jueves, 24 de abril de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 7


- 7 -

 - Disculpen mi ignorancia, pero nunca había oído hablar de la Jefatura Central de Homicidios – comentó el subinspector de policía que los acompañaba al depósito de cadáveres. – Nunca había trabajado con ellos directamente....
Justo y Marta se miraron y contuvieron una sonrisa.
- Somos una división del cuerpo de la Policía Nacional – explicó Justo, con total desfachatez. – Nos encargamos de elaborar perfiles psicológicos de los asesinos, protocolos de actuación, historiales delictivos y de homicidios.... No somos una organización secreta, pero pasamos bastante desapercibidos.
- Ya veo, ya.... – comentó el subinspector, precediéndoles dentro de la sala de autopsias.
Justo y Marta habían llegado a Segovia cerca de las doce de la noche, a bordo del R-11 del primero (Marta nunca hubiese imaginado que aquella cafetera con ruedas pudiese aguantar tanto trote y tanto viaje por las carreteras españolas). Habían cogido un par de habitaciones en una humilde pensión y habían pasado allí la noche, cada uno acunado por sus propios pensamientos. Marta no sabía si Justo había pasado una buena noche y había dormido algo, pero ella por lo menos no había podido pegar ojo recordando el vídeo del móvil que habían visto en Toledo.
El domingo por la mañana habían desayunado un café rápido en una cafetería del centro y habían visto el escenario de los asesinatos. Después se habían presentado en la policía preguntando por el oficial al cargo del caso de las muertes del acueducto.
Y allí estaban ahora, después de que el subinspector Rosales les hubiese puesto al tanto. Marta volvió a notar el olor de la sala de autopsias y se sintió mareada al momento. Intentó seguir el consejo del inspector Figuereo de Toledo, pero fue peor.
- Buenos días, doctor – saludó el subinspector Rosales al médico-forense que estaba dentro de la sala. Al forense se le veía molesto: los domingos los tenía libres y a causa de la visita de aquellos forasteros estaba allí perdiendo el tiempo. – Estos son los agentes que le he comentado antes por teléfono: pertenecen a una división de la Policía Nacional, así que debemos ayudarles en todo lo que podamos....
- Ya veo.... – comentó desdeñoso y lleno de sarcasmo el forense. Descruzó los brazos y se puso unos guantes de látex. Justo lo imitó y lo siguió de cerca. – Los cadáveres son de dos mujeres jóvenes, una de veintiocho y otra de veintinueve años. La más joven murió de un traumatismo craneoencefálico, producido al caer desde una gran altura. La otra murió a causa de numerosos golpes y patadas, que le produjeron varios hematomas y hemorragias internas, además de un grave traumatismo mandibular y otro craneoencefálico. La paliza la recibió de la primera mujer.
Justo estaba inclinado sobre el cuerpo de la más joven, que tenía la cabeza abierta sobre la mesa de acero inoxidable. Marta solamente le dedicó un corto vistazo y ya se sintió enferma.
- ¿Ésta golpeó a su compañera hasta matarla? – preguntó el veterano agente de la ACPEX.
- Así es – contestó el forense, señalando un montón de ropa ensangrentada metida dentro de grandes bolsas de plástico para contener pruebas. – Tenía los playeros y el bajo de los pantalones llenos de sangre de la víctima.
- Según la declaración de algunos conocidos de las dos, eran buenas amigas – intervino el subinspector Rosales. – Pero ya ven a qué extremos llega la amistad....
- ¿Ha encontrado algo raro en este cuerpo? – preguntó Justo, señalando a la pálida chica sobre la que estaba inclinado.
El forense le miró durante un rato, con picardía y la ceja levantada. Justo le mantuvo la mirada, sereno.
- Sí.... – respondió el forense al cabo. – Cuando la trajeron tenía una extraña coloración grisácea en la cara y el cuello, que fue desapareciendo paulatinamente....
- ¿Al lavar el cadáver?
- No, no.... Fue al margen del lavado – contestó el forense. – Además, la esclerótica de ambos ojos estaba completamente de color rojo. Y el iris era de un extraño color dorado. Ambos rasgos extraños también están desapareciendo, como puede comprobar.
Justo le abrió el ojo a la chica muerta y Marta miró hacia otro lado, asqueada, lo que no evitó que escuchase el chasquido húmedo que emitió el párpado al abrirse.
- Es cierto....
- Ahora se ve como una tonalidad rosada y el iris está de un amarillo apagado, pero he tomado fotos, por supuesto – comentó el forense, entregándole un taco de polaroids a Justo.
Mientras las miraba, el forense no quitó ojo del agente de la ACPEX, sonriendo con superioridad, cruzándose de brazos otra vez.
- No es la primera vez que ven algo así, ¿verdad? – preguntó, cínico.
- No, desgraciadamente no.... – contestó Justo, sin levantar la vista de las fotografías. Su voz había sonado agradable y sencilla, pero Marta detectó un leve tono de orgullo: Justo quería dejar claro que en aquel caso ellos estaban muy por encima de aquel doctorzucho malhumorado y prepotente. Sólo por eso le cogió aún más simpatía al veterano agente. – Hemos visto demasiada gente muerta este fin de semana. Puede que se trate de un asesino en serie....
- Por cierto, en cuanto al símbolo por el que me han preguntado antes – intervino el subinspector Rosales, acercándose a una mesa de acero inoxidable, haciéndose bastante evidente en su tono y en su actitud que estaba más por la labor de ayudarles, – aquí tengo las fotos realizadas en el lugar del homicidio.
Sacó unas fotos de la carpeta que había sobre la mesa y se las tendió a Marta. La chica apartó las que mostraban a los cuerpos sobre el empedrado y las manchas de sangre y se fijó en un par de ellas: el mismo dibujo que las otras veces, dibujado con sangre sobre el adoquinado. A pesar de la superficie irregular, el dibujo era exactamente igual que los anteriores, y tenía el mismo nivel de detalle: Marta se fijó que cada rombo en realidad estaba formado por tres figuras, todas concéntricas.
Marta miró a Justo, que la estaba mirando muy concentrado y le tendió las fotografías, asintiendo en silencio y con la cara seria. El hombre suspiró al cogerlas y las ojeó.
- ¿Va a realizar un análisis completo en busca de tóxicos? – preguntó Justo mientras todavía miraba las fotografías.
- Por supuesto. Pero lo haré mañana – respondió el forense, muy digno y molesto. – Los resultados no estarán disponibles hasta el martes o el miércoles.
- Ya le llamaremos para que nos cuente qué es lo que ha encontrado, si es que ha encontrado algo....
- Algo encontraré, delo por seguro – replicó el forense. – Si no, ¿cómo es capaz de explicar la extraña coloración de los ojos y de la piel?
Justo lo miró un momento y Marta creyó por un segundo que le iba a contestar la verdad. Pero, por suerte, Justo era un gran profesional.
- Muchas gracias por su ayuda, doctor. Estaremos en contacto.... – se despidió Justo, quitándose los guantes de látex y arrojándolos en una papelera también de acero inoxidable. No se molestó en estrecharle la mano al forense: mucho se temía que no le iba a gustar lo que iba a recibir.
Cuando salían por la puerta, Marta no pudo aguantar la pregunta que le había rondado por el cerebro desde que el subinspector Rosales les había contado el caso en su despacho de la comisaría.
- Doctor, ¿cómo es posible que la chica que atacó a la otra muriese de un golpe en la cabeza por caer desde una gran altura en mitad de la plaza del Azoguejo? – preguntó, sabiendo que el forense la respondería con una ordinariez.
Pero, sorprendentemente, el forense la sonrió con cierta calidez de reptil, para responder con retintín:
- ¿No se lo ha contado el subinspector Rosales? La chica que mató a la otra a patadas, después de dibujar el símbolo con la sangre de su amiga en el adoquinado, escaló por los arcos del acueducto dejándose las uñas en la roca para tirarse de cabeza al suelo de la plaza.
Marta contuvo una exclamación de repugnancia y asombro, mientras el forense sonreía, sádico y divertido.

