viernes, 10 de enero de 2014

El Trece (13) - Capítulo 13 + 3

- 13 + 3 -

Sergio y Victoria estaban en casa de Lucía. Y ninguno de los dos reconocía a su amiga.
Lucía estaba mucho más habladora que hacía un par de días, cuando había empezado el sábado encontrando el cadáver de su vecina Fuencisla. Parecía alegre, incluso feliz. Estaba demasiado energética para ser bueno.
Lucía no paraba de asegurar que estaba bien, que se había recuperado del susto, que estaba trabajando en algo importante que le había ayudado a sobreponerse. Sergio y Victoria se alegraron, pero se preocuparon bastante ante tanto entusiasmo. Lucía nunca había sido así, y los dos se temían que estuviese reaccionando muy mal al problema del pueblo.
- Lucía, ¿has hablado con alguien de lo que pasa en el pueblo? – preguntó Sergio, con precaución.
- Con vosotros, con mis padres.... con bastante gente – contestó su amiga, sin parar quieta, colocando unos libros en la estantería y cogiendo unos nuevos para dejarlos en la mesa de estudio, al lado del ordenador encendido, que no dejaba de consultar.
- No. Sergio quiere decir.... – Victoria miró a su amigo, y los dos se convencieron con la mirada: de nada servía andar dando vueltas. Había que ir al grano. – ¿Has hablado con un tipo llamado Bruno?
Lucía se detuvo de repente.
- ¿Bruno? No, no.... – dijo, con voz insegura.
- Lucía, yo le conozco. Ha hablado conmigo – aseguró Sergio.
- ¿Le conoces? ¿También le estás ayudando? – preguntó Lucía, animada de nuevo.
- Sí, más o menos.... – dudó Sergio. – ¿Qué te ha pedido que hagas tú?
- Me ha dicho que encuentre el nido. ¿A ti te ha pedido otra cosa?
- No, no.... a mí me ha pedido lo mismo – mintió Sergio, sin saber qué más decir. Victoria lo miró, extrañada también. ¿El nido? Quizá el hombre del gobierno se refería así al portal....
- ¿Y tienes alguna idea de dónde podría estar? – preguntó Lucía, interesada.
- No.... – dijo Sergio, acercándose a ella, que se había sentado delante del ordenador. – Había pensado que quizá en la iglesia o en la vieja escuela....
- ¡No! Son lugares demasiado pequeños para que quepan animales tan grandes.... – dijo Lucía, con soltura. – Yo estaba pensando más bien en algún lugar subterráneo.... ¿Sabes si el castillo de la colina tiene catacumbas?
- Creo que no.... – contestó Sergio, inseguro.
- No sé.... hay algo que se nos escapa.... – dijo Lucía, pensativa.
- Oye, Lucía, ¿por qué no quedamos esta tarde todos juntos e investigamos en grupo?
- No puedo.... tengo mucho lío aquí.... – contestó ella sin dejar de mirar la pantalla. – Pero puedes venir cuando quieras y contarme lo que has averiguado.
- Vale.
Victoria y Sergio se miraron y salieron de la habitación, sin recibir despedida de su amiga, que seguía pegada al ordenador.
Bajaron las escaleras y salieron a la calle, después de despedirse de los padres de Lucía, que se mostraron muy preocupados por su hija. Sergio y Victoria no supieron qué decirles para confortarles.
Caminaron calle abajo, sin un rumbo fijo. Estaban preocupados por Lucía y por la extraña obligación que le había pedido Bruno Guijarro.
- ¡Sergio! – les sobresaltó una voz. Era Bruno, andando por la calle justo delante de ellos, en sentido contrario. – ¿Qué haces por aquí? Llevo mucho tiempo queriendo hablar contigo....
- Ya. Lo sé – dijo Sergio, amable pero sin comprometerse mucho. – ¿Y cómo usted por aquí?
- Vengo a ver a Lucía, a ver cómo está. ¿Sabes que me está ayudando en mi investigación?
- Algo ha comentado....
- Tú también me serías de gran ayuda – dijo, con su irresistible sonrisa en la cara. Pero Sergio se sintió incómodo. ¿Parecía el hombre del gobierno demasiado desesperado?
- Lo pensaré....
- Gracias Sergio. Sé que elegirás lo mejor para el pueblo. ¡Por cierto! Te presento a Suárez, un compañero de la agencia. Ha llegado al pueblo hoy mismo. Entre los dos resolveremos este problema en seguida.
- Mucho gusto – dijo Sergio, sin ganas.
- Igualmente – contestó el hombre, secamente.
Después de dedicarse varios cabeceos corteses, los chicos siguieron su camino calle abajo y los dos hombres se quedaron mirándoles irse.
- ¿Éste es tu contacto? – preguntó Suárez, hiriente.
- No – contestó Bruno, viendo cómo se alejaban el chico y la chica. – Pero ese chico nos vendría bien.
- No me vengas con gilipolleces, Bruno – saltó Suárez. – Con los equipos que hemos traído encontraremos el nido en cuestión de horas....
- No lo dudo.... Pero me gusta más trabajar así – dijo Bruno, echando a andar de nuevo hacia la casa de Lucía.
Los dos hombres llamaron a la puerta y esperaron hasta que se abrió y la madre de Lucía apareció tras ella.
- Buenos días, señora – dijo Bruno, saludando educadamente y vistiendo su cara con su deslumbrante sonrisa. – No sé si me recordará. Vengo a hablar con su hija otra vez....
- ¿Qué le ha hecho a mi hija? – saltó la mujer, gritando y poniéndose como loca. – Desde que usted estuvo aquí no para ni un segundo. Está como ida, desenfrenada....
- Disculpe, disculpe.... – interrumpió Bruno. – Nosotros no le hemos hecho nada a su hija. Es todo debido al shock que ha sufrido al encontrar a la pobre Fuencisla muerta en la calle. Es parte de nuestro deber cuidar de la población afectada....
- ¿Es cierto? ¿Vienen a curarla? – preguntó la madre, ingenua, con la cara esperanzada.
- Venimos a hacer todo lo que podamos – prometió Bruno, mientras pasaba al lado de la desconsolada mujer. Suárez lo siguió.
- Eres bueno – dijo, permitiéndose un momento de admiración. – Un gran mentiroso.
- ¡Bah! Cállate.... – musitó Bruno en las escaleras.
Llamaron a la puerta de la chica y Lucía les abrió al momento. Su cara se iluminó de alegría al verlos.
- ¡Bruno! – dijo, sonriente, dejándolos pasar. – ¡Me alegro de verte! Tenía ganas de que vieras cuánto he trabajado....
Los dos hombres vieron la habitación desordenada, llena de libros abiertos por todas partes, papeles con anotaciones o dibujos por doquier, bolas de papeles desechados por el suelo y llenando la papelera.... Parecía que Lucía había investigado con ahínco. Bruno se apuntó un tanto mentalmente. Quizá estuviese más cerca del nido de lo que creía.
- Lucía, te presento a Suárez, el jefe del equipo de campo que ha venido a colaborar conmigo en la investigación – presentó Bruno, y Suárez lo miró asombrado, incrédulo al enterarse de cómo consideraba el orden jerárquico de la operación.
- Mucho gusto. Espero poder ayudarle a usted también.
- El gusto es mío – murmuró Suárez, seco.
- ¿Y qué has averiguado Lucía? – preguntó Bruno.
- Poca cosa, la verdad – dijo la chica, sinceramente, y Bruno se hundió un poco. – Pero he descartado una serie de lugares en los que el nido no puede estar.
- Bueno, eso ya es algo – dijo Bruno, ocultando la decepción que de verdad sentía. Cogió de manos de Lucía una lista hecha a mano con sitios del pueblo. El encabezado de la hoja decía: “Lugares descartados”.
- Sigo investigando, ¿eh? – dijo la chica, entusiasta. – No voy a parar hasta que encuentres el nido. Quiero ayudarte, y ayudar así a mis amigos.
Suárez lanzó un leve bufido, paseándose por la habitación. Sólo Bruno se dio cuenta de ello.
- Bien, bien. Me alegra saber que tengo una aliada eficiente – dijo Bruno, sinceramente, aunque los resultados de Lucía no hubiesen sido satisfactorios. – Sigue así. Necesito esa información.
- La tendrás – aseguró Lucía.
Suárez soltó una leve carcajada, y esta vez sí que fue evidente para Lucía, aunque no entendió por qué se reía aquel hombre. Bruno lo miró cabreado, y decidió que debían salir de allí.
- Bueno, Lucía, tenemos que dejarte. Suárez ha traído unos equipos muy importantes y tenemos que montarlos e instalarlos. Mucho trabajo. Así que deberíamos ir a supervisarlo....
- Muy bien.
- Nos veremos pronto – se despidió Bruno, sonriente. Suárez salió de la habitación sin mirar atrás.
- En cuanto encuentre el nido te lo haré saber – aseguró Lucía.
Bruno salió de la habitación sonriendo y agitando la mano en señal de despedida. Bajó luego las escaleras a toda prisa detrás de Suárez, que ya había salido a la calle. Esquivó a la madre de Lucía y salió tras él.
- ¿Se puede saber qué te pasa? – preguntó, molesto.
- ¿Que qué me pasa? – dijo Suárez, con su tono más chulesco, ofendido. – Me pasa que eres un gilipollas, eso es lo que me pasa. No tienes nada, Bruno. Tienes un contacto inútil que, sí es muy guapa y está muy buena, pero no nos sirve para nada. Creí que habrías puesto a alguien a investigar, pero a alguien competente, no a la primera niña bonita que se cruzara.
- Era la persona que más influenciable estaba emotivamente para poder ponerla a trabajar para mí....
- La has cagado, Bruno. Llevas aquí tres días y no has conseguido nada. Voy a pasar de tus métodos – sentenció, caminando con paso ágil hacia el coche. – Me vuelvo con el equipo. Ahora yo mando la operación.
Bruno se quedó clavado en el sitio. Suárez se alejó, indignado, pisando fuerte. Bruno tragó saliva, mientras lo veía irse. Se había abierto un vacío bajo sus pies. La misión de su vida, la que por fin iba a cumplir, se le escapaba. Lo había ido planeando poco a poco, actuando paso a paso y había ido consiguiendo progresos. Pero ahora Suárez y sus métodos lo iban a estropear todo. Encontraría el nido y destruiría a los corpóreos.
Desde el principio tuvo una duda en su plan: cómo encajaban Suárez y su equipo en su misión personal. No sabía qué hacer con ellos. Había pensado en mil y una soluciones, ninguna satisfactoria.
Pero ahora Suárez había decidido por sí solo.
Bruno decidió que Suárez era más un obstáculo que un compañero.




