domingo, 15 de diciembre de 2013

El Trece (13) - Capítulo 6

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La figura oscura caminaba por la acera, bañado por el Sol de verano. Poca gente había por la calle, pero los pocos transeúntes la miraban raro al cruzarse con ella. Algunos incluso se cruzaban de acera.
La figura oscura tenía un destino en mente y se dirigía a él sin dudar. Andaba con paso firme, sin fijarse en lo que se encontraba por el camino: su mente estaba en su misión.
Era un hombre alto, de casi un metro noventa. Tenía el pelo largo y blanco como la nieve, que le caía por la espalda, sujeto a los lados por un sombrero negro de fieltro, de ala ancha y cabeza redondeada. Vestía completamente de negro, con un abrigo de paño hasta las pantorrillas. Completaba su atuendo con unas gafas oscuras, redondas y pequeñas, que le tapaban los ojos.
Su cara era como un mapa de carreteras, cubierta por infinidad de cicatrices. Su gesto, perenne, era adusto, serio, casi doloroso, con los labios fruncidos y el ceño apretado. La piel era pálida, como pergamino, con alguna línea más oscura, con alguna cicatriz enrojecida.
El hombre consultó un reloj de pulsera, viejo y cascado, y apretó el paso al ver la hora. Llegaba tarde y no se lo podía permitir.
Caminó con prisa pegado a las fachadas de los edificios, hasta que llegó a uno de apartamentos, muy viejo y decrépito. Las paredes, anteriormente blancas, estaban llenas de desconchones y de manchas, además de pintadas. Las ventanas estaban oxidadas y rotas. Parecía imposible que nadie siguiese viviendo allí. Pero el hombre sabía que había alguien.
Entró al edificio por el portal sucio y maloliente, caminando con paso decidido. Llegó hasta el inicio de las escaleras y empezó a subir, mientras sacaba un artefacto  de uno de los hondos bolsillos del abrigo. Era una cajita de madera, con la parte superior de cristal. Estaba llena de agua bendita, que se agitaba con los movimientos del hombre. Un crucifijo pequeño, de metal corriente, estaba clavado en el cristal, en la conexión entre los dos brazos de la cruz, haciendo que pudiese girar. El hombre colocó la caja en la palma de su mano y dejó que la cruz girase, enloquecida, mientras él seguía subiendo por las escaleras.
Cuando llegó al segundo piso la cruz se detuvo, su brazo más largo apuntando hacia un lado del pasillo. El hombre se detuvo, recuperando el aliento, mirando hacia allí. Después dejó las escaleras y se encaminó en la dirección que marcaba su “brújula”.
El pasillo estaba sucio, las baldosas del suelo enmarcadas con porquería negra en las juntas. Las ventanas del pasillo, que daban a un patio interior, estaban amarillas, translúcidas, sucias de meses. La luz que llegaba hasta el pasillo era apagada y cansina.
El hombre caminó por el pasillo, con cuidado, despacio, atento a cualquier sonido. La persona a la que iba a ver no debía saber que estaba allí.
De pronto la cruz empezó a girar en la cajita, lentamente, arrancando chirridos. Apuntó a una puerta.
El hombre miró detenidamente su “brújula” y luego la plancha de madera que señalaba. Aguardó un instante, sopesando las opciones. Notaba el peso del reloj en la muñeca: se le acababa el tiempo. Despiadado, se lanzó al fin contra la puerta.
De una patada poderosa hizo saltar el mísero cerrojo que la mantenía cerrada. La puerta saltó hacia dentro del apartamento y el hombre entró como un huracán en la casa.
Llegó hasta el salón, donde una mujer latina lo miraba con ojos asombrados. El hombre sonrió interiormente (hacía años que no sonreía con los labios): ella era su objetivo.
La mujer gritó, asustada. Y aún más cuando el hombre vestido de negro se abalanzó sobre ella, con las manos como garras por delante. La mujer se hizo a un lado, aterrorizada. El hombre sólo pudo rozar su vestido.
La mujer rodeó la mesa, corriendo como podía, pues era voluminosa. El hombre, a pesar de su estatura y de que parecía viejo, la siguió con velocidad. La agarró por un brazo y se sintió victorioso.
La mujer se giró, rabiosa, con la mano por delante. Arañó la cara del hombre como un animal, dejándole tres marcas rojas en la mejilla izquierda. El hombre vestido de negro aulló de dolor, soltándola. La mujer aprovechó para correr hacia el baño y encerrarse dentro.
El hombre de negro la siguió, maldiciéndose por dentro. La tenía y había fallado. Aporreó la puerta con fuerza, con el puño cerrado, haciendo que la plancha de madera se agitase en su marco. La mujer sollozaba dentro, asustada. El hombre no la escuchó, negándose a tener compasión de ella: debía morir.
- ¡¡Déjeme, déjeme en paz!! – dijo la mujer, entre lágrimas.
El hombre vestido de negro se apartó de la puerta un par de palmos, asombrado.
- ¿Ahora suplicas? – dijo, atónito, con su voz como la de un grajo.
- ¡¡Déjeme!!
- Sabes que no puedo. He venido para matarte – contestó, con la voz cascada, inmisericorde.
La mujer lloró desconsolada dentro del baño, mientras el hombre la ignoraba, mirando la puerta, el marco, los objetos que tenía alrededor. Sólo pensaba en cómo hacerla salir de allí.
Entonces arrugó el rostro, asombrado y dolorido. Notó el olor, el cambio de ambiente. Los colores se hicieron más grises. La puerta se abrió.
La mujer salió del baño, tranquila. Incluso sonreía, con superioridad. El hombre tuvo que retroceder, ligeramente superado y asustado.
- No le servirá de nada matarme.
- Me servirá para mí, para sentirme mejor – dijo el hombre, mientras seguía retrocediendo.
La mujer salvó la distancia que lo separaba de un par de pasos y lo empujó de repente, contra la pared. El hombre chocó contra un espejo grande, ovalado, haciendo que sus hombros lo rompieran en pedazos. Cayó al suelo, apoyado en la pared, dolorido.