* * * * * *

- Esto no tiene ya ningún sentido – dijo Marta, con las manos en la frente y los codos apoyados en la mesa, tirándose con fuerza de las cejas hacia arriba. – Si es que en algún momento lo tuvo....
Estaban los dos tomando una cerveza (Marta necesitaba desesperadamente una dosis de alcohol y Justo la sorprendió proponiéndole tomar algo) en una terraza de la plaza Mayor, a los pies de la catedral. Habían ido hasta allí evitando la plaza del Azoguejo, el acueducto y la inevitable cinta amarilla policial.
- Empiezo a pensar cada vez más seriamente que estaba usted en lo cierto desde el principio, agente Velasco.... – murmuró Justo, antes de dar un breve sorbo a su cerveza.
- A lo mejor ya es hora de que me llame Marta – comentó la chica, quitándose las manos de la cara y mirando a su compañero. – Es más cómodo.... y más lógico.
- Tiene usted razón.... Marta – comentó el agente.
- Entiendo que la mujer de Ávila se tirara por la ventana de su piso, que el hombre de NeviComp saltara por el ventanal de la sala de reuniones e incluso que el mendigo de Toledo se tirara al río, rompiéndose el cuello en la orilla.... ¿pero que alguien trepe por una columna vertical hasta una altura suficiente para lanzarse al vacío de cabeza y partirse el cuello? No me entra en la cabeza.... – Marta también cogió su vaso y bebió, pero en su caso fue un gran trago. – ¡¡Hay que estar loca para hacer una cosa así!!
- O poseída.... – murmuró Justo, mirándola a los ojos. Marta le sostuvo la mirada un instante y después volvió a beber de su cerveza. Otro gran trago.
- Antes esa opción me parecía la más evidente y sencilla.... pero ahora me aterra.
- Y debe ser así. Pediría que me cambiaran de compañera si la viese a usted loca de contenta o eufórica por poder enfrentarse a un grupo de poseídos.... – comentó Justo, y aunque sus palabras escondían cierto horror, se las arregló para que sonaran ligeramente divertidas. Marta sonrió.
- ¿Ha tenido algún caso con poseídos en su carrera? – preguntó, curiosa. Por primera vez se dio cuenta de todo lo que podía aprender trabajando codo con codo con el famoso Justo Díaz Prieto.
- Varios.... pero ninguno ha sido como éste, si es que al final resulta que nos estamos enfrentando con poseídos – dijo Justo, y a Marta le pareció que su compañero ya estaba convencido de que era así, y la explicación a tan curiosos asesinatos eran una serie de fugaces posesiones. Pero Justo llevaba trabajando toda la vida de una manera, y era basándose en las pruebas: al final de su carrera no iba a cambiar. – La gente poseída se provocaba heridas, cortes, mordiscos.... cosas así. A veces hacían daño a sus seres cercanos, pero como consecuencia de sus ataques descontrolados: una vez, una niña poseída le rompió el brazo a su madre porque lanzó muebles por toda la habitación, usando su mente, como consecuencia de un ataque. Pero aquí.... los asaltantes, si es que están poseídos, buscan hacer daño. Buscan matar. Y de maneras sangrientas y atroces....
Justo dio otro sorbo a su cerveza y Marta le imitó, con otro trago. Pronto necesitaría una nueva caña.
- Parece casi como si quisiesen llamar la atención.... – comentó Marta.
- En todos los casos de posesión, lo que busca el ente parásito es llamar la atención, y no sólo la del huésped – explicó Justo, sin asomo de soberbia. – Eso es normal.... pero la publicidad de estas muertes es exagerada....
Los dos estuvieron un buen rato en silencio.
- ¿Por qué aceptó tener una compañera novata? – preguntó de repente Marta, con la mirada perdida en un punto de la plaza. Justo la miró un instante en silencio, antes de contestar.
- Bueno.... – Justo pegó un sorbo a su cerveza, algo incómodo. – Nunca he tenido problemas a la hora de trabajar con compañeros. Este trabajo es complicado, y tener a alguien que te cubra las espaldas siempre es una tranquilidad.
- Ya, pero.... ¿por qué una novata como yo? – preguntó Marta otra vez.
Justo la miró y sonrió.
- Esto que voy a contarla sólo lo saben el general y tres o cuatro directores de operaciones – comentó, en una confesión. – Probablemente éste sea mi último caso.
Marta se quedó sin palabras, asombrada. Justo la miró, divertido, sin dejar de sonreír.
- No he tenido hijos, ni me he visto con ganas de tenerlos, pero cuando empecé a negociar con la Dirección el momento de jubilarme, me sentí un poco.... solo.
Marta le miraba muy seria, sabiendo que lo que estaba contándole su compañero era algo importante, algo casi casi secreto.
- Todo lo que había hecho durante mi carrera en la agencia había servido para el bien del país.... pero no sentía que hubiese servido para nadie importante cercano a mí – dijo Justo, hablando con serenidad pero emocionado: Marta podía notarlo. – La gente habla de dejar algo a sus hijos, un legado, una forma de vivir o de entender la vida.... Nunca lo había entendido hasta hace unos meses. Por eso, cuando vi que tenía la oportunidad de trabajar con alguien nuevo, una novata como usted dice.... quise aprovechar la oportunidad.
Dejó que el tiempo pasara durante un momento, con las voces de la gente y las risas de los niños de fondo. Marta seguía mirándolo, mientras que Justo tenía la mirada fija en los cercos de humedad de los vasos en la mesa de la terraza.
- No me malinterprete: no quería hacerme pasar por el agente experimentado que tiene algo que enseñar.... pero sí que quería poder compartir una misión con alguien que pudiese aprovechar y aprender algo de lo que yo hago, algo que a mí me ha costado aprender durante años.
El hombre dio otro sorbo a su cerveza y Marta apuró la suya, dejando el vaso en la mesa con el interior cubierto de una capa delgada de espuma blanca.
- Intentaré ayudarle – comentó Marta, sintiéndose casi obligada. – No puede fallar en su última misión....
Justo sonrió, con ternura, agradecido.
- Esto no va a parar, ¿a que no? – preguntó Marta.
- No lo sé. Si se trata de posesiones, lo normal es que el ente poseedor busque algo, que quiera algo de nuestro mundo – explicó Justo. – Pero estas posesiones son muy rápidas, sólo para matar. Parece que sirvan sólo para llamar la atención sobre algo, como usted ha dicho antes....
- ¿Y sobre qué van a querer llamar la atención? – preguntó Marta, no sólo para Justo. – No nos han dejado ninguna pista....
- Y si la han dejado no la hemos sabido ver.... – comentó Justo, bebiendo de su cerveza. Marta aprovechó para pedir otra a un camarero que pasaba.
- ¿Cree que la elección de las ciudades puede significar algo? – preguntó Marta, al cabo de un rato.
- Podría ser, claro que sí – aceptó Justo. – Por lo pronto lo que sabemos es que todos los eventos han ocurrido fuera de las nubes azules de influencia paranormal.
- Cuando el general le llamó anoche para avisarle de los asesinatos ocurridos aquí, me sorprendió cuando dijo que eran en Segovia – comentó Marta, recibiendo la nueva cerveza del camarero. – Creí que, de haber más eventos relacionados, serían más al sur.
- Explíqueme eso – dijo Justo, frunciendo el ceño.
- A ver.... El primer evento ocurrió en Ávila, el segundo en Madrid, el tercero en Toledo.... – dijo Marta, señalando las ciudades en el aire, en un mapa imaginario, trazando una línea en zig-zag. – De repente, un evento en Segovia es volver al norte, rompe con el patrón.
Justo la había escuchado atentamente, y después de que ella terminara se quedó pensando, reflexionando.
- Quizá – dijo al cabo de un rato – el patrón no se ha roto: simplemente es así.
- Pues vaya patrón más raro – dijo Marta, con soltura, dando un trago de su cerveza. – Parece la contraseña de puntos de un Smartphone....
Marta se quedó callada de repente. Justo la miró, esperanzado, creyendo que la mujer había llegado a la misma conclusión que él.
- ¡Espere un momento! – dijo Marta, ilusionada. Justo sólo pudo sonreír. – ¡El símbolo! ¿Es posible que el símbolo que aparece dibujado en todos los asesinatos sea el patrón donde van a ocurrir todos los eventos?
- Suena descabellado, pero puede ser. ¿Por qué no? – comentó Justo.
- ¡Espere! ¡Déjeme su móvil! – dijo Marta, eufórica. Justo lo sacó del bolsillo y se lo dio, sonriente. La mujer lo cogió y empezó a trastear con él al instante. – Creo que sé cómo podemos comprobarlo.
Buscó la fotografía del símbolo que Justo había sacado en Ávila mientras buscaba un contacto en la agenda de su propio móvil y llamaba. Se puso su móvil en la oreja mientras con la mano izquierda sostenía el de Justo y se disponía a mandar la fotografía.
- ¿Mónica? ¡Hola, tía, soy yo! – dijo, alegre, cuando su amiga de la ACPEX contestó al otro lado de la línea. – Todo va bien, pero se nos ha ocurrido algo que tenemos que comprobar para poder seguir adelante con el caso. Necesitamos que nos ayudes – dijo, mirando a Justo al terminar. Le guiñó un ojo, entusiasmada. – Muy bien, tía, gracias. Mira, te voy a mandar una foto de un símbolo que hemos encontrado: el teléfono es el de mi compañero, no te asustes al ver un número desconocido. Es un dibujo con una trama de puntos y rayas. Queremos que lo superpongas con un mapa político de España. Tienes que hacer coincidir los cuatro puntos de la parte baja del dibujo con las ciudades de Toledo, Madrid, Ávila y Segovia, en ese orden desde abajo hacia arriba. Necesitamos saber con qué ciudad coincide el siguiente punto de la trama.... – estuvo un instante en silencio. – En cuanto lo tengas. Mándamelo a mi móvil. ¡Gracias, Mónica!
Colgó su teléfono y después consultó el número de su amiga, para poder mandarle la foto del dibujo con el teléfono de Justo. Cuando acabó le devolvió el dispositivo a su dueño.
- Ya está. Mónica es técnico en la “Sala de Luces”, como yo – explicó a Justo, que había asistido a la conversación telefónica con tranquilidad, esperando la explicación cuando llegara. – Tiene un equipo informático muy bueno en casa y lo que le hemos pedido no es nada complicado: con un editor de imágenes mediocre se puede hacer.
- Lo que me acaba de decir me ha sonado todo a chino – bromeó Justo, sólo a medias. – ¿Y si el dibujo coincide con las ciudades del mapa?
- Seguiremos las rayas para ver cuál es la siguiente ciudad en la que, probablemente, ocurrirá otro evento como los anteriores.
El móvil de Marta sonó con un pitido, al cabo de un par de minutos. Los dos se inclinaron sobre él para ver cuál era (si su descabellada teoría era cierta) la siguiente ciudad en la que se produciría una posesión.


