martes, 4 de noviembre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XIX


UN COTILLEO QUE SEA NUEVO


Caminaron por el pasillo, viendo a lo lejos a una mujer sentada en un taburete, apoyada contra la pared de piedra. Tenía un ovillo de lana en el suelo y hacía punto con él y dos agujas grandes de hierro. Cuando llegaron hasta ella los miró, dejando su labor en el suelo y girándose para verles de cara.
- Muy buenas.... ¿Sois los escuderos de Castillodenaipes que pretenden rescatar a la princesa Adelaida? – dijo como saludo.
Los tres niños se miraron, asombrados.
- Sí, somos nosotros.... – dijo Darío.
- ¿Pero cómo se ha enterado? – preguntó María.
- Simplemente me entero – dijo la mujer, guiñando un ojo, pícara. – Igual que me he enterado de que tú te llamas Sergio, eres muy callado, muy fuerte, muy buena persona y te gustan las margaritas – dijo, haciendo que el escudero se pusiera colorado. – Y que tú te llamas Darío, eres inteligente, montas muy bien a caballo, piensas mucho las cosas y tienes miedo a los perros – Darío se sorprendió, poniendo más cara de asombro que de normal. – Y que tú te llamas María, eres habladora, dices lo que piensas, no tienes vergüenza ni miedo a nada, pero te pones nerviosa si tienes que hablar con Jacinto, otro de los escuderos de tu reino – terminó la mujer, haciendo que María se pusiese más roja que Sergio y se muriese de vergüenza.
- ¿Jacinto? ¿En serio? – preguntó Darío, riendo. Sergio también se reía.
- ¡Pues sí! ¿Pasa algo? ¿Os importa acaso? – dijo María, colorada.
- No, no pasa nada.... si es un chico estupendo – dijo Sergio. – Pero nunca nos lo habías dicho....
- No nos lo habíamos imaginado.... – dijo Darío, intentando apaciguar los ánimos.
- Pero bueno, ¿y usted quién es? – dijo María, molesta todavía, volviéndose hacia la mujer.
- Soy Maruja, una simple campesina, pero me entero de las cosas.... A mí no me gusta cotillear, pero es que la gente hace y dice unas cosas.... unas barbaridades.... – dijo Maruja, con un tono cotilla. – Así que no me queda más remedio que enterarme de las cosas.... Por eso esta prueba será difícil: tenéis que contarme un cotilleo que yo no conozca.
Los tres niños se quedaron un momento en silencio.
- ¿Así de fácil? ¿Sólo eso? – preguntó María.
- Sólo eso.... – respondió Maruja. – Me apuesto mi bufanda contra el pañuelo que lleva al cuello María a que no lo conseguís.
- Pues allá va: seguro que no sabe que la reina Clotilde tiene seis dedos en el pie derecho.... – dijo María, creyendo (como sus amigos) que si le contaban chismes del reino de Castillodenaipes la mujer no los conocería.
- ....y que la uña del sexto dedo le nace de color verde pistacho, así que tiene que pintarse el resto de uñas para disimular – dijo la mujer. – Sí, ya me lo sabía....
María puso una mueca de disgusto.
- Pues a lo mejor no sabe que Tobías, un panadero de Espadas, haciendo un día las barras de pan, se dejó una moneda dentro.... – dijo Darío, con entusiasmo, seguro de que la mujer no conocía aquella historia.
- ....y que la barra de pan acabó entre los panes del monasterio, justo el día que el obispo estaba de visita y que casi se murió atragantado por ella – terminó Maruja. – Sí, me la sabía.... ¡Ah!, y la moneda era de cinco sermones.
- Eso no lo sabía yo.... – dijo Darío, vencido.
- Pero lo que a lo mejor no sabe es que hay un mendigo en Bastos que pide siempre a la puerta de la iglesia del Santo Poder del Milagroso Despojo, que según dicen, es el antiguo novio de la reina Clotilde.... – intentó Sergio.
- ....y resulta que todo es mentira, porque el hombre era un antiguo templario que peleó en Tierra Santa hasta que le diagnosticaron alergia y, claro, el polvo del desierto va fatal para eso, así que se volvió aquí y se hizo mendigo, que es mucho más tranquilo y mejor pagado – respondió Maruja. – Vais a necesitar una historia mejor....
- ¿Y sabe lo del sastre del rey....?
- ¿....qué se cosió los dedos con la máquina sin querer y ahora va haciendo los cuernos del mal de ojo siempre? Sí, lo he oído....
- ¿Y lo de que el párroco de la iglesia de Marfil roba dinero del cepillo....?
- ¿....y se lo gasta en calabacines porque no para de cocinar porque quiere conseguir el mejor pisto del reino? También lo sé....
- ¿Y lo de las hormigas caníbales....?
- ¿....que salieron de la tarta de cumpleaños de la hija pequeña del marqués de Sonajero en plena fiesta y se comieron los juanetes de los invitados, las herraduras de todos los caballos y un caniche que había por allí? Sí, también me lo sé....
