martes, 20 de diciembre de 2016

Cuatro Colores (4 de 6)



El solsticio de primavera cayó en viernes.
Los cuatro corredores estaban en la salida, cada uno en su territorio, preparados bastante antes del alba, que era el momento oficial para el comienzo de la carrera. El hombre rojo daba saltitos, muy serio; el chaval verde daba carreras cortas, en el sitio, subiendo mucho las rodillas; la chica azul flexionaba las piernas y se encogía para luego estirarse del todo, haciendo círculos con los brazos y con el cuello; la mujer amarilla estaba inmóvil, respirando con lentitud, concentrada.
Con cada uno de los cuatro estaban dos árbitros de otro territorio, que habían ido hasta allí la noche antes. De esa forma se aseguraba la salida correcta.
El Sol asomó su arco superior por el horizonte y los árbitros dieron la salida. Los cuatro corredores, cada uno desde su lugar, echaron a correr. La carrera había comenzado.
El chaval verde salió corriendo a toda velocidad, recorrió el corto trecho de adoquines verdes y salió al gran camino blanco, torció a la derecha y comenzó a rodear la colina, siguiendo el camino. No encontró obstáculos ni problemas, sólo gente de su territorio que estaba a los lados del camino blanco y le jaleaban. El chaval verde los saludó, sonriendo, bajando el ritmo y corriendo ligero pero sin agotarse.
Por delante de él salió la mujer amarilla, desde su trecho de adoquines amarillos. Salió al camino blanco y corrió por él, descalza, como solía hacerlo en el arenal. Su correr era muy fluido, muy elástico, y el público que la rodeaba, a ambos lados del camino, la animaba y la admiraba a partes iguales.
Más adelante, desde la salida de su territorio, la chica azul salió corriendo al camino blanco. Sabía que su carrera no sería muy profesional ni muy deportiva, así que la corredora del Lago Turquesa había decidido correr como sabía, sin preocuparse de los otros corredores, dedicándose a avanzar lo más rápido que pudiera sin agotarse ni lesionarse.
Por su parte, el hombre rojo con su perro, corrió por la parte adoquinada en rojo, para salir al camino blanco. Pero allí se encontró con dos árbitros, que le cerraron el paso. Él frenó y su perro a su lado, los dos asombrados. Los dos árbitros vestían las túnicas blancas que se habían elegido como símbolo de neutralidad, pero sus pieles eran rosadas, algo pálidas, muy diferentes a las pieles de cualquier habitante de cualquiera de los cuatro territorios. No tenían la piel de ninguno de los cuatro colores del país.
- No puede pasar, rojo – dijo uno de los árbitros.
- ¿Por qué? – se asombró el corredor rojo.
- Porque tienes que sacar “cinco” primero – contestó el otro árbitro, con la palma de la mano hacia arriba, moviendo los dedos hacia sí.
- ¿Qué tengo que sacar cinco? – el hombre rojo no entendía nada. – Vamos, quítense de en medio, que tengo que llegar al camino blanco....
- No tenemos ningún inconveniente en que salgas al gran camino, pero primero tienes que sacar “cinco” – dijo el primer árbitro, el de la nariz recta y afilada, imitando el gesto de la mano de su compañero.
- ¿Cinco qué? – preguntó el rojo, que se imaginaba la respuesta.
- Tú saca “cinco” y nosotros veremos si nos valen....
- Venga, apártense, no estoy para bromas – el hombre rojo se acercó a los dos árbitros amenazadoramente, cubriéndoles con su corpachón. Su perro gruñó.
- No nos toque o quedará descalificado – advirtió uno de los árbitros, alzando un dedo índice. Era cierto, era una de las normas.
- Y si no saca “cinco” no saldrá de su territorio, usted verá.... – dijo el otro árbitro, haciendo otra vez el irritante gesto de la mano.
El hombre rojo gruñó y se quejó, murmurando amenazas, pero se dio la vuelta, cabreado. Su perro lo siguió. ¿De dónde iba a sacar cinco monedas o piezas de oro, si en todo el país no había nada de eso?
La mujer amarilla, mientras tanto, seguía a buen ritmo por el gran camino blanco. Avanzó durante la mañana con buen paso, controlando la respiración. Hizo un par de paradas, para tomar un sorbo de agua del odre que le colgaba a la espalda y para hacer unos estiramientos y prevenir lesiones y músculos cargados. A mitad de mañana tuvo que frenar de nuevo, porque se encontró con dos ancianos que paseaban por el gran camino, ocupando su anchura, a paso lento y sosegado.