jueves, 17 de abril de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 6

- 6 -

A pesar de que ya era tarde y los cuerpos ya habían sido retirados, Marta se sintió incómoda en el arco del puente de Alcántara, a tiro de piedra de la ciudad medieval de Toledo.
Como había ocurrido en la sala de autopsias, Justo parecía encontrarse cómodo y en su elemento. Marta empezaba a entender por qué aquel hombre de aspecto tan normal (tan insulso, quizá) era uno de los mejores agentes de la ACPEX.
Marta caminó por el lugar, mirando alrededor, intentando no fijarse en los charcos de sangre, práctica-mente secos, que había en el empedrado. Justo, por su parte, iba de uno a otro, sin levantar la vista del suelo. Marta se dirigió al murete de piedra que había en lo alto del terraplén de la orilla del río, observando atentamente el dibujo que había allí.
Era exactamente igual que el que habían visto en las fotos que el forense les había enseñado en Madrid y que el que Justo había visto y fotografiado con el móvil en Ávila.
- Es igual, ¿verdad? – le preguntó Justo desde la espalda. Marta se giró y le asintió. El hombre se acercó con paso calmado, sacando el móvil del bolsillo de la gabardina (que no se había quitado a pesar del calor) y se lo pasó a la mujer, para que los comparara.
- Siete rombos, cada uno de ellos formado por tres distintos concéntricos, podríamos decir – explicó Marta, paso a paso, comparando la fotografía del móvil de Justo con el dibujo hecho con sangre del muro de piedra, – unidos por líneas bastas que unen los vértices de los diferentes rombos. Abajo hay una especie de nudo entre cuatro rombos y arriba una línea en zig-zag con los tres restantes.


- Y la línea se corta cuando sigue hacia la izquierda – terminó Justo, mirando por encima del hombro de Marta. – Exactamente iguales. Parecen dibujados por la misma persona.
- O criatura.... – musitó Marta.
Justo rió ligeramente, sin ánimo de ofender.
- ¿Qué le parece tan gracioso? – se quejó la mujer, algo picada en su amor propio. – Estos asesinatos, tan parecidos unos a otros, separados unos de otros por tantos kilómetros, bien pueden haber sido realizados por alguna criatura.... Es la opinión del general.
- El general Muriel Maíllo siempre se pone en lo peor – explicó Justo, con paciencia. – Es su trabajo. Para eso estamos los investigadores de campo, para demostrar que nos enfrentamos a un simple caso de homicidio o que el general tiene razón y es un apocalipsis de proporciones bíblicas. Por ahora nada indica que las causas de estos asesinatos sean de origen paranormal: todo puede deberse a la macabra labor de los seguidores de una secta algo descarriada.
Marta lo pensó con calma: al fin y al cabo estaba allí para aprender. Se dio cuenta de que Justo tenía razón.
- Y entonces, ¿ahora qué hacemos? – preguntó Marta.
Justo miró su reloj y suspiró.
- Yo propongo que vayamos a comer algo: son las siete y hemos venido hasta Toledo sin comer. Con el estómago lleno veremos las cosas más claras.... – el hombre cogió de nuevo su móvil de manos de la chica y lo guardó en el bolsillo. Después caminaron los dos juntos y pasaron por debajo de la cinta amarilla para abandonar la escena del crimen. – Después, y lamentándolo mucho, tendremos que ir al depósito, a ver qué nos cuentan de las autopsias de las víctimas. Va a tener que pasar por lo mismo otra vez.
- Supongo que es la única forma de acostumbrarse.... – suspiró Marta. Justo sonrió a su lado.