La mujer saltó sobre él, intentando agarrarlo por el cuello, para defenderse. El hombre, reaccionando con rapidez, tomó un pedazo grande de espejo, cortándose los dedos y la palma de la mano al agarrarlo con fuerza. Con un movimiento rápido lo pasó por la garganta de la mujer, cortándola.
La mujer saltó hacia atrás, tapándose la herida que sangraba mucho. Estaba asombrada, asustada. Trastabilló hacia atrás, apoyándose contra la pared al lado de la puerta del baño.
El hombre se levantó, jadeando, empuñando todavía con la mano ensangrentada el trozo de espejo. Miraba fijamente a la mujer herida, sin piedad. Empezó a avanzar hacia ella, con decisión de terminar el trabajo.
- No servirá de nada.... – dijo la mujer, con la voz estrangulada, moribunda. – Ya viene. El trece.
El hombre se detuvo un momento, estupefacto. Un escalofrío le recorrió la espalda.
- El trece está en camino.
El hombre reaccionó, superando su asombro, lanzándose sobre la mujer desprotegida.
Pero ella saltó sobre él, golpeándole en el pecho y lanzándolo al suelo. El hombre cayó de espaldas, perdiendo el aliento durante un instante. La mujer herida aprovechó para huir de allí, dejando al asesino de negro en el suelo, intentando levantarse.
El hombre de negro acertó a apoyar sus pies en el suelo y a levantar todo su cuerpo. Corrió detrás de la mujer, por el pasillo del segundo piso, esperando alcanzarla antes de que abandonase el edificio. Apretaba su mano herida, dejando caer gotas de sangre detrás de él.
La mujer, agarrándose todavía el cuello, llegó hasta el final del pasillo y saltó hacia la ventana, rompiéndola y sacándola de sus bisagras, cayendo al vacío, a la calle. El hombre maldijo por lo bajo, llegando al vano de la ventana destrozada un poco más tarde. Si la mujer había abandonado el edificio ya no podría alcanzarla.
La mujer herida corría mirando hacia atrás, cojeando. Había caído sobre unos contenedores de basura y se había hecho daño en la pierna. El hombre la miró escapar, desde la ventana rota. La mujer lo miraba también, reventada pero sonriente. Había escapado del asesino de negro.
Al cruzar la calle seguía mirando hacia atrás. Un camión enorme, con la caja cargada hasta los topes, no pudo frenar cuando la mujer invadió la calzada. Los frenos chirriaron y los neumáticos resbalaron sobre el asfalto.
El golpe fue brutal y el sonido repugnante. Pero el hombre de negro no apartó la mirada ni sintió lástima. Eso era lo que buscaba cuando llegó allí.
Se miró la mano herida, viendo cómo sangraba. Le dolía, pero quizá debía esperar.
El trece.
La mujer había dicho, con una mezcla de regocijo y terror, que el trece estaba a punto de llegar.
El hombre de negro no tenía tiempo para curarse las heridas, entonces. Debía estar preparado para la llegada de aquel oscuro caudillo.
Se alegró realmente, si era cierto que aquel monstruo estaba a punto de llegar a esta dimensión. Se sintió contento después de mucho tiempo.
Pero, como venía haciendo desde hacía muchos años, sólo sonrió interiormente. Su cara se mantuvo inmóvil.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El Trece (13) - Capítulo 5

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Bruno Guijarro Teso paseó la mirada por el despacho del alcalde, atiborrado de cosas muy distintas. Sonrió divertido ante una foto enmarcada del alcalde estrechando la mano de Juan Vicente Herrera, colgada de la pared al lado de un dibujo pegado con celo, lleno de colorines, realizado por las infantiles manos de un tal Hugo. En las estanterías a ambos lados de la mesa de despacho se sucedían los archivadores, los animales disecados, las fotos del alcalde (con diferentes edades) sosteniendo peces y cañas de pescar, los trofeos de petanca y las fotos de diversa gente: la más grande estaba en la mesa, en la que aparecían el alcalde y una mujer, mayor como él, pero que guardaba una belleza que había lucido de joven.
El alcalde de Castrejón de los Tarancos (y de otros pueblillos más pequeños de alrededor, aunque parecía difícil imaginar pueblos más pequeños que Castrejón) era Eumenio Poncela Galván, un hombre de unos sesenta años. Era grande, de barriga redonda y amplia, mostacho blanco sobre el labio superior y cara enrojecida. Era de sonrisa fácil y trato agradable, aunque Bruno sabía que no le pillaba en su mejor momento: el hombre se mostraba nervioso, preocupado, desesperado ante la ola de crímenes en que se sumía su pueblo. La presencia de Bruno le había quitado unas cuantas losas de encima.
Aunque sus hombros todavía soportaban el peso de unas cuantas.
- ¿Y de qué agencia dice que viene? – preguntó, sentado a la mesa, visiblemente nervioso.
- Soy de una agencia del gobierno que se encarga de.... de casos difíciles – contestó Bruno, con diplomacia.
- ¿Y podrán hacer algo aquí? – suplicó el alcalde.
- Por supuesto.
Eumenio Poncela tragó saliva, valorando a su interlocutor.
- ¿Sólo se va a encargar usted del caso?
- ¡No! – rió Bruno, aunque se tomó un poco a mal el comentario: él solo podría llevar a cabo la misión. – Un equipo de trabajo sobre el terreno llegará el lunes, el martes como muy tarde.
El alcalde suspiró satisfecho.
- Cuénteme, qué ha ocurrido estos días – dijo Bruno, acomodándose en la butaca, apoyando su netbook en las rodillas y tomando notas con sus ágiles dedos volando sobre el teclado.
- Bueno.... El viernes por la mañana encontramos el cuerpo de Ramón....
- ¿Quién lo encontró? – preguntó Bruno.
- Un hortelano del pueblo, Agustín.