martes, 7 de enero de 2014

El Trece (13) - Capítulo 13 + 2

- 13 + 2 -


Manuel García y Félix Durán se preguntaron qué habían hecho mal para que volviese a tocarles a ellos acudir a Castrejón de los Tarancos aquella mañana para encargarse de los cadáveres hasta que llegase el juez de guardia.
Los dos guardias civiles estaban aquel lunes por la mañana en una especie de solar que había en el pueblo, un espacio amplio de tierra entre dos casas y entre dos calles del pueblo, grande y rectangular. Allí un vecino había encontrado el cuerpo de Francisco Núñez Rojas, otro habitante del pueblo. Tenía el vientre destrozado, devorado. Los dos guardias civiles apenas habían podido contener las arcadas.
No era el primer cadáver que habían visto aquel día. Había habido otros dos muertos en el pueblo: Jacinta Pérez Fernández, cosida a mordiscos, y Pedro Millán Hernández, con una herida en el pecho por la que le habían desangrado.
- ¿Quién cojones está haciendo esto? – gruñó Félix, fuera de sí. El número de la guardia civil tenía amigos en el pueblo y estaba preocupado.
- Es una locura. Esto tiene que ser obra de un chiflado – opinó Manuel.
En ese momento un coche oscuro llegó hasta allí y el juez se bajó de él. Los dos guardias civiles respiraron tranquilos. En poco tiempo se irían de aquel pueblo maldito.