 Los escuderos siguieron así un buen rato, contando todas las historias que se les ocurrió, pero Maruja era una profesional: se sabía todos los chismes del reino de Cerrato, de Castillodenaipes y de algunos reinos vecinos. Parecía imposible encontrar una historia, chisme, cotilleo o chismorreo que aquella mujer no se supiese.
- ¡Oye! ¿Y lo de....? – saltó de pronto María, cuando ya sus dos amigos estaban cansados y derrotados. Les cuchicheó algo al oído y los dos niños se animaron.
- Eso puede que funcione.... – dijo Sergio.
- ¿Usted sabe que hay un hombre en su reino que se ha enamorado de la princesa Adelaida? – dijo María, recordando lo que les había contado Romero, el herrero. – ¿Y que sufre tanto por verla encerrada que quiere liberarla tanto como nosotros?
- ¡No puede ser! ¡Qué me dices! ¿De verdad? – saltó Maruja, asombrada e interesada. Cuando se dio cuenta se tapó la boca con la mano, pero ya era tarde: su reacción inicial demostraba que era una historia que no conocía. – Está bien, me habéis ganado.... Pero eso no es lo importante: ¿quién es? ¿Adelaida lo sabe? ¿Le corresponde?
- Tiene conocidos entre el pueblo – dijo María, haciéndose la interesante y la misteriosa – pero no puedo contarle más. Casi es mejor que se entere usted misma....
- ¡Uy! Dalo por hecho, niña – aseguró Maruja, contenta por tener un nuevo cotilleo que investigar. Les hizo entrega de la bufanda sin rencores. – Muy bien, podéis seguir con vuestras pruebas por este pasillo, hasta una sala de armas que hay a la derecha. Allí os encontraréis con el siguiente personaje.
- Muchas gracias – contestaron los escuderos, girando a la izquierda para caminar por el pasillo que les mostraba la campesina.
- Espero que rescatéis a la princesa – les dijo desde atrás, haciendo que los tres se giraran para mirarla, asombrados. – La verdad es que es muy aburrida, de tan perfecta que es: no se mete en líos, no da que hablar.... ¡¡No hay manera de sacar chismorreos de ella!!
Los tres escuderos siguieron su camino, después de despedirse y de darle las gracias a la campesina.
- ¿Pero es que en este reino de locos no hay nadie que quiera quedarse con la princesa que nos han robado? – preguntó Sergio, incrédulo.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XVIII


UN EJERCICIO DE CONCENTRACIÓN

 Por las escaleras llegaron hasta otro pasillo, muy ancho y largo, que se extendía hacia la derecha y hacia la izquierda. Los tres se pararon, porque no sabían hacia dónde tenían que tirar.
- ¡Por aquí! – les ordenó una voz, que llegó desde su izquierda. Caminaron hacia allí y vieron a una mujer muy guapa dentro de una sala. – Es aquí.
Los tres niños entraron en la sala, que era muy grande, tenía muchos pendones colgados en las paredes y muchas mesas en el suelo.
- Estáis en el Gran Salón del castillo de Astudillo – les dijo la mujer, que era alta, delgada y muy imponente. – Yo soy Gadea, la única soldado que queda en la villa. Soy arquera, así que mi prueba está clara: tenéis que vencerme en un concurso de tiro con arco.
“Me apuesto mi mejor flecha – dijo la arquera, sacando una del carcaj y enseñándola – a que no sois mejores que yo con el arco. ¿Qué me ofrecéis como apuesta? Tiene que ser algo que me interese, algo que me sirva para mis ejercicios de tiro con arco....
Los escuderos se miraron, murmurando: ninguno tenía nada que tuviese que ver con el tiro con arco.... Entonces Sergio se dio cuenta de una cosa y rebuscó en su mochila, hasta que encontró una pelota de tela rellena de grano, sacándola y enseñándosela a la arquera.
- ¿Sirve? Podéis lanzar la pelota a lo alto y luego tratar de acertarla....
- Me vale.
Entonces, la mujer tomó la flecha que les había enseñado antes sacándola del carcaj, la cargó en el arco, tensó la cuerda y disparó hacia arriba, todo en el mismo movimiento. La flecha se clavó con fuerza en una de las vigas del techo. Los tres escuderos tragaron saliva, impresionados.
- Aquí la hemos cagao.... – murmuró María.
- ¿Qué hay que hacer? – preguntó Sergio, preocupado.
- Tenéis que hacer caer esa flecha que he clavado con otro disparo – explicó Gadea, con tranquilidad, sacando otra flecha del carcaj y ofreciéndosela con el arco a los escuderos. – Con que la toquéis me basta....
Los tres niños miraron el arco y la flecha como si estuviesen viendo un dragón. Les parecía algo imposible.
- Darío, tira tú – dijo María.
- ¡¿Yo?! ¿Por qué? – preguntó asustado el chico.
