jueves, 10 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 16

- 9 + 16 -
  
La caravana de coches que salía de Villatercia de Siena avanzaba despacio. Eran muchos vehículos, todos tenían prisa, y ocupaban los dos carriles de la estrecha carretera comarcal. Marta y Ángela Aguilar Sastre iban en cabeza, montadas en el Nissan, por el medio de la carretera, a un ritmo lento y constante.
Querían evitar accidentes y que la situación se descontrolara: la gente estaba muy nerviosa. De aquella manera todos los vecinos de Villatercia (los que quedaban con vida o con la suficiente fuerza como para conducir su coche) estaban saliendo del pueblo de una forma más o menos ordenada. Los pitidos de los claxon y los acelerones sonaban detrás de ellas, pero por ahora se mantenía el orden.
- Están haciendo demasiado ruido.... – musitó Marta, mirando con aprensión por el espejo retrovisor.
- ¿Y qué más da? Ese monstruo estará muerto.... – comentó Ángela Aguilar, con tono poco convencido. Marta no las tenía todas consigo. – No hay peligro.... ¿O crees que los que han salido volando en todas direcciones pueden atacarnos?
Marta no estaba segura. Creía que no, y así se lo hizo saber a su compañera, pero no estaba segura. Imaginaba que los otros demonios, los otros generales anäziakanos estarían ocupados sembrando el caos y la muerte en otros pueblos de la comarca, poco preocupados por acechar a la comitiva de coches que ellas lideraban. Pero temía al demonio de dos torsos que habían dejado atrás.
Los pitidos de los coches aumentaron de frecuencia y de volumen. Hubo un momento en que pareció que toda la fila de coches tocaba la bocina. Marta se giró en su asiento, extrañada. Aquello era excesivo.
Los dos coches que llevaban detrás, dos todoterrenos, se pegaron demasiado a su Nissan, con prisas, tocando también el claxon y dando las largas.
- ¿Pero qué pasa? – preguntó Ángela Aguilar Sastre, molesta y enfadada. Marta bajó la ventanilla de su lado y sacó medio cuerpo fuera, alzándose, intentando ver lo que ocurría hacia atrás. En ese mismo momento escucharon el ruido de carrocería y cristales rotos.
- Ha habido un accidente.... – musitó Marta, horrorizada. Ángela Aguilar redujo la marcha, inconscientemente.
Los pitidos de los coches se hicieron más insistentes y se empezaron a escuchar gritos de la gente, metiendo prisa. Marta escuchó más ruido de metal retorciéndose, así que se levantó del todo y quedó sentada en el marco de la ventanilla, con prácticamente todo el cuerpo fuera, mirando hacia atrás.
Y fue así como logró verlo.
Al final de la larga fila de coches, el demonio de dos cabezas saltaba de vehículo en vehículo, aplastándolos o atravesando el techo, para sacar de ellos a los humanos y lanzarlos al campo, las mejores veces. A otros los mataba a mordiscos.
Los coches empezaron a acelerar, algunos incluso cruzando las cunetas para huir campo a través. Los coches más grandes o con tracción a las cuatro ruedas pudieron pasar las anchas cunetas y acelerar por las tierras, pero los coches normales quedaron atascados. Allí fueron víctimas fáciles de la furia sangrienta del demonio. Cundió el caos.
- ¡¡Acelera, acelera, acelera!! – gritó Marta, mientras los coches de detrás las golpeaban, intentando huir de aquel ataque. Ángela Aguilar obedeció y el Nissan voló sobre el asfalto, seguido por los coches del principio de la comitiva, a salvo aún del ataque del demonio.
Marta lo comprendió al instante. No se estaban enfrentando a un animal o una bestia de inteligencia rudimentaria. Aquel demonio era extremadamente inteligente, era un general del ejército de Anäziak. Había simulado su muerte de una forma un tanto extraña, pero convincente, para hacer salir a todas sus posibles presas humanas y tenerlas a mano en el mismo sitio.
Y ellas se habían dejado engañar.
A pesar de tener sus dudas, Marta se había dejado engañar por aquel maldito demonio. Se sintió responsable inmediatamente de todas las muertes que estaban ocurriendo en la carretera en aquel momento.
El demonio saltaba de coche en coche, corriendo brevemente por la carretera cuando sus objetivos estaban demasiado alejados. Ya no se preocupaba de comerse a los humanos, simplemente trataba de aplastar los coches o volcarlos, sacando a veces a los ocupantes para matarlos de un mordisco o quebrándoles la espalda con los cuatro brazos. Si no fuese tan repulsivo, Marta habría admirado la atlética forma de correr del demonio, girando sobre sí mismo  para alternar los dos torsos y que fuesen hacia adelante cada rato uno. Era atractivo e hipnotizante.
Los coches que seguían de cerca al Nissan de la Guardia Civil lo adelantaron, pasando muy pegados. Marta sintió muy cerca el que las adelantó por su lado. Un choque brutal sonó al fondo de la caravana: dos coches habían chocado al intentar huir, quedando destrozados. Los que venían detrás no pudieron esquivar el accidente y se sumaron a él. El demonio pasó por alto aquel desastre: al parecer ya le resultaba demasiada carnicería para unirse.
El siguiente coche que adelantó al Nissan lo hizo muy ajustado y les golpeó por el lado izquierdo, cerca del morro. Ángela tuvo que girar bruscamente el volante hacia la derecha, para mantener el control. Marta, que seguía fuera del coche, sentada en la ventanilla, se agarró como pudo al agarre que había por dentro, sufriendo sacudidas con los movimientos del coche. Estaba aterrorizada.
Ángela volvió el volante hacia la izquierda, para compensar el volantazo hacia la derecha, acercándose peligrosamente a la cuneta. Entonces el coche que venía por detrás las golpeó violentamente en la parte trasera, haciendo que el Nissan saliese despedido hacia la cuneta.