* * * * * *

Cerca de allí, fuera del pueblo pero a pocos kilómetros, Bruno Guijarro Teso se reunía con sus compañeros de la agencia. Por fin el equipo de Suárez había llegado. Los monstruos ya estaban a su alcance. No tenían donde esconderse.
- ¡Buenos días! – saludó alegremente a los hombres y mujeres que bajaban de los todoterrenos pintados de negro.
- ¿A quién has matado para que seas tú el que se encargue de esta operación? – dijo Suárez, altivo, ignorando la mano que Bruno le tendía.
- El general me nombró personalmente – contestó Bruno, herido y orgulloso al mismo tiempo.
- El viejo empieza a chochear.... – fue el hiriente comentario.
Elías Suárez Tomé, conocido en la agencia simplemente como Suárez, era un hombre de acción. Llevaba en la ACPEX casi veinticinco años, trabajando sobre el terreno, confirmando los avisos y enfrentándose, a veces, a las evidencias del más allá. Era un hombre fornido de cuarenta y siete años, musculoso y en forma. Su piel era morena, curtida por la intemperie. Era calvo y de duros ojos grises. Parecía un soldado.
Su equipo estaba formado por otros seis hombres y mujeres, provenientes del ejército, duros y curtidos como él. Llevaban en la agencia más de diez años, trabajando juntos bajo las órdenes de Suárez, formando un equipo sólido y compenetrado. Eran uno de los equipos de campo más fiables de la agencia.
- ¿Qué tenemos aquí? – preguntó Suárez, mientras sus compañeros descargaban los equipos de los vehículos. Bruno sabía que Suárez estaba ya al tanto del informe: era un profesional. Pero quería saber qué había averiguado el niño bonito del general.
- Es un pueblo limpio de actividad paranormal, fuera de las nubes azules y de las rutas ectoplásmicas – dijo Bruno, sin dejarse intimidar. – Ha habido siete muertes desde el jueves pasado. La gente del pueblo está asustada pero no ha habido señal de pánico. El alcalde está sobre aviso, aunque no sabe nada del verdadero problema.
- ¿Sabemos dónde está el nido?
- Estoy con ello. Tengo un contacto entre los vecinos del pueblo que me está ayudando. Y sigo pendiente de conseguir otro – Suárez tuvo que asentir, satisfecho, aunque le hubiese gustado que Bruno hubiese metido la pata para poder burlarse de él. – Y he tenido contacto.
- ¿Contacto? ¿Con un corpóreo? – se asombró Suárez.
- ¡Imposible! – dijo Pablo, acercándose.
Pablo Moreno era el hombre de mayor confianza de Suárez en el equipo. Era un hombre negro enorme, de anchos y fuertes brazos y vientre plano y musculado. Su piel negra brillaba bajo el Sol. Era un presuntuoso y un soberbio, pero era un buen soldado.
- Un tipo de chaqueta y oficina como tú no ha podido tener contacto con un corpóreo – dijo, picado en su orgullo. Al parecer Pablo no había visto aún a ninguno y le molestaba que Bruno ya hubiese avistado uno.
- Créetelo o no, pero eso no hará que sea menos verdad – dijo Bruno, divertido, apuntándose el tanto.
- ¡Vaya con Brunito! Está aprendiendo de los mayores.
Una bella mujer morena y de piel pálida se acercó a los tres hombres. Era Elena Escalante Gómez, la tercera al mando en el equipo. Era una mujer muy atractiva y muy bella, casi tanto como peligrosa en el combate cuerpo a cuerpo. Bruno tragó saliva, alterado, como casi siempre que se encontraba ante Elena. Eran de la misma edad y Bruno ya había intentado tener algo con ella, sin conseguirlo: Elena estaba más dedicada a su trabajo que él mismo.
- Veo que habéis venido bien preparados.... – dijo Bruno, mirando el material que el resto del equipo seguía descargando e instalando en el campo, que era del ayuntamiento y les había dado permiso para utilizar.
- Lectores de trazas y rastros ectoplásmicos, radares de calor, equipos de registro de movimientos sísmicos, escáneres del cielo y del firmamento, alternadores láser para las lecturas nocturnas.... Lo mejor de lo mejor. La agencia hace mucho que no tiene noticias de “encarnados” – explicó Suárez, sintiéndose orgulloso de que la ACPEX le hubiese dejado al cargo de equipos electrónicos y maquinaria tan importante.
- Sí.... pero me refería más bien a todo eso – replicó Bruno, señalando hacia otro sitio.
Dos hombres del equipo de Suárez (Jorge Herrera Muñoz y Héctor Alonso Cadenas) se encargaban de sacar de los todoterrenos un arsenal de armamento. Metralletas, rifles de asalto, lanzallamas portátiles, trampas magnéticas, cañones de redes, morteros.... incluso un cañón portátil.
- No sabemos cómo son esos “encarnados”. Pueden ser enormes y combativos.
- Son muy grandes y muy combativos – apreció Bruno. – Y todos tienen garras y colmillos.
- Espero que se pongan difíciles – dijo Pablo Moreno, yendo al encuentro de sus compañeros, riendo a carcajadas. Cogió un rifle de asalto y lo cargó.
- ¿Tardaréis mucho en preparar el equipo?
- Toda la mañana. Tenemos que encontrar ese nido – dijo Suárez, serio. – ¿Qué tal si me presentas a ese contacto que tienes en el pueblo?
- Con mucho gusto. Te va a encantar – dijo Bruno, caminando acompañado por Suárez hasta su coche.
- ¡Pablo! ¡Elena! Todo tiene que estar montado a las quince cero cero. Todo completamente operativo.
- De acuerdo jefe.
Suárez montó en el coche de Bruno y los dos se dirigieron a Castrejón. El equipo se quedó en el campo, al pie de la colina cercana, montando los aparatos y preparando las armas.

* * * * * *

Roque salió de casa, sin correr pero con prisa. El sacerdote de negro había desaparecido.
El chico se había levantado tarde, cansado después de su aventura nocturna. Sus padres le habían liado para que hiciese cosas en casa y en el corral, y ya estaba avanzada la mañana cuando pudo subir al altillo, a ver cómo estaba su invitado. Pero el hombre no estaba.
No sabía cuándo se había largado, ni por dónde, ya que no le habían visto salir de casa. Tampoco tenía ni idea de dónde podía haber ido: el hombre de negro era un poderoso aliado, pero Roque tenía que reconocer que era un rato raro. A saber en qué andaba metido ahora.
Roque recorrió el pueblo, buscándole por todas partes. Le resultó difícil, porque el pueblo estaba revuelto: habían encontrado tres cadáveres más. Castrejón estaba lleno de guardias civiles, Nissan de color verde, gente curioseando y gente del ayuntamiento intentando calmar a las masas. Roque se temía que el pánico iba a empezar a propagarse.
Después de dar mil vueltas por el pueblo, y de buscar en el bar, en el ayuntamiento, en el frontón y en la biblioteca dio por fin con el padre Beltrán. Roque respiró tranquilo, resoplando.
El sacerdote estaba inmóvil delante de la enorme iglesia que tenía el pueblo. Roque caminó hasta él, tranquilamente, normalizando sus pulsaciones. Se quedó un par de pasos por detrás de él, hacia la izquierda. Contempló con curiosidad al extraño personaje.
El sacerdote miraba desde detrás de sus pequeñas gafas de sol la construcción. La iglesia de Castrejón no era bonita: era un edificio alargado, rectangular, de hormigón y ladrillos. Pero era impresionante. Tendría unos treinta metros de alto, coronados por un campanario en punta. Había nidos de cigüeñas y de cuervos arriba.
El sacerdote de negro estaba inmóvil, con los brazos a ambos lados del cuerpo, colgantes. Parecía conmovido, deslumbrado, hipnotizado por algo que podía ver y el resto no. Roque aguardó a su lado, sin saber qué era lo que impresionaba al anciano.
- Hace muchos años que no entro en ninguna iglesia – dijo el anciano, de pronto. Roque se sorprendió, al descubrir que el cura sabía que estaba allí, y porque tal afirmación en un sacerdote era curiosa.
- ¿No?
El anciano negó con la cabeza.
- No.
Roque esperó.
- ¿Y por qué? – preguntó al fin, sin saber si el hombre se ofendería ante la pregunta.
- Estoy maldito – fue la desconcertante respuesta. – He matado a muchos hombres y mujeres, poseídos por ectoplasmas. He perseguido almas y fantasmas, devolviéndoles a sus dimensiones demoníacas.
- Lo que ha hecho no es malo....
- Las reglas de Dios son las reglas de Dios.... aunque haya fuerzas más poderosas que Él. He vendido mi alma para poder vencer a mis enemigos, he caído presa de maldiciones al someter a malos espíritus y entes demoníacos. Cuando muera sé que iré al Infierno.
Roque tragó saliva, sin saber que contestarle.
- Lo lamento....
El sacerdote de negro se giró, sacudiendo la cabeza.
- Es un precio muy alto por dar mi vida por el bien. Pero lo pagaré cuando llegue el momento – dijo, resuelto, decidido. Roque le admiró en ese momento. – ¿Sabemos algo de los demás?
- No.
- Bueno. Empecemos a buscar el portal.