- Dígame el nombre completo del fallecido, por favor – preguntó Bruno, mirando al alcalde por encima de la pantalla.
- Sí.... Ramón Alonso Tavares.... – contestó el alcalde, un tanto cortado por la petición del hombre del gobierno.
- Continúe, por favor....
- Sí.... Pues eso, el chico había muerto por la noche y lo encontramos por la mañana.... Llamamos a la guardia civil y se encargó de todo. Se llevaron el cuerpo y rellenaron el informe.
- ¿Podré echarle un ojo?
- Supongo que sí.... Lo tendrán en el cuartel, en Treviños....
- Bien.... Continúe....
- Sí.... – al alcalde le costaba seguir el hilo, con tanta interrupción. – Eso.... La gente se asustó mucho, porque el muchacho estaba todo comido y destrozado.
- ¿Comido? – preguntó Bruno, y sus ojos se encontraron con los del alcalde.
- Sí. Tenía mordiscos en todo el cuerpo, y una pierna comida entera, hasta el hueso.
- ¿Y por qué creen que ha sido una persona la causante? ¿No tiene más pinta de haber sido un animal?
- Eso pensamos al principio, pero el viernes por la noche encontramos a Ildefonso, el sacristán, apuñalado. La guardia civil me dijo que parecía obra de una persona, un loco, pero descartaban al animal. Además, por esta zona no hay ni lobos, ni zorros, ni ningún depredador grande.
- ¿Cómo murió el sacristán? El nombre completo, por favor....
- Sí.... Ildefonso Trimiño Gil. Estaba frente a su casa, al lado de la iglesia, con la cara reventada, apuñalada con una cosa puntiaguda y redondeada. Como un pico o algo así. La investigación de la guardia civil cambió por completo: según me han informado han empezado a sospechar de un psicomaniaco, o algo así....
- Un psicópata – sonrió Bruno.
- Eso es, exacto.
- Y esta mañana han encontrado un nuevo cadáver....
- Sí. El de Fuencisla López Perales. Una bellísima mujer. Nadie se explica la muerte de Fuencisla. No es que Ramón o Ildefonso tuviesen enemigos, o estaban buscando que los matasen. No es eso. Pero, si quisiéramos, podríamos buscar algún motivo, retorcido eso sí, por el que alguien quisiese matarles, no sé si me entiende – dijo el alcalde, y Bruno asintió, comprendiéndolo. – Pero Fuencisla.... No tenía enemigos, todos la adorábamos.... Estamos todos muy afectados.
Bruno sabía que la mujer había aparecido despedazada a la puerta de su casa y que la había encontrado una vecina, una chica de dieciocho años que vivía a su lado. Era la chica que acompañaba al grandullón que lo había llevado a casa del alcalde, el que le había contado con voz suave lo que había pasado. Bruno no creyó necesario preguntarle más al alcalde, al ver su estado.
- La guardia civil no tiene ninguna pista, ¿no?
Eumenio Poncela negó con la cabeza, tragando saliva dolorosamente. Intentaba contener las lágrimas.
- Bien. Me temo que voy a tener que molestar a sus vecinos, haciéndoles preguntas y eso, sobre todo a los que encontraron los cuerpos. Pero sólo cuando ellos puedan y quieran hablar conmigo. Imagino cómo lo estarán pasando....
- Póngase en su lugar.... – coincidió el alcalde.
- ¿Sabe si se han llevado el cuerpo que han encontrado esta mañana? Necesitaría verlo....
- Creo que el juez no había llegado todavía – dijo el alcalde, poniéndose de pie e invitando al hombre del gobierno a acompañarle, aunque maldita la gracia que le hacía volver a la plaza mayor a contemplar el espantoso espectáculo.
Los dos hombres caminaron por el pueblo, el alcalde guiando al forastero. Llegaron a la plaza mayor en un instante, abriéndose paso entre los curiosos que seguían pegados a la línea policial. Bruno enseñó su identificación y la guardia civil le dejó entrar en el escenario del crimen.
Un número levantó las sábanas que cubrían los restos, mirando siempre hacia otro lado. Bruno tragó saliva y contuvo las náuseas y los vómitos. Era la primera vez que veía un cadáver.
La mujer estaba completamente desmembrada, cada parte de su cuerpo aparecía en una zona de la calzada, sin orden. Bruno contempló los muñones, que no eran cortes, sino zonas retorcidas y arrancadas. Una arcada le llenó la boca de bilis.
Pero era un profesional. Estaba cumpliendo su misión, trabajando sobre el terreno. Tenía que mantenerse entero y sereno: no quería ni pensar en las risas de Suárez y su equipo cuando llegaran el lunes si él no había soportado un poco de sangre.
Pero es que no era sólo un poco de sangre. El corpóreo se había dado el gusto de hacer sufrir a aquella mujer. Bruno no tenía duda de que había disfrutado con aquello. La cabeza le daba vueltas, pero aguantó.
Estaba en el lugar correcto. En aquel pueblo había surgido un corpóreo, y muy activo. Tres asesinatos en dos noches. Eso no dejaba mucho lugar a la imaginación sobre lo que podría ocurrir aquella madrugada....
- ¿Tiene alguna forma de avisar a la población? ¿Recomendarles que se queden en sus casas de noche?
- Podemos sacar un bando urgente....
- Hágalo – ordenó Bruno, poniéndose en pie. El guardia civil agradeció poder volver a tapar los restos.
- ¿Va a poder hacer algo? – preguntó el alcalde, sin esconder su desesperación y su súplica.
- Por supuesto que podré hacer algo – dijo Bruno, seguro de sí mismo. – He estado esperando esta situación muchos años. Soy la persona correcta para estas circunstancias. Soy de los buenos.
La sonrisa seductora de Bruno tranquilizó al alcalde.


martes, 10 de diciembre de 2013

El Trece (13) - Capítulo 4


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- Menuda carnicería.... – dijo el número, frotándose la cara sudorosa, nervioso y temblando. Su compañero, más sereno, no pudo evitar darle la razón.