- Yo soy muy mala con el arco – explicó María – y Sergio tiene el pulso muy malo. Tú eres el único con la tranquilidad suficiente para hacerlo....
Darío todavía dudó un poco más, pero no protestó. Al final suspiró y acabó cogiendo el arco y la flecha. La colocó en el arco, tensando un poco la cuerda, mientras andaba por el Gran Salón. Se paró al lado de la puerta, volviéndose para mirar la flecha: la veía desde abajo y desde un lateral. Era un disparo difícil, pero tenía mejor ángulo desde allí que desde justo debajo de la flecha, donde estaban sus dos amigos y la arquera. Los dos niños le miraban con desesperación y la mujer lo hacía con curiosidad.
Darío apuntó y tensó la cuerda un poco más, hasta que las plumas de la flecha le rozaron la mejilla. Mantuvo la postura, respirando cada vez más lento, profundamente, tranquilizándose, intentando conseguir un buen tiro. Cuando se sintió calmado contuvo el aliento, manteniendo las manos quietas. Entonces soltó la flecha.
El proyectil voló recto y hacia arriba, ascendiendo hacia la flecha clavada. Pasó rozándola, por el lado derecho, y se acabó chocando contra la pared de enfrente. La flecha de la viga se sacudió un poco cuando la otra flecha la rozó, moviéndose en su agujero de la madera. Se movió otro poco más y acabó soltándose, cayendo al suelo.
- Buen disparo – dijo la arquera, realmente impresionada, mientras Darío volvía resoplando de alivio a donde estaban sus amigos, que le vitoreaban. Gadea recogió la flecha que había estado clavada en la viga de madera y se la ofreció a Darío. – Esta flecha es vuestra. Ahora podéis seguir con vuestras pruebas saliendo al pasillo y yendo hacia la izquierda, hasta que lleguéis a un cruce. Allí os estará esperando la siguiente persona.
- ¿Son muchas pruebas? – preguntó María con tono lastimero.
- Unas cuantas....
- Pero, ¿por qué hacéis esto? – preguntó la niña. – Sólo queremos recuperar a nuestra princesa.... Los que fuisteis malos sois vosotros, que la raptasteis....
- No me preocupa valorar lo que está bien y lo que está mal, los que son buenos y los que son malos.... Yo soy leal a mi reina y cumplo sus órdenes – explicó la arquera, con voz seria. – Pero entiendo que vosotros sois leales a vuestra princesa y por eso deseo que cumpláis vuestro objetivo. Buena suerte....
La arquera terminó sonriendo y los tres escuderos la imitaron.
- Muchas gracias – dijo María. Después los tres niños salieron al pasillo y siguieron las indicaciones de la arquera, en camino a su siguiente prueba.


jueves, 30 de octubre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XVII




UN MARTILLAZO EFICAZ
 
María, Darío y Sergio entraron al castillo de Astudillo por las cocinas, todavía un poco desconcertados. No comprendían muy bien lo que había pasado con el mago del reino (ellos en realidad no sabían que se habían enfrentado al aprendiz del mago) y lo de las pruebas a las que se tendrían que enfrentar les había puesto un poco nerviosos.
Los tres se habían esperado que tuviesen que enfrentarse a alguna dificultad y que encontrasen resistencia por parte de los habitantes del reino de Cerrato, pero al final se habían encontrado el reino vacío y una serie de pruebas que tenían que superar. Si todas eran como la primera lo tenían bastante fácil.
Los escuderos atravesaron la cocina y salieron a un pasillo, que recorrieron hasta llegar al vestíbulo del castillo. Era una sala circular muy grande, de la que salían muchos pasillos y entradas con forma de arco a diversas escaleras.
- ¡Hola! – los saludó un hombre grandote que había en medio de la sala. Iba vestido con una camisa blanca y un mandil de cuero que le llegaba hasta los tobillos. Tenía el pelo negro largo y ondulado peinado hacia atrás y un martillo grande en la mano. Sonreía mucho, para tratarse de alguien que en teoría era su enemigo. – Habéis pasado la prueba del aprendiz de mago, ¿verdad? Bueno, pues ahora os toca la mía....
Los tres escuderos se acercaron a él, con cautela. El hombre era muy amable, no los miraba con desafío ni enemistad y les sonreía mucho.
- ¿Usted nos va a poner una prueba? – preguntó María, con asombro.
- Sí.... ¿tan raro os parece? – bromeó el hombre.
- Un poco.... – dijo Darío.
- Es usted muy amable tratándose de nuestro enemigo – explicó María.
- ¡Ah! Bueno.... que seamos de reinos diferentes, hayamos raptado a vuestra princesa, vosotros queráis recuperarla y estemos enfrentados no nos convierte en enemigos – dijo el hombre, sorprendentemente. – Soy Romero, el herrero del reino. Y, la verdad, lo que hemos hecho con Adelaida me parece una verdadera faena. Ella es vuestra princesa, y por mucho que la raptemos no se va a convertir en la nuestra.... Además, un muy buen amigo mío está enamorado de ella, y veo cómo sufre por verla encerrada. Así que casi prefiero que consigáis llevárosla.
