jueves, 14 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 5 de 12


(5)

Séptido estuvo enfermo en la cama durante dos días, sin saber qué pasaba a su alrededor, pues estaba completamente inconsciente.
La enfermedad provocada por las arpías es muy dolorosa y dura mucho tiempo, fácilmente un mes. Por suerte, la madre de Séptido tenía guardado en un tarro de su cocina un poco de esencia de asaúco, una esencia que no se conseguía tan fácilmente. La madre de Séptido la tenía guardada desde hacía años, cuando Séptido era pequeño y todavía no se llamaba Séptido. Un buhonero había pasado por Musgo y entre las docenas de cosas que le había comprado había adquirido un tarro de asaúco, para tratar unos dolores que el padre de Séptido tenía por entonces en la espalda.
Gracias al asaúco y a las infusiones que su madre le preparó, Séptido se restableció por completo a los dos días, sin secuelas ni dolores.


martes, 12 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 4 de 12




(4)

Séptido se despertó confuso, desorientado. Había dormido solamente una hora cuando su madre le despertó. Tenía la boca seca y estaba muy despistado. Tropezó con todos los muebles de su habitación, estuvo a punto de lavarse la cara con el agua de fregar el suelo que estaba en el cubo y en vez de sentarse a la mesa de la cocina se sentó en el baúl que había al lado de la puerta de entrada de la cabaña.
- Hijo, la noche de ayer fue muy larga – le dijo su madre. – Nadie te culpará si te quedas en cama hasta el mediodía....
- No puedo, madre – respondió Séptido, intentando ponerse el capote de oso, sin conseguirlo. Su madre tuvo que ayudarle. – Es mi deber. Tengo que ir al Sendero. Ya descansaré está noche, vendré desde el Sendero y me iré directo a la cama.
Su madre no le contradijo, pues sabía lo orgulloso que estaba su hijo por ser Guardián del Sendero y lo celoso que era con su deber. Así que la anciana mujer no dijo nada cuando su hijo salió de casa.
Séptido lanzó unos bostezos de oso durante todo el camino. Llegó hasta casa de Óctido y llamó a la puerta. El Guardián salió al instante, ya preparado, pero con una cara de sueño parecida a la de Séptido.
Los dos fueron juntos a buscar a Nóvido, tal y como habían quedado que harían tan sólo una hora y media antes. Como preveían que iban a dormir poco, acordaron ir a buscarse los unos a los otros, para obligarse a salir de la cama en caso de que alguno se hiciera el remolón.
Llegaron a casa de Nóvido y llamaron a la puerta, sabiendo que allí podían molestar a su familia, pues Nóvido vivía con sus padres y sus hermanos pequeños. Nadie acudió a la puerta. Volvieron a llamar un poco más insistentemente, pero no tanto como para despertar a toda la familia. Nadie contestó. Óctido llamó por tercera vez, ahora bien fuerte y la puerta se abrió al fin.
Era la madre de Nóvido, doña Críspula, toda apurada.
- Nada, que no hay manera – dijo, a modo de saludo. – No se despierta....
