martes, 13 de septiembre de 2016

Barquitos de papel (Relato de agua)



Aquel invierno había nevado mucho, muchísimo, así que cuando mediaba marzo y empezó el deshielo el río bajó muy caudaloso. Había borreguillos de espuma blanca en las aguas embravecidas del pequeño río, que en aquellos momentos parecía mucho más grande: algunos árboles de las orillas estaban tapados hasta la mitad de su tronco por el agua, los arbustos y cañaverales eran subacuáticos y los ojos del puente de piedra estaban casi tapados. El agua furiosa pasaba a través de ellos, chocando contra la piedra, salpicando la parte exterior del pretil e incluso mojando el paso superior.
A Rodrigo le encantaba aquel puente y no dejaba de ir ninguna tarde a ver pasar el agua por debajo de él, atravesando sus dos ojos gemelos. En otras épocas del año, cuando el río bajaba tranquilo y sosegado, Rodrigo se pasaba las horas muertas mirando el agua, meciendo las algas fluviales como si se tratara de largas melenas de mujer. En verano bajaba a la orilla y metía los pies en el agua, mirando al puente de piedra desde abajo. En primavera llevaba pan duro para los patos, que remoloneaban entre los pilares del puente, en el agua que se remansaba en el lado del puente por donde llegaba el río.
En esas épocas en las que el río estaba más tranquilo, menos belicoso y con menos caudal, Rodrigo no dejaba un solo día sin ir al puente. No podía dejar que se le escapara ningún mensaje.
Todo había empezado hacía dos años, más o menos.
Una tarde en que Rodrigo estaba sentado en el pretil del puente, mirando en la dirección en la que venía el agua, vio llegar un barquito de papel. Lo vio acercarse, pasó bajo el puente y siguió más allá. Rodrigo se bajó del pretil, cruzó el puente a lo ancho y lo vio alejarse río abajo.
Un par de días después, Rodrigo, en el mismo sitio, vio bajar otro barquito de papel. Como el primero, parecía empapado, aunque mantenía más o menos su forma y seguía flotando, más o menos hundido. El barquito pasó por debajo del puente, por el ojo de la derecha y siguió río abajo. Rodrigo lo vio alejarse y detenerse entre unas cañas. Curioso, Rodrigo cruzó el puente y bajó a la orilla, para recuperar el barquito. Quería devolverlo a la corriente, pero unas palabras escritas y medio borradas que vio en el papel hicieron que se quedara con él.
“Hola.... estás? Yo.... saludo.”
Cuatro palabras, nada más. El resto de las cinco líneas estaba muy borrado, pero aquellas simples cuatro palabras que apenas decían nada bastaron para enganchar e intrigar a Rodrigo.
Los barquitos siguieron llegando al puente, cada dos o tres días. Rodrigo colocó una pequeña red (que hizo él) en los ojos del puente. No estaba muy bien colocada y algunos de los agujeros eran muy grandes, pero la red cumplía su función la mayor parte de las veces: los barquitos se quedaban allí atrapados y Rodrigo podía recuperarlos.
A veces estaban tan deshechos y mojados que los mensajes escritos en ellos eran ilegibles, pero en otras ocasiones (bendita buena suerte) los barquitos llegaban flotando por el río erguidos y orgullosos, apenas mojados y Rodrigo podía leer el texto escrito completamente.
Los barquitos venían de río arriba, eso estaba claro. Pero después de leer algunos de los mensajes Rodrigo descubrió más cosas sobre su procedencia: los barquitos los mandaba una chica, que vivía en un molino de agua que había en la ladera de la montaña. No sabía su nombre, ni cómo era, pero había llegado a descubrir que vivía con su padre en el molino, que tenía una pareja de perros y un gato color canela, que su madre había muerto hacía poco y que por eso había empezado a escribir aquellas cartas y las había empezado a mandar en forma de barquitos de papel por las aguas del río.
Algunas cartas eran divertidas, otras eran cortas y tristes, en algunas sólo había escritos poemas esperanzados o melancólicos, pero todos los barquitos que pudo leer (algunos se escapaban de la red y otros llegaban hasta él empapados y deshechos) transmitían mucha nostalgia.
Rodrigo no pudo evitar enamorarse de la chica.
Después de tanto tiempo leyéndola, acabó por conocerla mucho mejor que a sus amigos y amigas que tenía en el pueblo, a los que conocía desde hacía años. Los barquitos de papel de la chica del molino, los que venían hasta él flotando por el agua, le contaban más cosas sobre ella que lo que podía haber aprendido de nadie, creciendo a su lado.
Rodrigo se moría por poder contestarla, por poder mandarle un barquito de papel que, en contra de todas las leyes de la Naturaleza, remontara las aguas del río y llegara hasta el molino donde ella vivía. Quería compartir con ella sus deseos, sus gustos, sus inquietudes, sus dudas, sus preocupaciones, de la misma forma que él había acabado sabiendo todo aquello de ella, por la buena suerte que había tenido al haber encontrado sus barquitos de papel.
Rodrigo a veces pensaba que aquellos barquitos de papel, aquellos mensajes, no eran para él. Desde luego que no. Se sentía un poco intruso, porque los entendía como una vía de escape de la chica del molino, la forma que ella tenía de desahogarse y de lidiar con la vida.
Pero Rodrigo también los entendía como un regalo de las aguas y como tal los disfrutaba, sin sentirse mal por ello.
¿Dónde estaba exactamente el molino? No lo sabía con seguridad: recordaba vagamente haber ido allí de muy pequeño, una vez con sus padres, de excursión en primavera. Creía saber cómo encontrarlo, pero no sabía si estaba muy lejos. ¿Podría llegar hasta allí una tarde, después de la escuela? ¿O una mañana, muy temprano, antes de tener que ayudar a su padre con el ganado? No estaba seguro....
Por eso, decidió escribir una pequeña nota, en la que le explicaba a la chica del molino de agua que había leído la mayoría de sus mensajes, que habían llegado hasta él flotando en el río y que quería conocerla. Trató de hacer una nota corta, y lo consiguió. Trató de escribir una nota neutra, sin que asomasen sus sentimientos, y falló.
Aprovechó que un pastor del pueblo iba a subir por el camino de montaña, para pasar con sus ovejas al otro lado, y le dio el mensaje para la hija del molinero. El pastor, un joven conocido suyo del pueblo, le dijo que cumpliría el encargo.
Rodrigo esperó una respuesta, durante una larga semana. No sabía si la habría o no, si le llegaría por medio del pastor o por otro barquito de papel, pero la realidad fue que durante aquella semana no bajaron más mensajes por el río.
Entonces, una tarde, después de una semana desde que el pastor se hubiese llevado su carta, un nuevo barquito de papel descendió por las aguas del río. Rodrigo lo vio llegar, sentado con las piernas cruzadas en el pretil del puente. El barquito de papel se deslizó por las aguas, se coló por uno de los ojos gemelos del puente y se quedó atrapado en la red. Rodrigo no le vio seguir su camino por el río y bajó ilusionado a recogerlo. Lo sacó del agua y lo deshizo con cuidado.
Estaba muy mojado y la tinta estaba algo corrida, pero Rodrigo pudo leer sin problemas el mensaje.
Era un mensaje corto.
Tan sólo una palabra.
“Ven”, decía.