Los tres escuderos sonrieron.
- Aunque, claro, la prueba os la tengo que poner igualmente. Es una orden directa de mi reina – dijo el herrero, encogiéndose de hombros, incapaz de saltarse aquél trámite. – Y me apuesto mi martillo a que no sois capaces de pasarla....
- ¿El martillo? – preguntó Darío.
- Sí. Me apuesto el martillo a que no sois capaces de cumplirla. A los habitantes de Cerrato ya sabéis que nos gusta apostar.... – explicó el herrero. – Bueno, ¿qué os apostáis vosotros? Tiene que ser algo que me sirva, algo que pueda usar....
Los tres escuderos se miraron, un poco asombrados. Aquel reino les desconcertaba. Ya sabían que los habitantes del Cerrato apostaban compulsivamente, pero no imaginaban que en su misión para rescatar a la princesa Adelaida ellos tuvieran que hacerlo. Además, no sabían qué podían apostarse con el herrero. Al final, a Darío se le ocurrió algo.
- ¡Uy! Creo que llevo unas herraduras en mi mochila.... – dijo el niño, rebuscando. – Son de buen acero, del caballero al que sirvo. Quizá le valgan.
- Están muy bien, me valen como apuesta. Pues bueno, vamos a por la prueba....
Romero guió a los tres escuderos hasta un caballete de madera que había colocado al lado de la pared. Sobre el caballete, de los que se usaban para sostener tablas de madera para usar de mesas o andamios improvisados, había clavado un trozo de madera ancho. Había una punta colocada sobre el madero, larga y fina. Sólo el pico estaba clavado en la madera, consiguiendo que la punta se mantuviera vertical.
- Tenéis que clavar la punta de un solo martillazo – dijo el herrero, tendiendo a los niños el martillo que llevaba en las manos. – Tan simple como eso.
Los tres niños se quedaron mirando la punta durante un  rato, en silencio. Al fin Darío se volvió hacia sus dos amigos.
- Inténtalo tú, Sergio: eres el más fuerte de los tres.
Sergio le miró y después a María. Sus dos amigos le animaron con la mirada. El escudero se encogió de hombros, se acercó al herrero, cogió el martillo de su mano y luego anduvo hasta ponerse delante del caballete.
Sopesó el martillo en la mano, mirando fijamente la punta, erguida sobre la madera. Calculó la distancia y la fuerza, moviendo el martillo encima de la punta, sin tocarla. Sacó la lengua, poniéndola entre los dientes, levantó el brazo hasta arriba y descargó el golpe con todas sus fuerzas.
¡Pam!, hizo el martillo contra la madera.
Sergio apartó el martillo y los tres escuderos y el herrero se inclinaron para mirar. La punta había desparecido, sólo se veía la cabeza asomar ligeramente sobre la superficie de la madera.
- ¡Muy bien! – dijo Romero, alegre de verdad. Sonrió a Sergio y le dio una palmada en la espalda. – Buen golpe. Me habéis ganado el martillo limpiamente. Seguid por esas escaleras hasta la siguiente prueba.
Los tres escuderos se despidieron del simpático herrero y subieron contentos los escalones de piedra.
- ¡Buena suerte! – les deseó Romero.

lunes, 27 de octubre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XVI


UN MEJUNJE MISTERIOSO

Al día siguiente, viernes ya, los tres escuderos continuaron su viaje, después de haber dormido en el monasterio. Continuaron su caminata bien descansados y alimentados, gracias a la amabilidad de los frailes, que les dejaron buenas camas para dormir y les sirvieron un buen desayuno cuando despertaron.
- ¡¡Viene alguien!! – avisó Gadea, desde lo alto de una torre del castillo. La arquera había recibido la orden de hacer las veces de vigía, desde lo alto de las torres, ya que era la que mejor vista tenía, para vigilar la posible llegada de enemigos. Ahora que sólo quedaban nueve habitantes en Astudillo (sin contar a la princesa Adelaida, que estaba prisionera) tenían que protegerse bien.
- ¿Quién es? – preguntó Romero, desde la muralla del castillo, desde abajo.
- ¡Son tres figuras! ¡Te apuesto algo a que son niños! – dijo la arquera, poniéndose la mano en la frente a modo de visera. – ¡No puedo reconocer quiénes son, pero parece que no vienen armados! ¡Vienen por la carretera de la colina de Torre Marte!
- ¡Avisaré a la reina! – dijo Romero, corriendo por la muralla para entrar al castillo. Fue hasta la Sala del Trono y allí se encontró con su majestad la reina Guadalupe, con la infanta Rosalinda y con fray Malaquías.
- ¿Sucede algo, Romero? – preguntó la reina al ver llegar al herrero con tanta prisa y tan apurado.