- Déjenos a nosotros.... – dijo Séptido, entrando en la cabaña seguido de Óctido. Los dos fueron a la habitación que les indicó doña Críspula y allí encontraron a Nóvido, roncando como un verraco.
Séptido le zarandeó, con fuerza, pero Nóvido no se despertó. Óctido probó cogiéndole de las piernas y soltándolas de sopetón, sobre la cama, pero Nóvido no se despertó. Séptido probó abofeteándole, sin saña pero con fuerza, y aun así Nóvido no se despertó. Óctido fue a la cocina, donde su madre tenía un cubo recogido de la fuente el día anterior, lo cogió y volvió a la habitación de Nóvido, tirándole el agua por encima, calándole por completo. Pero Nóvido, a pesar de todo eso, no se despertó.
Los dos Guardianes ya no sabían qué hacer. Se hacía tarde y parecía humanamente imposible despertar a Nóvido, así que le dejaron allí con su madre, que prometió despertarle en cuanto pudiera y mandarle al Sendero enseguida. Los otros dos se marcharon, preocupados.
Óctido se quedó en su zona y Séptido pasó a la suya. El día transcurrió sin novedades dignas de mención, salvo que Séptido y Héxido almorzaron juntos y comentaron el extraño comportamiento de los linces la noche pasada. Séptido estuvo a punto de contarle lo que le habían cantado las hadas, pero como no lo recordaba bien del todo prefirió no hacerlo.
Cuando ya estaba atardeciendo Séptido recorrió el Sendero de camino a Musgo. Se encontró con Óctido e hicieron el camino juntos. Recorrieron la zona de Nóvido y no lo vieron por ninguna parte. Algo tenía que haberle pasado al joven Guardián para no haber ido al Sendero. ¿Se habría levantado enfermo? ¿Le habría ocurrido algún accidente?
Iban hablando de ello, despistados, cuando una pequeñísima arpía, del tamaño de una abeja, se posó en la mano izquierda de Séptido y le pico con fuerza, usando su nariz.
- ¡¡Au!! – chilló Séptido, agitando la mano dolorida. Los dos Guardianes vieron revolotear a la arpía, que se reía con pequeñas risotadas malvadas. Séptido agitó la mano herida hacia ella, para espantarla, pero fue Óctido quien la alcanzó, aplastándola entre las dos manos, como se aplasta a un mosquito molesto.
- ¡Qué asco! – dijo Óctido, limpiándose las manos en la capa ya de por sí sucísima. – ¿Tú habías visto una arpía tan pequeña alguna vez?
- No.... – dijo Séptido con la voz débil. Se miraba la mano izquierda, que ya empezaba a hincharse.
- ¿Te ha picado? – se asustó Óctido.
- Sí....
- Pues vamos rápido a casa, vamos – dijo su compañero. Las picaduras de arpía eran muy venenosas, y aunque no provocaban la muerte, sí podían hacer enfermar durante mucho tiempo y muy dolorosamente.
Óctido llevó a Séptido a su casa, explicándole a su madre lo que había pasado. La madre de Séptido se asustó mucho y puso el grito en el cielo, llevando a su hijo a la cama inmediatamente.
Séptido ya empezaba a sudar y a delirar por la fiebre, así que no se enteró de cómo le desnudaron y le metieron debajo de las sábanas y las mantas.