Marta se sintió ingrávida. Lo recordaría luego y se sorprendería por lo lento que le había parecido que ocurría todo. El Nissan voló hacia la cuneta y acabó cayendo con el morro por delante hacia el terraplén más alejado de la carretera. Chocó frontalmente allí, haciendo que Marta saliese volando del coche (al fin y al cabo estaba más fuera de él que dentro), pasando por encima de él mientras el Nissan daba una vuelta de campana, sobre el morro. Marta aterrizó echa una bola en el campo polvoriento lleno de hierba amarillenta que había al lado de la carretera, rodando entre la tierra endurecida por las inclemencias del verano y las rocas puntiagudas, a la vez que el Nissan caía sobre su techo, aplastándose y resbalando por el mismo terreno, unos quince metros.
Marta se puso a gatas, mirando con ojos extraviados al Nissan volcado y los coches que pasaban como balas por la carretera. Le dolía la espalda y el codo derecho, que hacía que el dolor se le transmitiera hacia la mano. Aún así se puso en pie, algo vacilante, pero no se cayó ni se mareó. Los coches seguían pasando como balas por la carretera, adelantándose, tocando el claxon. Doscientos metros más adelante dos coches chocaron y salieron hacia el mismo lado de la carretera que ella: sobrepasaron la cuneta y cayeron dando vueltas de campana, en una extraña danza. Marta se llevó la mano al codo derecho (cada vez le dolía más y se le estaba durmiendo el antebrazo, hasta los dedos) y notó una herida aparatosa y mucha sangre. Imaginó que se había golpeado contra alguna de las rocas que sobresalían por el campo.
Con paso deliberadamente lento se acercó hasta el Nissan y se agachó (notando una punzada de dolor en la parte baja de la espalda) hasta la ventanilla del conductor, para ver cómo se encontraba Ángela. Un reguero de sangre empapaba el techo y salía hacia la hierba, lo que no era muy buena señal.
Ángela Aguilar Sastre seguía atada al asiento, gracias al cinturón de seguridad. Colgaba de él cabeza abajo, con la cara llena de sangre. Parecía que tenía la cabeza destrozada, de donde goteaba la sangre que empapaba el techo y regaba el campo de hierba de fuera.
Marta se levantó, sintiendo una pena lejana y nebulosa. Sintió dolor en el cuello cuando se estiró y se apoyó en el costado del Nissan volcado, para evitar marearse y caerse.
El demonio pasó por la carretera en ese momento. Saltó del techo de un coche hasta el de otro, aplastándolo y atravesándolo con una mano llena de garras para atrapar la cabeza de uno de los viajeros de los asientos traseros.
Marta se encogió, para esconderse tras el Nissan accidentado, llevándose instintivamente la mano a la espalda, buscando la pistola que Sole le había dado hacía un par de días (y que parecía hacía cien años). No la encontró allí.
Se sobresaltó y miró hacia la parte del campo en la que había aterrizado, buscándola con la mirada. Era curioso: hacía un par de días no quería tener un arma cerca y en ese momento sentía que la necesitaba y se asustaba por haberla perdido.
Caminó por la zona, buscando la pistola cargada con balas de plata, mientras por la carretera seguían huyendo coches, aunque cada vez menos y muy separados. Para cuando Marta encontró su pistola (apenas le llevó un par de minutos) la carretera estaba despejada.
Con la pistola en la mano, Marta volvió a la carretera. Estaba prácticamente desierta. Había un parachoques roto caído en el asfalto, algún resto de sangre, cristales rotos, un par de cadáveres y un coche unos treinta metros hacia atrás, con el morro en la cuneta derecha.
No había ni rastro del demonio, Marta podía imaginárselo entretenido con los coches que seguían huyendo, a los que se oía en la lejanía. Marta no dudó ni por un instante que aquello sólo era un entretenimiento para el demonio, que realmente lo que le interesaba era volver al portal. Marta no sabía por qué lo sabía, pero lo sabía con total certeza.
Quizá fuese una corazonada.
O intuición femenina.
Le daba igual. Después de lo que había visto, no tendría problemas en creer en cosas que no comprendía.
Marta se encaminó al coche accidentado que estaba por detrás del accidente del Nissan. Al andar notaba el dolor en el cuello y en la base de la espalda, pero no tenía problemas para moverse. El antebrazo derecho estaba cubierto por un incómodo hormigueo, pero tampoco tenía problemas para usar la mano. Podría conducir.
Llegó al coche (un viejo Citroën Xantia) y comprobó que el conductor estaba muerto. Abrió con cuidado la puerta del conductor (estaba prácticamente sobre la cuneta) y tiró el cuerpo fuera. De un salto se subió al asiento, notando que estaba manchado de sangre, aunque no la importó. Solamente le molestó lo pegajoso que estaba el asiento. Arrancó el coche, que lo hizo agónicamente y después de tres intentos, y luego lo aceleró al máximo, para sacarlo del precario equilibrio sobre el que se encontraba en la cuneta. Marcha atrás lo colocó en la carretera y después condujo hacia adelante, siguiendo sin prisas a la comitiva, muy alejada de ella.
Quizá el demonio diese la vuelta y la encontrase, viajando en aquel coche cochambroso y accidentado, a punto de detenerse por completo, armada solamente con una pistola a la que le quedaban, en el mejor de los casos, siete u ocho balas de plata.
Pero le daba igual.
Es más, casi lo prefería así.
A Marta no le importaba verse envuelta en un enfrentamiento en el que solamente uno de los dos (o el demonio, o ella) saliese vivo.