Los dos números de la guardia civil observaron el cuerpo (o los pedazos que quedaban de él) que descansaba en el suelo, cubierto con sábanas. La tela había sido blanca al principio de la mañana: a esas alturas del día estaba ya encarnada.
Había bastante gente del pueblo curioseando por ahí, pero otros cuatro agentes de la guardia civil los alejaban, manteniéndoles lejos de la escena del crimen. Los dos números que estaban cerca del cuerpo esperaban que el juez llegase cuanto antes para poder llevarse los restos. Una ambulancia esperaba en la calle de al lado, con las luces encendidas, que bañaban las paredes de las casas del pueblo, a pesar de que era sábado por la mañana.
El cuerpo había sido encontrado en la plaza mayor del pueblo, que no era tal: era un espacio abierto entre filas de casas de un par de alturas, con una zona verde en el medio, con forma triangular. Había unos pocos arbustos y un alto árbol blanco, con las ramas cortadas y sin una sola hoja verde.
Los restos de la vecina muerta estaban en la calzada, entre la plaza y una de las casas. La guardia civil había cerrado los accesos a la zona con cinta policial, para que nadie se entrometiera en la investigación. Incluso la ambulancia había tenido que esperar cerca, sin entrar en la plaza, al lado del parque infantil. A pesar de que el pueblo tenía pocos habitantes, la aglomeración en las barreras era muy alta.
- Otro muerto más.... – dijo uno de los números de la guardia civil, un tal Manuel García. Meneó la cabeza, nervioso. El sudor que le corría por la espalda era frío. – Primero Ramón, luego Ildefonso y ahora Fuencisla....
- Uno cada día – contestó su compañero, Félix Durán, afectado pero un poco más dueño de la situación. – Alguien tiene que andar detrás de todos los asesinatos.
- ¿Pero quién? ¿Quién podría hacer una cosa así a la gente del pueblo? Nadie tiene enemigos, no han hecho daño a nadie....
- No lo sé – contestó su compañero, mirándole directamente a los ojos. Había cólera y terror en su mirada. – Yo sólo quiero que llegue el juez para que podamos largarnos de aquí antes de que llegue la noche....
Su compañero tragó saliva.
Sergio se alejó de la escena, preocupado. Había estado en el cordón de seguridad, del lado del parque, con la ambulancia detrás. Pero había escuchado toda la conversación entre los guardias civiles.
Caminó por la calle, muy despacio. Pensaba en Fuencisla. Era una mujer mayor, muy simpática. Conocía a la mayor parte del pueblo y siempre era amable con todos.
También pensó en Ramón. Era mayor que él, pero trabajaba en el bar del pueblo y todos le conocían. Era un chico agradable, muy divertido, aunque se había vuelto un poco triste desde que su novia Raquel, también del pueblo, le había dejado. Sergio tuvo un escalofrío sólo de pensar en cómo había sido encontrado al lado de la casa del tío Germán.
Sergio era un chico bastante tranquilo. Se podría decir que incluso era valiente. Pero lo que estaba pasando en su pueblo le ponía nervioso, y no era para menos. Tres muertes violentas en tres días seguidos. No era a lo que estaban acostumbrados en el pueblo.
Llegó hasta otra plaza del pueblo, más pequeña, pero más plaza realmente. Tenía una zona apartada de la carretera, con bancos, una fuente para beber y un tobogán de plástico y madera para los críos. Allí se encontró con Mowgli y Victoria.
Eran dos amigas suyas, desde que iban al colegio. Victoria llevaba toda la vida en el pueblo, aunque había nacido en Treviños. Sus padres sí que eran del pueblo y vivían allí desde siempre. Era una chica muy guapa, de largo pelo rizado y castaño. Tenía los ojos marrones claro, muy grandes y expresivos. Tenía un novio mayor que ella de otro pueblo cercano, pero todos creían que Sergio y ella estaban juntos, porque eran grandes amigos y pasaban mucho tiempo juntos.
Mowgli se llamaba en verdad Beatriz. Era una niña de origen indio, adoptada por sus padres cuando tenía cinco o seis años. Había vivido desde entonces en el pueblo y no había tenido nunca problemas para adaptarse o para integrarse: en el colegio eran pocos niños y todos hacían piña juntos. Era muy amiga de Sergio y de Lucía, los dos que le habían puesto el mote cuando estaban en tercero. Era de piel oscura, ojos negros y pelo liso del mismo color.
Las dos chicas estaban muy afectadas, como Sergio. Pero ellas no habían querido acercarse a la plaza mayor. No tenían el cuerpo para demasiada realidad.
- ¿Cómo va? – preguntó Victoria.
Sergio se encogió de hombros.
- Siguen allí, esperando al juez para levantar el.... el cuerpo. Para llevárselo.
- ¿Saben quién lo ha podido hacer? – volvió a preguntar Victoria. Mowgli seguía en silencio, muy seria. Tenía la cara llorosa.
- No tienen ni idea – contestó el chico, negando con la cabeza. – Ni una pista.
Los tres muchachos se quedaron en silencio, las dos chicas haciéndole un hueco en el banco al chico. Se quedaron allí, sentados a la luz de la mañana, ahogados en sus pensamientos fúnebres. En general eran un grupo de amigos alegres, pero la situación no les dejaba serlo en esas circunstancias.
- ¿Y Lucía? ¿Dónde anda? – preguntó Sergio, después de un rato.
- No lo sé – intervino Mowgli, con su bella voz suave.
- Pero Roque estaba en el bar.... – dijo Victoria.
- Entonces les veré a los dos allí – dijo Sergio, levantándose y dedicándoles una caricia a las chicas.
Sergio anduvo por las calles de su pueblo, pensativo. Estaba desorientado, le parecía vivir un sueño. En sus dieciocho años de vida no recordaba que hubiese pasado una cosa igual en el pueblo: era un lugar tranquilo, un sitio en el que nunca pasaba nada. Y mucho menos nada tan terrible.