domingo, 10 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 3 de 12



(3)

El día siguiente fue normal, como todos los demás. La lluvia de estrellas no había provocado ningún mal aparente y Séptido tuvo un día tranquilo. No había habido fugas y no se encontró ninguna criatura fantástica.
Por la noche, antes de volver a casa, se detuvo un rato en la taberna, como casi siempre. Tomó una cerveza rápida con Óctido y Nóvido porque quería ir pronto a casa: su madre iba a hacer alas de pollo para cenar.
Cuando se acercó a la barra para pagar su jarra de cerveza, habiendo dejado a los otros dos Guardianes sentados a la mesa, sin prisas, se encontró con el viejo Tobías, que estaba sentado en un taburete, acodado en la barra y con cara preocupada.
Tobías era un anciano de Musgo que había sido el anterior herrero del pueblo, mucho antes de que su nieto se hiciese cargo de la fragua y la herrería hacía quince años. Tobías había nacido, vivido y envejecido en Musgo y todos sabían que moriría allí, en el pueblo que él tanto amaba.
- Buenas noches, señor Tobías – saludó Séptido, con amabilidad. – ¿Todo bien?
Tobías tardó en contestar, costándole separar su mirada perdida de la madera de la barra.
- No lo sé, hijo, no lo sé.... – musitó.
- No le hagas mucho caso –­ le dijo en un susurro Francisco, el tabernero, al Guardián. – Lleva así todo el día. Yo creo que está incubando un resfriado o una gripe, ya sabes....
Séptido asintió y volvió a mirar al viejo Tobías. La verdad era que no parecía él mismo. Estaba muy serio, con la cara triste y preocupada.
Séptido salió de la taberna, siendo saludado por los parroquianos y se fue a su casa a cenar alitas de pollo al ajillo, como más le gustaban. Dejó de pensar en el viejo Tobías (que quizá ya chocheaba), aunque no se olvidó de él del todo.
Al día siguiente Séptido no tuvo problemas durante su jornada de vigilancia, aunque notó que había un curioso polvillo verde brillante y dorado en el ambiente, arrastrado por el viento como el polen de los chopos.
Séptido no se asustó, aunque estuvo alerta todo el día. La presencia de polvo de hadas podía indicar una fuga en el portal, pero los Guardianes que había por encima de él en el Sendero no habían dado la voz de alarma. Todos los Guardianes llevaban un cuerno de buey para hacerlo sonar en caso de peligro. Así avisaban al resto de Guardianes, para que todos estuvieran alerta y preparados.
Salvo aquella presencia mágica, el día pasó sin sobresaltos. Séptido volvió a casa cuando atardecía, sin pasar por la taberna. Aquel día estaba muy cansado, quizá debido a la tensión por haber estado alerta y atento toda la jornada.
Su madre le contó las novedades de Musgo, que él escuchó de pasada, mientras engrasaba sus botas, limpiaba el capote de piel de oso y barría las migas de la cena. Pero prestó más atención cuando su madre nombró al viejo Tobías.
- ....en el horno del pan cuando he visto a la señora Rosaura. Me ha dicho que ha estado un buen rato con el viejo Tobías, que debe de estar bastante mal. Puede que se esté volviendo medio loco, porque me ha dicho Rosaura que estaba muy nervioso, muy triste, preocupado por lo que estaba por venir. Francisco se lo ha llevado a su casa y le ha debido de dar un poco de coñac o una tisana, porque dicen que se ha pasado todo el día durmiendo. Pobre hombre....
Séptido se quedó pensando en el viejo herrero, con lástima. Era una pena que un hombre, que siempre había demostrado ser bastante avispado, perdiera la cabeza de aquella manera, por causa de la edad. Séptido lo lamentaba y se recordó que al día siguiente tenía que pasar por la herrería para hablar con Segismundo, el hijo de Tobías.