martes, 8 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 15



- 9 + 15 -
 
Se despertó, saliendo de la inconsciencia con dificultad, como si tuviese que atravesar una piscina llena de gelatina. Le dolía todo el cuerpo y el esfuerzo por salir del mundo de los sueños le provocó más dolor de cabeza.
Al principio no supo dónde estaba, pero supo que estaba tendido en el suelo, al lado de una casa de piedra. Se puso a gatas, notando que la cabeza le latía con mucha fuerza, provocándole un pinchazo doloroso con cada latido. Notaba el lado derecho de la cara dormido e hinchado y sintió un escalofrío cuando se lo tocó. Palpando con la lengua notó que le faltaba una muela de la mandíbula inferior. Jugueteó con la lengua en el hueco de la dentadura, sin sentir dolor, sin sentir nada: todo el lateral de la cara estaba dormido.
Escupió sangre entre sus manos, apoyadas en el suelo. Se miró el resto del cuerpo: tenía la gabardina totalmente arrugada, pero no había restos de sangre. Le dolía todo el cuerpo (salvo el lado derecho de la cara) pero parecía que solamente era por el cansancio: no tenía nada roto.
Vio su sombrero, hecho un guiñapo, tirado en medio de la calzada. Se llevó la mano a la cabeza, confundido, y no lo encontró allí, por supuesto. Cuando se tocó la sien izquierda notó una punzada de dolor, y retiró los dedos inmediatamente. Estaban manchados de sangre.
Justo recordó entonces todo lo que le había pasado desde que llegara a Veguillas de Siena. El incendio. La gente en la calle. El demonio monstruoso. La pierna humana arrancada. Miguel Aldea López aplastado como una fruta demasiado madura. El golpe del demonio y su posterior viaje por el aire. El aterrizaje contra la pared.
Justo se llevó otra vez la mano a la sien izquierda, notando otra vez el escalofrío de dolor. La mano se llenó de sangre. Al parecer tenía ahí una herida considerable.
Se puso en pie, usando para ello toda su fuerza de voluntad. Escupió sangre otra vez cuando estuvo erguido totalmente, notando un mareo repentino. Logró mantener la vertical, pero no pudo reprimir el vómito. Cayó entre sus pies, manchándole los zapatos.
Pero no le importó. ¿Qué eran unos zapatos sucios al lado del fin de su mundo?
Caminó como un anciano, con pasos vacilantes, hasta su sombrero. Con mucho cuidado, manteniendo el torso erguido, se agachó hasta el suelo y lo recogió, poniéndoselo en la cabeza, cuidando de que el fieltro tapase la brecha. Esperaba que el sombrero sirviese para taponar la hemorragia. Se tocó el lado izquierdo de la cara y notó la sangre pegajosa que lo cubría. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la gabardina y se limpió como pudo, sin verse. Una vez terminada la limpieza, tiró el pañuelo al suelo, echando a andar.
Le pareció irónica y demasiado manida la idea de morirse justo cuando estaba a punto de jubilarse. Era un cliché de las películas de policías....
Al cabo de unas docenas de pasos se sintió más seguro sobre sus pies y acabó andando de manera normal, hasta que se detuvo junto al muro del corral donde se habían enfrentado al demonio anäziakano. Tragó saliva y lo bordeó, volviendo a las ruinas cubiertas de hierbas amarillentas.
Y sangre. Había muchísima sangre.
Salvando su repulsa y las náuseas, Justo se acercó hasta el cadáver aplastado del guardia civil. Era irreconocible. Con una honda pena, miró alrededor. Al alcance de la mano tenía el rifle, pero no era eso lo que buscaba. Justo había perdido la barra de plata y buscaba una nueva arma, sólo que un rifle de asalto no estaba entre sus preferencias. Venciendo sus escrúpulos, intentando convencerse de que hacía aquello (que su viejo cerebro denominaba como “rastrero”) por su supervivencia y para lograr vencer a aquellos demonios, buscó entre la hierba y la sangre la pistola automática del guardia civil.
Al fin la encontró, cubierta de sangre, entre los restos del pantalón de Miguel y parte de su cadera. La tomó con cuidado, sacudiendo la sangre y lamentando haber tirado el pañuelo antes. Limpió como pudo el arma en la hierba seca y se la metió en el bolsillo de la gabardina, saliendo del viejo granero a toda prisa.
Sus dedos se enredaron en una cadena pequeña y fina. La cogió y la sacó del bolsillo, sin saber qué era. Con sorpresa recordó el colgante protector que el padre Beltrán le había entregado al salir de la tienda de Jonás. En aquel momento le había parecido una tontería, pero entonces, en aquel pueblo perdido de la comarca de Concejos de Siena, le pareció importantísimo. Se enredó la cadenilla en torno a la muñeca derecha y dejó el colgante por la parte interior.
No se molestó en buscar al demonio. Sólo Dios (o quienquiera que estuviese en la dimensión que controlaba todas las demás, desde que había conocido al padre Beltrán no estaba seguro de casi nada) sabía dónde andaría o qué estaría haciendo. Estaba fuera de su alcance.
No. Justo se encargaría de lo que podía hacer. Por eso fue en busca de su coche, cada vez más sereno y dueño de su cuerpo, aunque lo sentía vapuleado y dolorido como después de una intensa sesión de máquinas y pesas en el gimnasio.
Llegó hasta el R-11, se montó en él con un quejido (notó dolor en las rodillas al sentarse) y se recostó en el asiento, sólo durante un momento. Cerró los ojos, con agradecimiento, mientras respiraba intentando calmar el malestar físico de su cuerpo. A punto estuvo de quedarse allí y dejar pasar la noche, pasara lo que pasase.
Cuando los abrió se miró en el espejo retrovisor. Tenía toda la parte derecha de la cara tumefacta, sobre todo en la mandíbula. Su cara era más asimétrica que de costumbre, con media cara hinchada. Se fijó también en el sombrero, que se había teñido de rojo en la sien izquierda. La sangre seca lo teñía por completo y tendría que tirarlo, pero había cumplido su función: la sangre ya no le chorreaba cara abajo.
Tanteó en busca de las llaves y arrancó el viejo coche, que después de tantas aventuras seguía aguantando. Como él. Dos viejos agentes en su última misión.
Al menos esperaba que fuese la última no porque acabaran destrozados, sino porque los dos se jubilarían al acabar.
Siempre y cuando el Príncipe, sus Ocho Generales y el resto de los demonios anäziakanos que vendrían después no conquistasen su universo.
Condujo el R-11 hacia las afueras del pueblo, sin pensar muy bien dónde ir. Su instinto le hizo conducir de vuelta a Siena del Sil y Justo no tuvo nada que objetar.
Condujo por la carretera solitaria, con los faros de cruce, hasta que cayó en la cuenta de que no iba a molestar a nadie en aquella carretera desierta. Con cierta satisfacción, desterrando la oscuridad, conectó las luces largas.
Abrió los ojos como platos cuando reconoció la enorme forma que había delante de él en la carretera: era el demonio gigantesco parecido a un troll de cuento de hadas.
Caminaba con tranquilidad por la carretera, también de regreso al portal. Caminaba sin prisas, ajeno a todo lo de su alrededor.
Quizá fue por eso, por esa tranquilidad e indiferencia ante lo que había hecho en Veguillas de Siena, por lo que Justo aceleró a tope el R-11, sin importarle lo que le pudiese pasar al coche o a sí mismo. Se echó encima del demonio y lo embistió.
En el último momento el demonio se apartó y el R-11 sólo lo rozó, haciendo que la carrocería chirriase. El demonio se quejó, con un mugido molesto, y echó a correr, a grandes zancadas, para alcanzar al coche que volaba sobre el asfalto. Con sus grandes piernas no tardó en hacerlo.
Justo vio al demonio al lado de su coche, corriendo a la par. Presa de la rabia, el veterano agente buscó la pistola del guardia civil en el bolsillo de su gabardina y disparó a la criatura a través de la ventanilla del acompañante. La Roseta penduló, colgada de su muñeca. El cristal voló en pedazos y la bala de plata se enterró en el enorme y musculoso brazo de la bestia. 
El demonio gritó de dolor, refrenando su carrera. Justo lo miró por el espejo retrovisor con regocijo. Dejó la pistola en el asiento de al lado y apretó el acelerador, apretando los dientes a la vez (sintiendo dolor en el hueco de la muela, por fin), notando que la sangre volvía a fluir en su boca.
Aceleró para llegar al portal antes que el demonio. Tenía una corazonada nada tranquilizadora.