- Perdonen.... – dijo la amarilla, esperando que al oírla se apartaran y le dejaran pasar. Pero los dos ancianos siguieron su camino al mismo ritmo, sin apartarse. Ni siquiera hicieron gestos de haberla oído.
Los dos ancianos siguieron caminando, haciendo “barrera” en el camino blanco. La corredora amarilla tuvo que parar y caminar tras ellos, al mismo paso.
- ¡Oigan! – trató de llamar su atención. – Están ocupando todo el camino, déjenme pasar, por favor. Soy una de las corredoras de la carrera....
- ¿Qué? ¡Ah, hola, señora! – dijo uno de ellos, dándose cuenta por fin de la presencia de la mujer del arenal. – Perdone, pero no podemos quitarnos del camino....
- ¿Por qué no?
- Bueno, porque estamos en medio de nuestro paseo – dijo el otro, mirando a la mujer amarilla por encima del hombro, mirando hacia atrás. La corredora se dio cuenta entonces de que la piel de los dos ancianos era de un extraño color pálido rosado, muy diferente a los cuatro colores de piel que había en el país.
- Ya, lo entiendo, y yo no pretendo que paren de pasear. Sólo quiero que se aparten un poco y me dejen pasar.
- Sí, sí.... pero no podemos hacerlo....
- ¿¡Pero por qué no!? – la corredora amarilla estaba un poco enfadada. Pero los dos ancianos no la contestaron, siguiendo su paseo sin inmutarse, hablando de sus cosas.
La mujer amarilla siguió detrás de ellos, muy molesta. Tanto que al pasar al lado de un panal seco al borde del camino lo pateó con rabia. Del panal salieron multitud de mosquitos diminutos, que volaron incómodos por el camino blanco, alejándose de allí.
Por su parte, la corredora azul se encontró con una nube del color de su piel, a ras de suelo. Al principio creyó que era un enjambre de insectos o algo así, pero cuando llegó delante de ella comprobó que era una nube, un cúmulo de vapor o de humo o algo así. Lo atravesó, siguiendo con su carrera, y no notó nada raro, ni en la piel ni al respirar.
Pero al dejarlo atrás tuvo que pararse sin poder evitarlo. Era como si se lo ordenara su cerebro y no pudiera rechazar la orden, aunque en realidad ella quería seguir corriendo y sus piernas no se movían.
De repente sintió que sus piernas estaban libres, así que dio seis zancadas seguidas, muy largas. Al terminar se quedó plantada en mitad del camino, con los pies juntos.
- ¿Pero qué....? – se preguntó en voz alta la chica azul. No entendía aquella brujería.
Pero no pudo terminarse la pregunta, porque sus piernas se movieron de nuevo y dio otras seis zancadas largas, avanzando mucho, pero deteniéndose al final, con los pies juntos.
Miró a su alrededor, atónita. ¿Qué le estaba pasando? ¿Quién manejaba su cuerpo de aquella forma tan extraña? Miró hacia atrás, convencida de que la nube azul tenía algo que ver, pero no la vio por ninguna parte: una vez que la había atravesado se había deshecho y disgregado.
Entonces volvió a dar otras seis zancadas más. Ya era la tercera vez. Cuando se detuvo en mitad del camino blanco, con los pies juntos, sus sandalias se rompieron, con unos chasquidos secos. Las tiras que las sujetaban al tobillo quedaron tiradas alrededor de sus pies.
- ¿Qué es esto? No puede ser.... – se agachó para mirarse los pies y las sandalias de cerca. Estaban muy rotas y no había manera de arreglarlas allí. – No me fastidies que tengo que volver atrás, hasta mi territorio y volver a empezar....
No había nadie allí con ella para responderla, pero estaba convencida de que aquella era la solución: necesitaba unas sandalias nuevas. Después de aquellas tres tandas de seis zancadas tenía que volver a empezar.
Mientras la chica azul volvía su casa a por unas sandalias nuevas, el hombre rojo volvió al trecho de adoquines de su color, para conectar con el gran camino blanco. Allí seguían los dos árbitros con aquel extraño color de piel, sin moverse del sitio y todavía ocupando y bloqueando el camino.
