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Hiromar
terminó de vendar la pierna de Ahdam, después de ponerle un emplasto para la
quemadura, que él mismo había cocinado y llevaba siempre en su mochila.
-
Por ahora con esto bastará – dijo el Minotauro. – Pero en cuanto podamos habrá
que hacer una mezcla con nieve y aceite de lino, para que la quemadura cure
bien y no deje marca, casi....
-
Muy bien – dijo el caballero, que estaba sentado en una roca a la entrada del
templo. Parecía bastante contento, a pesar de las heridas que había sufrido.
Y
no era para menos. En la escalinata del templo y en la tierra delante de él se
amontonaban casi cuarenta cofres y baúles de gran tamaño, que contenían el
tesoro del dios Volbadär. Había monedas de oro y de plata, joyas preciosas
(esmeraldas, zafiros, diamantes, rubíes....), collares de perlas y de coral,
piezas de marfil, copas y jarras de plata engarzadas con granates, lingotes de
oro de un kilo cada uno, polvo de platino en pequeños sacos de seda y multitud
de riquezas más. Había también un ejército de caballeros de oro, figuras de
tamaño natural que habían dejado en la cámara, hasta que pudieran sacarlas más
adelante.
Después
de abrasar al Ghôlm con su propia hoguera, el grupo se había reunido para ir a
por el tesoro. Aunque estaban todos bastante maltrechos, sus ansias por el
tesoro habían podido más que sus dolencias. Mórtimer abrió la pesada puerta
casi sin dificultad y entre todos sacaron los cofres llenos de riquezas de las
catacumbas, hasta la puerta del templo.
-
¿Estás bien? – preguntó Mórtimer, sentándose al lado de Solna, que estaba en
los escalones de entrada al templo, con la pierna rota entablillada y estirada
hacia adelante.
-
Sí, no es nada. Esto se curará solo, con tiempo – restó importancia la
merodeadora. – Además, la visión del tesoro
me cura de todos los males....
La
mujer sonrió, alegre de verdad, y el joven ladrón sonrió con ella.
-
¿Cómo está Ahdam? – preguntó Mórtimer cuando Hiromar llegó hasta ellos y se
sentó a su lado en las escaleras.
-
Está bien – dijo el Minotauro. – La quemadura de la pierna no es grave y no
tiene más heridas. Estará bien.
-
¿Crees que Wup llegará sin problemas al pueblo más cercano? – se preocupó
Mórtimer. El Bárbaro tenía un zarpazo en la cara, que había sangrado mucho,
pero aun así había decidido acercarse al pueblo más cercano del Desierto
Solitario, para volver con carros en los que cargar el tesoro. Todavía tenían
que llevarlo hasta el castillo del rey Nanphamyl para entregárselo. Ellos sólo
podían quedarse con una parte.
-
Seguro – respondió Hiromar, confiado. – Los Bárbaros son gente dura, ¿no lo
sabías?
-
Lo he podido comprobar.... – comentó el ladrón, sonriendo. Hiromar sonrió con
él.
-
Bueno, forastero, ¿tu estancia en el reino de Xêng ha sido confortable? ¿Te
quedarás un poco más con nosotros en estas tierras? – bromeó el Minotauro.
-
No me importaría quedarme.... – dijo Mórtimer, sonriendo a su amigo, sin ser
del todo mentira.
Aunque,
en realidad, deseaba volver al reino de Jonsën, a su hogar en el Páramo, y
poder descansar tranquilamente, sobándoles la faltriquera a los lugareños
despistados.
Había
tenido aventuras para diez vidas humanas.
• • • • • •
Los dioses
recogieron sus fichas de jugadores y las guardaron en sus bolsas de tela y de
cuero. Después se levantaron de las sillas y se encaminaron a la salida.
Iban en
silencio, un poco desorientados, absortos en el misterio que había ocurrido
delante de ellos. Al poco Fásthlàs el Bullicioso hizo un comentario, la Madre rió con él y Azar sonrió, comentando algo más. Bestia rió a carcajadas y Jroq
el Destructor asintió serenamente, con las cuatro manos entrelazadas en el
regazo mientras andaba.
Volbadär
respiró tranquilo y sonrió, saliendo con sus invitados por la puerta. Al final
la velada había salido bien y sus invitados habían estado a gusto.
Doncella,
antes de guardarlo, acarició su peón rojo con cariño, sonriendo delicadamente y
con orgullo. Después metió la ficha en la bolsa de tela.
Reservándolo
para futuras aventuras.
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