sábado, 10 de septiembre de 2016

Duelo


Toma aire, nervioso, asustado. Suspira, sabiendo que el momento es importante. Se separa de la pared, caminando hacia el centro del espacio. Sus botas levantan nubecillas de polvo al caminar, desvaneciéndose poco a poco. Todo parece hacerse más lento, el tiempo se estira, los pájaros dejan de cantar y la gente de alrededor enmudece. Nota todas las miradas puestas sobre él. El tiempo se vuelve chicle y el aire gelatina.
Está rodeado de gente, expectante y atenta. Sabe que lo que va a hacer es importante y que todos lo esperan: si sale victorioso el futuro de muchos de los que le rodean se unirá al suyo. La vida de todos cambiará.
Su oponente sale desde un lateral, caminando sobre el polvo como él. Le mira, fijamente, poniéndose más nervioso. Es alguien duro, difícil de vencer. Cuando su adversario se coloca frente a él y se detiene él también lo hace, tragando saliva.
Se miran, evaluándose. Colocan sus manos a ambos lados del cuerpo, tensos y nerviosos. Todos los miran, esperando el duelo que decidirá todo.
No piensa más. Sólo queda actuar.
- Pares – dice el otro.
- Nones – acepta él.
La suerte está echada.


viernes, 20 de mayo de 2016

Vampiros del Far West - El amanecer

- XII -

Con la luz del Sol los supervivientes de Desesperanza volvieron a salir a la calle, con cautela al principio, pero más confiados y alegres después. Habían sobrevivido a la noche.
Cuando descubrieron que el gran establo del pueblo estaba lleno de caballos estallaron en gritos de júbilo: saldrían del desierto y aquella noche estarían a salvo en Culver City.
Sólo habían sobrevivido unas treinta personas, las que se habían refugiado en casa de William T. Lorenzo Jr. Las demás habían muerto en el incendio o en la cacería que se había organizado después.
El sheriff organizó a la gente que quedaba en dos grupos: unos se encargaron de encontrar los cadáveres y tratarlos para evitar su transformación y los otros prepararon los caballos para abandonar el pueblo. Se dispusieron dos carros que había también en el interior del establo para transportar agua y provisiones, y para que viajaran los vecinos más ancianos y para los niños.
Lucius “Chucho” McGraw estaba herido: había recibido un zarpazo en un hombro. Le cosieron las rasgaduras que tenía en la piel y le vendaron la articulación. A Cortez le entablillaron la muñeca y le vendaron toda la mano, cada dedo por separado. El sheriff Mortimer tenía una brecha en la cabeza, así que le pusieron una venda en torno a la frente, que tapó con el sombrero.
Mortimer y Cortez parecieron hacer las paces: el sheriff no se sentía ya amenazado por el cazavampiros, pues había retomado su lugar en el pueblo ahora que los vampiros se habían marchado y Cortez había cumplido su cometido.
A media mañana, no más tarde de las diez, todo estaba listo. Los supervivientes estaban preparados para su travesía por el desierto y tenían un caballo o un sitio en alguno de los carros. La comitiva se puso en marcha sin más dilación: todos querían dejar atrás el pueblo. Desesperanza se convertiría en otro pueblo fantasma más.
El sheriff Douglas Mortimer se acercó a lomos de su caballo a Mike, Cortez, McGraw y Sue, que esperaban al lado de sus monturas, atadas delante del saloon.
- Buena suerte, sheriff – dijo Cortez, tocándose el ala del sombrero.
- Igualmente. Va a necesitarla – dijo Mortimer, que ya sabía el destino del cazavampiros. – ¿Está seguro de que no quiere acompañarnos? ¿Ninguno de ustedes?
- Aún tenemos cosas que hacer – contestó Cortez, tendiéndole la mano izquierda al sheriff, que se inclinó en su silla de montar para estrechársela. – Muchas gracias por todo, sheriff.
- A usted.
Un trote de caballo llegó hasta ellos, que miraron detrás de Mortimer. Éste se giró para ver llegar a Ron, montado a caballo. La estrella de ayudante del sheriff brillaba en su pecho a la luz de la mañana. El chico no podía sentirse más orgulloso, con su placa y su espléndido Colt Dragón en la cartuchera.
- Señor, salimos ya – dijo.
- Bien. Ve tú delante, hijo – le contestó el sheriff. El chico asintió y luego se tocó el ala del sombrero, para despedirse de los que estaban a pie. Mike le sonrió ampliamente, divertido y alegre por el ascenso del muchacho.
El sheriff se volvió hacia Mike y le miró lleno de respeto.