domingo, 5 de enero de 2014

El Trece (13) - Capítulo 13 + 1

- 13 + 1 -


- Las bestias que hemos visto y las que están por llegar son del más allá, de Satánix – explicaba el hombre de negro. – Han traspasado la barrera entre dimensiones y se han trasladado en cuerpo y alma a la nuestra. Por eso se les llama corpóreos. A los fantasmas, a los espíritus que poseen un cuerpo o que se aparecen como entes incorpóreos se les llama ectoplasmas.
El anciano caminaba por el pueblo, marchando a buena velocidad. Los tres chicos andaban a su lado, escuchando sus palabras y aprendiendo. Pasaban de una zona de luz a la siguiente, atravesando la oscuridad como si no pasara nada. El hecho de saber a lo que se enfrentaban (aunque fuese terrible y terrorífico) y el ir acompañados del sacerdote les daba valentía.
- Para tratar con los ectoplasmas hacen falta unos métodos más complicados. Los corpóreos son más fáciles: se les puede tocar. Y atravesar con una hoja – dijo, sacando su daga. – Pero también son los más peligrosos: pueden causarnos mucho daño. Ya habéis visto lo que han hecho en vuestro pueblo.
La voz del anciano seguía siendo cascada, áspera como la de un cuervo. Pero los chicos ya se habían acostumbrado a ella y no se perdían ni una sola de sus palabras.
- Cualquier arma puede herirles: espadas, cuchillos, balas.... Pero sin duda las mejores son las de plata.
- ¿Plata?
- En cuanto al más allá se refiere, la plata es lo mejor – contestó el sacerdote, enseñándoles su cuchilla. En realidad era una daga, con una hoja de un palmo de larga y un par de centímetros de ancho, que se iba afinando hasta llegar a la punta. La empuñadura era gruesa y la guarda era sencilla, en cruz. – Es un metal relacionado con lo divino. Y hace mucho más daño a las criaturas infernales.
- Creo que mi madre tiene una cubertería de plata – dijo Roque, con  voz tímida.
- Servirá – dijo el anciano, y su voz sonó amable. Aunque siguió sin sonreír. – Y no olvidéis que nuestra mejor arma es la luz. La luz del Sol es letal para ellos: mientras estén solos, esperando al trece, no se expondrán a la luz del día. Una vez que su caudillo se haya reunido con ellos podrán salir de día – dijo, con pesar. – La luz artificial también nos servirá, sobre todo si es potente. Bombillas halógenas o algo parecido.
- Bruno no me dijo nada de todo esto.... – murmuró Sergio.
- ¿Quién? – indagó el cura.
- Hay otro hombre en el pueblo que busca a los monstruos – explicó Sergio. – Un hombre del gobierno.
El sacerdote de negro se detuvo bruscamente.
- Es de una agencia del gobierno – explicó Roque, tomando la palabra. – La ACPEX, o algo así.
- Debí imaginármelo. ¿Es el general Muriel Maíllo?
- ¿General? No, no es militar.... – dijo Roque.
- Se llama Bruno Guijarro Teso – intervino Sergio.
- No lo conozco – dijo el sacerdote. – El general es un hombre digno de confianza, pero no sé quién es ese Bruno Guijarro.
- Quizá puedan ayudarse....
- Si es de la agencia nos será de ayuda – aceptó el sacerdote de negro, volviendo a andar. – Pero no le digáis que estoy aquí. Todavía no.
Los chicos asintieron, sin saber muy bien por qué debían guardar en secreto que el cura estaba en el pueblo, cuando su cometido era en beneficio de los vecinos.
- ¿La gente del pueblo sabe lo que ocurre? ¿Sabe lo de los monstruos? – preguntó el cura.
- No. Sólo lo sabía yo. Y Bruno, claro – contestó Sergio.
- Que siga siendo así. Si la gente lo supiese cundiría el pánico y el pueblo quedaría probablemente vacío, lo que empujaría a los engendros a viajar más lejos en busca de comida – razonó el anciano. – Mientras haya gente aquí se quedarán por aquí. Vuestros vecinos y amigos sólo tienen que quedarse en casa de noche.
Y en ese momento se escuchó un grito humano, largo y sostenido. Desgarrado. Un grito de muerte.
- Y me temo que ha habido gente que no lo ha hecho – dijo el anciano, echando a correr. Los chicos le siguieron.
Los gritos se repitieron, más desgarrados, más dolorosos. El cura corrió aún más y los chicos casi le perdieron. Giraron en una esquina y llegaron a un descampado que había entre dos calles paralelas: era una zona de tierra, sin edificar, encajonada entre dos casas del pueblo. Un camión grande, al fondo, tapaba la luz de las farolas: el solar estaba a oscuras.
Sin embargo, los cuatro pudieron ver una sombra enorme que se inclinaba sobre un hombre que estaba tumbado boca arriba en el suelo: la bestia se lo estaba comiendo.
El animal era un caballo enorme, de color gris oscuro, con placas erguidas en la espalda, púas en las articulaciones de las rodillas y fauces provistas de dientes.
- Es un tanjing – dijo el sacerdote. – El número cuatro.
Los tres chicos observaron con ojos llenos de pánico cómo aquel caballo (que no era un caballo) devoraba como un chacal al hombre, que había dejado de gritar. El sonido de quebrar de huesos era repugnante, y tuvieron que mirar hacia otro lado. Menos Roque.
- ¡Es Paco! – soltó, asombrado y enfurecido, al reconocer a la víctima. Entonces salió corriendo hacia el caballo, encendiendo su linterna por el camino. Gritó, enardecido y cabreado, dirigiendo la luz hacia el animal. El tanjing levantó la cabeza cubierta de sangre y miró asustado hacia su atacante. Asombrosamente, reculó, relinchando de miedo. La luz de la linterna hizo burbujear su piel grisácea. Se dio la vuelta y trotó hacia la salida del solar, al lado del camión.
- Ha sido valiente, pero inútil. Y una irresponsabilidad – censuró el sacerdote, acercándose a Roque. – El tanjing podía haberte matado fácilmente. Has tenido suerte de que ya hubiese comido y de que la luz le haya asustado.
Después se dio la vuelta y salieron del solar. Roque los siguió el último, a medias orgulloso y a medias avergonzado.
- ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Victoria, una vez que volvieron a estar en la calle.
- Refugiarnos. Deberíais volver a casa – opinó el sacerdote.
- No es mala idea – dijo Sergio. No pensaba abandonar a sus amigos, pero ya había visto contra lo que se enfrentaban y prefería intentar vencer a los monstruos de día. De noche era preferible esconderse.
- ¿Tiene sitio donde dormir? – preguntó Roque. Así era él, siempre propenso a ayudar. Pero su fallo reciente le impulsaba aún más a congraciarse con el anciano. – Podría quedarse en mi casa. Tenemos una pequeña cama en el altillo. Allí mis padres no se enterarán de que está.
- Muchas gracias – dijo el sacerdote de negro, amable.
Un graznido agudo sonó en el cielo, llamando la atención de todos.
- Debemos irnos – dijo el anciano, sereno.
- ¡Vámonos! – dijo Sergio, y los cuatro empezaron a andar, casi trotando, lo más rápido que podían.
La farola que tenían delante y que ya les alumbraba estalló, derramando chispas que cayeron hasta el suelo. La que habían dejado atrás, a unos veinte metros, también se fundió, con una leve explosión. Un aleteo repulsivo sonaba sobre ellos, acompañado de diferentes chillidos, simiescos.
- ¿Qué es eso? – preguntó Victoria, encogiéndose.
- El número dos. Chimvet.
- ¿Y qué es un chimvet? – volvió a preguntar la chica.
Entonces un murciélago enorme bajó desde arriba y pasó rozando sus cabezas. Los chicos  lanzaron gritos de susto. El anciano se mantuvo inmóvil.
Sergio alcanzó a ver unos murciélagos enormes, de color negro. Tenían alas de murciélago, pero sus cuerpos eran grandes, del tamaño de un chimpancé, con los ojos morados brillantes y colmillos largos en la boca. Las patas eran de pies grandes, rematados en garras.