domingo, 6 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 14

- 9 + 14 -

Los Cármenes era un pueblo fantasma.
El demonio que había aterrizado allí era uno de los generales más sanguinarios del Príncipe de Anäziak y lo había demostrado matando a todos los habitantes del pequeño pueblo, alimentándose con su carne y esparciendo los huesos y demás restos por todas partes.
El compañero de Mónica Argüelles Martín, el guardia civil que la acompañaba y que había conducido el Nissan hasta allí, no había durado mucho tiempo. Se llamaba Eduardo Herrera García, y no había llegado a ver la criatura que lo mató.
Eduardo Herrera García había conducido el coche hasta el interior del pueblo, donde una pequeña iglesia ardía por los cuatro costados, con altas y belicosas llamas rojas, con un tinte rosado. Habían visto y pasado por encima de multitud de restos humanos y las calles estaban cubiertas de sangre.
Eduardo Herrera García miró a Mónica Argüelles, esperando alguna emoción en su cara. Pero se quedó defraudado. La mujer miraba alrededor, desde detrás de sus gafas cuadradas, sin cambiar la cara. Podía estar asustada, horrorizada o asqueada, pero no lo demostraba. Sin embargo, no dejaba de mirar alrededor, como queriéndolo ver todo. Eduardo imaginó que estaba afectada.
Eduardo Herrera García detuvo el Nissan frente a la iglesia en llamas y apagó el motor. Miró a su compañera antes de bajar y Mónica lo miró a él, asintiendo en silencio. Parecía que a aquella mujer no le afectaba nada.
El guardia civil suspiró y bajó del coche, pensando en algo que decir para relajar el ambiente, para reconfortar a su compañera (si es que necesitaba ser confortada), para animarla.
Pero no pudo llegar a decir nada.
Cuando salió del vehículo y cerró la puerta, el general anäziakano lo agarró con una de sus pinzas por la cintura y lo partió por la mitad. Los dos pedazos de Eduardo Herrera García cayeron al suelo y el hombre murió al instante.
Mónica escuchó el ruido del tijeretazo y avanzó hacia el morro del Nissan (era tan bajita que no veía nada desde el otro lado). Allí pudo ver el demonio que había aterrizado en aquel pueblo.
Y al final su cara sí que cambió.
El demonio era del tamaño de un potro, de color marrón con listas negras, y con diez o doce pares de patas, anchas y duras, como las de un insecto o un ciempiés. Tenía un rostro humano sobre un apéndice bulboso que le sobresalía en la parte anterior del cuerpo y dos pinzas enormes le colgaban debajo de él.
El demonio sonreía, dejando ver los colmillos afilados que le llenaban la boca. Sin ver a Mónica (parcialmente tapada por el coche) se inclinó hacia adelante y empezó a devorar el cuerpo de Eduardo Herrera García.
Mónica no pudo más. Retrocedió lentamente hacia su puerta y subió al coche, quedándose sentada en el asiento del copiloto, rígida. Sólo se movió para cerrar la puerta.
Estaba muy asustada. Estaba así desde que habían visto al poseído en Burgos, rodeado por todos sus seguidores hipnotizados. Estaba aterrorizada, superada por la situación. Pero era una mujer reservada, que no exteriorizaba nunca sus sentimientos y sus estados de ánimo. Por eso había parecido fría y serena a los ojos de los demás.
Y en parte era así. Estaba asustadísima, pero había ido allí a trabajar con su amiga Marta, a ayudarla en lo que pudiese. No podía rendirse sólo porque a lo que se enfrentaban le daba miedo.
Estaba claro que era muy diferente enfrentarse a todos aquellos seres paranormales desde la “Sala de Luces”, o desde las “salas de discusión” en las que había trabajado cuando formó parte de algún equipo de apoyo. Ahora estaba en el mundo real, frente a frente con los entes del más allá. Y eso acojonaba.
Mónica decidió moverse. No podía quedarse en el Nissan mientras el demonio seguía devorando los restos del guardia civil, mientras escuchaba cómo sorbía la sangre, cómo arrancaba pedazos de carne y cómo quebraba los huesos. Así que, con mucho cuidado, pasó desde el asiento del copiloto al asiento del conductor, por encima de la palanca de cambios. Su corazón latía desbocado bajo sus abultados pechos.
Cuando estuvo sentada en el asiento correcto, delante del volante, pudo ver por la ventanilla la grupa de aquel horrible monstruo, que se movía mientras comía. Palpó en busca de las llaves y dio gracias a Dios porque estaban puestas. Notando que el sudor le caía a ambos lados de la cara, ajustó el asiento, notando que el mecanismo hacía un ruido atronador como de cremallera. Sin embargo, el demonio no lo escuchó y siguió devorando a su presa. Mónica suspiró, aliviada.
Acumulando fuerzas y decisión, giró la llave y el motor arrancó. Entonces el demonio sí que se sobresaltó, levantando la cabeza. Su cara quedó a la altura de la ventanilla. Por un momento, la humana y el monstruo se miraron a los ojos, cada uno a un lado de la ventanilla, hasta que la criatura sonrió, golosa.
Golpeó el cristal, haciéndolo añicos, que cayeron sobre Mónica, cubriéndole el pelo, el busto y las piernas. La mujer chilló, asustada, y aceleró, saliendo de allí a toda velocidad, dejando el demonio detrás. Por el espejo retrovisor vio que se inclinaba de nuevo para seguir devorando los restos del hombre que acababa de matar.
Mónica Argüelles no sabía por dónde habían venido, así que dio vueltas al pueblo hasta encontrar una carretera que salía de él. Ni siquiera se fijó en que aquella carretera sólo la llevaría hasta Torillos de Siena: tan sólo la reconfortaba el hecho de haber dejado atrás al demonio.
Condujo cerca de quinientos o seiscientos metros, notando que su corazón se relajaba poco a poco, pasando de un galope tendido a un trote medio. Entonces el demonio apareció reflejado en el espejo retrovisor del interior, saliendo de la oscuridad que dejaba detrás. La mujer chilló, pudiendo hacer poco más.
El demonio embistió al Nissan, golpeándolo con el lomo. El coche salió despedido hacia adelante, derrapando y perdiendo el control, dando bandazos. Mónica consiguió dominarlo al final, acelerando de nuevo para perder de vista a la criatura.
Pero el general anäziakano era muy veloz con sus numerosas patas. Galopó tras el coche y se puso a su lado. Mónica giró el volante, para tratar de golpearlo con el costado del coche, pero el demonio se apartó veloz, batiendo sus patas. Volvió a acercarse al costado del coche y lanzó un tijeretazo a la rueda, con una de sus grandes pinzas, como de cangrejo.
El neumático de la rueda no aguantó y sufrió un corte. El aire salió al instante y el Nissan se ladeó hacia ese lado, con la llanta en el suelo. Mónica perdió definitivamente el control del coche y cayó en la cuneta, dando una vuelta de campana.
El demonio retrocedió hacia las sombras, despareciendo. Mónica salió al cabo de un instante, por la luna delantera reventada. Estaba cubierta de pequeños cortes, tenía una brecha amplia en la sien izquierda y le dolía horrores la mano de ese lado: creía que se había roto la muñeca.
Subió a trompicones la cuneta, desorientada, agarrando con fuerza una palanca de acero cubierta con un baño de plata. Buscó en todas direcciones al demonio, pero no lo vio, así que siguió con paso vacilante por la carretera, alejándose de allí. Le dolían las piernas, había sufrido un golpe en ellas, pero no las tenía rotas ni luxadas. Al menos podía andar con ellas.
El demonio se acercó a ella desde la oscuridad, maullando como un gato infernal. Mónica se giró, con mirada demente, y blandió la palanca. El demonio se frenó en seco y rió, acechando a la mujer. Giró a su alrededor, agazapado, sin dejar de sonreír, malvado. Mónica no lo perdió de vista, con la palanca por delante. Al cabo de un rato, el demonio retrocedió, hacia la oscuridad.
Mónica lo miró (sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y podía diferenciar el bulto agachado del monstruo) y siguió su camino, sin perderlo de vista, marcha atrás.
El demonio la siguió, jugando con ella, acercándose de repente con cortas carreras, para ponerla en guardia, alejándose al instante justo después. Siempre se quedaba en el límite de la oscuridad donde Mónica podía distinguirlo. Parecía que lo hacía intencionadamente.
Y Mónica estaba segura de que era así. No había más que verle el rostro, oírle reír con sus maullidos de gato. Quería acosarla, volverla loca, reírse de ella. Por eso no quería que lo perdiera de vista.
Mónica siguió su camino, cada vez con menos fuerzas, rompiendo a llorar en silencio.
No estaba segura de poder sobrevivir a aquella cacería....