Llegó al bar, en el que hasta el jueves trabajaba Ramón. Había muchos hombres del pueblo allí, sentados en mesas o apoyados en la barra, todos serios, taciturnos. Era evidente cuál era el tema de conversación y el estado de ánimo del pueblo aquel día.
En una de las mesas estaba sentado Roque, otro de los amigos de la pandilla. Roque era mayor que ellos, pero había repetido un par de cursos en el instituto y era parte del grupo desde hacía años. Trabajaba en el campo con su padre, mientras estudiaba electrónica a distancia. Era un chico enorme, fuerte y bruto, pero tranquilo y sereno. Era incluso delicado, con una voz tranquila y suave.
Quizá por eso le gustaba tanto a Lucía, la otra amiga de toda la vida de Sergio. La chica, rubísima y muy guapa, estaba sentada al lado del grandullón. Estaba coladita por él desde hacía años: todos en el grupo lo sabían, incluido Roque. El chico lo llevaba con naturalidad, con toda la naturalidad que se podía aplicar a una situación tan peliaguda: Roque quería mucho a Lucía, pero no le gustaba. Se lo había hecho saber a ella, de forma delicada. Sin embargo Lucía seguía enamorada de él, suspiraba por él y compartía mucho tiempo con él siempre que podía.
Roque le vio entrar y le saludó con un movimiento de cabeza. Sergio le contestó con una sonrisa fría y plana. Se acercó a la barra a pedir una caña y luego se sentó a la mesa con sus dos amigos.
Sergio miró durante un rato a Lucía, que tenía la mirada fija en la mesa. Las manos, entrelazadas sobre la formica, temblaban ligeramente. Lucía era vecina de Fuencisla en la plaza mayor del pueblo y había sido quien la había encontrado, muerta y desmembrada.
- ¿Cómo estás? – indagó Sergio, con cautela.
Lucía se encogió de hombros, aguantándose las lágrimas. Roque le cogió las manos con una sola de las suyas, anchotas, mirándola con pena. Sergio se levantó y se arrodilló al lado de la chica, abrazándola desde el lateral. Lucía rompió a llorar del todo, sacudiéndose.
Sergio se contuvo las lágrimas, apoyado en el hombro de su amiga. No soportaba ver así a sus amigas, no aguantaba pensar que había algún loco asesino en su pueblo. No quería pensar que su pueblo se estaba deshaciendo por los asesinatos de algún psicópata.
Había que hacer algo. Alguien tenía que hacer algo. Pero la guardia civil tenía miedo (no era para menos, Sergio no les culpaba) y no había nadie más que pareciese poder ayudarles. ¿No había nadie bueno que supiese qué estaba pasando en el pueblo?
La puerta del bar se abrió entonces, haciendo sonar el cristal medio suelto que el marco de madera lograba sostener a duras penas. Un hombre trajeado y apuesto se asomó, tímido.
- Disculpen.... ¿dónde puedo encontrar al alcalde? – preguntó.
Algo en la voz de aquel hombre hizo que Sergio se girara. Había duda en ella, pero también una fuerza y una decisión que hacía tiempo que Sergio no escuchaba en la gente de su pueblo.
- Yo puedo llevarle.... – intervino Roque, poniéndose de pie. – ¿Para qué quiere verle?
- Bueno.... Creo que puedo hacer algo con los terribles sucesos que están ocurriendo.... – dijo el hombre trajeado, mostrando una sonrisa confiada. Sergio lo miró asombrado, con esperanza.

 

domingo, 8 de diciembre de 2013

El Trece (13) - Capítulo 3

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Ricardo Marcos Jiménez volvía a casa. Estaba cansado y tenía sueño, pero la esperanza de su cama fresquita y cómoda le mantenía lo suficientemente despierto y entero como para seguir conduciendo.
Circulaba por la autovía, de camino a su ciudad desde Segovia. Seguía viviendo en su ciudad natal, en su mismo barrio de siempre, cerca de la casa de sus padres. La autovía le permitía ir y venir del trabajo todos los días, sin mayores complicaciones. Tenía un horario bastante cómodo, salvo el de las últimas semanas. La crisis que sacudía la economía del país había obligado a su empresa a cerrar fábricas y despedir a gente, así que la situación era delicada. Tenían mucho que arreglar a nivel interno y la jefatura los estaba obligando a hacer muchas tardes, de reuniones y auditorías, para buscar soluciones. Aquel día en concreto había sido especialmente duro: eran las once de la noche y Ricardo aún conducía de camino a casa.
Por suerte era viernes, y el fin de semana lo tenía libre. Su novia volvía de Madrid, donde trabajaba, y podrían pasar el fin de semana juntos. Tenía muchas ganas de verla. Le echaba muchísimo de menos, sobre todo en semanas como ésta: la necesitaba.
Dejó atrás la salida a San Miguel del Arroyo y Ricardo resopló. Todavía le quedaba un trecho. Miró la hora, pensando que era muy difícil que la guardia civil todavía estuviese por las carreteras, controlando el tráfico y los límites de velocidad. Así que, cansado, apretó un poco más el acelerador.
Los guardarraíles pasaron a su lado con vertiginosa velocidad. Las farolas que se alzaban en la mediana de la autovía se sucedieron una tras otra, como borrones metálicos.
Ricardo subió el volumen de la radio, sintiéndose contento por un momento, por primera vez en todo el día.
Entonces una de las farolas de la mediana explotó, lanzando una lluvia de chispas hacia abajo. Ricardo se asustó, dando un ligero volantazo, volviendo a su carril inmediatamente. Por suerte, en ese tramo iba él solo por la autovía. Miró por el retrovisor interior hacia atrás: la farola fundida destacaba en la fila de sus compañeras luminosas.
Extrañado volvió a mirar al frente, mientras bajaba el volumen de la radio de nuevo. Ya no se encontraba tan eufórico como hacía un momento. Sintió algo a su alrededor, algo en la piel, en los pelos de los brazos.