- Me alegro de haberte tenido en el pueblo, Nelson – dijo, con los ojos entrecerrados y duros mirando al bandido.  – Intenta no meterte en líos.
Mike se asombró, pero luego sonrió con su sonrisa ladeada, dedicándole un cabeceo al sheriff.
- Lo intentaré, pero no prometo nada....
El sheriff sonrió a su vez y volvió a tocarse el ala del sombrero. Después giró a su caballo y marchó al trote para ponerse a la cabeza de la comitiva, que se ponía en marcha lentamente.
Mike vio a uno de los jinetes que marchaban cerrando la caravana y corrió para alcanzarle antes de que echase a andar y se alejase demasiado.
- ¡Casero! – gritó, llamando la atención del telegrafista. Emilio Villar se giró y vio a Mike, endureciendo su cara. El bandido llegó hasta el lado del caballo y se detuvo, quitándose el sombrero y sacando algo de dentro. – Tenga. Al final dormí en su casa, y aunque no me ha dado el desayuno, he disfrutado de mi estancia.
Emilio Villar miró atónito el billete de diez dólares que el bandido le tendía. Lo cogió después de un rato.
- Gracias – dijo, en un mudo susurro.
- El placer ha sido mío, amigo – dijo Mike, sonriendo sinceramente. Se dio la vuelta y volvió hacia el grupo que se quedaba en Desesperanza, dejando detrás de sí a un atónito Emilio Villar. El telegrafista acabó sonriendo, irónico, y después azuzó a su montura, para ponerse en marcha en la retaguardia de la caravana.
- ¿Todo listo? – preguntó Cortez a Mike, mientras montaba en su caballo. La mano derecha vendada descansó entre sus piernas y manejó las riendas con la izquierda.
- Sí – dijo Mike, montando en su yegua. – Cortez, siento de veras lo de su hombre, lo de White.
- Son cosas que pasan – contestó Cortez, con pesar. Apretó los labios y se encogió de hombros. – Yo lamento lo de su amigo.
- Sí, yo también....
- Se portó como un valiente – dijo el cazavampiros. Mike asintió. – Y no te preocupes. Hiciste lo que debías hacer.
Mike miró a los ojos de Cortez y supo al instante que había hecho lo mismo un montón de veces, sacrificar a amigos que se habían transformado. Y también vio en su mirada que era algo que no se olvidaba nunca.
- ¿De verdad no quieres venirte? Eres bueno con el revólver y las balas de madera....
- Gracias, pero tengo asuntos que resolver – contestó Mike, realmente agradecido y honrado de que el cazavampiros quisiese tenerle a su lado en su cruzada.
- En ese caso suerte – dijo Cortez y le estrechó la mano izquierda desde su caballo. Lucius “Chucho” McGraw se tocó el ala del sombrero, sonriendo ligeramente bajo su ancho bigote y salió al galope tras su compañero y jefe. Mike los vio irse, sonriendo de medio lado: eran las personas más extrañas que había conocido en el oeste.
Se volvió hacia Sue que seguía a su lado, montada sobre su caballo. La chica le estaba mirando.
- ¿Te vas con ellos de verdad? – preguntó.
La chica asintió en silencio.
- Son muy raros....
- Sí.... Un poco.... – dijo, con su bella voz asomando a través de una sonrisa tímida. – Pero Alastair escapó y Cortez quiere cazarle. Ahora ya no tiene a su Ungido y no querrá construir un gran ejército de vampiros, pero sigue siendo peligroso.
- Y tú quieres ayudarle a cazarlo....
La chica se encogió de hombros.
- Es mi vida. A eso me dedico – respondió. Luego volvió a sonreír. – Adiós, Mike.
- Buena suerte, Sue – contestó el bandido, y se abrazaron, cada uno desde su caballo. Después la chica se giró y salió del pueblo detrás de Cortez, entre dos casas, hacia el desierto.
Mike respiró hondo. Él se dedicaba a otras cosas.
Y quizá seguiría dedicándose a ello. Pero no durante un tiempo. Ahora tenía un fondo monetario que le iba a permitir tirar durante un tiempo. Sólo tenía que recuperarlo.
Sin miedo a lo que se podía encontrar allí donde iba, Mike salió del pueblo al galope, hacia las montañas, a las cuevas. A recuperar su botín.
Ahora ya sabía cómo enfrentarse a los vampiros.
Tenía el revólver lleno de balas de madera y una estaca en el cinto, en la cadera derecha.
Salió del pueblo por la calle principal, como una exhalación, sin fijarse en el cartel de la entrada.

Desesperanza
Povlaciòn: 237 abitantes   ??

Al parecer el desierto de Mojave se había quedado despoblado. Pero Mike no tenía miedo.
Nada podía detenerle.
El Sol brillaba por encima de él, en el cielo azul.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Vampiros del Far West - La última noche (5 de 5)

- XI -
(5 de 5)