* * * * * *

Silvia Manso Poncela se estiró sin ningún reparo en medio de la calle, cuando salió de la oficina de turismo de Segovia. Había sido un día muy largo y muy atareado, y su espalda le pedía a gritos un respiro.
- Vaya día – le dijo su amiga y compañera de trabajo Lucía Morales Guisado, que estaba en la calle a su lado. – Pensé que no terminábamos nunca.
- Ya te digo – contestó Silvia Manso Poncela, moviendo el cuello con cuidado de un lado para otro. Había estado todo el día de pie, atendiendo a los turistas que aquel sábado se habían acercado a Segovia para visitarla, inclinada sobre el mostrador de la oficina de turismo y sobre los mapas y folletos que entregaba a los visitantes. Tenía el cuello molido y la espalda doblada, así que lo único que tenía ganas de hacer era irse a casa y tumbarse en el sofá. Ya decidiría si veía la tele, se echaba a dormir o qué otra opción, pero lo que estaba claro era que quería tumbarse y descansar.
- ¿Vamos a tomar algo antes de irnos a casa? – propuso en ese momento su amiga Lucía Morales Guisado, como si hubiese leído el pensamiento de Silvia y quisiese borrarle las ideas de descanso que tenía en mente.
- ¡Buuufff....! No, tía, lo siento.... Lo que me apetece es irme a casa a descansar.... Estoy molida....
- ¡Vamos! – rogó Lucía Morales, con voz de súplica. – Sólo una caña, en el bar de Luis. Así le vemos y charlamos un rato – suplicó su amiga, haciendo que Silvia sonriese: Lucía estaba coladita por Luis y llevaba todo el verano realizando diversas estratagemas para quedarse con él. – Una caña, sólo eso, media hora como mucho, lo prometo.
Silvia suspiró.
- Está bieeeen.... – aceptó, con tono de mala gana, aunque la verdad era que Luis le caía muy bien (se conocían desde los quince años) y no le importaría tomarse una caña antes de irse a casa: a lo mejor la cerveza le ayudaba a quedarse dormida antes.... No sabía por qué sería, pero llevaba toda la tarde con un mareo terrible. Hacía mucho calor en la calle, pero en la oficina de turismo, gracias al aire acondicionado, se estaba bastante fresco. No estaba segura de cuál era la causa, pero el resultado era que su cabeza parecía dar bandazos de un lado a otro. Estaba completamente mareada.
- ¡Bien! Gracias, tía. Te debo una – dijo Lucía, con una gran sonrisa de oreja a oreja.
- Me debes muchas.... – bromeó Silvia, a pesar de que al volver a andar la cabeza había vuelto a darle vueltas.
Las dos chicas se detuvieron de repente en mitad de la plaza, delante del famoso acueducto. Un hombre viejo, un vagabundo, vestido con ropas sucias y rotas, y con la cara cubierta por la barba y una capa de suciedad, se había acercado a ellas y se había plantado delante, a menos de un metro, mirándolas con ojos fanáticos.
- Mi señora, soy vuestro humilde siervo.... – dijo, con voz cascada y rastrera, fijando los ojos en Silvia. La chica lo miró con repugnancia, sin escuchar realmente lo que le había dicho: bastante tenía con no vomitar al olerle.
- Vamos, Silvia.... – dijo Lucía, cogiendo a su amiga del brazo y tirando de ella delicadamente, para rodear al mendigo y poder largarse al bar de Luis. Pero el mendigo no dejaba de mirar a Silvia.
- Me postro ante usted y me humillo ante el canal que todo lo puede – dijo en ese momento el mendigo, echándose al suelo de rodillas y encogiéndose hasta tener la cara en el suelo, en una reverencia exagerada. Las dos chicas lo miraron cada vez más asombradas y asustadas. – Ruego vuestra misericordia y os ofrezco mi ayuda, mi señora....
Las dos chicas rodearon al vagabundo encogido en el suelo y siguieron su camino, inquietas, pero sin mirarle más.
- Joder, qué tío más raro.... – empezó a decir Lucía, cuando se habían separado de él unos metros. Entonces Silvia se detuvo, vacilante en medio de la plaza.
Empezó a balancearse de un lado a otro, perdiendo el sentido. Sufrió un mareo terrible, como si su cerebro hubiese naufragado en un mar agitado dentro de su cráneo. Los ojos se le pusieron en blanco y cayó todo lo larga que era en el suelo adoquinado de la plaza frente al acueducto.
- ¡¡Silvia!! – se alarmó su amiga Lucía, acercándose a ella, arrodillándose a su lado para darle la vuelta y mirarle la cara, tomándole el pulso en el cuello. Silvia no temblaba ni tenía convulsiones, simplemente se había desvanecido, perdiendo el sentido. Lucía le notaba la piel caliente (como si tuviera fiebre) y la cara estaba más oscura que antes, volviéndose casi negra. Lucía se asustó, pensando que su amiga había dejado de respirar, pero entonces se dio cuenta de que el pecho de Silvia seguía moviéndose arriba y abajo, acompasado con la respiración constante y normal.
Atenta a su amiga, Lucía no se dio cuenta de que el mendigo se había incorporado y se alejaba de allí a toda prisa, sin quitar ojo de Silvia, lanzando agradecimientos y plegarias hacia lo alto.
- ¡¡Ayuda!! ¡¡Ayuda, por favor!! – pidió Lucía, todavía en el suelo con la cabeza de su amiga Silvia en el regazo. Varias personas que caminaban por la calle (hacía buen tiempo, era sábado y los bares y terrazas estaban abiertos) se acercaron a ver qué ocurría y a echar una mano.
Pero en ese momento Silvia abrió los ojos.
Aunque ya no parecían los suyos.
Eran completamente rojos, con el iris de un tono dorado brillante. Su cara y su cuello se habían vuelto muy oscuros, con un tono grisáceo o negro, como si de repente se hubiese cubierto de una fina capa de petróleo, como si se hubiese extendido por la piel crema de Nivea, pero de color negro. Lucía notaba el calor que desprendía su cuerpo.
Silvia (el cuerpo de Silvia, al menos, manejado por quien fuese) se puso en pie y miró alrededor, algo confusa. Sin embargo su cara estaba seria, con los ojos abiertos desmesuradamente, enseñando ligeramente los dientes. Lucía se asustó, pero no fue capaz de moverse, quedándose de rodillas en el suelo.
La que antes fue Silvia giró en redondo, mirando a los transeúntes que se habían ido acercando: todos se habían frenado en el sitio, cuando la chica de mirada tan extraña se había levantado del suelo de un brinco.
- Prest, smrtnik tuzan. Atea Anäziak ireki. Vatra i sjena biti zatim majstori tvoj pocetak od novi vrijeme. Du bederatzi konkistatzeko ondoren zure munduko i zure arima. Ondoren, erre – murmuró, con una voz extraña que no correspondía con la de Silvia.
- ¿Qué? – farfulló Lucía, completamente desorientada y aterrorizada. No entendía qué le había ocurrido a su amiga, pero cada vez parecía peor.
La chica del rostro oscuro se dio media vuelta y miró a la chica arrodillada en el suelo, que hasta hacía unos segundos (cuando no había perdido la conciencia ni el control de su cuerpo) era su amiga. La contempló durante unos segundos, quieta y tranquila, y luego se acercó a ella de tres zancadas, a una velocidad pasmosa. Cuando llegó hasta ella le atizó una patada brutal en la cara.
Lucía se vio lanzada hacia atrás, mientras notaba una explosión en su boca. Notó un dolor horrible en los dientes, notó la sangre que salía de su labio abierto derramarse por su barbilla y por el cuello, empapando el pecho de la camiseta. La gente de la calle, los pocos que se habían acercado para ver si podían ayudar, se asustaron ante tan violento ataque, y salieron corriendo cuando la chica que estaba de pie siguió pateando a la otra, que sangraba tirada en el suelo de adoquines.
Los testigos huyeron corriendo en todas direcciones, gritando asustados, llamando a gritos a la policía, mientras la que antes fuera Silvia aprovechaba que Lucía estaba tendida en el suelo para lanzarle patadas terribles, en el vientre, en el pecho y en la cabeza. Pronto la sangre corrió por los adoquines.
- ¡¡Prest, smrtnik tuzan. Atea Anäziak ireki. Vatra i sjena biti zatim majstori tvoj pocetak od novi vrijeme. Du bederatzi konkistatzeko ondoren zure munduko i zure arima. Ondoren, erre!! – gritaba una y otra vez, mientras seguía pateando el cuerpo (el cadáver ya) de la que había sido su amiga.
De repente se detuvo, como fulminada por un rayo. Se acuclilló al lado de la chica muerta y mojó el dedo meñique de la mano izquierda en la sangre del suelo, poniéndose a dibujar compulsivamente un ideograma al lado del cuerpo, en la piedra, con trazos rápidos pero precisos, como si tuviera el dibujo grabado en la mente y se limitara tan sólo a traspasarlo a la piedra.