- Sí, majestad. Gadea ha visto venir hacia acá a tres extranjeros – informó. – Parecen tres niños, majestad.
- ¿No sabemos quiénes son?
- Gadea no los ha reconocido.
La reina se frotó la barbilla, pensando.
- Puede que vengan a rescatar a Adelaida.... – sugirió Rosalinda, escondiendo su alegría. Si la princesa desaparecía de Astudillo, rescatada por sus súbditos de Castillodenaipes, ella volvería a ser la candidata para ocupar ese puesto.
- No podemos permitirlo, entonces – dijo la reina.
- Son niños, majestad – dijo fray Malaquías, con tono tramposo. – Serán fáciles de echar de aquí....
- Ya me diréis cómo. No tenemos ejército, y nuestras fuerzas militares son una arquera, un herrero y el verdugo. Sin contar con ese aprendiz de mago metepatas....
- Enviemos al aprendiz, para que los entretenga con sus hechizos y sus magias – dijo el fraile, maquinando. – Me apuesto el hábito a que se quedan embobados y se olvidan de lo que venían a hacer....
- ¿El hábito? ¿Estáis seguro? – dijo la reina, con ojos fanáticos. Romero también lo observaba ansioso. – ¡Yo me apuesto la corona!
- Era sólo una forma de hablaaaaaar.... – dijo el fraile, con tono cansado.
- Si han venido a por su princesa no se rendirán tan fácilmente – opinó Romero, con respeto, recuperándose de su recaída anterior.
- Romero tiene razón. Tenemos que prepararles una trampa o algo así.... – dijo la reina Guadalupe. De repente sonrió, con los ojos brillantes. – ¡Ya está! Les pondremos una serie de pruebas y les apostaremos algo a que no son capaces de pasarlas.
- ¿Qué pruebas? – preguntó Rosalinda.
- ¡Lo que sea! Lo que se nos ocurra a cada uno.... – dijo la reina, pensativa. – Hay que traer aquí al aprendiz de mago para que los entretenga al principio, como ha dicho el padre Malaquías. Así nos dará tiempo a los demás a pensar nuestra prueba....
- Iré a buscarle yo, madre – se ofreció Rosalinda.
- Yo traeré aquí a los demás, majestad, para que les explique usted el plan – dijo Romero, saliendo de la Sala del Trono detrás de la infanta.
Mientras Romero llevaba a todo el mundo a la Sala del Trono con la reina, Rosalinda fue hasta la puerta que comunicaba el castillo con la torre del mago. Llamó a la puerta dando puñetazos, hasta que el aprendiz contestó desde dentro.
- ¡¿Quién es?!
- Soy la infanta Rosalinda, zopenco – contestó la muchacha, soberbia. – Ábreme la puerta.
- ¿Qué queréis, majestad? – preguntó el aprendiz, solícito, una vez que abrió la puerta y se asomó por ella. Tenía muy mala pinta, con anchas ojeras y los pelos grises despeinados. Las gafas estaban sucias y las llevaba en la punta de la nariz.
- Tres invasores han venido hasta aquí a rescatar a Adelaida – explicó la infanta. – Mi madre ha organizado un plan para impedírselo y tú tienes que ser el primero que les ponga una prueba que les entretenga un rato mientras los demás preparan sus pruebas – Rosalinda sonreía, contenta. – ¿No lo ves? Es la oportunidad que queríamos para que Adelaida se vaya del reino. Si los tres extranjeros pasan todas las pruebas que les vamos a poner se llevarán a la princesa sin más problemas....
- Entonces.... ¿ya no necesitáis que siga preparando una poción para matar a la princesa? – dijo el aprendiz, triste.
- No, ya no hace falta. Si ayudamos con disimulo a los extranjeros que vienen a por Adelaida se la llevarán – dijo la infanta, con picardía. – Échales un hechizo o algo así, que seguro que no te sale y así pueden pasar a la siguiente prueba. Ya me encargaré yo de que consigan salvar a la dichosa princesita....
El aprendiz de mago se quedó allí, quieto y silencioso. Estaba muy triste. ¡Con las ganas que él tenía de demostrar que era un mago competente! Resulta que ahora ya no hacía falta que siguiese investigando pociones, hasta conseguir que una le saliese bien....
- Un momento.... ¿Qué habéis dicho de un hechizo? – preguntó de repente, dándose cuenta de lo que le había dicho la infanta.
- Que en tu prueba les eches un hechizo, para ver si son capaces de soportarlo. Como no te saldrá bien, pasarán la prueba sin más....
- ¡Eso es! ¡El hechizo! – dijo el aprendiz, animándose al instante. Se dio la vuelta para meterse de nuevo en su torre, pero Rosalinda le agarró por la túnica morada y le hizo detenerse.
- ¡¿Pero a dónde vas, mangurrián?! – le dijo Rosalinda. – Tienes que ir abajo, que los tres extranjeros están a punto de llegar al castillo.
- Pero.... es que....