- Corred – dijo el anciano, mientras encendía su mechero zippo y sacaba una vez más la daga de su funda. Cuando el siguiente murciélago gigante descendió le lanzó un mandoble, arrancando un chillido de dolor de la bestia. Unas gotas de sangre granate regaron el asfalto.
Los chicos corrieron hasta la siguiente isla de luz, bajo la farola próxima. Desde allí, sintiéndose más seguros, se giraron para ver al sacerdote. Aunque estaba en la oscuridad, la luz del mechero les permitía ver alguno de sus movimientos, además del brillo de la daga de plata.
Los chimvet le rodeaban, volando en remolinos en torno a él. Las bestias eran casi una docena, danzando en el aire, subiendo y bajando, y acercándose al anciano, que las repelía con la luz y con el filo del arma. Los murciélagos gigantes no dejaban de chillar de dolor, al recibir multitud de finos cortes.
Entonces un chimvet pareció cansarse de tanta ceremonia y se lanzó de lleno contra el hombre. El cura de negro lo percibió, y se apartó para esquivar el ataque. Pero aprovechó para acercar cuanto pudo el zippo al animal que cargaba contra él. El vello duro y negro que cubría la espalda del monstruo se incendió.
La bestia revoloteó entre sus compañeras, asustándolas y causando un gran revuelo. El fuego se avivaba más a medida que el chimvet seguía volando en círculos, aterrado. Sus congéneres se apartaron de él, dispersándose. El anciano aprovechó para apuñalar a uno en el aire, acertándole en el pecho. El quemado cayó por fin al suelo, quedándose inmóvil.
El sacerdote de negro echó a correr hacia los chicos, apagando el mechero. Los alcanzó al momento, mientras los murciélagos que volaban en la oscuridad se reagrupaban para vengar la muerte de sus dos compañeros.
- ¡Vamos! – gritó al llegar a su lado, y los cuatro corrieron a la par, buscando un refugio. La bandada se lanzó tras ellos.
Sergio podía oír el repugnante aleteo de las bestias que los perseguían, los chillidos de rabia y venganza, las pisadas fuertes de él y sus amigos buscando un lugar donde esconderse.
- ¡Aquí! – gritó Roque, cambiando su carrera hacia la izquierda y lanzándose contra una puerta de madera. La puerta no pudo resistir el empujón del enorme chico y cedió, dejando un paso libre para que los otros tres entrasen. Victoria y el anciano cerraron la puerta, que se agitó bajo el embate de los chimvet, que se lanzaron contra ella desde el cielo, queriendo entrar detrás de los humanos. Algunos monstruos también chocaron contra el techo de uralita, que aguantó a pesar de ser muy viejo y estar desgastado.
Los cuatro humanos resoplaron y jadearon, recuperando el aliento. Sergio reconoció que estaba siendo una noche muy movidita: todo el deporte que se había propuesto hacer en verano, y que no había hecho, lo estaba recuperando a marchas forzadas en una sola noche.
El aleteo de los chimvet sonaba aún fuera, y por encima del edificio en el que se habían refugiado. Pero no podían entrar allí. El anciano bloqueó la puerta con unas maderas. Sergio miró alrededor y reconoció la antigua serrería del pueblo, abandonada desde que él era un niño.
- ¿Vuestras casas están lejos? – preguntó el anciano, resoplando todavía. Los chicos negaron con la cabeza. La única que quedaba un poco más lejos era la de Victoria, pero la chica pensaba volver con Mowgli, igual que Sergio. Los dos le debían una larga explicación a su amiga, que seguro que estaba desesperada y asustadísima por ellos. La casa de Mowgli estaba cerca.
El  sacerdote se encaminó a la pared opuesta por la que habían entrado, buscando una salida por allí. Roque le acompañó y al final encontraron unas maderas un poco sueltas que se podrían forzar y romper para salir.
- ¿Si salimos por aquí sabréis orientaros?
- Claro – contestó Roque, seguro de sí mismo. – Tenemos que salir hacia la derecha, hasta el final de la calle. Allí usted y yo tiraremos hacia la derecha, a mi casa, y ellos dos girarán a la izquierda. Ninguno tardaremos más de cinco minutos en llegar a lugar seguro.
El sacerdote de negro asintió y llamó con un gesto a Sergio y Victoria. Ya no se escuchaba el ruido de los chimvet. Parecía que se habían rendido y habían ido a buscar nuevas presas en otro sitio.
- Creo que es el momento – dijo entonces el cura. – En silencio y con cuidado.
Entre Roque y él forzaron las maderas medio sueltas y abrieron un hueco en la pared, por el que pudieron salir todos.
Al otro lado escucharon unos ruidos extraños, como de succión, como de chupeteo. Eran muy fuertes y enérgicos. Algo viscoso sonaba a la par. Los cuatro miraron alrededor.
- Allí – susurró el anciano sacerdote.
En la oscuridad de la calle, los chicos pudieron ver a una nueva criatura alimentándose de un gato callejero. Era, con mucho, la más asquerosa que habían visto aquella noche.
Tenía un cuerpo gelatinoso, de color morado oscuro, alargado, casi como el de una babosa. Pero tenía el tamaño de un perro mediano.
No en vano la cabeza, desprovista de pelo, era como la de un perro labrador. Pero parecía escamosa, como si estuviera en carne viva.
Sin embargo, lo peor era lo que tenía debajo del cuerpo gelatinoso. Ocho tentáculos, gordos como el brazo de un hombre, salían de su cuerpo, dispuestos en círculo. Eran morados y rosas, con ventosas enormes y anchas. Los tentáculos empujaban el cuerpo arriba y abajo sobre el cuerpo del gato, que estaba tendido en el suelo, sangrando. El anciano sabía que era para que los colmillos, que rodeaban la boca que estaba bajo el cuerpo, pudieran hundirse en la carne y succionar toda la sangre de la víctima.
- Chapadla. El número seis – susurró el sacerdote.
Sin decir ni una palabra más empujó a los chicos en la dirección que Roque le había indicado antes de salir de la serrería. Los chicos no podían dejar de mirar la horrible escena ni al engendro que la protagonizaba. Sin dejar de escuchar los asquerosos sonidos de la alimentación del chapadla los cuatro llegaron al final de la calle.
- Aquí se separan nuestros caminos – dijo el cura, dedicándoles unos cabeceos de agradecimiento y despedida. – Tened mucho cuidado al volver a casa.
- ¿Le veremos mañana? – preguntó Sergio. La verdad era que tenía ganas de seguir al lado del sacerdote de negro.
- No es lo más adecuado. Trabajo solo.
- Pero nosotros podemos ayudarle – intervino Roque. – Conocemos el pueblo, podemos serle de ayuda para encontrar el portal.
El anciano sacerdote meditó las palabras del grandullón.
- Será peligroso....
- Lo sabemos. Pero también lo es quedarnos en casa y esperar que el trece llegue al pueblo – dijo Victoria, también decidida a ayudar al hombre.
El sacerdote se pasó la mano por la cara, tocándose con cuidado tres heridas recientes que tenía en la mejilla, pensativo.
- Está bien. No se puede luchar contra el ímpetu de la juventud.... Yo me pondré en contacto con vosotros. Y ahora, Roque, llévame a casa.
El grandullón sonrió y encabezó la marcha. Sergio y Victoria se despidieron levantando la mano y el hombre de negro les dedicó un cabeceo.
Después de una docena de pasos Sergio se volvió. Casi no podía ver ya al extraño personaje en la oscuridad.
- ¡Oiga! ¡Oiga! – llamó. – ¿Cuál es su nombre?
Hubo un rato de silencio, en el que Sergio pensó que no le había escuchado.
- Soy el padre Beltrán – fue el susurró que llegó como respuesta.
- Encantado – dijo Sergio, dándose la vuelta y yendo con Victoria a la casa de Mowgli.



