentes a las montañas del reino y sus pobladores – inventó sobre la marcha, sin estar muy seguro de si había exagerado. Lo hiciera o no, sus palabras parecieron convencer al guerrero.
- ¿Y qué hacías en los acantilados con el pintor?
- Simplemente le acompañaba – trató de sonar convincente. – Me gusta mucho su pintura y cuando el rey le dio permiso para ir a los acantilados del sur a pintar, solicité acompañarle, para verle realizar sus obras.
El guerrero que tenía delante parecía creer sus palabras. Era cierto que lo habían encontrado armado, pero la mayor parte de la población de Ilhabwer iba armada. Además, las ropas elegantes que le había cedido el rey inclinaban a su favor su historia.
- Bien – asintió el guerrero, al fin. – Veremos cuánto sacamos por ti.
- ¿Sacar? – Drill se hizo el ingenuo.
- Illhu erquestar. Eres nuestro prisionero hasta que tu rey pague por ti – dijo el guerrero, poniéndose en pie. Entraron dos guerreros más e hicieron levantarse a Drill.
- Oiga, verá, no sé si mi rey.... – Drill fue sacado de la cabaña casi en volandas. Empezaba a temer que su historia se desarmase si el rey Vërhn les contaba a aquellos guerreros que en realidad era un mercenario de Ülsher. O peor, si se negaba a pagar su rescate.
- Silencio – ordenó el guerrero que parecía el jefe, mientras los otros dos le metían en el carro cerrado. Le condujeron de nuevo al edificio de las celdas y lo metieron de nuevo en la suya, frente a Oras Klinton, que estaba muy nervioso esperándole.
- Parece que tenías razón – le dijo el pintor, a modo de bienvenida. – Sólo quieren dinero por nosotros.
- Ahora esperemos que tu rey pague....
- No estoy muy seguro de eso.... – replicó Oras Klinton, torciendo el gesto. – El rey considera a los naroquienses unos bárbaros. Siempre ha tratado de evitar tener relaciones con ellos, más que las estrictamente necesarias, las que la diplomacia exige. No estoy seguro de que se digne a negociar con estos guerreros....
- Pero si no negocia perderá a su pintor de cámara – argumentó Drill, pensando más en que su salvación pasaba porque el rey quisiera salvar a Oras.
- Eso lo lamentará, espero. Aunque podría hacerse con otro pintor en cuestión de días – Oras Klinton se encogió de hombros, dejando muy claro lo que pensaba de su monarca (o de todos en general) y demostrando que sabía muy bien que su sitio no era inamovible y su fama efímera. – Además, no sé si habrá dinero para pagar un rescate. Depende lo que pidan los naroquienses.
- Pero tu rey es rico....
- El rey es rico, es cierto, pero el reino es pobre – explicó Oras, con una mueca de disgusto y disconformidad. – El rey nunca pagaría un rescate con su tesoro y si lo hace de las arcas del reino puede arriesgarse a malestar y revueltas. La gente está muy preocupada por los bajos beneficios que tiene el reino y no quiere que se malgaste lo que hay.
Drill se pasó la mano por la cara, apurado. Su esperanza se había desvanecido con un par de frases de Oras, al que no consideraba pesimista ni cenizo. Si el pintor decía aquellas cosas no era porque se pusiera en el peor de los casos, sino porque era la realidad. Parecía que iban a estar en aquellas celdas un buen tiempo, sin saber en ningún momento si iban a ser liberados porque el reino de las islas Tharmeìon había pagado el rescate.
¿Y si el rey aceptaba pagarlo, pero sólo por uno de ellos dos? Estaba claro que primaría a su súbdito y pintor favorito, antes que pagar por el extranjero.
Drill suspiró, lamentando su situación.
Todo por culpa de aquella caja estúpida, que para colmo había perdido de vista, pues los naroquienses se habían quedado sus cosas.
Si al menos pudiesen escapar de allí....