- ¡Que no! Que ya no tienes nada que hacer ahí dentro. ¡Vamos! ¡A lo tuyo! Que me tienes contenta....
El aprendiz bajó corriendo las escaleras, mientras refunfuñaba, enfadado. Tenía que ponerse a entretener a unos extranjeros justo cuando se le había ocurrido cómo acabar con la princesa Adelaida.
¡Un hechizo! Se había obsesionado tanto con las pociones y los venenos que se había olvidado completamente de los hechizos. Su maestro, el mago Jeremías, tenía un grueso libro de hechizos. El aprendiz ya había leído unos cuantos y probado otros muchos, sin éxito. Pero había uno que le gustaba mucho y que casi le salía: era para hacer que los músculos del cuerpo se pusieran a bailar una lambada con los huesos del esqueleto. Estaba seguro de que ése iba a funcionar.
Pero ahora no podía ir a buscarlo y a prepararse para recitarlo, porque tenía que ponerles una prueba estúpida a los extranjeros que llegaban al castillo. Tendría que darse prisa con la prueba para poder volver corriendo a su torre y estudiar el hechizo....
El aprendiz se asomó a la muralla del castillo, viendo que los tres extranjeros estaban ya allí. Los tres iban vestidos como jóvenes escuderos, con una mochila a la espalda cada uno. Miraban la entrada del castillo, que estaba cerrada y con el rastrillo bajado. Los vio merodear alrededor del castillo, caminando hacia la entrada de las cocinas.
Así que corrió hacia las cocinas, por los pasillos interiores, para esperarles allí.
- ¡Bienvenidos, extranjeros! – dijo, con tono pomposo, abriéndoles la puerta. Los miró desde lo alto de los dos escalones que daban acceso a la cocina y se sorprendió. – ¡Pero si sois unos niños!
- Escuderos, si no le importa – replicó María, con chulería. – Y déjenos pasar, que hemos venido a por la princesa Adelaida – hizo intención de entrar pero el aprendiz se puso en medio, para no dejarle pasar.
- Lo siento, pero no podéis entrar.
Los tres niños se miraron. Estaba claro que aquel hombre extraño (de pelo gris pero con cara de niño, con gafas sucias y túnica morada) era algo mayor que ellos, pero tampoco tanto. Además, los tres haciendo fuerza le podrían sin problemas. Sólo con la mirada los tres llegaron a la misma conclusión, preparándose para entrar por la fuerza.
- A ver, que tengo mucha prisa y resulta que tengo que poneros una prueba – dijo el aprendiz de mago, con voz cansada, mientras se volvía hacia la cocina, cogiendo al vuelo un cuenco de barro, un poco de pimentón, azúcar glace, migas de pan de maíz y una pizca de vainilla. Llenó con agua caliente de una olla que estaba al fuego el cuenco y metió todos los ingredientes dentro, mezclándolos con su varita, como si fuera una cucharilla. – Si adivináis qué lleva esta poción os dejaré pasar dentro del castillo.
- ¡Yo! ¡Yo lo probaré! – dijo María, saltando de entusiasmo. Se volvió a sus amigos, segura de sí misma. – Soy muy golosa, así que seguro que adivino todos los ingredientes....
La niña cogió el cuenco de manos del aprendiz y miró el contenido de la sopa. Era un líquido muy aguado de color rojo, con trocitos de algo flotando. No tenía un aspecto muy apetecible. María se lo llevó a los labios y tomó un sorbo, saboreando el mejunje un instante.
- Lo rojo es pimentón, no hay duda – dijo, segura. – Los trocitos no sé de qué son.... – volvió a tomar un traguito, masticando con cuidado los tropezones. – Es pan, yo creo. Trocitos y migas de pan.
- Muy bien – dijo el aprendiz, aburrido, pensando solamente en el hechizo que tenía que encontrar en el libro de su maestro.
- Está dulce, así que lleva también azúcar – decía la niña en ese momento. – Y ya está.
- Falta un ingrediente – dijo el aprendiz, dispuesto a darse la vuelta y cerrarles la puerta en las narices. Si los escuderos no habían pasado la prueba se tendrían que volver a su reino y él podría encargarse de asesinar a la princesa, demostrando que era un buen mago.
- El caso es que me sabe a algo más, pero no sé a qué.... – dijo María, tomando otro sorbito.
- Huele como a natillas – intervino Sergio, intentando ayudar.
- ¡Eso es! Lleva vainilla también, ¿a que sí?
El aprendiz se detuvo, asombrado. Se dio la vuelta y tomó el cuenco de manos de la escudera.
- Sí señorita. Ésos eran los ingredientes de la pócima. Ahora tenéis que seguir vuestro camino por el castillo, según creo. Tenéis que pasar todavía unas cuantas pruebas más, y si falláis alguna no llegaréis hasta la princesa Adelaida. Yo os acompañaría gustoso, pero tengo que hacer cosas más importantes y muy urgentes. ¡Adiós!