jueves, 2 de enero de 2014

El Trece (13) - Capítulo 13

- 13 -

El ser humano llegó hasta ellos con paso firme, sin pronunciar una sola palabra. Se detuvo delante de ellos y los revisó de arriba abajo, girándoles y palmeándoles en la oscuridad.
- ¡Oiga! ¿Qué hace? – dijo Victoria, indignada, temblando de terror todavía.
- ¿Estáis heridos? – dijo el hombre, con voz de cuervo.
- No, no.... – murmuró Sergio, acobardado.
- Bien. Marchaos a casa – dijo el hombre, dándose la vuelta, para observar al lobo que había matado.
- ¡Oiga! ¿Y nuestro amigo? – preguntó Victoria.
El hombre, sin quitar ojo del animal caído, señaló hacia el callejón.
- Allí dentro.
Sergio y Victoria se encaminaron hacia el callejón, pasando al lado del hombre y del lobo, separándose todo lo que pudieron de este último. La sangre empapaba el asfalto, y su olor se metió en sus narices hasta dentro, provocándoles náuseas.
Los dos chicos se quedaron a la entrada del callejón, sin ver nada. Todo estaba a oscuras. No sabían qué podía haber allí dentro.
- Está limpio – dijo el hombre detrás de ellos, dándoles un susto de muerte. Los dos se giraron y vieron que el hombre había encendido una pequeña antorcha, con un zippo.
A la luz danzante de la pequeña antorcha pudieron ver a su salvador. Era un anciano de largo pelo blanco, vestido de negro. Llevaba un abrigo largo de paño y un sombrero de ala plana y redonda, del mismo color. A pesar de ser de noche llevaba puestas gafas de sol, redondas y pequeñas. Aunque estaba agachado al lado del lobo muerto a Sergio le pareció muy alto.
- No hay ningún corpóreo allí dentro. Salvo vuestro amigo – dijo el hombre, seco, con su voz cascada y desagradable. Después volvió a dedicar su atención al enorme lobo negro.
Victoria y Sergio entraron en el callejón, iluminados por la mortecina luz de la pequeña antorcha, que el hombre sostenía a la entrada. No era mucho, pero lo suficiente para ver a Roque tendido en el suelo a unos quince metros. Los dos aceleraron el paso para llegar hasta él.
- ¡Roque! ¿Estás bien? – preguntó Victoria, aliviada al ver que su amigo respiraba.
- Sí.... – contestó el grandullón, llevándose la mano a la cabeza. Tenía cara de estar desorientado y los ojos un poco perdidos.
- ¿Qué ha pasado?
- Había un animal detrás de mí, un perro enorme o algo así.... – explicó Roque, de forma confusa. Se notaba que no entendía muy bien qué le había pasado. – Me acorraló aquí dentro. Entonces alguien vino desde mi espalda y me empujó a un lado. Me choqué contra la pared y me di en la cabeza. ¡Joder!, me hice daño de verdad – dijo, frotándose el lateral de la cabeza. – Luego no sé qué ha pasado hasta que habéis llegado aquí. He estado tumbado, mareado.
- ¿Puedes levantarte? – preguntó Sergio, tirando del brazo de su amigo. Roque asintió y se dejó llevar. Por suerte se podía mantener en pie, pensó Sergio, porque si no no hubiese podido cargar con él hasta casa.
Salieron del callejón y se encontraron con el hombre, que seguía allí fuera. Había arrastrado al lobo hasta un contenedor cercano, abandonándolo allí. Estaba bajo la farola fundida, mirando a uno y otro lado de la calle, decidiendo por dónde ir.
- ¡Oiga! ¿Qué ha sido eso? – preguntó Victoria, al verle. El hombre la ignoró.
- ¿Era uno de los monstruos? – dijo Sergio, sabiendo que iba a llamar su atención. Y lo consiguió. El anciano se giró y le miró con sus gafas oscuras a los ojos.
- ¿Qué sabes tú de eso? – graznó, con una voz autoritaria que no se podía ignorar.
- Poca cosa, la verdad – reconoció el chico.
- Entonces es mejor así – dijo el anciano de negro, arrancando a andar en una dirección.
- ¡Oiga! ¿A dónde va? ¡¡No puede dejarnos aquí!! – dijo Victoria, desesperada. Jadeaba de puro miedo.
El hombre de negro se detuvo y se giró de repente. La cuchilla brilló en su mano derecha con la luz de la antorcha de su mano izquierda. Los chicos tragaron saliva, asustados.
- Tenéis razón. No puedo dejaros aquí – dijo, con voz átona. – ¿Tenéis algún refugio?
Los chicos se miraron, atónitos.
- Vivimos en el pueblo.... – dijo Roque, cauto.
El anciano miró en torno a sí, como percatándose en ese momento de que estaba en medio de un pueblo de la llanura castellana.
- Bien – dijo, volviendo a mirar a los chicos con sus gafas oscuras. – Volved a casa.
Y se dio la vuelta, andando con paso ágil.
Sergio se cabreó. No iba a permitir aquello. Se soltó de Roque, mirándole a la cara.
- Puedo sostenerme – contestó su amigo, sonriendo.
Sergio le devolvió la sonrisa y salió corriendo detrás del anciano. Le alcanzó a las pocas zancadas, aunque el hombre de negro andaba muy ligero. Le agarró por el hombro, con enfado.
- Oiga, espere un momento.... – empezó a decir.
El hombre se giró a toda velocidad, con una rapidez que su apariencia no parecía contener. El cuchillo destelló en su mano y se colocó en el cuello de Sergio, con fuerza. El chico se quedó sin aliento, con las palabras en la boca. El hombre sujetaba a Sergio por la espalda, mirándole de cerca, con la cara inmóvil. No decía ni palabra, ni parecía respirar.
- ¿Qué quieres? – dijo al fin, después de un buen rato en silencio, lleno de tensión, en el que Sergio creía que le iba a rajar el cuello.
- Sólo.... sólo quería que nos explicara qué estaba pasando.... – logró articular Sergio.
El hombre tardó otro medio minuto en soltarle, después de convencerse de que el chico no era una amenaza.
- Cuanto menos sepas mejor para ti.... – dijo, guardándose la cuchilla en una funda de cuero labrado que llevaba al cinto. Sergio se frotó el cuello, donde no tenía herida alguna.
- Queremos sobrevivir – replicó el chico, queriendo justificar su curiosidad.
El hombre le miró, con el rostro severo.
- No sé si alguno sobreviviremos a esto.... – dijo, fúnebre.
En ese momento, a su espalda, empezaron a sonar unos ruidos asquerosos. Eran chasquidos húmedos, golpes secos que ponían los pelos de punta. El hombre de negro y Sergio miraron hacia donde sonaban los ruidos, en el sentido que llevaba el anciano cuando andaba.
- ¿Qué es eso? – preguntó Sergio, en un murmullo aterrado.