* * * * * *

- Estamos ante la misma situación – dijo Justo nada más salir de la sala de autopsias, quitándose los guantes de látex. A su lado, Marta no tuvo que quitarse ningún guante porque no había tenido intención de tocar ningún cadáver: incluso había estado con las manos en los bolsillos del pantalón vaquero, para evitar que sus manos tocaran por accidente cualquier parte de un cuerpo muerto. – Un chico muerto a golpes en el cráneo contra un muro de piedra; una chica estrangulada y con los ojos reventados; un mendigo con el cuello y la espalda rota al caer desde una altura considerable. El mismo símbolo dibujado con sangre en la piedra del muro.
Justo se quedó callado, pasándose la mano por la boca y el mentón mal afeitado, pensativo. Marta suspiró, sin saber qué más añadir. Empezaba a pensar que de nada servía su presencia allí. Poco tenía para aportar.
Justo lo había resumido todo muy bien. En todos los casos uno de los cadáveres había matado al resto de las víctimas para suicidarse a continuación (habían encontrado epiteliales de la chica de Toledo en las uñas del mendigo y Justo había llamado al subinspector Mendoza, de Ávila, para preguntarle por algunos detalles más del caso y éste le indicó que lo mismo ocurría con la chica que se había lanzado desde la ventana de su casa: en sus uñas había restos de ADN de la amiga que había muerto estrangulada). En los tres casos habían dibujado un extraño símbolo o ideograma en una superficie cercana (el despachurrado en la acera de Madrid y el mendigo de Toledo tenían la yema del dedo índice de la mano izquierda tintada de sangre y la chica suicida de Ávila había dejado las huellas de su mano izquierda en el rotulador permanente encontrado sobre la alfombra del salón de su casa) y en los tres casos el dibujo era idéntico. El tamaño variaba, pero las proporciones eran las mismas: como había dicho Marta en el anterior instituto anatómico-forense, parecían dibujados por la misma mano, algo que habían comprobado que no había sido así.
Aquello cada vez apuntaba más a un caso paranormal.
- Yo creo que.... – empezó a decir Marta.
- Ya lo sé – la cortó Justo, la primera vez que le escuchaba un tono seco. – Todo indica a sucesos paranormales, probablemente posesiones. Pero realmente no tenemos ninguna confirmación que apoye esa hipótesis: por ahora todos los casos pueden ser de simples homicidios. Horrorosos y muy bestias, pero homicidios al fin y al cabo.
- ¿Y lo de los ojos? – preguntó Marta, queriendo convencer al agente veterano y salirse con la suya.
- Es el punto que más sostiene su teoría – le concedió Justo, – pero también podría ser un efecto secundario inducido por alguna clase de droga alucinógena, o una especie de “maquillaje” que se ponen para cometer sus crímenes. Creo que aún no podemos descartar la teoría de que se trata de asesinatos rituales de alguna especie de secta, al menos mientras no tengamos los análisis toxicológicos de todas las víctimas....
Marta tuvo que asentir. Aunque le molestaba un poco, Justo tenía razón.
- ¿Vamos a comisaría a ver lo del móvil? – preguntó, queriendo congraciarse con el agente veterano.
El forense de Toledo les había contado que la policía había encontrado un móvil cerca del cadáver de la chica, que al parecer había registrado parte del ataque. Marta no sabía cómo había sido posible, pero valía la pena revisarlo para ver si sacaban algo en claro.
- Sí, es verdad, vamos para allá.
Se acercaron hasta la comisaría andando, callejeando por Toledo. La noche se acercaba, aunque todavía el Sol mandaba en el cielo. Era lo que más le gustaba a Marta del verano: había luz hasta muy tarde.
- Buenas noches, soy el agente Díaz de la Jefatura Central de Homicidios y ésta es la agente Velasco – los presentó Justo ante el policía de guardia en la recepción de la comisaría, enseñando la acreditación. – Venimos por los asesinatos del puente de Alcántara....
- Muy bien, pasen por aquí y pregunten por el inspector Figuereo – les indicó el agente de policía.
Los dos miembros de la ACPEX accedieron a la comisaría por su cuenta, recorriendo un pasillo que tenía varios despachos a ambos lados. Al fondo podían verse varias mesas y cubículos, donde media docena de policías hormigueaban. Justo se detuvo delante de una de las puertas de los despachos del pasillo, en la que una pequeña placa rezaba FIGUEREO. Llamó con los nudillos, y la puerta de aluminio y cristal resonó y se agitó en el vano.
- ¡Pase! – se escuchó una voz desde dentro. Justo obedeció y Marta lo siguió.
El despacho era pequeño, aunque el inspector Figuereo lo tenía bien aprovechado: la estantería tras su silla estaba repleta pero ordenada, había logrado sacar espacio para colocar dos sillas cómodas delante de su mesa y hasta tenía una fuente de agua de las de bidón y una mesa auxiliar donde descansaba una cafetera barata y una torre de vasos blancos de plástico. Tenía hasta un ficus colocado en una maceta grande en una esquina de la habitación.
El inspector Figuereo era un hombre joven, de la misma edad que Marta, aproximadamente, unos treinta y pocos años. No se podía decir que era guapo, pero tenía un rostro agradable: ligeramente redondo, de ojos grandes y verdes, anchas cejas y pómulos marcados. La barba estudiadamente descuidada le daba un aspecto más juvenil y atractivo. Era ancho de hombros, aunque parecía delgado.
Estaba hablando por teléfono cuando entraron (escuchando, más bien), así que les hizo un gesto para que se sentaran en las dos sillas que tenía delante de él, al otro lado de la mesa. Marta lo hizo al instante, pero Justo se quedó de pie, curioseando, mirando los diplomas y fotos que tenía colgadas en la pared.
- Bien.... de acuerdo.... – dijo al cabo de un rato, en el que siguió escuchando por el teléfono, mientras miraba con interés al hombre con gabardina y sombrero (que no se había quitado) que curioseaba por su despacho. – Pon al corriente a Vázquez y que los de la científica te envíen el informe. Llámame mañana a casa cuando lo tengas y comparamos los perfiles – guardó silencio un instante, mirando a Justo fijamente, que se había vuelto hacia él. – Muy bien. Oye, te dejo: tengo gente aquí esperando. Mañana hablamos. Cuídate, chaval.
El joven inspector colgó el teléfono, volviéndose a mirar a los desconocidos que tenía en el despacho.
- Discúlpenme, pero era una llamada importante que no podía dejar a medias....
- Por supuesto, inspector – dijo Justo, acercándose a la mesa y respondiendo con una sonrisa franca a la que les había dedicado el joven inspector de policía. Y sonrió aún más cuando le estrechó la mano y recibió un apretón de los que a él le gustaban. – Deje que nos presente: soy Justo Díaz, de la Jefatura Central de Homicidios. Ésta es mi compañera la agente Marta Velasco. Estamos aquí por los asesinatos del puente de Alcántara....
- Algo horrible – dijo el inspector, relajándose un poco al ver que por fin Justo se sentaba en la silla libre que había al lado de Marta. – Yo conocía a la pareja de chicos jóvenes: iban a casarse el año que viene....
Marta se llevó la mano a la boca, horrorizada. Justo compuso una mueca sincera de pesar.
- Cuánto lo lamento.... ¿Eran amigos suyos?
- En realidad la chica era amiga de mi hermana... Los conocía de vista y de haber coincidido con ellos en alguna fiesta. Poca cosa, pero suficiente para afectarle a uno....
- Claro – reconoció Justo, amable.
- ¿Conocía también al mendigo, inspector? – preguntó Marta, atreviéndose por vez primera a intervenir en alguno de los interrogatorios que realizaba Justo. Quizá fuese porque el inspector era de su edad, o porque era guapo (guapo no, pero sí agradable a la vista) o porque parecía muy cercano. O, simplemente, porque quería aclarar ya el origen de los asesinatos y ver quién tenía razón: ella o Justo.
- Sí, también de vista – respondió el inspector, ajeno a la mirada tensa que el agente maduro le dedicó a la chica. – Solía vérsele por aquella orilla del río, pidiendo en el puente o deambulando por ahí. No era alguien peligroso, ni mucho menos.
- ¿Sabe si pertenecía a algún grupo organizado o a alguna congregación? – preguntó Marta. Justo ya no disimuló y se giró abiertamente hacia ella, apenas inexpresivo. Pero Marta sabía que aquello no le estaba gustando nada a su veterano compañero.
- No sé si la entiendo, agente....
- A lo mejor tenía un grupo de gente con la que se movía, o con la que se le podía ver por ahí. ¿No pertenecía a ninguna parroquia o grupo religioso?