Cortez avanzó con su grupo por la calle del pueblo, por entre los porches de las casas. Iban con cuidado, asegurándose de que no había vampiros por allí que los veían.
Descubrieron a los vampiros que vigilaban desde los tejados, orientados todos hacia el gran establo. Ninguno se inmutó cuando pasaron a su altura. Cortez estaba convencido de que los habían visto, pero los vampiros no dieron la voz de alarma. El cazavampiros estaba seguro de que aquello era una trampa, pero no dijo nada más. Siguió avanzando y sus compañeros con él.
Cuando ya vieron el establo, a unas cinco casas de distancia, Emilio Villar y Henry Stewart se separaron del grupo y buscaron una casa en la que entrar para poder buscar una buena posición para cubrir a los demás.
- Tenéis un par de minutos – les dijo Cortez, en susurros. – Es lo que vamos a esperar para salir al descubierto.
Los dos hombres se fueron y los demás esperaron.
- ¿Tenemos alguna posibilidad? – preguntó Sue al lado de Cortez, escondidos a unos metros de los vampiros que había delante del establo.
- ¿De conseguir los caballos? Alguna hay.... – dijo Cortez, con tono alegre. – De sobrevivir....
El cazavampiros no terminó la frase, dejándola ominosamente en el aire. Sue le miró de reojo y sintió miedo por primera vez en todo el tiempo que llevaba en Desesperanza.
Observaron la escena. Había unos ocho vampiros delante del gran establo, mirando hacia él. La puerta estaba abierta y se oía piafar y relinchar nerviosamente a algún caballo. No se veía ni rastro de animales o de vampiros dentro.
- Encarguémonos de los de aquí fuera – murmuró Cortez. – Lo de dentro es cosa de White y los otros.
Y salió a la calle del pueblo.
Los vampiros se dieron la vuelta a la vez, en ese momento. Estaba claro que los estaban esperando.
Cortez y Lucius McGraw abrieron fuego, mientras corrían. Sue sacó su pequeña ballesta y también disparó, caminando, para poder recargarla cada vez que disparaba.
Los vampiros recibieron los certeros disparos, casi con confianza. Pero cuando la madera entró en sus cuerpos muertos, sintieron un terrible dolor que no se esperaban. Fue una sorpresa para ellos descubrir que aquellos asaltantes humanos tenían armas que podían dañarles.
Los tres humanos llegaron más cerca de ellos, pudiendo afinar aún más la puntería. Tres vampiros murieron, dos de ellos quedando reducidos a polvo.
Los vampiros de los tejados saltaron con agilidad al suelo y corrieron a una velocidad asombrosa hacia el establo, para ayudar a sus compañeros y hermanos. Entonces, un tiroteo de balas de madera también les regó desde los dos edificios que había frente al gran establo. Los proyectiles de madera les hicieron daño, deteniéndoles y aturdiéndoles.
Mientras Sue y Lucius peleaban con los vampiros de fuera y los que llegaban desde los tejados, Cortez corrió hacia dentro del establo, con el largo guardapolvo negro ondeando tras él, protegido por la rociada que descargaban Villar y Stewart. El cazavampiros corrió por el establo, deseando llegar a tiempo para salvar suficientes caballos para los supervivientes de Desesperanza. Llegó hasta la mitad del establo, comprobando que había varios caballos vivos, en los corrales individuales. Le sorprendió no encontrar a ninguno muerto.
Entonces comprendió la trampa al completo. Los vampiros no habían pretendido matar a ningún caballo. Ni siquiera querían hacer salir a los supervivientes de sus escondites.
Alastair quería cazarlo a él.
Se detuvo en el sitio, al comprender que se había metido en la boca del lobo. Sorprendido vio llegar corriendo a Mike Nelson, perseguido por Alastair. El cazavampiros levantó su pistola y disparó, pero estaba descargada. La tiró al suelo y echó mano a la otra, la que llevaba metida en el cinto, en el vientre. Pero no llegó a cogerla.
Ocurrió todo a la vez. Alastair alcanzó a Mike Nelson y le golpeó, mandándolo por los aires otra vez hacia la parte trasera del establo. El bandido rompió una de las separaciones de madera de los corrales individuales y aterrizó en un montón de paja. En ese mismo instante, cuando Alastair golpeaba a Mike y se quedaba delante de Cortez, éste recibía el ataque de dos vampiros desde la espalda. Le golpearon en la nuca y alejaron sus manos del revólver que llevaba en el vientre, tirándole al suelo.
Alastair se cernió sobre él, sonriendo, mirándole con sus ojos completamente negros.
- Me alegro de encontrarnos en esta situación, cazavampiros – dijo, con voz seductora y hambrienta. Abrió la boca al completo, con los afilados colmillos dispuestos.
Un disparo sonó a su espalda y la bala le atravesó la cabeza, desde la nuca a la frente. Por suerte para el vampiro fue una bala de plomo.
Pero aquello le enfureció, irguiéndose y girándose. Siseó a su nuevo enemigo.
Tenía la misma estatura que el cazavampiros que llevaba persiguiéndole tanto tiempo. Era moreno también y vestía también de negro. Pero su cara era muy afilada y sus ojos estaban siempre entrecerrados. Una estrella plateada brillaba en el pecho de su camisa negra.
El sheriff Mortimer volvió a disparar sobre el vampiro, dándole en la garganta. Sabía que no podría matarle, pero quería llamar su atención: mientras Alastair aullaba hacia el sheriff, Cortez se alejó rodando de él, se levantó y clavó una estaca en el corazón de uno de los vampiros que lo habían tirado al suelo. Alastair saltó por los aires, hacia adelante, buscando al sheriff. Pero a su lado estaba Joseph Westwood que le vació un cargador entero en el pecho al vampiro mientras estaba por el aire. Alastair aterrizó sobre el ayudante del sheriff, arrancándole la cabeza con sus manos.
El otro vampiro que había reducido antes a Cortez saltó hacia Mortimer, volando por los aires. Era un vampiro con aspecto de mejicano, el que había acompañado a Alastair la noche anterior en la destrucción del saloon. El sheriff lo esperó y lo recibió sujetándole las garras, alejándose de sus colmillos. Rodaron los dos por el suelo cubierto de paja, alejándose de Alastair y del cuerpo destrozado de Westwood. Acabaron uno encima del otro, el vampiro sobre el humano, buscando su garganta con los dientes. El sheriff le alejó lo suficiente hacia arriba para sacar una estaca que llevaba en el cinto y clavársela en el corazón. El cuerpo sin vida del vampiro cayó sobre él, cubriéndole.
Alastair miró alrededor, buscando al sheriff o a Cortez. No vio al primero por ninguna parte, pero el segundo estaba tras él. Se giró para mirarlo. Y sonrió.
Cortez se había encontrado con el Ungido.
El cazavampiros supo enseguida quién era la niña que tenía ante él. Era un vampiro, por supuesto, pero con el aspecto de una niña de unos siete años, muy guapa, de tirabuzones rubios. Era la clave para que Alastair desatara el apocalipsis vampírico que se proponía.