- Creo que son kehipy, el número cinco – dijo el hombre, crípticamente.
- ¿Qué?
- Muévete si quieres vivir – replicó el hombre, volviendo sobre sus pasos. Sergio reaccionó al instante, siguiendo al trote al hombre de negro.
- ¿Qué es eso de kehipy? ¿Eso del cinco? – preguntó Sergio mientras trataba de alcanzar al anciano.
- Te lo explicaré luego, si corres lo suficiente y no haces que me maten – contestó el hombre, con su voz de cuervo, brusco.
Sergio optó por cerrar la boca.
Pronto llegaron hasta el cruce con el callejón, donde había muerto el lobo. Allí seguían Victoria y Roque, alumbrados por una linterna que el chico llevaba. Los dos estaban muy juntos, asustados. Los dos se alegraron mucho al ver volver a Sergio acompañado por el hombre. Victoria abrió la boca para hablar, pero el hombre de negro pasó a su lado sin detenerse, y la chica se quedó con la palabra en la boca. Sergio la cogió del brazo y le metió prisa.
- Vamos. No hay tiempo.
Los tres chicos trotaron detrás del anciano, que parecía volar sobre sus botas de cuero negro. Unos metros más adelante se paró de pronto, haciendo que Sergio chocara contra su espalda enjuta y llena de huesos.
- Demasiado tarde.... – murmuró el hombre.
Los terribles chasquidos que habían asustado a Sergio más atrás sonaban también delante de ellos.
- ¿Qué es eso? – preguntó Victoria, sollozando.
- Kehipy – contestó el hombre de negro. – Son como escorpiones, pero gigantes. Del tamaño de un potro....
Sergio abrió los ojos como platos.
- ¿Esa linterna funciona? – preguntó de pronto el hombre.
- Sí – dijo Roque, desafiante.
- Pues úsala, muchacho. La luz es nuestra mejor arma.... – dijo el hombre, agitando la pequeña antorcha, intentando traspasar la oscuridad con ella. Roque encendió su linterna y apuntó hacia adelante.
Entonces los vieron.
Eran cuatro escorpiones, negros y brillantes. Eran del tamaño de un perro grande, pegados al suelo. Tenían ocho patas articuladas, que eran las que emitían los horribles chasquidos. Un par de pinzas como de langosta estaban a ambos lados de la cabeza. Y remataban el cuerpo unas colas largas y móviles, acabadas en un punzón en punta de flecha.
Como la cola del diablo.
- Ahí están. Kehipy – murmuró el anciano.
Roque los apuntó con la linterna, haciendo que retrocedieran y se retorcieran. Pero eran animales muy grandes: la luz les molestaba, pero hubiesen necesitado una linterna más grande y más potente para causarles algún daño.
- ¿Qué hacemos? – suplicó Victoria.
- Rezar, mi niña – dijo el hombre, sacudiendo la antorcha sobre su cabeza, mientras se metía la mano derecha dentro del abrigo y sacaba una petaca grande de metal. – Rezar.
Abrió la petaca con un diestro movimiento de los dedos mientras pronunciaba unas raras palabras en un idioma desconocido, y bebió un trago largo. Sergio tragó saliva, aterrorizado, dando la mano a Victoria, que también temblaba como él.
El hombre de negro escupió entonces el contenido de su boca sobre el fuego de la antorcha, orientándolo hacia los escorpiones. Una llamarada de fuego amarillo surgió de la cabeza de la antorcha, regando a las espantosas criaturas. Los kehipy retrocedieron, asustados. Dos de ellos recibieron el fuego de lleno y empezaron a quemarse.
El anciano volvió a tomar un trago de la petaca y volvió a escupir, esta vez detrás de ellos. El fuego iluminó a otra media docena de escorpiones gigantes, dando de lleno a uno de ellos. Los demás se dispersaron, aterrorizados, emitiendo unos chillidos horribles.
- ¡Corred! ¡¡Corred por vuestras vidas!! – chilló el anciano, lanzándose hacia delante, volviendo a escupir sobre los kehipy que los cercaban por delante al pasar entre ellos. Los chicos le siguieron, a toda velocidad.
Corrieron sin parar, escuchando los chillidos de muerte de los escorpiones detrás de ellos. Pero parecía que el fuego del hombre de negro les había detenido. Los humanos corrieron hasta detenerse en una plaza del pueblo, fuertemente iluminada por varias farolas. Roque accionó la fuente y se mojó la cara y la cabeza, bebiendo luego largos tragos de agua. Sus amigos le imitaron.
El anciano soltó la antorcha, que cayó al suelo y siguió quemándose lentamente. Se apoyó en las rodillas y jadeó, intentando recuperar el aliento. Sergio le vio y se acercó a él.
- ¿Se encuentra bien? ¿Quiere agua?
El hombre le miró y asintió fuertemente, sin poder contestarle. El chico le ayudó a acercarse a la fuente y a beber agua de ella. Después de ocho largos tragos el anciano quedó saciado.
- Más me vale encontrarme bien, esto no ha terminado – dijo, con su eterno tono fúnebre. Después se dirigió a Sergio – Gracias.
- A usted.
- ¿De dónde han salido esos ke.... ke.... esos escorpiones? – preguntó Victoria.
El anciano volvió a mirar a los tres de forma valorativa, decidiendo si merecían saber lo que estaba pasando.
- ¿Sabéis guardar un secreto? – empezó. Los chicos asintieron. – ¿Y sabréis soportar la verdad? – agregó. Aquí los chicos no supieron muy bien qué hacer. El anciano sonrió por dentro, antes de seguir. – Esos kehipy se han colado en nuestro mundo desde otra dimensión, una demoníaca. Y no han sido los únicos.
- ¿Ese lobo también? – preguntó Sergio.
- Sí. Pero no es un lobo cualquiera, es un ujku. El número uno.
- Otra vez eso. ¿Qué es eso del número uno? – pidió saber Sergio.
El hombre de negro se irguió, mirando a los chicos otra vez. Su cara estaba seria, grave. Al fin suspiró, tomando otro trago de agua de la fuente y yéndose a sentar a un banco de madera del parque. Con la mano palmeó el asiento a su lado, invitando a los chicos a sentarse y escuchar.
- La biblia dice: “dejad que los niños se acerquen a mí”. Bueno, yo dejaré que los jóvenes se me acerquen. Quizá así logre rejuvenecer algo.... – bromeó el hombre de negro, sin sonreír. A lo mejor por eso a los chicos les costó cogerlo. – Os voy a contar algo que quizá no creáis. Yo no lo creí cuando me lo contaron por primera vez, y así me fue. Ojalá hubiese dado más crédito a la historia....