El aprendiz de mago se recogió la túnica y salió corriendo, de vuelta a su torre.
Los tres escuderos se quedaron a la puerta de la cocina con los ojos como platos, asombrados, sin entender muy bien lo que había pasado.


jueves, 23 de octubre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XV




UN ACERTIJO PELIAGUDO

 En el reino del Cerrato, mientras tanto, un puñado de personajes se había quedado solo en Astudillo. El resto de habitantes del reino habían emigrado, escapando de la peste. En el castillo de Astudillo sólo quedaban la reina Guadalupe, su hija la infanta Rosalinda, fray Malaquías (que disfrutaba como un niño ante el apocalíptico espectáculo), el aprendiz de mago (que todavía tenía que cumplir el encargo de la infanta), la arquera Gadea (que, como era fiel a su reina, se quedaría o iría allí donde se quedase o fuese su majestad), la campesina Maruja (que quería quedarse para poder ser la única que supiese lo que ocurría en la capital, para poder luego contárselo a la gente cuando volviera), el verdugo Bernabé (que sufría por haber raptado a la princesa Adelaida y ahora quería quedarse cerca de ella), el herrero Romero (que decidió quedarse con su amigo Bernabé, para ayudarle con su mal de amores), “Lepre” y la princesa Adelaida.
La princesa estaba ahora encerrada en una habitación, muy lujosa, pero con barrotes en la puerta y en la ventana. Era ahora una prisionera, encerrada en su habitación para que no pudiera escapar. Ya no tenía súbditos a los que calmar con su presencia, así que la reina Guadalupe había preferido mantenerla vigilada y controlada, convencida por su hija Rosalinda, que había pensado en todo.
- Mamá, si encerramos a Adelaida la tendremos mucho mejor controlada, ahora que somos muy pocos en el reino y que los alguaciles y los soldados se han ido – explicó la infanta a su madre, engatusándola. – Mientras no haya súbditos que la aclamen la princesa no sirve para nada, así que es mejor tenerla encerradita y vigilada hasta que la gente del pueblo vuelva, cuando se den cuenta de que no hay peste en el reino de Cerrato.
La reina Guadalupe estuvo de acuerdo y así lo hizo. En realidad Rosalinda lo que quería era tener bien controlada a Adelaida, a su merced, hasta que el aprendiz de mago tuviese a punto un nuevo veneno que no fallase, no como el otro, que justo había tenido el efecto contrario.
El aprendiz se pasó todo ese día enclaustrado en su torre, elaborando mil y una pociones, fabricándolas y cocinándolas, probándolas en ratas de laboratorio, pero ninguno de sus venenos funcionaba: uno hacía crecer el pelo fuerte y lustroso, otro eliminaba el sarro y las caries, otro devolvía la vista a los ratoncitos viejos y ciegos, otro hizo crecer los dientes a los desdentados.... pero ninguno cumplía el efecto principal de un veneno: matar.
El aprendiz de mago echaba mucho de menos a su maestro, y cada día deseaba que volviese cuanto antes o que nunca se hubiese ido.
Por su parte, los tres escuderos de Marfil recorrieron la carretera, sin intentar cruzar el puente al que conducía. Siguieron más al norte, por un camino de piedras que había entre las hierbas y matorrales del campo. Media milla al norte del puente, encontraron la barca que buscaban, con la que cruzar el río. La barca tenía un par de remos, y además había una gruesa y resistente cuerda puesta desde una orilla a otra, atada a unas rocas, muy tensa. Ya fuese usando los remos o la cuerda se podía cruzar el río con más o menos facilidad.
Los tres escuderos no encontraron a nadie vigilando la barca, como esperaban. Sin embargo, encontraron un pastor delante de la barca. El hombre, bajito y regordete, con boina y faja de color rojo, tenía una cesta llena de coles colgada del brazo, un oveja atada con un cordel sujeta con la otra mano y estaba acompañado por un lobo desnutrido, que jadeaba a su lado.
- Buenas tardes – saludó María,  amistosamente.
- Güeas tardes – contestó el pastor, con acento cerrado pero tono amable.
- ¿Va usted a cruzar? – preguntó María, señalando la barca.
- Eho iba a hacer.... – contestó el pastor, sin moverse, delante de la barca. Los tres escuderos esperaron que empezase a cruzar, pero el hombrecillo no se movió.
- ¿Tiene algún problema? – preguntó Darío, cauteloso.
- Psé.... – dijo el hombrecillo, de medio lado. – Enresulta que la barca está mu vieja y aguanta poco peso. Si monto con la cesta de coles ya no pué subir na’ más. Si monto con la oveja tengo que dejar tó lo demás aquí. Y si monto con el lobo, no pueo meter más peso en la barca – explicó el hombre, con su acento cerrado. – Pero es que si dejo a la oveja con las coles, me las come, y si dejo a la oveja con el lobo, me la devora. Y no sé cómo hacerlo....