Otra farola explotó, justo sobre él. Ricardo chilló, apretando más el acelerador. Después de la primera farola explotó la siguiente, y luego la siguiente: las explosiones parecían perseguir a Ricardo, cada vez más rápido. Asustado, el hombre miró por el retrovisor, observando las explosiones y la cascada de chispas, que cada vez estaban más cerca.
Las farolas fundidas pronto llegaron hasta su altura, sobrepasando al coche, creando una oscuridad malsana detrás y delante del vehículo. Ricardo apretó el acelerador de nuevo, pero su viejo Golf no daba más de sí.
Entonces, una sombra más oscura que la oscuridad de la noche pasó al lado del coche, rozando la carrocería. El chirrido metálico sobresaltó a Ricardo, que miró bruscamente hacia la derecha, dando un violento volantazo. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto. Ricardo volvió a controlar el coche, apretando histéricamente el acelerador. El motor rugió con fuerza y con agonía.
Otra sombra pasó por su izquierda, al lado de su ventanilla. El hombre alcanzó a ver una especie de trapo, como la tela de una tienda de campaña agitada por el vendaval. Otra sombra lo sobrepasó por encima, cruzando su campo de visión. Un chillido sobrenatural la acompañaba.
Las farolas seguían explotando, trescientos metros por delante del coche, haciendo que viajara en una espesa oscuridad.
El Golf no podía ir más rápido. El pedal del acelerador estaba pegado al suelo, pisado por Ricardo. La aguja de las revoluciones marcaba más de cinco mil. El motor pedía clemencia.
Y entonces empezó el ataque.
Un ser con alas, del tamaño de un chimpancé, golpeó el costado derecho del coche, haciendo que se bamboleara hacia todos los lados. Inmediatamente otro animal alado hizo lo mismo desde la izquierda. Los golpes se repitieron, haciendo saltar los cristales de las ventanillas. Ricardo gritaba, de terror y pánico.
El techo del coche se hundió de repente, soportando el peso de alguna de las criaturas aladas. Unas garras se clavaron desde arriba y asomaron a través del metal, asustando aún más al conductor.
Un tremendo golpe desde la derecha hizo girar alocadamente al coche, dando trompos. Ricardo se agarró al volante con fuerza, gritando como un poseído, con la cara crispada. No podía controlar el vehículo, que giraba descontroladamente hacia la mediana.
El coche chocó contra el quitamiedos, rebotando contra él y volviendo hacia la calzada. Seguía girando por el medio de la carretera cuando los seres alados lo golpearon con furia.
El viejo Golf cayó de costado y empezó a dar vueltas de campana, una, dos, tres, cuatro, cinco.... por el medio de la carretera, hasta detenerse contra el quitamiedos de la mediana. El amasijo de metal chirrió, quejumbroso.
Durante unos instantes nada pasó. Después la puerta del copiloto se abrió con un empujón, cayendo al suelo, suelta de sus goznes. Ricardo, sangrante y maltrecho, salió por ella.
Sangraba por los oídos y por una brecha en la frente, que le regaba sangre en los ojos. Tenía los dedos de la mano derecha desollados, hasta el hueso. La pierna izquierda no sostenía su peso, rota a la altura del peroné. Pero aun así Ricardo siguió su camino, alterado y desorientado: sólo quería alejarse de allí y de los terribles monstruos que había en la oscuridad.
Escuchó los chillidos agudos que emitían y se giró para ver si podía verles. Todo estaba negro y era imposible ver nada.
Entonces las criaturas llegaron hasta él, lo tomaron por los brazos y las piernas y lo levantaron en vilo, volando con él. Empezaron a devorarle en el aire, mientras Ricardo seguía gritando.


jueves, 5 de diciembre de 2013

El Trece (13) - Capítulo 2

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El edificio de oficinas relucía al Sol de media tarde. El acero y las cristaleras brillaban como espejos a todo lo alto de los cuarenta y siete pisos de altura del rascacielos. Los peatones pasaban por delante de él, ajenos a su presencia, ya que no era el único edificio de esas características de la zona. Los rascacielos y edificios enormes de oficinas poblaban aquella parte de la ciudad.
Pero aun así era una isla de luz en un bosque de edificios grises de hormigón.
Bruno Guijarro Teso caminaba con paso decidido por la acera, hacia él. Avanzaba resuelto, con ganas. Trabajaba en aquella empresa y creía en lo que hacía, aunque fuese algo totalmente extraordinario. Su trabajo se salía de lo normal. Era algo que poca gente sabía que existía. Algo extraño, peligroso, pero también magnífico. A Bruno le apasionaba, le encantaba. Siempre iba a trabajar con entusiasmo.
Bruno contaba treinta y cuatro años. Era apuesto, atlético, de cabello sedoso y poblado, de color marrón. Tenía buen porte, era elegante y sabía cómo usar su sonrisa seductora de perfectos dientes blancos. Sus compañeros de trabajo le tenían por un ligón, un “donjuán” que volvía locas a las mujeres, que no perdonaba nada ni a nadie en las discotecas.
Totalmente falso. Bruno dejaba que ese rumor circulara, para poder tener una tapadera sólida ante su soltería irremediable. Él servía a una causa mayor, a un proyecto más importante que cualquier mujer y que cualquier amor. Poca gente podría entenderlo, y a poca gente podía explicárselo. Así que dejaba que su fama le sirviera de coartada para su misión. El mundo dependía de él y de sus compañeros.
Entró en el vestíbulo del complejo de oficinas. Era amplio y despejado, con una fuente de mármol en el centro. Había gente andando en todas direcciones, entrando y saliendo del edificio. A un lateral había un mostrador de recepción y en el otro extremo de la sala una garita del servicio de seguridad. Todas las personas de la sala iban a su aire, sin prestar atención a los demás. Bruno hizo lo mismo.