* * * * * *

Daniel también lloraba.
Caminaba solo por la carretera que unía Torillos de Siena con Los Cármenes, desde que Gabriel Román Trimiño se había quedado tendido en el asfalto, sin fuerzas. Además, le dolía el brazo seccionado y unos ominosos pasos le seguían por la carreta, en la oscuridad.
Hacía poco más de un kilómetro que Gabriel Román Trimiño se había desplomado en el suelo. Durante todo el camino no había dejado de toser, escupiendo sangre. Daniel se había temido que el golpe del demonio con cabeza de cubo de hormigón le hubiese roto algo por dentro a su compañero el guardia civil.
Y así había debido ser. Después de caminar juntos por la carretera a oscuras durante un buen rato, el guardia civil no había podido respirar más y había caído al suelo, medio inconsciente. Daniel intentó reanimarle, pero supo que el golpe le estaba desangrando por dentro y nada se podía hacer. Cogió el fusil G36 del guardia civil y siguió su camino.
Poco después empezó a escuchar los pasos. Venían detrás de él, ni muy cerca ni muy lejos. Parecían de algo muy pesado y con cada paso algo duro chocaba contra el asfalto. Daniel estuvo un largo rato devanándose los sesos para intentar averiguar qué era aquello.
Pom-Click, Pom-Click, Pom-Click.... golpe pesado y chasquido al mismo tiempo, durante algo más de un kilómetro, hasta que fue consciente de lo que era.
Un animal pesado con garras caminando sobre el asfalto. El demonio que los había atacado le seguía ahora por la carretera.
¿Por qué les había dejado vivos en el pueblo para luego seguirlos en la oscuridad? No lo entendía....
Entonces vio algo frente a él. Toda la carretera estaba a oscuras, así que sólo intuyó una forma que se acercaba por la carretera. Levantó como pudo el fusil con el brazo derecho, echando de menos el izquierdo, como varias veces hasta entonces (y más que lo iba a echar de allí en adelante, si es que sobrevivía a aquella noche). Apuntó a la forma que se acercaba en la oscuridad, temblando de miedo. Los pasos a su espalda se habían detenido.
- ¿Mónica? – preguntó, alucinado. De veras le parecía ella, cuando estuvo más cerca y sus ojos pudieron reconocer sus formas voluptuosas.
- ¡¡Daniel!! – le contestó la sombra, con voz alegre. Su amiga (ahora estaba seguro de que era ella) corrió hacia su encuentro.
Pero los dos amigos no volvieron a encontrarse. El demonio que seguía a Mónica (Daniel lo vio entonces, una especie de potro de muchas patas, con pinzas de cangrejo en el frente) dio una corta carrera, alcanzó a la mujer, la agarró por la cintura con una de sus pinzas y apretó con fuerza.
A Mónica los ojos se le abrieron como platos y la sangre salió de su boca a borbotones, antes de que fuese partida por la mitad, con un chasquido. Todo duró un segundo.
Daniel gritó, sin saber muy bien qué es lo que decía. Levantó el fusil, mientras lloraba y seguía gritando, intentando sostener el arma con la mano derecha solamente y apuntar al engendro que se cernía sobre el cadáver de su amiga, sin decidirse todavía si empezar a comérselo o seguirle sonriendo a él, macabramente.
A su espalda escuchó el bufido ya conocido por él. Se giró ligeramente y miró con el rabillo del ojo cómo el demonio con pinta de caballo enorme y cabeza cilíndrica se acercaba a él desde la oscuridad impenetrable. Bufó o relinchó, o lo que fuera aquel sonido extraño entre caballo y ballena, y se quedó mirando al humano.
Daniel lanzó miradas alternativas entre un demonio y otro, sin poder decidir cuál de ellos era más horrible o a cuál odiaba más. Se preguntó por qué habría querido ser investigador de campo, por qué habría querido salir de la seguridad de la “Sala de Luces”, por qué habría querido ver en la realidad todo aquello que sonaba a magia en la central.
Ahora no sabría responderse.
El demonio que tenía a la espalda echó a caminar, con calma. Daniel se giró totalmente hacia él, vigilando ahora con el rabillo del ojo al ciempiés gigante que tenía tras él. Echo de menos (otra vez) su mano izquierda, con la que podría haber sujetado el fusil y haber empuñado el machete, que descansaba inútil asegurado por el cinturón de los vaqueros.
El otro demonio, el que había matado a Mónica, también se puso en movimiento, acercándose. Los dos caminaron hacia donde estaba Daniel, pero no se encontraron en el mismo punto que el humano, sino unos metros a su lado, en la otra cuneta de la carretera. Los dos demonios se saludaron con movimientos de cabeza y unas palabras que Daniel no entendió. Después se volvieron para mirarle.
Daniel no tuvo dudas de la inteligencia de aquellas miradas. Podían parecer animales, bestias más bien, pero tenían una inteligencia superior, parecida a la del hombre. Lo que incluía maldad y crueldad.
Los dos demonios le sonrieron, divertidos, macabros. Daniel apretó la empuñadura del fusil, notando que el brazo le temblaba. Se cansaba de sostenerlo con el brazo extendido.
- Utzi. Princ ocekuje....(1) – dijo el que tenía aspecto de ciempiés, y su compañero asintió.
- Ondoren, bere munduko erre(2) – contestó el de la cabeza cilíndrica. Los dos no habían quitado ojo de Daniel.
Después, los dos demonios, sin dejar de sonreír con superioridad al maltrecho humano, sabedores de que poco podía hacer para detenerles, o para detener a su Príncipe, se dieron la vuelta y se alejaron, en el mismo sentido que llevaba Daniel, de camino a Los Cármenes. A los pocos pasos se pusieron a trotar y enseguida fueron engullidos por la oscuridad.
Daniel cayó de rodillas inmediatamente, sollozando, entre el cansancio, la tristeza y la rabia. Se pasó la mano derecha (su única mano, y el recuerdo de aquello le hizo llorar aún más) por el rostro, para quitarse de encima las lágrimas, pero tardó un rato en hacerlo, pues no se detenían.
Después se puso en marcha de nuevo, siguiendo los pasos de los dos demonios. Lo mismo le daba un sentido que el otro, y creía recordar que el pueblo de Los Cármenes estaba más cerca de Siena del Sil que Torillos, desde donde había venido.
Cuando pasó al lado de los restos mortales de su amiga Mónica tuvo que mirar hacia otro lado. El llanto y las sacudidas se reanudaron.