• • • • • •

A la mañana siguiente, Séptido salió de casa para ir a su trabajo. Salió temprano, con las primeras luces del alba, y se dirigió de camino a la herrería de Segismundo. Aunque era muy temprano supo que lo encontraría ya levantado. Quería interesarse por su padre.
Pero su sorpresa fue cuando se cruzó con el viejo Tobías, que venía desde su casa (la que compartía con su hijo y su nuera) en sentido contrario al de Séptido.
 - Buenos días, Tobías – saludó Séptido, cuando se cruzó con el anciano por las calles de Musgo. Le trató igual que siempre, aunque le observó con detenimiento.
- Buenos días.... – contestó el otro. Séptido se asombró, por el tono brusco que había utilizado su vecino.
- ¿Está usted bien? – preguntó, preocupado.
- No, no estoy bien, hijo.... – le contestó Tobías, deteniéndose y dándose la vuelta para mirarle. El anciano parecía más lúcido que hacía dos noches, en la taberna. – Estoy asustado....
- ¿Qué le ocurre?
- Me voy del pueblo, hijo.... – respondió el anciano, sorprendiendo a Séptido. – No quiero estar aquí cuando pase....
- ¿Cuando pase qué?
- No lo sé.... – respondió el anciano, y era sincero. – Pero sé que va a pasar. Algo grave. Esas estrellas cayendo del cielo nos lo avisaron. Hemos vivido demasiado tiempo a la sombra de esa maldita montaña....
Y, sin decir más palabra, se despidió de Séptido con un gesto amable y tierno y siguió su camino, saliendo del pueblo y dejando atrás Musgo y la Montaña Azul, caminando por los prados hacia el este.
Séptido lo vio marchar, sin saber muy bien qué hacer, si seguirle, detenerle, avisar a su hijo Segismundo o dejarle ir. Al fin y al cabo, Tobías era un hombre adulto que sabía lo que hacía. Puede que fuese cierto que el día anterior estaba muy nervioso, casi fuera de sí, pero en ese momento parecía completamente lúcido, tranquilo, seguro de quién era y de lo que hacía. Era el mismo Tobías que Séptido había conocido desde que era un niño.
Así que, después de estar un buen rato quieto en la calle, sin saber muy bien qué hacer, Séptido se dio cuenta de que el viejo Tobías se había alejado lo suficiente de Musgo como para que fuese imposible ir tras él.
Al fin y al cabo, Séptido tenía que ir al trabajo.
Llegó hasta los pies de la Montaña Azul, al principio del Sendero, y empezó a ascenderlo. Se cruzó con Nóvido a mitad de su zona y le contó lo de Tobías.
- ¿Qué? ¿Estás seguro? – preguntó el joven Guardián, con cara de extrañeza. No se lo creía.
- Pues claro que estoy seguro, él mismo me lo ha dicho. Se iba del pueblo, muy triste y preocupado, con un hatillo al hombro....
- ¿El viejo Tobías? ¿Irse de Musgo? Algo muy malo tiene que pasar para que ése no se quede a morirse en el pueblo.... – dijo Nóvido, con poco tacto.
Eso justo era lo que se temía Séptido.
Se despidió del joven Guardián y siguió su camino por el Sendero. El Sol ascendía en el cielo a la vez que el Guardián lo hacía por el Sendero.
Vio a lo lejos a Óctido, cuando ya estaba llegando a la Punta del Sastre. Óctido hacía su ronda por su zona de Sendero y venía desde allí, el límite final.
- ¿Dónde estabas? Si que llegas tarde hoy.... – le reprendió su compañero, sin tomárselo muy en serio.
- Me he encontrado con el viejo Tobías por el camino....
- ¿Cómo está? Anoche Francisco nos contó en la taberna que había estado muy nervioso todo el día, echándose a llorar, con mucha preocupación.... le había tenido que dar una tisana de hierbaluisa con un chorrito de coñac para calmarle....
- Pues está extrañamente bien – dijo Séptido, dándose cuenta de que no era del todo cierto. – Bueno, no está del todo bien. Se ha ido de Musgo.
- ¡¿Qué?!