- ¿El viejo Ezequiel? – se sorprendió el inspector Figuereo, sonriendo divertido. – De ninguna manera. El único al que rendía culto era al vino – el inspector rió, quizá con poco tacto. – Hace unos años iba con otro mendigo, un amigo, Paco “Guillotina”, pero murió hace cuatro o cinco años de frío, en invierno. Quizá haga ya seis años.... El caso es que Ezequiel “el Sucio”, como le conocen en el barrio, no ha vuelto a ir con nadie. Siempre va solo.
- Ya veo.... – murmuró Marta, intentando sacar algo en claro e imaginando las represalias que Justo tomaría por aquel atrevimiento suyo.
- En realidad, inspector Figuereo, estamos aquí porque en el depósito nos han dicho que se encontró un móvil en la escena del crimen – explicó Justo. Su voz no indicaba que se hubiese enfadado por la intromisión de Marta, aunque la chica no las tenía todas consigo. – Al parecer el ataque quedó registrado, al menos en parte.
- No – contestó el inspector, poniéndose algo serio. – En parte no. Imaginamos que la chica iba a hacerle una foto a su novio y por eso tenía el móvil en la mano, encuadrando el lugar del ataque. Las últimas fotos que se hicieron con el móvil registran la lucha entre el chico y Ezequiel “el Sucio” – explicó el inspector, sorprendiendo a los dos agentes de la ACPEX. – Suponemos que la chica sufrió un ataque de histeria al ver cómo atacaban a su prometido, porque después de casi una docena de fotos el móvil se puso a grabar la escena.
Los tres agentes de la ley se quedaron en silencio un instante, el inspector de policía mirando alternativamente a cada uno de sus interlocutores y los dos agentes de la ACPEX manteniéndole la mirada, algo impactados.
- Imagino que han venido hasta aquí para saber si podían ver el vídeo.... – comentó al fin el inspector Figuereo.
- Nos vendría muy bien para nuestro informe.... – musitó Justo, – si no es molestia.
El joven inspector asintió comprensivo y luego apretó un botón del intercomunicador que tenía encima de la mesa, al lado del teléfono.
- Peláez, tráigame por favor el teléfono móvil de la mujer asesinada en el puente de Alcántara.
Al cabo de no más de treinta segundos la puerta del despacho del inspector se abrió y entró un hombre de estatura media, calvo y en mangas de camisa.
- Aquí tiene inspector – dijo, entregándole el móvil a su superior. El aparato estaba metido dentro de una bolsa de plástico para pruebas con cierre hermético.
- Muchas gracias, Peláez.
- Gracias – le murmuró Marta al agente, cuando salía de la habitación.
El inspector Figuereo trasteó un poco con los botones y después les tendió el teléfono.
- Denle al play para verlo....
Marta lo cogió y lo puso en marcha, Justo acercó su cabeza a la de ella, hasta rozarle la sien con el estrecho ala de su sombrero. Los dos agentes de la ACPEX vieron el vídeo a la vez.
En la imagen aparecían el mendigo y el chico joven, agarrados y zarandeándose. El mendigo agarraba al chico por la pechera de la camiseta, con ambas manos, y el chico joven sujetaba las muñecas del mendigo, intentando separarse y evitar que tirase de él. Se escuchaba sollozar a una mujer (Marta imaginó que era la chica, la novia del chico que salía en escena, la que estaba grabando aquella terrible pelea) y algunos farfulleos provenientes del mendigo, pero eran incomprensibles.
Entonces, en uno de los múltiples tirones y empujones que se daban los dos hombres, el chico se soltó del mendigo y éste aprovechó para sacudirlo hacia el pretil de piedra que separaba el camino del terraplén que bajaba hasta la orilla del río. Le golpeó la cabeza contra la piedra y lo repitió, haciendo que la sangre salpicara. Marta apartó la mirada y Justo resopló por la nariz, aunque siguió mirando.
La imagen del vídeo se ladeó y giró, para acabar reproduciendo una imagen fija del cielo azul de verano. Marta imaginó que el móvil se había caído al suelo. Pero una imagen terrorífica había podido verse antes de que el móvil se cayera de las manos de la chica y girara hasta el suelo: el mendigo soltaba el cuerpo muerto del chico y se volvía amenazadoramente hacia la chica.
La imagen seguía fija, pero empezaron a escucharse gruñidos animales (del mendigo) y gritos de dolor y terror (de la chica). Marta no lo soportó más y detuvo el vídeo.
El inspector Figuereo tenía una cara muy seria. Miraba a los dos agentes, sereno pero con cara de circunstancias. Marta sentía que las manos le temblaban y que estaba muy nerviosa, así que dejó el móvil dentro de su bolsa en la mesa del inspector.
- Espere, vuélvalo a poner – pidió Justo, con voz tranquila y en tono bajo. Marta lo miró con cara horrorizada, sintiendo repentinamente asco hacia el veterano agente. Justo la miró y comprendió el gesto. – Solamente el final, no quiero volver a ver la pelea. Déjeme escuchar una cosa.
- ¿Acaso no lo ha oído ya? – se quejó Marta.
- Lo he oído, pero no lo he escuchado – se excusó Justo, y parecía totalmente sincero. Marta comprendió que la petición del veterano agente no era morbosa: los dos debían escuchar el vídeo otra vez.
- ¿Cuándo? – preguntó Marta, cogiendo otra vez el móvil y reproduciendo el vídeo de nuevo.
- Justo cuando el móvil ha caído al suelo y sólo se ve el cielo....
Marta arrastró la barra de reproducción hasta ese momento y pulsó el play de nuevo. Los tres agentes prestaron atención y escucharon una voz grave, más bien un rumor, por detrás de los gemidos de angustia de la chica.
- Párelo – ordenó Justo, antes de que comenzasen los gritos de dolor de la víctima, y Marta lo agradeció. – Póngalo otra vez, por favor.
Marta repitió la operación y subió el volumen del móvil. La voz grave se escuchó mejor, aunque las palabras no se entendían.
- No se entiende lo que dice.... – dijo el inspector.
- Pero está claro que es el mendigo el que habla – dijo Justo, pensativo. – No es la mujer que aún permanece con vida. Es el mendigo, diciéndole algo a ella, antes de matarla. ¿Qué puede ser?
- No lo sé. No se le entiende.
- Parece algún idioma extranjero – opinó Marta.
- No creo que Ezequiel supiese hablar más que español, y lo hacía malamente.... – contradijo el inspector Figuereo.
- Lo que está claro es que el mendigo habla antes de atacar a la mujer y no lo hace en español – resumió Justo. Después se dirigió al inspector. – ¿Podría aislar el sonido de la grabación y hacerlo más claro? Quizá podamos llegar a entenderlo....
- Los de audiovisuales podrán hacerlo, aunque hoy ya es tarde y mañana es domingo – se lamentó el inspector. – Conozco bien a algunos de ellos, y hay un par que me deben favores: si mañana tienen que hacer algún trabajo urgente les colaré esto para que lo hagan, no le quepa duda. Pero todo depende de que tengan algo que hacer....
- No se preocupe – le calmó Justo, – tampoco tenemos tanta prisa. Volveremos el lunes por aquí, si le parece bien, y si han podido rescatar el sonido lo escucharemos.
- Muy bien – contestó el inspector. En ese mismo momento sonó el móvil de Justo. Lo sacó del bolsillo de la gabardina y con un gesto de disculpa se puso en pie y contestó a la llamada, saliendo al pasillo. El inspector Figuereo y Marta se quedaron solos.
- Es un caso horrible – comentó el hombre. – Siento que se tengan que hacer caso de estas cosas....
- Es nuestro trabajo – contestó tímidamente Marta.
- Usted no lleva mucho tiempo en él, ¿verdad? – dijo él con una sonrisa, cómplice y amable. Marta sonrió aún más tímidamente y bajó la mirada.
- Se nota, ¿no?
- No se preocupe. Los que nos dedicamos a estar a este lado de la ley y nos enfrentamos a los que se salen del tiesto empezamos igual – dijo el inspector, comprensivo. – Debe centrarse en la idea de atrapar al malnacido que es capaz de hacer esto y verá cómo acaba soportando las barbaridades que se va a encontrar.
Marta asintió, agradeciendo de verdad el consejo. Lo que no sabía el joven inspector era que, en el trabajo de Marta (el que siempre había deseado y para el que creía sentirse preparada), a menudo el responsable de los asesinatos y las atrocidades era peor y daba más miedo que el propio asesinato.
La puerta del despacho volvió a abrirse y Justo entró por el vano. No parecía muy contento.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Marta, temiendo preguntar.
- Muchas gracias por su tiempo, inspector, pero tenemos que dejarle de esta manera – dijo Justo, mirando al inspector Figuereo, intentando formar una sonrisa agradable y agradecida. Después se volvió hacia Marta. – Ha habido un asesinato en Segovia y tenemos que ir a realizar el informe.
Justo había utilizado un tono ligero, porque el inspector de policía podía oírlo, pero Marta sabía que aquel asesinato tenía mucho que ver con los tres que ya llevaban investigados.