__________________________________________________
(1) Déjalo. El Príncipe espera....
(2) Ahora, su mundo arderá.

miércoles, 2 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 13

- 9 + 13 -

Andrés García Aragón corría hasta el límite de sus fuerzas, para salvar la vida. El guardia civil había perdido de vista a su compañera, y no sabía si seguiría con vida o no.
En realidad, no estaba seguro de que a él mismo le quedase mucha vida por delante.
Orientó hacia atrás el fusil, por encima de su hombro, sin dejar de correr, y apretó el gatillo. El arma atronó la noche y las balas de plata silbaron hacia atrás, pero sin encontrar el blanco. El demonio que lo seguía graznó, agudo. Parecía un grito divertido y victorioso.
Andrés García Aragón buscó un lugar donde esconderse, donde poder afirmar su posición y disparar directamente sobre su enemigo, pero no encontró ninguno. El demonio acabó alcanzándole, lo agarró por los hombros, agitó sus enormes alas y lo levantó en el aire, unos quince o veinte metros. Andrés, chillando de pánico, levantó el fusil hacia arriba y disparó una ráfaga, haciendo que el demonio lo soltara, aunque no le hirió. El guardia civil cayó a plomo sobre una nave con techo de uralita: las planchas se rompieron y cayó dentro, sobre unas tablas de madera y unas lonas, que amortiguaron su caída, al menos un poco.
Quedó allí tendido, medio inconsciente, escondido a ojos del demonio.
Al menos así podía descansar. Sólo un rato.
Andrés había llegado a Páramos de Siena con su compañera Alicia Ozalla Ibarguren. Sole les había llevado hasta allí con su todoterreno. Cuando llegaron habían visto un incendio extraño en un par de casas del pueblo, que estaban muy juntas: las llamas eran grandes, pero de color rojo, casi rosa. El incendio se encontraba en el lugar donde la estela de humo granate que había dejado el cometa (Andrés imaginaba que era el demonio) se terminaba. Había mucha gente muerta por el pueblo, con la garganta abierta o con heridas graves y profundas en el pecho y el abdomen.
Al parecer, el demonio se había puesto las botas.
Andrés se espabiló, saliendo de entre las lonas y los tableros de madera. Estaba en una antigua serrería, cubierta de serrín y polvo. Tosió y estornudó, varias veces, intentando tapar el sonido con el brazo: no supo si lo consiguió o no, pero al menos el demonio no apareció.
Salió de la vieja serrería, con cautela, buscando signos del demonio. No parecía que estuviese por allí. Salió cojeando a la calle, vigilando el cielo y los tejados y aleros de todas las casas, apuntando con el rifle. Volvió sobre sus pasos, calle abajo, esperando encontrar a su amiga Alicia.
Cuando habían llegado al pueblo, después de que encontraran a la mayoría de la población de Páramos de Siena asesinada en la calle, el demonio los atacó, cayendo desde el cielo. Los dos guardias civiles le habían disparado, aterrados.
El demonio era un ser alado, con un cuerpo pequeño, rechoncho y bajo. Las alas eran grandes y amplias: Andrés calculó un metro y medio de largo cada una de ellas. La cabeza era similar a una cabeza humana, sólo que llena de escamas, con los ojos amarillos y con cuernos retorcidos hacia arriba. Andrés pensó en los dinosaurios de goma que coleccionaba cuando era niño, en los Pterodáctilos voladores. Cuando el demonio los atacó, hizo que se separaran, cada uno corriendo hacia un lado de la calle.
Mientras avanzaba por la calle, en silencio, buscando a su amiga, Andrés se asustó al escuchar ruido de disparos. Corrió hacia ellos, esperando que fuese Alicia quien disparaba: así podría encontrarla. Guiándose por el sonido, el guardia civil acabó desembocando en una calle ancha, entre dos filas de casas de piedra.
Allí estaba Alicia, disparando al demonio volador, que se suspendía en el aire ante ella, a unos seis metros del suelo. La guardia civil le disparaba con su fusil, pero el demonio esquivaba las balas, girando y quebrando en el aire con mucha pericia.
De pronto el fusil de Alicia enmudeció. Cuando apretaba el gatillo no salían más balas. El cargador estaba vacío. El demonio sonrió en el aire, sádico, y se lanzó a por ella. Alicia gritó de pánico.
Andrés caminó entrando en la calle, disparando al demonio con su fusil, sujetándolo con las dos manos, mientras gritaba, desahogándose.
- ¡¡Aaaaaaaaahhh!! ¡¡Tomaaaaaaa, cabróooooon!!
El demonio estaba atento a su presa, y Andrés estaba cerca, así que la ráfaga de balas le impactó en el cuerpo, atravesándole también un poco el ala izquierda. Cayó al suelo, entre gañidos de dolor, retorciéndose entre el asfalto de la calle. Pero se rehízo enseguida, se puso en pie y salió de allí volando, raudo y veloz, batiendo sus grandes alas.