- Como lo oyes. Me le he encontrado cuando se iba, todo decidido. A primera vista está bien, ni nervioso, ni ido, ni nada por el estilo. Está muy triste y preocupado, porque dice que va a pasar algo muy malo y que por eso se va.
- Algo muy malo tiene que ser para que el viejo Tobías se vaya de Musgo – dijo Óctido, con los ojos muy abiertos.
- Eso me temo....
- Pero ¿qué es eso tan malo que va a pasar? – preguntó Óctido.
- Él no lo sabía. Pero nombró a la Montaña Azul....
Los dos Guardianes guardaron silencio y miraron a su alrededor a las rocas azules cubiertas de vegetación con cien tonos de verde. Todos los Guardianes del Sendero tenían mucho respeto a la montaña.
- Estaremos alerta, pero no sé.... la cosa ha estado mucho tiempo tranquila, años.... – dijo Óctido.
Séptido asintió.
Los dos Guardianes se despidieron y se separaron: Séptido dobló la Punta del Sastre para llegar a su zona del Sendero y Óctido siguió su camino, patrullando la suya.
Séptido pasó sombrío toda la mañana, preocupado por la marcha del viejo Tobías. Estaba un poco conmocionado y preocupado, y estuvo ausente durante toda su guardia.
Comió cerca del arce blanco, en compañía de Héxido, al que contó las últimas noticias. El otro Guardián también se asombró mucho por la marcha del viejo herrero y prometió contárselo a Péntido en cuanto lo viese.
Séptido caminó por la tarde por su zona del Sendero como un fantasma, dándole vueltas a la cabeza, preocupado, sin ver ni sentir lo que había a su alrededor. Pensaba en qué cosa horrible podía llegar a ocurrir para que el viejo Tobías abandonase Musgo de aquella forma tan apresurada y no se le ocurrían nada más que calamidades.
Intentó adivinar qué horrible accidente podía ocurrir con la Montaña Azul para avisar a los habitantes de Musgo, pero no se le ocurría qué podía ser: la montaña mágica llevaba una larga temporada muy tranquila, cerca de dos años ya. Apenas había “escapes” de seres mágicos ni hechizos perdidos que afectaban a la fauna y la flora de la montaña. No se le ocurría qué podía fallar de repente en la Montaña Azul y qué le había dado tanto miedo al viejo Tobías como para abandonar su pueblo natal.
Entonces, mientras caminaba como sonámbulo, pensando en sus temores, escuchó ruido de campanitas. Al principio no se dio cuenta de lo que escuchaba, pero al cabo de un rato lo notó. Prestó atención, olvidando lo que estaba pensando hasta aquel momento, y echó a correr hacia donde creía que venía aquel sonido: por detrás de él, hacia la parte alta de su zona de Sendero.
Llegó a una parte de su zona en la que el Sendero era llano, de tierra prensada, rodeado de arbustos verde oscuro, muy abundantes y frondosos, tanto en el lado de la ladera como en el del acantilado.
Allí, en el aire, revoloteaban una docena de pequeñas hadas, jugueteando en el aire, haciendo que sus alas sonasen con aquel sonido de campanitas.
- ¡Pero bueno! – dijo, enfadado. Se acercó a las hadas y trató de ahuyentarlas con la mano, como si fuese un abanico.
Las pequeñas hadas rieron, revoloteando alrededor de Séptido, haciendo sonar más campanitas. Sus risas parecían gotitas de lluvia cayendo sobre un cristal.
Como las hadas se reían de él y espantándolas con la mano no conseguía nada, Séptido agarró el garrote de roble con dos manos y lo agitó con fuerza, tratando de golpear a las hadas. Éstas, molestas, dejaron de reír, pero esquivaron el garrote sin problemas.
Se arremolinaron y ascendieron fuera del alcance del garrote, para que el Guardián del Sendero no pudiera golpearlas. Se juntaron en formación y todas juntas empezaron a cantar, con voces delicadas como los trinos de los pájaros:

“Blimp, blamp, vuelve a tu hogar.
Blomp, blemp, allí estarás bien.
Blump, blemp, no hay nada que hacer.
Blimp, blamp, el portal se abrirá.”

Séptido no prestó atención y volvió a agitar su garrote, tratando de espantar a las hadas, aunque no podía alcanzarlas: revoloteaban muy por encima de él.
- ¡Vaya faena! – farfulló, molesto. Las hadas no eran criaturas fantásticas malignas ni preocupantes, pero tenía que echarlas de allí. Era su obligación. Lo malo era que una plaga de hadas era complicada de controlar.
Así que echó mano de su morral, rebuscando en su interior. Juraría que todavía le quedaba un poco, esperaba no equivocarse....
¡Allí estaba! Sacó con júbilo una bolsita de tela de saco, deshaciendo el nudo que la cerraba. Dentro había una pequeña mezcla de belladona, denadjia y pimienta blanca. Era una mezcla muy útil para espantar a los duendes, pero también funcionaba con las hadas.
Cogió un pellizco con cuidado y lo tiró sobre el montón de hadas, que chillaron asustadas. Séptido repitió la operación un par de veces, haciendo que todas las hadas acabaran en el suelo, atontadas y mareadas.
Séptido las recogió todas, metiéndolas con cuidado en un saco lleno de algodón que llevaba en el morral. Lo llevaba encima por si se encontraba con una plaga de caracoles de diamante, pero le serviría en aquella ocasión. Una vez todas las hadas estuvieron en el saco lo cerró con un cordón y se encaminó hacia la parte final del Sendero. Una vez allí llamó a voces a Héxido y cuando el Guardián acudió a la llamada, unos cuarenta minutos después, Séptido le entregó el saco. Héxido se encargaría de que llegara hasta Únido y éste devolvería las hadas a su hogar, a través del portal.
Solamente cuando ya estuvo solo Séptido empezó a pensar en la canción de las hadas. No recordaba exactamente qué es lo que decía, pero le dio muchas vueltas para recordarlo. Creía que era importante.
Llegó la noche y el final de su turno y Séptido no logró recordar qué decía la canción. Hablaba del hogar, de un portal, decía algo como bla, ble, bli.... pero no lo recordaba exactamente.
Los tres Guardianes del final volvieron a sus casas a Musgo y los otros seis a las suyas en el Sendero. Los linces color turquesa salieron de sus madrigueras, para encargarse de cuidar el Sendero.
Al cabo de un par de horas desde el ocaso, los linces comenzaron a maullar. Los Guardianes y toda la gente de Musgo salieron de sus casas, alterados y asustados. Si los linces maullaban era que algo ocurría en el Sendero.
Séptido, Óctido y Nóvido corrieron mientras se vestían, para volver al Sendero, cada uno a su zona. Séptido estuvo solo toda la noche, patrullando por su zona, yendo desde un extremo al otro, cruzándose a menudo con alguno de los linces que cuidaban del Sendero de noche. Ninguno dejó de maullar, pero el Guardián no encontró ningún peligro.
La gente de Musgo apenas pudo dormir, pues los maullidos de los linces no cesaron y eran muy fuertes y penetrantes. Los Guardianes estuvieron aleta durante toda la noche, patrullando y vigilando, pero no había ningún peligro, ninguna amenaza, o al menos no la descubrieron.
Un par de horas antes del amanecer los linces dejaron de maullar. El silencio volvió a la Montaña Azul y al pueblo de Musgo. La gente trató de dormir, aunque fuesen tan sólo un par de horas. Los Guardianes tardaron en volver a sus hogares, pues no estaban convencidos de dejar el Sendero, aunque los linces hubiesen dejado de maullar. Al final, Séptido bajó por el Sendero, recogiendo a Óctido y a Nóvido, caminando los tres juntos hacia Musgo. Quedaba algo menos de una hora para el amanecer, pero los tres se fueron a sus camas.
Tenían que dormir un poco, para recuperar fuerzas.
Su deber era volver al Sendero con el nuevo día.