martes, 15 de abril de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 5


- 5 -


- Ponte un poquito más a la derecha – dijo él, mirando por el objetivo. La imagen reducida de ella compuso una mueca de fastidio, resoplando, pero se movió, divertida. Volvió a posar y a sonreír. – ¡Ahí! Justo ahí.... ¡Estás estupenda!
El chico apretó el disparador y la pesada cámara capturó la imagen, mostrándola en el visor.
- Genial. Sales guapísima.... – dijo él, con voz de enamorado, mirando la foto. Ella trotó hasta él para verla. Él movió la cámara para que ella pudiese ver la foto bien, esperando el veredicto.
- Bueno.... Fíjate qué cara.... – dijo ella, con voz disgustada.
- ¡Pero qué dices! ¡Estás guapísima! – dijo él, sorprendido. No se acostumbraba a que ella se viese fea en las fotos. – Además, fíjate qué bien se ve el puente y el río por detrás de ti....
Ella acabó sonriendo, porque en realidad sí que le había gustado la foto.
- Eso sólo es porque el fotógrafo es estupendo.... – dijo, sonriendo, acercándose a él.
- Es fácil, cuando la modelo es tan guapa.... – contestó él, también juguetón, apartando la cámara y besándola a ella.
Damián García Toquero y Ángela Martín Martín llevaban un par de días en Toledo, visitando la magnífica ciudad. Habían estado antes en Guadalajara, Cuenca, Albacete  y  Ciudad  Real,  y  por  último  visitaban  Toledo, antes de volver a Madrid.
- ¿Cómo estás? ¿Te sigue doliendo? – preguntó Damián García Toquero. – Si quieres volvemos al hotel....
- No, no, estoy bien.... – mintió Ángela Martín Martín, intentando poner buena cara. Sabía que Damián quería seguir paseando y cruzar el puente de Alcántara completo y visitar el castillo de San Servando, para volver luego a pasear por las callejuelas de la ciudad, así que su dolor de cabeza no iba a estropeárselo. En realidad no le dolía tanto como a primera hora de la mañana, cuando pensaba que la cabeza le iba a estallar. Notaba una presión desde dentro que la mataba. Incluso parecía que la ardía.
- ¿De verdad?
- Sí, de verdad – contestó Ángela, sonriendo sin problema. – Ya casi no me duele. Puedo seguir. Será el Sol, nada más....
Damián la miró, no muy convencido, mientras ella sacaba del bolso la botella de agua y bebía un buen trago. Había leído no sabía dónde que la mayoría de las veces que dolía la cabeza se debía a una leve deshidratación, así que con beber agua se pasaba el malestar. Quizá fuese eso lo que le pasaba a ella.
Como Damián quería seguir paseando hizo como que se creía del todo que Ángela estaba bien, sonrió, le pasó el brazo por los hombros y siguió caminando por el puente de Alcántara.
Llevaban juntos casi cinco años, viviendo en el mismo piso tres y prometidos desde hacía seis meses. La boda iba a ser la próxima primavera y los dos estaban encantados con  la idea. Damián no podía imaginar otra chica con la que estar y Ángela había encontrado en Damián todas las cosas que siempre había deseado que fuera o tuviera el chico que podía ser su marido. Como todas las parejas discutían y tenían sus enfados, pero también era verdad (lo decía todo el mundo) que eran más felices estando juntos que por separado, y que todos los problemas y dificultades que se encontraban (incluyendo las discusiones) los superaban gracias a que trabajaban muy bien en equipo.
Al llegar al final del puente vieron a un mendigo apoyado en uno de los costados del arco, con una pequeña cajita de madera en el suelo frente a él. Damián se separó de Ángela y se acercó al hombre, sacando veinte céntimos del bolsillo y dejándoselos en la caja. Ángela sonrió con cariño al verlo y sacó el móvil del bolso, para fotografiarle.
- ¿Qué haces? – dijo, él, riendo, al verla. – Toma la cámara si quieres hacerme una foto....
- No, quiero una en el móvil, para poder ponerla de fondo de pantalla.... – rogó ella, poniendo la voz con la que conseguía que él hiciese cualquier cosa que ella le pedía. Notó que el dolor de cabeza despertaba de nuevo, empujando ligeramente desde dentro del cráneo. Hizo una mueca, pero logró que Damián no lo notase bajando la cabeza y mirando hacia el móvil.
- Bueno, vale, házmela aquí.... – dijo él, separándose del mendigo que los miraba a ambos con cara seria. Damián se acercó al lado del arco, para que Ángela pudiese sacarle a él con una vista de Toledo y del río al fondo.
Ángela buscó la aplicación de la cámara de su teléfono y apuntó hacia su novio.
- Muy bien. A ver, sonríe.... – dijo, alegre. En la pantalla del móvil Damián posó para la foto y sonrió, con una cara divertida. Ángela también sonrió, ignorando su dolor de cabeza.
Entonces, entrando dentro del alcance del objetivo de la cámara, en el mismo instante que Ángela hacía la foto, el mendigo que estaba sentado al lado del arco del puente se lanzó sobre Damián, agarrándole por el pecho de la camiseta. Ángela dio un grito, asustada, sin dejar de mirar la pantalla del móvil, que recogía toda la escena.
Asustada, no pudo evitar pulsar una y otra vez el botón del disparador que aparecía en la pantalla, capturando la pelea fragmento a fragmento. No supo reaccionar de otra forma, y golpeaba la pantalla de su móvil de forma tan compulsiva que acabó poniendo en marcha la cámara de vídeo, registrando la pelea en movimiento.
Damián se sorprendió mucho ante el ataque sorpresa, sin poder reaccionar al principio. Cuando aquel hombre de piel oscura y olor nauseabundo le tuvo agarrado por la pechera de la camiseta, el joven reaccionó, sujetándole por las muñecas y manteniéndole alejado. Notó la piel del mendigo muy caliente, como si tuviera fiebre.
Los dos forcejearon, zarandeándose el uno al otro, al lado del murete que había en la orilla del río. Damián estaba muy nervioso, sin saber qué hacía o qué pasaba. Era demencial. El mendigo sólo jadeaba y farfullaba sonidos sin sentido. Ángela seguía sosteniendo el móvil, llorando, sin poder reaccionar. El dolor de su cabeza parecía haberse pasado.
Al fin, después de un violento empujón del mendigo, Damián soltó las muñecas de su atacante, por la inercia. El mendigo entonces aprovechó para tirar de él y golpearle contra el pretil de piedra. Damián recibió el golpe en la espalda y se quedó sin respiración durante un segundo. Ángela chilló, aterrada. Pero seguía sujetando el móvil delante de ella.
El mendigo agarró por el cuello a Damián, que se revolvió como pudo, sin respiración y dolorido. Pero poco pudo hacer contra la fuerza sobrehumana de aquel hombre, que le golpeó la cabeza contra la piedra del muro que protegía a los viandantes de caer al río. La sangre salpicó pronto la piedra.
Ángela soltó el móvil, gritando y llorando, asustadísima e histérica. El mendigo se volvió a ella y la miró, con los ojos rojos y de iris dorados fijos en ella.
- Prest, smrtnik tuzan. Atea Anäziak ireki. Vatra i sjena biti zatim majstori tvoj pocetak od novi vrijeme. Du bederatzi konkistatzeko ondoren zure munduko i zure arima. Ondoren, erre – murmuró, con voz malévola y arrastrada.
De dos zancadas llegó hasta la chica, agarrándola de la cara, con manos como garfios. Clavó los pulgares en los ojos de la chica y apretó, con fuerza, venciendo la resistencia que ofrecieron los globos oculares.
Ángela gritó de dolor y de pánico, antes de perder el conocimiento para siempre.