Blandió la estaca y la dirigió hacia el corazón de la niña, sin que su adorable aspecto le hiciese dudar. Pero no llegó a clavarla. La niña la detuvo con las dos manos a escasos centímetros de su pecho, colocándolas juntas, como si rezara, atrapando la estaca entre ellas. Después las giró e hizo que la estaca se le escapara de la mano a Cortez, cayendo al suelo.
Alastair sonrió, expectante: el final del cazavampiros estaba cerca.
Entonces escuchó ruidos a su espalda, y se giró prevenido, ante un ataque sobre su persona. El otro humano, aquel que había disparado sobre él la noche anterior en el corral de los terneros, se estaba levantando. Alastair se plantó delante de él en una carrera.
- Me alegro de verte de nuevo – dijo, sarcástico, golpeándole con el dorso de la mano. Mike voló por los aires, golpeando la pared del establo, cayendo desmadejado al suelo.
La niña rubia agarró la mano de Cortez, la que había empuñado la estaca, y la retorció. Los huesos sonaron como ramas secas, partiéndose. Cortez aulló de dolor.
La niña no le soltó, levantándole por encima de su cabeza, lanzándole contra el corral individual más cercano. Cortez aterrizó sobre el costado de un caballo y cayó al suelo. El animal se agitó, asustado, huyendo de allí.
Alastair llegó hasta Mike y lo cogió del cuello, levantándolo del suelo. El bandido estaba aturdido, dolorido y descoordinado. No fue capaz de coger la estaca que llevaba al cinto.
Alastair abrió la boca para morder a su víctima cuando otro vampiro llegó hasta él, agarrándole del brazo con el que cogía a Mike. El nuevo vampiro le retorció el brazo y Alastair tuvo que soltar a Mike, que cayó encogido al suelo.
Mike levantó la mirada, mientras el nuevo vampiro arrastraba a Alastair hacia la otra pared del establo, retorciéndole el brazo aún. El vampiro vestía un peto de color marrón y una camisa blanca que resaltaba mucho contra su piel oscura.
El vampiro que le había salvado la vida era su amigo Sam.
La niña rubia se acercó con paso orgulloso a Cortez, que se sentó en el suelo y se apoyó en la pared del corral individual, ahora vacío. El Ungido entró en el corral, sonriendo, pícara. Sus ojos cambiaron: se volvieron opacos, como los del resto de vampiros, pero rojos en lugar de negros. Cortez notó esos ojos clavados en él y rompió a reír, con una risa cansada al principio, una risa derrotada, para acabar soltando carcajadas, llenas de diversión.
- ¿De qué te ríes, viejo? – preguntó el Ungido, y su voz sonó infantil y angelical, aunque su aspecto era el de un verdadero demonio.
- De que gracias a mi trabajo he aprendido a disparar con la mano izquierda – dijo Cortez, sin dejar de reír. Entonces, rápido como un rayo, lanzó su mano izquierda hacia el cinturón, donde llevaba la pistola en el vientre, orientada hacia la mano derecha. La sacó de allí con un movimiento ágil, apuntó y disparó.
Sam no soltaba a Alastair, retorciéndole el brazo sin parar. Mientras tanto, el vampiro veterano lanzaba zarpazos con la mano izquierda, destrozándole a Sam el lado derecho de la cara. Sin embargo, Sam seguía sin soltarle: los vampiros recién transformados tenían una fuerza muy superior a la de un vampiro curtido.
El brazo derecho de Alastair acabó por separarse de su cuerpo. Sam se separó de él, mirándole con sus nuevos ojos negros, sin pupila ni iris. Lamió el muñón del brazo, con aspecto distraído. Alastair cayó de rodillas, aullando de dolor, agarrándose el muñón del hombro con la otra mano, mirando lleno de furia al vampiro novato.
El Ungido se lanzó hacia adelante, mientras la bala salía por el cañón. Lo que pasó fue que, el roce del proyectil con el hierro del cañón hizo que la madera se inflamara, viajando la bala en llamas hacia la pequeña vampiresa rubia. La bala le impactó en el pecho, abrasándola por dentro.
La niña se detuvo, gritando a pleno pulmón, agarrándose el pecho con las garras, escarbando en él para sacarse el incendio que la quemaba por dentro, devastándose de dolor. Se tambaleó y corrió hacia atrás, manoteando. Pronto todo su torso estaba en llamas y después sus ojos se derritieron y llamas pequeñas salieron por las cuencas. Al final cayó al suelo de espaldas, quemándose poco a poco desde dentro, como una hoguera.
Alastair giró la cabeza y aulló, rabioso y lleno de pena.
- ¡¡¡Pequeña mía!!! ¡¡¡Mi demonio!!! – gritó, roto de dolor por dentro.
Se levantó y se olvidó de su contrincante, corriendo fuera del establo, saliendo por la puerta de atrás, alejándose del pueblo corriendo por el desierto, a una velocidad sobrehumana, volando sobre la arena. Un aullido animal, desgarrado, se escuchó mientras huía.
El resto de vampiros que quedaban en la parte delantera del gran establo escucharon aquel aullido y se taparon los oídos, quebrados por el dolor de su amo. Huyeron de allí como gamos, siguiendo a Alastair hacia su refugio en las cuevas. Sue y Lucius McGraw, que todavía estaban en pie, los vieron irse, aliviados y sorprendidos.
Mike se puso en pie, todavía un poco desorientado. Al mismo tiempo Cortez se levantó y salió del corral individual, con el revólver en la mano izquierda. El sheriff Mortimer se acercó al cazavampiros pasando al lado del pequeño incendio que era el Ungido y le acompañó, ayudándole a caminar, recorriendo el establo, acercándose
los dos a Mike. El bandido no los miraba a ellos.
Mike tenía la vista fija en Sam, que seguía de espaldas, mirando hacia la puerta trasera del establo, por donde Alastair había huido. El vampiro poco a poco se dio la vuelta, encarándose con Mike. Éste lo miró, con tristeza y con miedo. Sacó la pistola, pero la mantuvo baja, apuntando hacia el suelo.
Sam le miró con los ojos negros, inclinando la cabeza hacia un lado. Soltó el brazo de Alastair, que al caer al suelo acabó deshaciéndose en polvo oscuro y áspero. Abrió la boca, dejando ver sus colmillos, emitiendo un leve gruñido hambriento.
- Mátame.... – logró articular, sin quitar la mirada de encima de su amigo. Parecía luchar contra su instinto de vampiro con la poca conciencia de humano que le quedaba, que seguro que se estaba escapando.
Mike levantó el revólver y Sam siseó, amenazador, lanzando un zarpazo al aire, pero se controló. Su conciencia humana desaparecería en un instante.
Mike tragó saliva, sabiendo lo que debía hacer, pero sin poder hacerlo. Sam había sido amigo de Nick, era amigo suyo.... y le había salvado la vida.
- Adiós, amigo – murmuró Mike, y le pareció que su amigo vampiro sonreía, por un momento. Después disparó.
Mike tenía buena puntería, incluso en los momentos más peliagudos o más tensos. O en los más emotivos. La bala le dio a Sam en el corazón, matándolo en el acto. Cayó hacia atrás, desmadejado, como una marioneta a la que le cortan los hilos.
Mike se acercó a él, roto por dentro, pero intentando mantener la compostura. Metió la mano en el bolsillo y sacó una cerilla, que encendió con el pulgar. Después la dejó caer sobre el cuerpo de su amigo muerto.
Se dio la vuelta mientras el cadáver de Sam se quemaba y salió del establo acompañado de Cortez y del sheriff Mortimer.
Fuera estaba amaneciendo.