- A ver, saca “cinco”.... – pidió uno de ellos, con la palma extendida otra vez y moviendo las puntas de los dedos hacia sí.
El hombre rojo no había conseguido oro (no quedaba ni una pepita en todo el país) ni tampoco dinero (era una cosa que se había desinventado hacía siglos) pero había recogido cosas que algunos de sus vecinos le dieron, para ayudarle. Todos se habían sorprendido al verle todavía allí, con lo avanzado que estaba el día. El hombre rojo creía que iba a llegar el último: seguro que sus competidores ya estaban a medio camino de la cima.
- Aquí tenéis. Cinco – dijo el constructor de casa, enseñándoles lo que llevaba en la mano. Eran anillos, colgantes y broches de túnicas, todos hechos con los metales que se encontraban en la Montaña Magenta al excavar en busca de roca roja para hacer los ladrillos.
Los dos “árbitros” de piel pálida parecieron convencidos con aquellas cinco cosas y se apartaron, dejando pasar al hombre rojo, que salió corriendo a toda prisa, con la esperanza de recuperar el tiempo perdido. Su perro galopaba a su lado, con la lengua fuera y las orejas pegadas al cráneo.
Casi al mismo tiempo, el chaval verde se encontró con el enjambre de mosquitos que había cabreado la mujer amarilla, sin querer. Los mosquitos se echaron sobre él y le cosieron a picotazos.
- ¡Ay! ¡Ay! ¡Que se me “comen”! – gritó el verde. Se dio la vuelta y corrió hacia atrás, separándose de los mosquitos, que se quedaron más atrás y acabaron volando lejos de allí, hasta un reino cercano, donde unos Yauguas los cazaron y los usaron para la tortilla de la cena de aquella noche.
Pero eso es otra historia.
El chaval verde, “comido” por los mosquitos, tuvo que volver a su territorio, a su casa, donde tenía un ungüento muy bueno contra picaduras de insectos. De esa forma se recuperaría y podría seguir la carrera, aunque se temía que ya no podría ganar, porque volviendo atrás perdería mucho tiempo y mucho camino recorrido.
La mujer amarilla, que había soltado los mosquitos, aunque fuese sin querer, avanzó veinte zancadas seguidas, sin poder evitarlo, gritando del susto y la sorpresa. De aquella manera pudo dejar atrás la “barrera” de los dos ancianos, que no la dejaba pasar.
Sorprendida pero contenta y aliviada, siguió su carrera normal después de las veinte zancadas forzadas, pero al cabo de unos cinco minutos alcanzó a un par de mujeres muy gruesas, que caminaban por el gran camino blanco más lentamente que los ancianos. Estas dos mujeres, también de piel pálida y rosada, ocupaban todo el camino y tampoco la dejaban pasar.
- Otra “barrera”.... – se lamentó la amarilla. – ¿Pero qué pasa hoy en este camino?
Muy pronto, los cuatro corredores lo averiguarían.




domingo, 18 de diciembre de 2016

Cuatro Colores (3 de 6)



Los amarillos del Arenal Soleado encontraron rápido a su campeona. Al poco de mandar un bando avisando de la carrera a todos los habitantes, llegaron noticias al líder y al consejo de ancianos de que existía una mujer, guía de caravanas, que corría más rápido que los fénecs y los ñandús del arenal. Era una mujer de piel amarillo oscuro, ojos extrañamente negros y cabello rubio dorado, que brillaba intensamente a la luz del Sol.
La mujer amarilla se entrenó hasta el día de la carrera corriendo contra los camellos de las caravanas, corriendo descalza por la arena, ganando más y más velocidad cada día que pasaba. Era una mujer hermosa, muy esbelta, de bellas y musculosas piernas amarillas. Verla correr era como ver a una elegante gacela cruzar el Arenal Soleado de punta a punta.
En la Pradera Extensa hicieron unas pruebas de selección, a las que se presentaron una gran multitud de verdes. Muchos querían participar, pues era un gran honor representar a la pradera, aunque la mayoría no tenían la forma física adecuada para completar la carrera entera. Se hizo evidente en las pruebas que la intención no hacía al atleta.