- ¿Y tiene que pasar con todo al otro lado?
- Psé....
- ¿No puede dejar nada aquí? – preguntó María.
- ¡No! Las coles son pa’ mi madre, recién comprás en Marfil. La oveja es mía, y no la voy a ir dejando en cualquier lao. Y el lobo lo he criao desde pequeño, así qués como mi mascota: lo que pasa es que hemos pasao mucho hambre este último año, y seguro que me se come la oveja, aunque está muy bien adiestrao....
- Ya veo.... ¿Y si nos deja pasar a nosotros antes? – pidió Daría.
- ¡Yé! De eso na’.... Yo llegué antes y tengo preferencia.... – contestó el pastor, orgulloso.
- Ya, ya.... Pero si le ayudamos con su problema, quizá encontremos la solución antes y podremos pasar todos el río antes de que caiga la noche.
- Psé.... Eho sí qués asín – reconoció el pastor.
Los tres escuderos se pusieron a pensar, mientras el pastor arrugaba la cara y se rascaba la calva debajo de la boina, un poco perdido al ver pensar tanto a otros.
- Está claro que el pastor tiene que cruzar siempre, si no los animales y la cesta no pueden usar los remos o agarrarse a la cuerda.... – dedujo Darío.
- Y si pasa con la cesta de coles el lobo se come a la oveja. Pero si pasa con el lobo, la oveja se comerá las coles.... – opinó María.
- Entonces está claro que tiene que pasar primero con la oveja – dijo Sergio, silencioso como siempre.
El pastor hizo caso de los escuderos y cruzó el río con su oveja, usando los remos. Una vez llegó a la orilla se bajó a tierra con la oveja.
- ¡¿Y ahora qué?! – preguntó desde el otro lado.
- Ahora, ahora.... – pensaba Darío.
- Ahora tendrá que volver a coger otra cosa – dijo María. – Por ejemplo, la cesta de coles.
- Pero si lleva la cesta de coles hasta allí y se vuelve a por el lobo, la oveja se comerá las coles – repuso Darío.
- Bueno, pues entonces que se venga a recoger al lobo – dijo María, sin perder el entusiasmo.
- Sí.... No – repuso Darío, negando con la cabeza. – Porque si lleva al lobo allí y vuelve a por las coles, el lobo se comerá mientras tanto a la oveja....
- ¡Vaya lío! – se quejó María.
- ¡Ahí, ahí está el poblema! – dijo el pastor desde la otra orilla.
- Que vuelva con la oveja.... – dijo Sergio.
- ¿Cómo?
- Que lleve lo que sea, pero que se traiga la oveja, para que no se coma las coles o se la coma el lobo.... – dijo Sergio, con su grave voz tranquila.
- ¡Claro! – salto María. – Si se lleva de allí a la oveja ya no hay problema....
- Probémoslo – dijo Darío.
Le dieron las instrucciones al pastor, haciendo que volviera él solo hasta la orilla en la que estaban ellos. El pastor volvió a irse con la cesta de coles, dejando al lobo solo con los tres escuderos. Al llegar al otro lado hicieron que el pastor dejara las coles y se trajera de nuevo a la oveja, dejando la cesta sola. Cuando volvió le dijeron que dejara a la oveja con ellos y se llevara al lobo. Llegó a la otra orilla y dejó al lobo con la cesta de coles, a la que el animal ni siquiera miró. El pastor volvió solo a recoger a la oveja, para hacer el último viaje.
- ¡Espere! Tenemos una cuerda en el equipaje – dijo Darío, mientras Sergio se quitaba el petate y sacaba una cuerda delgada de él. – Átela a la barca y así cuando llegue a la otra orilla con sus cosas nosotros podremos tirar de la cuerda y recuperar la barca, para poder cruzar.
- Eho está hecho.... – dijo el pastor, que cruzó con su oveja y llegó al otro lado con todas sus cosas. Dejó la barca libre y los tres niños tiraron de la cuerda para traerla de nuevo hasta su orilla. – ¡Mu agradecío, ¿eh?! ¡Buena suerte!
- ¡Gracias! – dijo María. Los tres niños recuperaron la barca mientras el pastor volvía a ponerse en marcha, con la cesta de coles colgada del brazo, tirando de la correa de la oveja y seguido del pacífico lobo.
Los tres escuderos pasaron fácilmente el río (primero fueron Sergio y María, la niña se quedó al otro lado mientras Sergio volvía remando a la primera orilla a buscar a Darío, y luego pasaron los dos chicos juntos) y siguieron su camino. Se les hizo de noche mientras caminaban por las carreteras del reino, vacías y desiertas. Pasaron cerca de Oros y Copas, desviándose de las ciudades para no tener líos con el toque de queda que estaban violando, y llegaron hasta la frontera, en la colina de Torre Marte. Allí no tuvieron ningún problema en pasar, ya que los monjes del monasterio de lo alto de la colina les dejaron cruzar sin ningún inconveniente.