Se dirigió sin dudar hacia un ascensor que había en un extremo de la sala, detrás de unas columnas ornamentadas y una hilera de cabinas telefónicas, ahora ya casi obsoletas. El ascensor era ordinario, con puertas de metal inoxidable, mate, sin adornos. Nadie se fijaba en ese ascensor.
Y eso era lo que se pretendía.
Bruno pasó una tarjeta por un lector óptico y esperó pacientemente a que las puertas se abrieran. Un pitido seco indicó que el ascensor estaba allí. Las puertas se retiraron hacia los lados sin un sonido. Bruno entró y pulsó un botón. En la cabina solamente había tres botones, de color rojo los tres: uno era un círculo, otro un cuadrado y el tercero un triángulo. Bruno había pulsado este último. Las puertas se volvieron a cerrar. Nadie en el gran vestíbulo se había dado cuenta de la insignificante escena.
El ascensor subió con ligereza, sin emitir sonido alguno. Bruno esperó a que el trayecto terminara, todavía excitado. Aquél prometía ser un gran día. Habían recogido lecturas de una criatura. Bruno había esperado aquello desde que entró a trabajar en la agencia.
La Agencia para el Control Paranormal de Entes Extraños (o ACPEX) había sido fundada en los años ochenta, por el gobierno del PSOE, a raíz de los extraños sucesos que empezaron a registrarse cerca de San Carlos de la Rápita, cerca del camping de los Alfaques, en Tarragona. Multitud de conductores contaban haber visto personas en el arcén de la carretera, de noche, vestidas de forma veraniega fuese cual fuese la época del año, con la mirada fija y perdida, ajenas al paso de vehículos. Los testigos aseguraban que eran adultos, niños y ancianos, ajenos a todo lo que estaba a su alrededor, a oscuras en carreteras de poca visibilidad, con aspecto de haber sido quemados.
Se investigó la situación, conjuntamente por la policía nacional y la guardia civil, pues la presencia de viandantes en malas carreteras, de noche, podía suponer un riesgo de accidentes muy alto. Y no se encontró explicación alguna para tal suceso. Pero los informes de conductores seguían llegando.
La explicación extraoficial que nunca salió a la luz fue que el 11 de julio de 1978 un camión cisterna con veinticinco toneladas de propileno líquido circuló por la carretera N-340 y tuvo un fallo en el sistema hidráulico de la cisterna, provocando un escape de gas y una posterior explosión, que alcanzó el cercano camping de los Alfaques, quemando y matando a más de cien personas. Las personas que se veían en la carretera eran los espectros de los fallecidos en la tragedia.
El gobierno de Felipe González creó la Agencia para el Control Paranormal de Entes Extraños para investigar estos extraños sucesos y los que surgieron después. España parecía estar llena de zonas con alta actividad paranormal, zonas oscuras y lúgubres, con pasados llenos de matanzas, batallas entre moros y cristianos, entre nacionales y republicanos y accidentes fatales. Las expresiones de entes paranormales eran numerosas.
La agencia se encargaba desde hacía casi treinta años de investigar y analizar los informes de actividad paranormal que llegaban desde todos los rincones de la península, descubriendo multitud de falsedades, pero hallando de vez en cuando hechos fehacientes de que el más allá a menudo se comunicaba con el “más acá”.
La gente de la agencia apenas salía de las oficinas. Existían equipos de contención y actuación sobre el terreno, que se encargaban de estudiar los casos más claros de manera directa, haciendo trabajo de campo. El resto del trabajo de la agencia se hacía en las dependencias del edificio de oficinas, tratándose de trabajo de investigación.
Bruno deseaba desde que entró poder hacer trabajo de campo.
Y parecía que esta vez iba a poder hacerlo. La presencia de una criatura le acercaba a la realidad de los fenómenos paranormales.
Salió del ascensor con prisa, caminando con velocidad por el pasillo enmoquetado. Las dependencias de la ACPEX no tenían nada de espectacular: constaban de varios cubículos, despachos de paredes de cristal inteligente que se podía ensombrecer, salas de reuniones y de exposición de información con medios audiovisuales modernísimos, salas repletas de archivadores que contenían datos e informes sobre casos antiguos.... lo único que se salía de lo normal era la “Sala de Luces”, una amplia estancia donde se ubicaba el ordenador central, conectado a todas las comisarías y cuarteles de la guardia civil, desde donde se podía recibir en tiempo real información sobre cualquier denuncia de algún hecho extraño. Bruno Guijarro usó una tarjeta para acceder a ella. Introdujo una clave personal en un teclado adosado al marco metálico de la puerta y esperó a que se abriera. Un guardia de seguridad fuertemente armado lo miró cuando entró: al reconocerle le saludó con la cabeza.
Una gran pantalla de plasma, cubierta por múltiples puntos de luz, cubría una pared entera de la sala, con un mapa del país. Las luces rojas mostraban los “puntos calientes”, zonas en las que se había registrado la presencia de actividad paranormal; las luces amarillas representaban las zonas de investigación, aquellos puntos en los que los equipos de campo estaban investigando; las luces verdes mostraban lugares ya investigados que estaban fuera de peligro, ya fuera porque el aviso de entes paranormales había sido falso o porque se había neutralizado la amenaza. Franjas azules, como nubes sobre el mapa, mostraban amplias zonas donde la actividad paranormal era habitual: en estas zonas era donde solían aparecer los puntos rojos.
Había multitud de consolas con teclados y monitores frente al gran mapa luminoso, atendidas por técnicos vestidos con camisas y tocados con grandes auriculares. Todos hablaban a la vez, manteniendo conversaciones con los equipos de seguridad del estado de diferentes partes de España o siendo informados por los equipos de campo que trabajaban en ese mismo instante sobre el terreno. Bruno caminó entre ellos, dirigiéndose hacia el mapa.
Allí lo esperaba un hombre vestido con el uniforme del ejército. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con el pelo cortado al rape, de un color gris oscuro. Su cara estaba curtida, arrugada, pero seguía siendo dura y altiva. Bruno se situó a su lado, frente al mapa luminoso. Aunque no era un soldado, adoptó una postura de firmes al lado del general: era algo que le salía sin pensar.