domingo, 15 de mayo de 2016

Vampiros del Far West - La última noche (4 de 5)

- XI -
(4 de 5)

Mike se despertó sobresaltado, sacudido por alguien.
- Ven a ver esto – susurró con su bella voz Sue, delante de él, sacudiéndole por los hombros.
El bandido se levantó, frotándose la cara con la mano. Sue se colocó en una ventana ocupada por Sam, Ron y la otra muchacha. Suspirando se dirigió a la otra, en la que estaba Villar. El telegrafista le miró, tenso, pero le dejó un hueco para mirar por entre las cortinas.
Estaban asomados a las ventanas del piso inferior de la casa, las de la fachada, escondidos entre las cortinas. Veían la calle del pueblo. Mike levantó las cejas, sorprendido.
Varios vampiros a pie conducían una manada de caballos herrados y con todos sus arreos por la calle principal. Los llevaban tirando de las riendas, al paso, con tranquilidad. Los animales parecían un poco agitados, nerviosos por la proximidad de las criaturas. Pero los vampiros llevaban a los animales con firmeza y los caballos los seguían con docilidad.
- Son los caballos del establo – musitó Ron.
- Anoche habían desaparecido – dijo Mike.
- Los caballos se escaparían anoche – supuso Sue, – asustados por los vampiros. Habrán estado vagando por el desierto todo el día.
- ¿Y por qué los traen ahora? – preguntó Ron. Mike se estaba preguntando lo mismo.
- No tiene sentido.... – opinó Emilio Villar. – Nos están trayendo nuestros medios de transporte....
- Es una trampa – murmuró Sam. Todos le miraron, pero el negro no añadió más.
La comitiva de caballos hacía un rato que había pasado. No quedaba ni rastro de animales ni de vampiros por la calle. Entonces, una sombra sigilosa cruzó corriendo la calle, llegando hasta la casa de Emilio Villar y llamando a la puerta.
- ¿Quién es? – preguntó el dueño. Mike se separó de la ventana y se acercó a la puerta, abriéndola con cuidado de que no hiciera mucho ruido. No tenía miedo: si era un vampiro no podría entrar.
Ezequiel Cortez estaba en el vano. Se coló dentro en cuanto tuvo hueco suficiente.
- ¡Cierra! – dijo mientras pasaba al lado de Mike.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Emilio Villar, nervioso al ver al cazavampiros.
- ¿Está el sheriff Mortimer aquí? – preguntó Cortez, acelerado. Los demás negaron con la cabeza y Cortez lanzó un reniego.
- ¿Qué pasa? – preguntó Mike, colocándose a su lado.
- ¿Habéis visto los caballos? – y todos asintieron. – Les están reuniendo en los establos.
- ¿Para qué? – preguntó Ron, incrédulo.
- Saben que los necesitaremos para escapar – explicó Cortez. – Supongo que los están reuniendo para matarlos. Es una trampa.
- ¿Y qué vamos a hacer? – preguntó Emilio Villar, alterado.
- Ir a por ellos – contestó Cortez, sencillo, sonriendo de forma confiada.