jueves, 7 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 2 de 12

(2)

Una noche, después de una tranquila jornada de trabajo (hacía muchas lunas que ninguna criatura fantástica se colaba en el Sendero y llegaba hasta Musgo) Séptido estaba tomando una cerveza tibia en la taberna del pueblo, acompañado por Óctido y Nóvido. Los tres eran los más jóvenes de la Brigada de Guardianes y por lo tanto estaban solteros. Vivían con su familia en Musgo, o solos en una cabaña, como le ocurría a Óctido.
Nóvido era hijo de pastores. Era el más joven de todos y vestía con ropas de lana: un peto de color marrón y camisas gruesas, normalmente blancas. Usaba como arma una horca de establo.
Óctido era de la misma edad que Séptido, sólo un par de meses más joven. Llevaba el pelo largo y ondulado, de color negrísimo, igual que su bigote espeso, del que se sentía muy orgulloso. Los padres de Óctido eran agricultores en un pueblo que estaba a unos cien kilómetros de allí, llamado Sauce. Siempre llevaba puesta por encima una capa vieja y sucia. Su arma era una azada de mango largo.
Séptido tenía el pelo largo como Óctido, pero de color castaño. Llevaba barba y bigote descuidados y como su padre había sido leñador siempre llevaba camisas gruesas de cuadros bajo el capote de piel de oso.
La taberna era tranquila. Todas las noches, a primera hora, se llenaba con la gente del pequeño pueblo, que se reunía allí para ver a los vecinos y compartir con ellos una jarra de cerveza o un vaso de vino. Francisco, el tabernero, tenía poco lío durante el día, pero estaba muy atareado desde media tarde hasta la hora del cierre.
Los tres Guardianes estaban en silencio, relajados, después de haber recibido los saludos de todos los parroquianos (eran muy respetados en Musgo) cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe, dándoles un susto a todos. Nóvido, el más rápido, echó mano de su horca. Séptido y Óctido se pusieron en pie, alertas. Todos en la taberna se quedaron callados, mirando a la puerta abierta.
En el vano estaba Tiburcio, uno de los chicos jóvenes del pueblo. Se estaba preparando para ser Guardián, cuando una plaza quedara libre, pero aún tenía que mejorar su conducta: era muy despistado y siempre tenía la cabeza a pájaros. Cuando todos vieron quién era el que estaba en la puerta se relajaron y los tres Guardianes volvieron a sentarse, serenos. Nóvido dejó su horca apoyada en la pared, con la azada y el garrote.
- ¡¡Tenéis que ver esto!! – dijo Tiburcio, con la cara iluminada. Estaba eufórico.
Sin esperar ninguna respuesta el chico se dio la vuelta y desapareció del vano de la puerta. Los vecinos de la taberna, de natural tranquilo, se vieron intrigados por lo que Tiburcio quería que vieran y salieron detrás de él. Probablemente sería una locura, pero la vida en Musgo era tan tranquila que de vez en cuando, alguna pequeña locura, no venía mal....
Los tres Guardianes se quedaron solos en la taberna, con Francisco, que seguía detrás de la barra, mirando ansioso la puerta abierta.
- ¿Os importa si os dejo solos? – dijo, hablando hacia los tres Guardianes. – Quiero ver qué es eso que hay ahí fuera....
Los tres asintieron y Francisco salió corriendo.
- A lo mejor deberíamos ir a ver qué pasa.... – propuso Nóvido. Los tres sabían que no tenía que ver con su trabajo en el Sendero, porque los linces verdes no habían maullado, pero era verdad que se sentían intrigados. Al fin y al cabo, aunque en realidad su lugar de trabajo fuera el Sendero, ellos eran el único cuerpo de guardia de Musgo.
Así que los tres se levantaron de la mesa, salieron de la taberna, que se quedó vacía y caminaron hasta la cercana plaza circular, en la que estaba la fuente del Gigante. Allí estaba congregada toda la gente de la taberna y otros vecinos del pueblo. Prácticamente todo Musgo estaba allí.
Y lo que miraban eran unas luces en el cielo, que se distinguían hacia el sur. Largas líneas doradas trazaban su camino hacia el horizonte.
- ¿Qué crees que son, Séptido? – le preguntó Tiburcio, que se había acercado hasta él. El Guardián y el muchacho se conocían y se llevaban muy bien, pues habían sido vecinos de cabaña durante toda su vida.
Séptido se lo pensó antes de contestar.
- Parece una lluvia de estrellas – dijo al fin, convencido, pero a la vez asombrado y algo preocupado. Todos sabían que si las estrellas empezaban a caer del cielo es que algo malo iba a pasar. Al menos eso decían las leyendas.
Sin embargo, el espectáculo era tan bonito y maravilloso, que nadie prestó atención a los presagios que sus madres les habían enseñado desde pequeños.



martes, 5 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 1 de 12

(1)

Los duendes y los gnomos son más fáciles de ver cuando somos niños.
No es que, al estar más cerca del suelo, tengamos más posibilidades de verlos, aunque es indudable que eso ayuda. Pero no es sólo eso, no es sólo una cuestión física de altura.
Cuando somos niños, sabemos que existe la magia. Todavía sabemos que los seres fantásticos viven en sus mundos de ensueño, pero son capaces de “colarse” en el nuestro. Por eso fantaseamos, por eso jugamos, por eso inventamos.
Y por eso somos capaces de ver a los duendes y a los gnomos. Pero sólo cuando somos niños.
Cuando crecemos, cuando nos convertimos en “adultos” (sin duda una de las peores palabras de un idioma), empezamos a olvidar lo que, por ser niños, sabíamos del mundo. Empezamos a olvidar la magia, la fantasía y algunos incluso olvidan la imaginación.
Los adultos a veces son muy tristes.
Sólo los niños son capaces de ver a los duendes y a los gnomos, porque saben dónde buscarlos.
Aunque, a veces, los adultos también son capaces de ver el mundo mágico del otro lado. Hay lugares en el mundo, en nuestro mundo, que son muy porosos, muy permeables a la magia del otro lado. Allí, incluso los adultos, a pesar de su seriedad y su estrechez de miras, son capaces de ver a los seres fantásticos que se cuelan desde su mundo fantástico, desde el otro lado.
La historia que voy a contaros a continuación trata sobre uno de esos lugares....