Aunque en las pruebas también se hizo evidente otra cosa: la Pradera Extensa tenía entre sus habitantes al corredor adecuado. Era tan sólo un chaval de dieciséis años, un criador de caballos en unas cuadras del norte del territorio. Era rápido como el viento y era resistente, tardaba en cansarse. Llevaba mucho entrenamiento a sus jóvenes espaldas, pues a menudo tenía que salir corriendo tras los caballos, para evitar que se escaparan o cuando tenían que cogerlos para meterlos a la cuadra y cepillarlos, herrarlos, almohazarlos, alimentarlos o curarlos de alguna herida o enfermedad. Otros mozos de la cuadra preferían perseguir a los caballos díscolos montados a lomos de otro caballo, pero este muchacho prefería correr sobre sus piernas.
Era un chaval espigado, delgado, con una mata de pelo del color del musgo fuerte del invierno. Su piel era aceitunada, como correspondía a un verde de verdad.  Uno no podía imaginarle corriendo al verle tan delgado y casi desgarbado, pero cuando adelantaba a los caballos, volando entre la hierba de la pradera, batiendo las piernas a toda velocidad, se le quitaban las dudas de golpe.
El presidente de la Montaña Magenta también mandó un bando a todos sus vecinos, explicando la carrera y la necesidad de encontrar un corredor adecuado. Se presentaron varios hombres y mujeres, todos constructores. La mayoría estaban en buena forma, eran vigorosos y fornidos, pero eran lentos corriendo. Resistentes pero lentos.
El presidente estaba desesperado, creyendo que la Montaña Magenta no encontraría a un corredor decente para plantar un poco de oposición a los otros corredores, cuando se presentó ante él un maestro constructor enorme, casi un gigante. Medía dos metros y uno de hombro a hombro. Tenía la piel rojiza y los cabellos como el fuego. Era serio y parecía confiado. Estaba acompañado por un perro de color rojo, con el pelo largo y hocico estrecho y alargado.
El maestro constructor aseguró que corría con asiduidad, ya que sacaba a pasear a su perro por las laderas de la montaña y corría con él, para que el perro hiciese ejercicio y no se anquilosara. El presidente le pidió que le mostrase cómo era su carrera y quedó maravillado con el resultado.
En el Lago Turquesa lo tuvieron un poco más complicado: los azules eran nadadores, no corredores, y encontrar a un campeón para la carrera sería complicado. El representante con su gabinete navegaron por todo el lago, de ciudad flotante en ciudad flotante, buscando a un corredor o corredora que pudiera plantar cara a los de los otros territorios. Hubo momentos tensos y de decepción, cuando creían que no podrían participar en la carrera con un atleta adecuado.
Entonces, en un pequeño pueblo flotante, un hombre le dijo al representante que conocía a una chica de unos veintipocos años, una chica atlética que nadaba muy bien. Era la mejor buceadora y pescadora de ostras de la zona.
Fueron a entrevistarse con ella y la chica azul se mostró encantada por participar en la carrera: tenía las piernas musculosas, de nadar, y al ser buceadora su capacidad pulmonar era muy buena: aguantaría el esfuerzo de correr por el camino blanco.
Era una chica delgada pero musculosa, con la piel azul claro, muy bonita. El pelo largo era añil, del color del agua en las profundidades del lago, cubierto con alguna que otra alga de color índigo. Estaba en muy buena forma y todavía tenía tiempo para practicar corriendo, hasta que llegase el día de la carrera.
La mujer amarilla practicó corriendo en el arenal, adelantando a los camellos de las caravanas y a los ñandús salvajes. El hombre rojo corrió con su perro por las laderas de la montaña, con una carrera pesada pero continua. El muchacho de la pradera corrió por los campos, entre las manadas de caballos, dejándolos atrás a menudo. Y la chica azul se entrenó corriendo por las orillas del lago, dándole vueltas, con una carrera no muy rápida pero sin altibajos, manteniendo el ritmo. 
Los cuatro campeones se prepararon para la gran carrera, que no tardó en llegar.




jueves, 15 de diciembre de 2016

Cuatro Colores (2 de 6)



Como ya hemos dicho, cada territorio se organiza y se gobierna a sí mismo, sin entrar en conflicto entre ellos. En el Lago Turquesa, por ejemplo, eligen a su representante cada tres años, mediante una votación popular, en la que votan los mayores de quince años. Cada candidato está representado por un tipo de concha y los votantes meten la concha que representa a su elegido en unas ánforas rescatadas del fondo del lago.