* * * * * *

Mike corrió por la calle del pueblo detrás de Cortez, agazapado, con el miedo pegado a la suela de las botas. Se sentía al descubierto, muy desprotegido.
Llegaron hasta la gran casa y entraron, sabiendo que la puerta estaba abierta.
Gracias a Cortez, “Chucho” McGraw y Pete White los supervivientes se habían ido reuniendo en una mansión que había en el pueblo, propiedad de un rico ganadero afincado en Desesperanza. Era amplia y grande, suficiente para que se reunieran allí la mayoría de los supervivientes que quedaban en el pueblo: sólo la superaban en tamaño el burdel y la iglesia.
William T. Lorenzo Jr. era un hombre grande, con un metro entre hombro y hombro y una gran barriga redonda. Tenía el cabello entrecano, pero su bigote seguía siendo pelirrojo, tan grande y frondoso como el de “Chucho” McGraw.  Estaba  nervioso,  pero  intentaba  que  todo  el
mundo estuviese cómodo en su casa.
- ¿Han encontrado al sheriff Mortimer? – preguntó William T. Lorenzo Jr. a Cortez y al bandido, cuando regresaron de su última incursión a las casas del pueblo.
- No – dijo el cazavampiros, serio. Ni el sheriff ni su ayudante Joseph Westwood aparecían por ninguna parte y todos estaban preocupados, incluso Cortez. Mike quiso que el sheriff hubiese visto la simpatía y preocupación que despertaba en sus vecinos: eso le habría calmado de su inquietud por estar perdiendo su lugar en el pueblo.
- ¿Y qué hacemos? – dijo el dueño de la casa.
- ¿Están aquí todos los supervivientes? – preguntó Mike.
- Todos los que están escondidos en esta parte del pueblo – explicó Sue, acercándose al grupo de tres hombres y hablando con su bonita voz en bajo. – Los vampiros se concentran en el gran establo: no hemos podido avisar a los que se esconden en todas las casas que quedan al otro lado del pueblo.
Cortez asintió, serio.
- Vamos a informar a la gente de lo que pasa – dijo, acercándose al centro de la gran sala de estar de la mansión del ganadero.
Mike buscó con la vista a Sam y se acercó a él, seguido de Sue. Su amigo estaba al lado de Emilio Villar, con el que había hecho equipo para buscar a los supervivientes de las casas de la zona. El bandido tuvo que tragarse su orgullo y aguantar al lado del telegrafista.
Mike observó de reojo a su amigo. Sam estaba muy sudoroso y sufría temblores, como si tuviese mucho frío. Tenía grandes ojeras moradas y parecía demacrado.
- Muy bien – dijo Cortez, llamando la atención de la gente sin subir mucho la voz. – Queda apenas una hora para el amanecer. Podemos quedarnos aquí y sobreviviremos. Pero los vampiros han recuperado todos los caballos que estaban ayer en el gran establo y habían huido. Creemos que lo que quieren es matarlos, para dejarnos sin medio de transporte. Eso hará que, cuando llegue el amanecer, tendremos que ir a pie hasta Culver City. No llegaremos allí, aunque andemos todo el día por el desierto. Cuando llegue la noche estaremos al descubierto y seremos presa fácil para los vampiros.
La gente se quedó sin palabras, aterrada. Estaban a salvo, sí, pero su final iba a ser mucho más terrible que si hubiesen muerto aquella noche o la anterior en el pueblo.
- Sólo podemos hacer una cosa – siguió Cortez, cuando la gente ya había reflexionado sobre su situación y habían empezado los cuchicheos de pánico. – Tenemos que recuperar los caballos.
- ¿Cómo? – preguntó alguien.
- Tenemos que decidir quién se sacrifica para salvar a los caballos. Para salvarnos a todos.
La gente volvió a callarse, mirándose unos a otros.
- Yo voy a ir – dijo Cortez, y la gente se relajó un poco. – “Chucho” y Pete vienen conmigo. ¿Hay alguien más que quiera ayudarnos a salvar a los caballos?
Mike sonrió de medio lado, cínico. ¿Quién se iba a proponer voluntario?
En ese instante Sam levantó el brazo y asintió hacia Cortez. Mike le miró asombrado, y casi le pasó desapercibido que Emilio Villar y Sue también accedían a ir con los cazavampiros.
- ¿Qué haces? – le preguntó a su amigo, frenético, en un susurro. – ¿Estás loco?
- Estoy muerto  –  contestó  Sam,  con  serenidad. – Quiero aprovechar esa certeza para no arriesgar la vida de otras personas del pueblo.
Mike se quedó helado, ante la aceptación de su amigo de la evidencia de su inminente muerte.
- Entonces yo iré contigo – susurró, dándose la vuelta hacia Cortez. – Yo también iré.
El cazavampiros asintió.
- ¿Qué haces? – dijo Sam, tomándole del hombro y dándole la vuelta para que estuviese otra vez de cara hacia él. – No puedes ir. Precisamente por eso voy yo, para proteger a la gente de tener que arriesgarse....
- Prometiste a mi hermano que me cuidarías.... Tengo que estar a tu lado para que puedas hacerlo – dijo Mike, decidido. Sam sólo pudo apretar los labios, incómodo y nada de acuerdo con la situación.
El grupo que iba a ir a los establos estaba compuesto por nueve personas: además de Cortez, McGraw y Pete White, los voluntarios habían sido Mike, Sam, Sue, Emilio Villar y otros dos hombres del pueblo, uno joven y uno más viejo.
- Señor, quiero ir con ustedes – dijo Ron a Cortez, cuando el grupo se estaba reuniendo en el recibidor de la gran casa, para salir a la calle. – Conozco los establos, puedo indicarles por dónde salir, cómo abrir la gran puerta trasera....
- No, hijo – dijo Cortez, con firmeza pero con amabilidad. – Necesitamos a alguien fuerte que se quede cuidando de esta gente.
- Pero puedo ayudarles.... – rogó el chico.
- Lo sé. De verdad que lo sé. Por eso quiero que nos ayudes quedándote aquí – dijo Cortez, tendiéndole un puñado de balas de madera. – Búscate un revólver y protege a esta gente.
Ron aceptó las balas con sorpresa.
- Será un honor – musitó el muchacho.
- Ron – dijo Mike, acercándose al chico, tendiéndole el Colt Dragón que el bandido había cogido para sí pero que todavía no había utilizado. – Ya no tienes que buscarte un arma....