Andrés jadeó, por la descarga de adrenalina, y se volvió a Alicia, que jadeaba también, de terror.
- ¿Estás bien? – le preguntó. La mujer asintió, sin poder hablar, respirando con fuerza y profundamente. – Ahora está herido así que tenemos que encontrarle para matarle del todo. Ahora será más fácil....
- ¿Qué es eso? – preguntó Alicia, con una voz asustada demasiado chillona.
- Algo muy malo que no debe juntarse con sus otros compañeros, porque será peor – contestó Andrés. – Vamos.
Los dos se pusieron en marcha, buscando al demonio. Apenas había ruidos en el pueblo, salvo los que provenían del gran incendio de color rojo.
Avanzaron con cautela por las calles del pueblo, vigilando. No parecía haber ni rastro del demonio. ¿Le habrían hecho huir del pueblo? Andrés no lo creía....
Y, efectivamente, cuando llegaron a un cruce más abierto entre tres calles, el demonio atacó de nuevo.
La farola adosada a la fachada que iluminaba el cruce explotó, dejando caer chispas de color naranja a la calle. La zona quedó a oscuras.
El demonio cayó desde el cielo entonces, embistiendo a Andrés, sin darle tiempo al guardia civil a disparar. El demonio le golpeó con los cuernos en el hombro derecho, lanzándolo al suelo unos diez metros más allá del cruce. Andrés chilló de dolor, revolviéndose para evitar el siguiente ataque del demonio volador, pero éste se desentendió de él.
Volvió a por Alicia, volando a ras del suelo. La mujer le apuntó con el fusil y disparó, pero no salieron balas: en ese momento recordó que su cargador se había agotado antes, más atrás. El demonio llegó hasta ella, buscándole la cara pero clavando sus fauces en su antebrazo, que la mujer usó para cubrirse. La sangre cayó al suelo y los crujidos de los huesos se escucharon intensamente, incluso por encima de los chillidos de Alicia.
Andrés llegó otra vez al cruce, disparando otra ráfaga con el fusil, pero el retroceso del arma le repercutió en el hombro herido, así que acabó soltando el arma. Los disparos habían sido poco certeros, así que no hirieron al agresor, aunque sirvieron para ahuyentar al demonio.
El guarda civil llegó hasta su compañera, tomándole el brazo herido con delicadeza. Tenía un gran mordisco en el antebrazo derecho y pedazos de hueso sobresalían de la piel. Andrés sintió náuseas, pero las contuvo, por el bien de su amiga. Sacó del bolsillo un pañuelo de tela amplio y envolvió con delicadeza el antebrazo, sujetándolo. A pesar de su cuidado, Alicia aulló de dolor. Enseguida el pañuelo se tiñó de rojo.
Miró alrededor, sin dejar de sentir cómo le ardía el hombro derecho: a saber qué clase de virus o bacterias le podía haber transmitido aquel demonio viajando adheridas en sus cuernos desde su mundo. Pero en ese momento aquello no le importaba: sólo quería encontrar al demonio y matarlo.
El demonio volador gorjeó desde arriba y el guardia civil desenfundó su pistola con rapidez (su hombro herido gritó de dolor) apuntando a la oscuridad. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que el demonio se había posado sobre la farola apagada, que chirriaba por su peso. La criatura los miraba con sus ojos amarillos, golosos. Sonreía, divertida.
Aquello le hizo hervir la sangre a Andrés.
- ¡¡Ven aquí abajo, cabrón, a ver si te ríes!! – le retó, mientras escuchaba los sollozos de Alicia a su espalda.
El demonio les miró un instante más, para luego levantar la cabeza hacia el cielo, ladeada, como si estuviese escuchando algo que sólo él pudiese escuchar.
Se entretuvo en esa postura unos instantes más y después volvió a mirar a los humanos que lo observaban desde el suelo. El demonio gorjeó una vez más, casi tiernamente, y después levantó el vuelo, agitando sus enormes alas. Tenía varios impactos de bala en el cuerpo, en un costado, pero parecía no importarle. Sin embargo, Andrés comprobó que volaba más despacio que antes.
Aquello era bueno. Demostraba que podían hacerles daño a aquellos bichos.
Pero en ese momento lo más importante era socorrer a Alicia. En Páramos de Siena estaban solos, así que lo mejor sería volver al pueblo del centro de la comarca, a Siena del Sil. Estaba sólo a seis kilómetros y ninguno de los dos estaba herido en las piernas: la marcha sería rápida.
- Vamos, Alicia, en marcha. Volvamos a Siena del Sil: allí podremos curarte – le dijo, con cariño, caminando al lado de ella.
No se dio cuenta que el demonio volaba también en aquella dirección, por delante de ellos.