* * * * * *

Marta apuró el cigarrillo y lo lanzó al suelo, pisándolo con cierto nerviosismo. Había dejado de fumar hacía meses, pero había tenido que volver a empezar,  dadas  las  actuales
circunstancias.
Le habían asignado el caso (en realidad a ella no, pero iba a trabajar en la calle, con un investigador de la agencia), y aunque era lo que ella quería, tamaña responsabilidad le abrumaba un poco. Además, estaba delante del depósito de cadáveres, esperando a Justo para entrar, y lo de ver muertos en mesas de acero inoxidable no le ayudaba a tranquilizarse.
Cuando ya pensaba en sacar otro cigarrillo del paquete y encenderlo, un viejo R-11 llegó al aparcamiento desde la avenida. Dio una vuelta y aparcó en batería al lado de otros tres coches que había allí. El resto del aparcamiento estaba vacío: Marta miró la hora en su reloj de pulsera y comprendió que a las tres de la tarde la mayoría de la gente estaría comiendo.
Del R-11 se bajó un hombre, con soltura. Marta no conocía a Justo Díaz Prieto, pero era una especie de leyenda en la agencia: era uno de los agentes más veteranos, con mayor número de misiones exitosas en su historial, al que el general y la jefatura acudían cuando se enfrentaban a un caso complejo.
Marta se había imaginado a otro tipo de hombre, muy diferente del que bajó del viejo Renault (también se había imaginado otro tipo de coche): ella esperaba a un hombre maduro, de cabello abundante y gris, quizá blanco en las sienes. Bien parecido, atlético y en forma, vestido de forma elegante aunque cómoda. Incluso le imaginaba bronceado, aunque no podía explicarse por qué.
El hombre que bajó del R-11 (el verdadero Justo Díaz Prieto, se dijo Marta) era un agente de unos sesenta años, delgado, de rostro estirado y arrugado, con restos de barba blanquecina. Era alto, sí, pero ni mucho menos fornido o atlético. Vestía como un oficinista mediocre, con un traje barato y arrugado, cubierto todo por una gabardina color beige, a pesar del calor del verano. Sobre la cabeza llevaba un pequeño sombrero de color gris oscuro.
La desilusión de Marta se esfumó cuando aquel hombre (su compañero y su superior) se plantó delante de ella y le miró a los ojos: unos ojos azules muy claros, astutos, avispados e inteligentes. Los nervios de colegiala el primer día de clase volvieron a inundarla.
- Imagino que es usted Marta Velasco Iglesias, ¿no es así? – dijo el agente, tendiéndola la mano. – El general me dijo que me esperaría usted aquí. Yo soy Justo Díaz Prieto.
- Encantada – dijo ella, estrechándole la mano de forma distraída. El apretón no fue todo lo firme y seguro que a Justo le hubiese gustado, pero disimuló su mueca de desilusión.
- ¿Entramos? – preguntó, indicándole a Marta que iniciara ella la marcha.
- Sí, sí, claro.... – Marta entró delante, seguida de cerca por Justo. – Viene usted de Ávila, ¿no es así? ¿Qué ha encontrado en el lugar del primer evento, agente Díaz? – preguntó, volviéndose a medias para mirarle.
- Llámeme simplemente Justo.... – contestó él con una sonrisa agradable. Sin embargo, Marta no podía dejar de pensar en él como un profesor de instituto que no iba a dejar pasarle ni una. – Había dos muertos, dos mujeres jóvenes. Todo indicaba que una de ellas había matado a la otra antes de suicidarse tirándose por la ventana.
- ¿Algún resto de indicio paranormal? – preguntó Marta, sintiéndose extrañamente serena a pesar de estar hablando de gente muerta.
- A primera vista ninguno – contestó Justo – pero un equipo de campo estuvo allí conmigo tomando muestras y lecturas. Tendremos los resultados hoy mismo.
Los dos llegaron a una garita en la que un conserje los miró llegar.
- Buenas tardes. ¿Son los agentes de la Jefatura Central de Homicidios? – preguntó, solícito.
- Somos nosotros – contestó Justo, sonriente, mientras mostraba su acreditación falsa. – El agente Díaz y la agente Velasco.
Marta sacó su acreditación (recién hecha aquella mañana en las dependencias de la ACPEX) y se la mostró al conserje, sintiéndose extrañamente orgullosa al oírse llamar “agente”, aunque sabía que en realidad seguía siendo solamente una técnico.
- Llamaron a media mañana de la Jefatura para avisarnos de que vendrían.... – comentó el conserje, comprobando los nombres de los dos en una lista que tenía sobre una tablilla en la mesa. – Pueden pasar. ¿Saben dónde tienen que ir?
- Sí, no es la primera vez que venimos – dijo Justo, sin dejar de sonreír. Marta imaginó que Justo iba allí a menudo, aunque verdaderamente ella era la primera vez que iba. – Podemos ir solos.
- Muy bien. Buenos días – se despidió el conserje.
Justo sonrió aún más y le dedicó un cabeceo, empujando suavemente a Marta para que marchara por el pasillo.
- ¿Así de fácil? – preguntó, asombrada.
- Así de fácil. La Jefatura Central de Homicidios es un departamento de la Policía Nacional que no existe realmente, pero la ACPEX se encarga de que aparezca de vez en cuando en los medios o en informes reales de casos verídicos de la policía o la Guardia Civil. De esta forma mucha gente ha oído hablar de ella o le suena vagamente. Así es fácil presentarse como agente de la Jefatura ante la policía o ante otra gente....
- Ya veo....
- Bueno, ¿y qué es lo que vamos a ver aquí? – preguntó Justo.
- Son los cadáveres de siete personas. Todos hombres, miembros de la empresa NeviComp. Murieron asesinados en la sala de reuniones de una de sus sedes aquí en Madrid – explicó Marta. Se sabía el informe de pe a pa: no quería cagarla. – Estaban en el lugar donde registramos el segundo evento, ayer por la tarde.
Justo asintió.
- ¿En la agencia creen que tiene que ver con lo que ha pasado en Ávila?
- No lo sabemos, pero los dos eventos se registraron similares y con apenas tres horas de diferencia.
Llegaron a la sala de autopsias y Justo llamó al cristal que había en la puerta, a la altura de la cabeza. Un forense que había dentro, en bata, les indicó que pasasen.
- Buenas tardes, soy el agente Díaz, de la Jefatura Central de Homicidios. Ésta es la agente Velasco. Veníamos por los siete cadáveres de la tarde de ayer....
El forense miró la acreditación que le mostraba Justo y asintió, profesional.
- Sí, llevo toda la mañana con ellos. Hacía tiempo que no teníamos algo así por aquí....
- ¿A qué se refiere? – preguntó Justo, acompañando al forense. Marta se quedó un poco atrás, aturdida por la situación y por el olor de la sala. Había seis cuerpos destapados en sus mesas de acero inoxidable, a los que intentaba no mirar directamente.
- Bueno.... para empezar siete cadáveres son muchos cadáveres, no sé si me entiende.... – explicó el forense, que era un hombre joven, con cara redonda de niño y gafas de montura estrecha. – Además, han sido asesinados de una forma muy bestia....
- Entonces ha sido un asesinato.... – indagó Justo.
- Pues claro. ¿Qué pensaba que había sido, una muerte espontánea en grupo? Aquel de allí se cargó a todos los demás antes de saltar por la ventana....
- ¿Sí, eh? – murmuró Justo, volviéndose a mirar a Marta. La chica asintió. – ¿Está completamente seguro?
- Es lo que me dicen las pruebas – dijo el chico, acercándose a la mesa de acero en la que descansaba el cuerpo que había señalado antes. Levantó un plástico negro que lo cubría y dejó ver el cadáver, aunque Marta apartó la vista inmediatamente: sólo llegó a ver una masa de carne roja y aplastada. – Mire cómo quedó éste. Lo encontraron en la acera, ¡¡CHOF!!, reventado como un tomate. La ventana de la sala de reuniones estaba rota, así que imagino que fue él mismo el que se tiró, porque todos los demás asistentes a la reunión estaban muertos en la sala.
- Ya veo.... – dijo Justo, que había mirado el cuerpo y escuchado la explicación del forense con toda tranquilidad. – ¿Cómo murieron los demás?
- Hay dos con el cuello rajado con un cristal, uno de ellos con quemaduras en la cara además. Los demás murieron por traumatismos en la cabeza. Se las golpearon como si fuesen cocos y quisiesen abrirlos, ¡CLOC, CLOC! – el forense hizo un ruido desagradable con la lengua, mientras movía las manos como si sostuviera un coco entre ellas. – Al parecer había sangre en la mesa de juntas y en las paredes. Todo era de madera, así que el asesino tuvo que darles bien fuerte para partirles el cráneo contra las superficies de madera lisa de las paredes, por ejemplo.
Justo se puso unos guantes de látex y se acercó a uno de los cuerpos, que tenía la mitad de la cabeza aplastada. Se agachó para verle de cerca, sin inmutarse. Marta apenas podía contener las arcadas, así que mucho menos se acercó a ninguno de los cadáveres que estaban destapados. No entendía cómo Justo podía aguantar allí con toda tranquilidad.
- ¿Y usted cree que aquel hombre pudo hacer algo así? – preguntó Justo, señalando la masa de carne y sangre cubierta por el plástico que les había enseñado hacía un momento.
- No era un tío fuerte, eso seguro. Era un ricachón fofo – explicó el forense con poca delicadeza. – Pero en momentos de locura un asesino puede sacar fuerzas suplementarias donde normalmente no las hay. Siempre pueden comprobar las grabaciones que se hacían en la sala de reuniones con los micrófonos de las mesas, según me han dicho los policías – dijo el forense y Justo lo apuntó al vuelo en su pequeño bloc de notas. – Lo que está claro es que nadie quedaba con vida en la sala para tirarle por la ventana, así que sigo creyendo que él hizo todo esto y luego se lanzó al vacío. A lo mejor se arrepintió.
A Justo le resultó familiar aquella frase.
Justo y Marta se miraron y la chica creyó que el veterano agente entendió que se encontraba mal, porque le dedicó un asentimiento.
- Muy bien. Creo que tenemos suficiente y nos vamos. Muchas gracias por atendernos.... – le dijo al forense.
- ¿No quieren ver las fotos que hizo la policía? – les dijo, acercándose a una mesa donde había instrumental recién fregado. Cogió una carpeta de tapas marrones y se la tendió a Justo. – Dieron mucha importancia a una fotografía de la pared....
Justo abrió la carpeta y empezó a ojear las fotografías. Marta las miró a su lado, intentando aguantar las arcadas al ver las fotos de los cadáveres de la sala. Entonces su compañero se detuvo en una foto de la pared de madera de la sala, en la que había dibujado un extraño símbolo.
- ¿Es esto? – dijo Justo enseñando la foto al forense, que asintió al verla.
- Eso no era de la sala de reuniones – explicó el forense. – Estaba dibujado con sangre, la policía supone que con la de los propios cadáveres.
- Y no saben lo que significa....
El forense negó con la cabeza.
- Muchas gracias. Ahora sí que nos vamos – dijo Justo, dedicándole un cabeceo al forense y dirigiendo a Marta hacia la salida. – ¿Se encuentra bien?
Marta asintió, cuando ya estaban fuera.
- Nunca había estado en una sala de autopsias, ni había visto un cadáver....
- Y menos unos tan sangrientos como éstos, ¿no? – preguntó Justo, sin intención de molestar. Aún así, Marta asintió, conteniendo una arcada. – Bueno, podemos asegurar que los dos eventos tienen relación....
- Sí – Marta logró contenerse, gracias a tener que pensar en otras cosas. – Los dos casos parecen haber ocurrido de la misma forma: asesinatos en el edificio y suicidio del presunto asesino lanzándose por la ventana....
- Además de esto – dijo Justo, enseñando la foto del símbolo pintado con rotulador en la pared del apartamento de Ávila en el que había estado la tarde anterior. – El mismo símbolo en la pared en los dos escenarios.
- Es el mismo – dijo Marta observando la fotografía. Salvo por el material utilizado para dibujarlo, los dos dibujos eran idénticos. Parecían dibujados por la misma mano, lo que era imposible. – ¿Sabe qué significa?
- No, pero ya tenemos otra cosa que preguntar en la agencia – dijo Justo, cogiendo el móvil de manos de Marta, con intención de llamar a la ACPEX. Pero en ese momento el teléfono empezó a sonar. Justo lo cogió y se lo llevó a la oreja. – ¿Sí? – preguntó. Miró a Marta y le dijo en voz baja – Es el general.... – después volvió a ponerse el teléfono en la oreja y escuchó. Su cara se puso muy seria, e incluso pareció oscurecerse. Marta compuso una mueca de consternación: eran malas noticias. – Muy bien, señor. Sí señor, estoy aquí con ella. Ahora la informo. Gracias, señor. Adiós, señor.
Justo se quitó el móvil de la oreja y colgó, con gesto muy serio. Marta lo miró, preocupada.
- ¿Qué ha pasado?
- Han registrado otro evento parecido en Toledo, esta misma mañana – dijo Justo, serio. – Ha habido tres muertos. Tenemos que ir ahora mismo.
Marta asintió, profesional.
Pero no se sentía así interiormente.