- Muchas gracias – dijo el chico, cargando el revólver con pericia. – Buena suerte.
- También para vosotros – dijo Cortez, dedicándole una cálida sonrisa al chico. “Chucho” McGraw abrió la puerta y los nueve salieron de la mansión.
Caminaron por la calle, agazapados, intentando no llamar la atención de los vampiros que estaban lejos, más allá en la misma calle. Solamente se oían los jadeos del hombre mayor, fumador empedernido de pipa, y las espuelas de Sue Roberts, que tintineaban cuando la chica andaba.
- Vamos allí – susurró Emilio Villar, señalando una casa sencilla. Todo el grupo fue hasta la casa y entraron, por consejo del telegrafista. Aseguraron la puerta y se reunieron en una amplia cocina que había en la parte trasera de la casa. – Esta casa es de Jenny Holmes. Ella está viva en casa de Lorenzo, así que estaremos a salvo de los vampiros, ¿no?
- Así es – dijo Cortez sonriendo. Mike sonrió de medio lado también, inclinando la cabeza, concediéndole un tanto a Villar.
Los nueve se dispusieron por la cocina, en círculo, mirándose unos a otros.
- Tenemos que darnos prisa, quizá lleguemos tarde y ya hayan sacrificado a los caballos – empezó Cortez. – Sabemos todos dónde está el gran establo, ¿verdad? Tenemos que llegar hasta allí sin que nos descubran. Y luego sorprenderles, aunque nos estarán esperando. ¿Es cierto lo que dijo Ron, lo de la puerta trasera?
El chico joven asintió.
- El establo tiene una puerta por detrás casi tan grande como la delantera, la que da a la calle del pueblo – explicó el chico, llamado Henry Stewart. – Se puede abrir, aunque costará y hará bastante ruido.
- Bien. ¿Tú podrías hacerlo, chico? – preguntó Cortez.
- Creo que sí – contestó decidido. – He visto a Ron hacerlo varias veces.
- Bien. “Blanco”, irás con este chico por la parte de atrás, con Nelson y Sam. Tenéis que entrar y sacar a los caballos, sin preocuparos por los demás – dijo Cortez, mirando a cada uno cuando los nombraba. – Yo iré por la parte delantera, llamando la atención de los vampiros. “Chucho” estará conmigo.
- Yo también iré con ustedes – dijo Sue, decidida.
- ¿Tienen buena puntería? – preguntó Cortez a Villar y al otro hombre, James Fonda. El telegrafista asintió sin dudar, pero el otro hombre no lo hizo muy convencido. – Les daremos balas de madera para que nos cubran desde los tejados de las casas de enfrente del establo.
- Yo disparo mejor que James – dijo Henry. – Sería mejor que intercambiara mi sitio con él.
- ¿Sabe dónde está la puerta trasera del establo?
- Sí – dijo el viejo Fonda, convencido.
- Bien. Usted irá con Pete y los otros. Y tú, hijo, nos cubrirás junto con el señor Villar – decidió Cortez. – ¿Todos tienen estacas afiladas?
El grupo entero asintió.
- Bien. Pete, Lucius, recoged todas las balas que tengáis y dádselas a nuestros tiradores. Quedaos sólo con las necesarias para llenar un tambor....
Los tres cazavampiros reunieron todas las balas que tenían y se las entregaron a Villar y a Henry Stewart. Los dos hombres empezaron a cambiar sus balas de plomo, inútiles, por las de madera.
- Muy bien. ¿Estamos listos? ¿Saben todos lo que tienen que hacer? – los otros ocho asintieron. – En marcha entonces.
El grupo salió de la casa y se dividió: unos avanzaron pegados a la fila de casas en la que estaba la de Jenny Holmes y los otros cruzaron la calle y recorrieron el pueblo por detrás de las casas del otro lado, para llegar hasta el establo por detrás. Caminaron todo lo cuidadosos que pudieron, en silencio, sin apresurarse, asegurando la posición en la que estaban antes de avanzar.
El grupo de Mike avanzó más ligero, ya que iba escondido detrás de las casas. Vieron algunos vampiros en los tejados de algunas casas, pero todos estaban atentos al gran establo, sin mirar alrededor. Pasaron bajo ellos, que estaban de espaldas, mirando hacia el destino que llevaban los humanos.
Mike y Sam llegaron tras el establo sin problemas, acompañados por Pete White y el viejo Fonda. Se aseguraron de que no hubiese vampiros por allí, ni en los callejones que el establo tenía a los lados, entre el gran edificio y las casas adyacentes, ni en el tejado. El viejo les señaló dónde estaba la puerta trasera y la inspeccionaron entre todos.
Era de unos dos metros y medio de alto y unos tres de largo. Era una puerta corredera de tablones. Tenía un tirador de hierro oxidado, una manija, pero no se movió cuando tiraron de ella.
Mike arrugó la cara. Era el chico joven, el tal Stewart, el que sabía cómo se abría esa puerta. ¿Cómo iban a abrirla ellos?
Sam agarró el tirador y tiró con fuerza, intentando mover la puerta.
Alguien tiró de ella desde el interior, con gran fuerza. La puerta saltó sobre sus varios pestillos, que los humanos no habían encontrado, y realizó todo su recorrido hasta abrirse, arrastrando a Sam, agarrado todavía a la manija.
Alastair estaba frente a ellos.
El vampiro, vestido de negro, con su traje de chaqueta larga, alto, magnífico, los miró, divertido, con una sonrisa peligrosa en los labios. Antes de que ninguno pudiese reaccionar se volcó sobre Pete White y le mordió en el cuello, haciendo saltar la sangre en varias direcciones. Pronto “el Blanco” se tiñó de rojo.
Mike, aterrado, logró echar a correr, metiéndose dentro del establo, pensando sólo que allí estaban los caballos y así podría huir de allí. El viejo Fonda le siguió, pero dos vampiros cayeron sobre él, clavándole los colmillos en el cuello y en el brazo. Mike tuvo el suficiente control para darse la vuelta y desenfundar, disparando una vez sobre cada uno de ellos. Las dos bestias aullaron doloridas, retorciéndose y estirándose, dejando al viejo. Mike logró apuntar bien otra vez y les dio otro tiro a cada uno, en el corazón. Los dos vampiros cayeron muertos al suelo.
Mike volvió a correr hacia el establo, hacia el interior.

Alastair, después de dejar seco a Pete White, siguió al bandido al interior del edificio.