Los chicos se miraron, inquietos. Se dispusieron a escuchar.
- Existen otros mundos aparte de estos. Hay otros universos, infinidad de ellos. Los hay celestiales, los hay neutrales, hay otros como el nuestro (malo y bueno a partes casi iguales) y los hay demoníacos. Infernales.
“Y existe uno más infernal que el resto: se dice que, los seres verdaderamente malvados que habitan en las dimensiones demoníacas, al morir, van a parar a este universo.
“Satánix. Así se conoce a ese universo maldito, hogar del fuego y de la sombra, habitado por seres espeluznantes y malévolos.
- ¿Está insinuando que los seres que hemos visto provienen de ese universo? – interrumpió Roque. El hombre de negro le miró, serio, y Sergio creyó que se iba a enfadar y le contestaría. Pero no fue así.
- No lo insinúo, hijo, lo digo claramente. Los monstruos más terribles habitan en ese lugar, en ese tiempo. Y lo que hemos visto no es más que el principio.
“Se cuenta que los dioses y demonios del resto de los mundos quisieron acabar con aquel universo: Satánix era una amenaza para todos. Convocaron todos el poder que poseían y el de sus dimensiones para intentar destruir un mundo entero.
“Pero los seres de Satánix se defendieron. Se unieron, invocando la magia más oscura que el multiverso hubiese visto jamás. Y así nació el trece.
- ¿El trece?
- El monstruo más implacable de todos, la bestia más malvada, la más poderosa. La más terrible. Nadie sabe cómo es, pero sus maldades superan todo lo imaginable.
“La magia oscura lo creó y el trece fabricó su ejército con ella. Creó doce soldados diferentes, doce bestias brutales para confeccionar un poderoso ejército. Sus soldados se organizaron según un orden estricto: los ujku son  los primeros y los kehipy los quintos. Todos guardan su orden, hasta el último y más temible: el trece.
- ¿No tiene nombre? – preguntó Victoria.
- Claro que lo tiene. Él mismo se lo puso. Pero no debe pronunciarse, no puede pronunciarse sin sufrir terribles tormentos. Por eso las leyendas hablan del trece, nada más. Y hablar de la llegada del trece es hablar del apocalipsis.
Los chicos se miraron unos a otros. La historia parecía sacada de una mala película de serie B, pero el anciano había sido muy claro antes de contarla: lo que les decía era real. Además, todos habían visto al lobo y los escorpiones.
Y si el anciano decía la verdad, lo que estaba pasando en Castrejón era algo bastante gordo.
- ¿Y qué podemos hacer para que ese trece no llegue aquí? – preguntó Roque.
- No es ese trece. Es el trece – corrigió el hombre de negro, serio. – Hay que impedir que entre en nuestra dimensión. Cerrar el portal que une Satánix con nuestro mundo.
- ¿Y ese portal? ¿Dónde está?
- Tiene que estar en el pueblo. Las bestias de Satánix han estado atacando a la gente de aquí, y a la de los alrededores.
- ¿Ha habido más muertes? – se escandalizó Victoria.
- Por supuesto – fue la cortante respuesta. – Si los kehipy ya están aquí significa que los chimvet, los ailigedar y los tanjing también han cruzado el portal. Son el dos, el tres y el cuatro. ¿Cuánta gente ha muerto en el pueblo?
- Cuatro personas – dijo Sergio, sumando a Alicia a los cadáveres de Ramón, Ildefonso y Fuencisla.
- Al menos ha habido otra muerte más – dijo Roque, pensando en que los kehipy eran el número cinco.
- Ha habido más – respondió el anciano, con seguridad. – Al menos el número seis y el número siete también han salido.
- ¿Ya han salido siete? – se asustó Sergio. Eso les dejaba más cerca del trece.
- Una gulslange ha matado esta misma noche a una pareja de novios – aseguró el anciano, y los chicos no quisieron preguntar qué terrible monstruo era ése. – Y creo que el número seis, un chapadla, fue quien mató a la que llamáis Fuencisla.
Los tres amigos tragaron saliva a la vez.
- ¿Cómo sabe usted todo eso? ¿Cómo está tan seguro? – preguntó Roque, y Sergio se asustó de veras. Su amigo, siempre tan tranquilo y práctico, estaba aterrorizado. Y se le notaba.
- Solamente hay que saber ver.... – contestó, enigmáticamente.
- ¿Ver?
El anciano guardó silencio un rato más.
- Cuando salí del seminario, hace más de cincuenta años – explicó, desabrochándose el cuello del abrigo de paño y bajando las solapas, dejando ver la camisa negra que llevaba debajo y el blanco alzacuello. Los chicos se asombraron aún más – me marché de misionero a Suramérica. Estuve varios años viviendo en la selva, ayudando a los indígenas que allí vivían a encontrar a Cristo. Estaba terriblemente equivocado – dijo, meneando la cabeza con pesar. – Pero bueno, era lo que yo había aprendido en el seminario. Pero allí, en la selva, aprendí que había poderes más poderosos y más terrenales que los de Dios. Poderes de este mundo y de otros.
“Conocí a diversos chamanes, que estaban en comunión con la Naturaleza, con los fantasmas, con los espectros y con el más allá. Fui su discípulo y ellos me enseñaron a ver. A ver con la mente, con el corazón. A ver más allá.
“Cuando volví a España seguí usando mi tapadera de sacerdote para seguir con la misión que había aceptado en la selva: proteger este mundo de los otros, de los espectros que se cuelan aquí al morir la gente, de los fantasmas que viajan desde otras dimensiones para atormentarnos. Y llevo luchando contra manifestaciones ectoplásmicas y poseídos toda mi vida.
“Por eso sé que ha habido más muertes. Sé que siete han salido del portal, que sólo quedan cinco soldados por entrar en nuestra dimensión. Y que después de ellos llegará el trece.
Los tres amigos se quedaron en silencio, digiriendo toda la nueva información. Ahora veían con nuevos ojos a aquel hombre, que les había salvado la vida y seguía luchando por salvársela a más gente.
- ¿Y qué podemos hacer para vencer al trece? ¿Para evitar que llegue aquí?
- Hay que cerrar el portal. Es la única solución.
- Pero no sabemos dónde está.... – dijo Victoria.
- Tenemos que encontrarlo – dijo el anciano, y los tres notaron la prisa en su voz. Y no fue nada tranquilizador. – Si el trece entra en esta dimensión ya no habrá nada que hacer. Será imparable.