En el Arenal Soleado el líder se elige entre los más ancianos del territorio. Para poder ser candidato hay que tener más de setenta años y todos los mayores de sesenta son los que pueden votar para elegir al líder, en una ceremonia pública, que se hace por la noche a la luz de una hoguera grande. El líder elegido cumple su cargo hasta que muere o hasta que renuncia a él, por ser demasiado viejo o estar muy enfermo. Entonces se convoca una nueva ceremonia y se elige a un nuevo líder.
En la Montaña Magenta sólo los constructores de casas pueden ser presidente. Votan todos los habitantes de la montaña mayores de veinte años, pero los candidatos sólo pueden ser maestros constructores. El presidente cumple su cargo durante cinco años y entonces se convocan automáticamente nuevas elecciones. Los rojos tienen una norma curiosa: el presidente saliente no puede presentarse en esa misma elección. Si quiere volver a postularse como candidato tiene que haber un periodo de cinco años en que no sea presidente.
En la Pradera Extensa se gobiernan mediante una junta de gobierno, formada por cuatro miembros, siempre dos mujeres y dos hombres. Estos cuatro miembros siempre tienen que representar a los criadores de caballos, a los granjeros, a los pescadores fluviales y a los leñadores: los dos representantes varones son elegidos entre los leñadores y los criadores de caballos y las representantes mujeres entre las granjeras y las pescadoras. La junta se elige cada cuatro años por los habitantes de la pradera mayores de dieciséis. Cualquier hombre o mujer mayor de treinta años es candidato, sin necesidad de presentarse voluntario para ello.
Los representantes de cada territorio mantenían frecuentes encuentros entre ellos en el Templo de Oro. De esa forma se mantenía el contacto entre territorios, todos estaban al tanto de lo que les ocurría a sus vecinos y podían ayudarse o apoyarse cuando ocurría alguna desgracia o algún problema.
En uno de estos encuentros periódicos, el líder anciano del Arenal Soleado comentó que aquella primavera se cumplían seiscientos años desde que el último rey del país muriera y que por lo tanto era el aniversario también de aquella nueva forma de gobierno, de aquella especie de federación, en la que cada territorio se gobernaba independientemente y entre los representantes velaban por el adecuado devenir del país. Parecía pertinente, dada la cifra redonda, hacer una especie de conmemoración o festividad.
Entre los representantes de los cuatro territorios llegaron a la conclusión de que la celebración debía ser festiva, nada solemne. No celebraban la muerte del rey, sino el nacimiento de una nueva forma de gobernar el país, así que debían hacerlo con alegría y regocijo.
Hubo muchas sugerencias, muchas opciones, pero siempre encontraban alguna pega que las hacía incompatibles con la situación de las gentes del país o imposibles de realizar.
Hasta que, después de proponer y rechazar un montón de alternativas, todos estuvieron de acuerdo en que celebrar una carrera popular era el mejor evento. Ninguno recordó después a quién se le había ocurrido, pero todos se adjudicaron la autoría al volver a sus territorios.
La idea era celebrar una carrera popular por todo el territorio del país. Aunque pareciera algo descomunal proponer una carrera por todo el país, no era para tanto: el país era pequeño y un corredor entrenado podría circunvalarlo en tan sólo un par de días.
Cada territorio elegiría a un corredor como representante en la carrera. Los corredores deberían salir de sus territorios al gran camino blanco, bordear la colina por el lado largo (es decir, correr hacia la derecha nada más salir de sus territorios) y recorrer el camino corriendo hasta la escalinata de su color, hasta el sendero de escalones que llevaba hasta la cima de la colina. El primero en llegar al Templo de Oro ganaría. Habría una ceremonia con los cuatro corredores cuando llegasen a la cima, le entregarían un premio al ganador y allí se conmemoraría el aniversario con una gran comilona. Los habitantes de los territorios podrían salir al camino blanco a ver la carrera, colocándose en los arcenes en cualquier punto del recorrido, pero sin molestar a los corredores ni impedirles el paso. También se acordó que los gobiernos de cada territorio podían elegir a una docena de jueces o árbitros, para que recorrieran el camino blanco durante toda la competición y se encargaran de que todo se desarrollara correctamente, sin incidencias y sin trampas.
La carrera se celebraría el próximo día de solsticio de primavera, justo al alba. Hasta entonces cada territorio tenía tiempo para elegir a su corredor mejor preparado y a los árbitros más objetivos y honrados.