* * * * * *

Sole, por su parte, estaba en Carbones de Siena, otro de los nueve pueblos de la comarca. Había ido allí acompañada por Francisco Torres Alonso (al que todos llamaban Fran) después de dejar en Páramos de Siena a Andrés y Alicia. Sole y Fran se habían encontrado un espectáculo macabro en el pueblo al que fueron. Como en el resto de pueblos, había un incendio con fuego de color rojo, que afectaba a varias casas. Se había originado, al parecer, en el lugar donde el demonio salido del portal había aterrizado, pero se había extendido a otras casas vecinas a causa del viento. La estela de humo color granate se había desvanecido, víctima de aquel viento.
Sole y Francisco Torres Alonso se temían que fuesen las únicas personas que quedaban vivas en el pueblo. Carbones de Siena era un lugar pequeño, con poco más de setenta habitantes, los cuales parecían estar en aquel momento en las calles, algunos enteros y otros en pedazos.
Todos muertos.
El guardia civil y la soldado de la ACPEX caminaban sobre una película de sangre que cubría el asfalto de las calles del pueblo. Estaba claro que el demonio que había aterrizado en aquel pueblo era muy sanguinario.
Llevaban un buen rato dando vueltas por el pueblo, sin encontrar ni rastro (salvo los cientos de cadáveres). Al final se detuvieron en una pequeña plaza que había al lado de la carretera que recorría el pueblo de lado a lado, donde una fuente de piedra no cesaba de echar agua por su caño de hierro. Francisco Torres Alonso se refrescó la cara, mientras Sole no dejaba de vigilar, rifle en mano.
- Esto es horrible.... – dijo Fran, irguiéndose. Tenía la cara contraída en un gesto de horror. – ¿Quién puede hacer una cosa así?
- Te aseguro que quien lo ha hecho no es de este mundo.... – dijo Sole, sin entrar en más detalles. Fran la miró, algo extrañado.
Pero su pregunta se quedó en sus labios. Una risita malévola se escuchó allí cerca, aunque el eco no les permitió deducir de dónde venía. Le respondió otra risita, algo más ronca, pero igual de malvada.
- Atento.... – dijo Sole, y Francisco Torres Alonso cogió su fusil, vigilando los alrededores.
Escucharon unos pasos rápidos, que chapotearon en la sangre. Sonaban extraños, como si quien los produjera fuese descalzo. Las dos risitas se repitieron, respondiéndose la una a la otra. Tan pronto sonaban por delante de ellos como por detrás. Y siempre iban acompañadas por aquellos pasos descalzos.
De repente algo pasó por el lado de Fran, empujándole ligeramente. El guardia civil gritó, asustado, y disparó al suelo. Las balas de plata rebotaron.
- ¡Quieto! ¡No las malgastes! – dijo Sole.
Los dos se volvieron y vieron una especie de animal que corría a cuatro patas, tremendamente rápido, alejándose de la plaza y escondiéndose tras la esquina a oscuras de una casa. Las dos risas volvieron a sonar, cada vez más divertidas y complacidas.
- ¿Has visto lo que era?
- No.
Los pasitos descalzos volvieron a sonar, y las risas los acompañaron. Sole se estaba poniendo histérica, sin dejar de apuntar a las sombras, sin encontrar al supuesto demonio que los acechaba.
Entonces, decidido al fin, volvió a atacar. Embistió a Fran por detrás, golpeándole las piernas a la altura de las rodillas, pasando entre ellas mientras el guardia civil caía al suelo, gritando asustado. El demonio llegó hasta Sole, que se había dado la vuelta, rifle en mano, y se irguió ante la mujer, sobre sus patas traseras.
Solo que no eran patas traseras.
Sole gritó asustada, al ver la criatura que tenía ante ella. El demonio estaba formado por dos torsos con aspecto humano, unidos por la cintura, sin piernas, cada cabeza apuntando en una dirección. La piel de aquel engendro tenía el aspecto de la piel y la carne quemadas por el fuego. El vientre que compartían los dos torsos sólo tenía un ombligo.
Por eso había dos risas.
Por eso caminaba a gatas.
La soldado no pudo reaccionar, superada por la criatura que contemplaba. Una de las cabezas estaba frente a ella, mientras la otra la sostenía haciendo el pino. La cabeza que tenía ante sí, llena de llagas y cicatrices, con la piel contraída y brillante y con ojos rojos, rugió antes de darle un cabezazo. La soldado cayó hacia atrás, resbalando en la sangre que cubría el suelo, perdiendo el rifle de asalto.
El demonio volvió al suelo, apoyándose en las manos y con las caras hacia arriba, imitando la postura que los niños en el patio del colegio llamaban “el puente”. Caminó con velocidad hacia Fran, que estaba detrás de él, y se detuvo a su lado.
El guardia civil gritó, aterrorizado, y agarró su fusil para disparar. Pero el demonio fue más rápido. La cabeza que lo miraba de frente, dada la vuelta, se estiró hacia delante y le mordió en la cara con sus colmillos afilados. Sole escuchó gritar a Francisco Torres Alonso aún con la cara cubierta por las fauces del demonio. La soldado vomitó, sin poder evitarlo, a su lado.
A pesar del cepo, el guardia civil logró zafarse de las mandíbulas de una de las cabezas del demonio, dejándose la nariz y parte de una mejilla en el proceso. Cubierto de sangre, Francisco Torres Alonso seguía gritando, frenético, huyendo hacia atrás, arrastrándose por el suelo.
Entonces, la cabeza que le había mordido escupió un chorro de fuego que lo impactó de lleno, en la cara y en el pecho. Francisco Torres Alonso se retorció y giró por el suelo, sin poder evitar asarse en vida.
Al mismo tiempo, la cabeza que estaba orientada hacia Sole escupió un líquido negro, parecido a la brea. La soldado tuvo los reflejos de rodar por el suelo y alejarse, pero el pesado líquido humeante le salpicó en la mano izquierda. Parecía chapapote hirviendo.
Sole se levantó y corrió, agitando la mano para librarla de aquella sustancia que la quemaba, pero era muy pegajosa y sólo salieron despedidas unas pequeñas gotas. Recogió del suelo ensangrentado con la mano derecha el rifle y apuntó hacia atrás, hacia el demonio que cargaba contra ella a cuatro patas. Las balas rebotaron alrededor de él, e incluso un par de ellas le dieron en el vientre, pero el demonio no fue herido de gravedad. Aún así, se alejó, aullando asustado.
Sole aprovechó para mirar alrededor, haciéndose cargo de la situación. Un pequeño cuatro latas estaba aparcado delante de la plaza de la fuente, así que corrió hacia él, mientras sacaba el cuchillo de su funda. Con él cortó los cables y le hizo el puente, haciendo que arrancara con un tosido agónico. Cerró la puerta y arrancó el coche, enfilando de nuevo al pueblo donde había surgido el portal.
La mano izquierda le ardía (todavía cubierta por aquella sustancia asquerosa y pegajosa), creía tener la nariz rota, tenía todo el mentón y el pecho de la guerrera cubierto de sangre y los gritos de Fran le resonaban en la cabeza.
La mejor opción era volver a reagruparse en el pueblo central de la comarca. Allí los guardias civiles que esperaban bajo el portal tenían una radio, y con ella podría ponerse en contacto con los demás equipos. Separarse no había sido una gran idea.
Por el espejo retrovisor vio al demonio correr a gatas tras ella, con el vientre hacia el cielo. Nadie podría alcanzarla corriendo mientras fuese en coche, aunque fuese un viejo cuatro latas.
Con furia apretó el acelerador, para alejarse aún más de aquel engendro.