El general Alejandro Muriel Maíllo se giró ligeramente para mirarle, sin apartar las manos de la barandilla con forma de tubo que había a unos tres metros de la pantalla gigante. La mirada del general fue seria, adusta. Pero Bruno sabía que eso no significaba que el militar estuviese de mal humor.
- ¿Ha oído las noticias? – dijo, con su voz grave pero juvenil.
- Sí, señor – contestó Bruno. El general se giró por fin y le miró de frente. Bruno relajó un poco la postura, pero mantuvo sus manos entrelazadas a la espalda.
- Parece que tenemos un “encarnado” – dijo el general. Bruno asintió, conteniendo su entusiasmo. – Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos con un corpóreo que manifestase actividad paranormal....
Bruno asintió. Llevaba más de siete años trabajando para la ACPEX y nunca se había encontrado con un corpóreo, un “encarnado” según la jerga de la agencia. 
Las manifestaciones paranormales solían ser ectoplásmicas, restos fantasmales que se presentaban a los mortales, que les hablaban y asustaban o que modificaban el entorno, pero sin una presencia física. No solían quedar rastros, salvo alguna leve traza ectoplásmica, muy difícil de encontrar en la mayor parte de las ocasiones. Las manifestaciones fantasmales, de incorpóreos, eran las más difíciles de investigar, pues no quedaban pistas reales para comprobar si lo que había ocurrido era cierto o una invención de los testigos. Por eso, a los fantasmas, los miembros de la ACPEX los llamaban “humos”.
Los corpóreos, en cambio, dejaban pistas mucho más fáciles de seguir. Huellas en el suelo, jirones de pelo o lanas en los arbustos, heridas a los humanos.... Eran seres con cuerpo, surgidos de nadie sabía dónde o de qué manera. Eran más fáciles de seguir.
Pero también eran fáciles de falsear. Los ataques de los lobos al ganado habían pasado multitud de veces por ataques del chupacabras; crímenes terribles, con desmembramientos y desaparición de partes del cuerpo de la víctima habían sido investigados como ataques de seres diabólicos cuando habían sido obra de un asesino despiadado y loco.... Los “encarnados” eran una espina en el historial de investigaciones de la agencia.
Pero parecía que esta vez sí que había habido contacto con un corpóreo. Lo bueno que tenían los corpóreos frente a los “humos” es que se podían atrapar, tocar y estudiar. Bruno estaba entusiasmado, por sí mismo y por la agencia: la presencia de un ser de otro mundo, un ser paranormal tangible, justificaría la existencia de la agencia y su propia historia como persona.
- ¿Dónde ha sido?
- Allí – dijo el general, señalando un nuevo punto rojo que los técnicos habían señalado en el mapa luminoso, un punto de luz roja en medio de la llanura castellana. Un punto solitario, separado de las nubes azules de alta actividad paranormal. Un punto de luz que representaban la esperanza para la ACPEX y para Bruno.
 - ¿Tenemos informes? ¿Descripciones?
- No. Sabemos que un lugareño fue atacado por un animal. Pero por la zona no hay lobos ni gatos monteses. No saben qué puede haber sido. La hipótesis oficial de la guardia civil es que fue atacado por un perro vagabundo. Pero las paraalarmas se activaron.
- ¿Cuál va a ser nuestro plan de acción?
- Mandaremos un equipo de trabajo de campo. Quiero a Suárez y a su equipo. Estarán disponibles pasado mañana: están terminando una investigación en Finisterre.
- Quiero ir – dijo Bruno, inquebrantable.
El general Muriel Maíllo lo miró, sin cambiar de expresión. Sabía que aquel muchacho se moría de ganas por actuar en el terreno, y se había ganado ese derecho con  holgura, trabajando a destajo durante años, liderando investigaciones y consiguiendo grandes éxitos para la agencia. El general sabía que el chico lo haría bien.
- Podrá acompañar a Suárez con su equipo cuando estén dispuestos.
- Quiero ir ahora – contestó Bruno, sereno, con una muda súplica en los ojos.
El general achicó los ojos, mirándolo fijamente.
- Escuche, mi general: el corpóreo se ha presentado esta noche. No sabemos si volverá a hacerlo o no: no sabemos cómo actúan esas criaturas, de dónde salen, cómo se han originado. No sabemos nada sobre ellas. ¿Y si se alimentan un par de veces en la superficie y luego vuelven a sus guaridas subterráneas para descansar durante otros treinta años? No podemos perder esta oportunidad. Déjeme ir.... empezaré la investigación y para cuando lleguen Suárez y su equipo estará adelantada.... no quiero tomar el mando, sólo estar en medio de la acción....
El general suspiró hondo, mirando al joven a los ojos.
- Este momento es muy importante para la agencia. Espero que tenga eso en cuenta en todo momento – dijo, con su voz grave, casi con censura. – Tiene un par de días hasta que lleguen Suárez y sus hombres. Entonces estará bajo sus órdenes, ¿comprendido?
- Muchas gracias, señor.
- No se equivoque – dijo el militar, alzando un dedo. – Esto es una dura prueba para usted. Confío en su criterio y en su profesionalidad, pero si comete algún error estará fuera de la agencia en menos tiempo del que necesita un “humo” para desaparecer.
Bruno asintió, inexpresivo, pero nervioso por dentro.
- Dos días usted solo. No la cague.
- Gracias, señor – contestó Bruno. Después miró hacia la pantalla iluminada un instante y luego se giró, para salir de la “Sala de Luces”.
El general Alejandro Muriel Maíllo lo vio irse, orgulloso y preocupado a partes iguales. Bruno Guijarro Teso era un hombre de la agencia competente y leal, pero aquel caso era muy importante. Esperaba que todo saliera bien.
Se volvió al mapa compuesto de luces, fijando la mirada en un solitario punto rojo, en medio de la nada. Esperaba que el corpóreo volviese a manifestarse.