• • • • • •

Ese lugar especial que comunicaba nuestro mundo con uno de esos mundos fantásticos estaba en la cima de la Montaña Azul, al final del Sendero, cerca del pequeño pueblo llamado Musgo. El pueblo no era más que un puñado de cabañas de madera, cubiertas de una mullida manta vegetal que le daba nombre, amontonadas unas sobre otras en torno a la plaza central adoquinada, donde estaba la fuente con la estatua del Gigante, que derramaba chorros de agua desde su boca y desde las tres puntas del tridente de bronce que sujetaba con ambas manos. Musgo tenía solamente un centenar de habitantes y se asentaba a los pies de la gran Montaña Azul.
Musgo era un pueblo que vivía al borde de un mundo fantástico: no era raro ver revolotear pequeñas hadas de color verde, rosa y amarillo en las noches de primavera, o pescar pequeñas sirenas y tritones en el arroyo que bajaba desde la montaña y pasaba al lado del pueblo, o que las cosas desaparecieran o se cambiaran de sitio a causa de algún pequeño y travieso trasgo. La entrada al mundo fantástico del que provenían todas aquellas criaturas estaba en la cima de la Montaña Azul y todos en Musgo la llamaban simplemente “el portal”. A veces era inevitable que algo de magia se escapase, manifestándose en el mundo normal.
Para evitar (y sobre todo controlar) estas fugas, Musgo tenía el honor de acoger a los miembros de la Brigada de Guardianes del Sendero. Eran nueve hombres encargados de vigilar y custodiar el Sendero, el camino de tierra y rocas que ascendía alrededor de la Montaña Azul desde el llano y que llevaba hasta el portal. Tenían repartido el Sendero entre los nueve y cada uno de ellos vigilaba su zona durante el día. Por la noche usaban linces amaestrados de color verde turquesa, que daban la voz de alarma con sus maullidos, despertando a los Guardianes que siempre tenían que estar de guardia.
Séptido era uno de los miembros de la Brigada de los Guardianes. Vestía botas de cuero, pantalones de lona de color verde y un capote de piel de oso que le cubría hasta la cintura. Llevaba el pelo largo y desgreñado y su arma era un garrote tallado en una rama de roble. Su zona de Sendero abarcaba algo más de seis kilómetros y cuatrocientos metros: iba desde el recodo que el Sendero describía rodeando la Punta del Sastre en la ladera de la montaña hasta el gigantesco y ancho arce blanco que crecía al lado del Sendero, cuando éste discurría al borde de la ladera cortada a pico de la Montaña Azul. Toda su zona estaba en cuesta, y tenía partes de grava, otras de dura roca azul y alguna de arenilla color celeste prensada por el paso de tantas botas a lo largo de los siglos.
Séptido había vivido en Musgo toda su vida y todos le conocían, pero nadie recordaba ya su nombre: todos le llamaban por su nombre de Guardián. Incluso su anciana madre, con la que vivía en una cabaña con musgo verde oscuro en la pared norte y verde brillante en la parte sur, lo llamaba Séptido.
Séptido a menudo iba a trabajar caminando por el Sendero, recorriéndolo desde su principio, pasando por las zonas de Nóvido y Óctido, los primeros Guardianes del Sendero, empezando desde abajo. Otras veces atravesaba el bosque que crecía a los pies de la Montaña Azul y al sur de Musgo y llegaba hasta su zona del Sendero ascendiendo por la ladera de la montaña, por entre los árboles. Séptido era el último Guardián que vivía en Musgo, ya que a partir de Héxido los Guardianes vivían en la ladera de la montaña. Sólo los tres primeros (empezando a contar desde el pueblo) vivían en Musgo.
Durante su turno recorría su zona desde el recodo de la Punta del Sastre ascendiendo hasta el arce blanco, que hundía sus raíces en la ladera de la montaña sesenta metros más abajo de la copa que alcanzaba el Sendero. A veces charlaba con Óctido en el recodo que marcaba el inicio de su zona y el final de la de su compañero y otras veces hablaba y compartía el almuerzo con Héxido, sentados los dos en el Sendero al lado del arce blanco. Era un trabajo tranquilo, monótono y aburrido a veces, pero muy reconocido en Musgo. Séptido estaba muy orgulloso y muy contento con su trabajo.