domingo, 10 de noviembre de 2013

Oficios, Gatos y Otros Quebraderos de Cabeza (6 de 6)

Ramón quería ser dentista.
No es que siempre hubiese soñado con esa profesión, o que supiese mucho de dientes y enfermedades. En realidad no sabía nada de ello y nunca se le había pasado por la cabeza que su oficio soñado fuese el de dentista.
En realidad lo que ocurría era que, después del encuentro con el último gato, Ramón había comprendido que lo que quería era estar en la granja con sus padres, vivir en el campo como siempre había hecho, y que para hacer eso no debía trabajar a disgusto en la ciudad hasta conseguir mucho dinero para volverse a la granja.
Lo que debía hacer era dedicarse a trabajar en algo que hiciese falta en el campo, algo que sus vecinos y los demás ratones de campo necesitasen y no tuviesen. Y Ramón pensó en los dientes.
Los dientes de los ratones nunca dejan de crecer, por eso siempre están royendo cosas. Eso hace que la mayoría de los ratones tengan los dientes mal, o que les duelan, o que se les rompan o que se les ensucien tanto que sufren enfermedades dentales. Ramón decidió que podría aprender a ser dentista, porque si bien no era lo que más le gustaba, sí que le gustaba mucho la idea de tener un oficio que ayudaría verdaderamente a sus vecinos y compañeros del campo.
Al día siguiente buscó una clínica dental y se coló en ella. Entró en la sala donde el dentista atendía a sus pacientes, para aprender todo lo que pudiese de él y aplicarlo a los ratones del campo.
Pero nada más entrar en la consulta, un gato gris se lanzó maullando sobre él. Era un gato europeo de pelaje corto, lo que se conoce como gato doméstico o gato común. Era largo y musculoso, de cabeza redonda y ojos verdes, y un pelaje muy bonito de color gris perla. Sin embargo, Ramón no se fijó en todos esos detalles. Se dedicó a huir de él lo más rápido que pudo.
Por suerte pasó por debajo de la butaca que el dentista tenía para los pacientes y el gato gris, al seguirle, se enredó con las piernas de su dueño, lo que le dio a Ramón una gran ventaja. Trepó por un cable que había en la pared, pegado a ella, hasta una pequeña caja de plástico con ruletitas, encajada en la pared. Era la caja de controles del hilo musical de la consulta y le proporcionó a Ramón un escondite alejado del gato.
Éste, dando vueltas como loco por la consulta, no encontraba ni rastro del ratón que había visto hacía un momento. Molestaba tanto que su dueño acabó por echarle de allí.
- ¡¡Venga!! ¡¡Fuera!! Ya está bien de molestar....
Ramón disfrutó entonces de una jornada estupenda, tranquilo y sin interrupciones. El dentista trató a muchos pacientes aquel día y Ramón observó atentamente cómo los trató a todos. A veces el gato volvía a entrar en la consulta, cuando salían o entraban los pacientes, pero su dueño lo echaba siempre, así que Ramón estaba tranquilo subido en lo alto.
Pero Ramón comprendió poco a poco que el oficio de dentista era muy triste. Muchos de los pacientes de aquel dentista eran niños, y Ramón vio lo mal que lo pasaban en la butaca. La mayoría lloraba y le dolían mucho la boca o los dientes, tanto antes como después de ser tratados por el dentista.
Ramón, que era un ratón de campo muy listo, comprendió que no debía dedicarse a ser dentista para los ratones del campo. Debía ocuparse de los dientes, pero de otra forma.
En un descuido del dentista Ramón bajó de su escondite y se llegó hasta la mesa del instrumental del dentista. Allí recogió un diente picado que acababa de sacarle a un niño, lo metió en la bandolera que le había regalado su madre y salió corriendo de allí.
Ya en la pensión se pasó toda la noche tallando el diente, fabricando con él unos pendientes y un colgante a juego. A la mañana siguiente se sentó en un taburete en la calle y anunció las joyas que tenía. Pronto las vendió y consiguió un par de monedas.
Ramón sonrió contento. Había encontrado su oficio.
Se quedó otra semana más en la ciudad, visitando todos los días varias casas, hasta dar con alguna en la que viviese un niño al que se la había caído un diente. Entonces se colaba en ella, guardaba el diente en la bandolera, se lo llevaba y por la noche lo tallaba, haciendo joyas con él. Lo vendía al día siguiente y le llevaba una moneda al niño. Le parecía lo más justo: él había tallado las joyas y las había vendido, pero la materia prima se la había proporcionado el niño.
Pronto tuvo que contratar una cuadrilla de ratones para que lo ayudaran: ellos se encargaban de traerle los dientes y de venderlos, mientras que él los tallaba cada día. Las monedas que conseguían vendiendo las joyas que Ramón tallaba (pendientes, collares, anillos, colgantes, broches.... todo para ratones) se repartían entre él, su cuadrilla de ayudantes y los niños que habían perdido los dientes.
Al principio su cuadrilla era de cinco ratones, después de diez, luego de veinte y pronto más de un centenar de ratones estaban a su servicio. Con tantos trabajadores, enseguida pudieron empezar a dejar las monedas al mismo tiempo que recogían los dientes que los niños le dejaban. Recogían cientos de dientes cada noche, que Ramón tallaba cada día. Se vendían muy bien, así que los beneficios eran suficientes para pagar a todos los trabajadores, para los regalos de los niños y para que Ramón pudiese darles parte a sus padres para que se jubilaran.
Ramón fundó una empresa, bautizada con el apellido de su padre, que dirigía desde la granja, viviendo con sus padres. Allí gestionaba todo el negocio y tallaba las piezas. Los niños tomaron por costumbre dejar los dientes debajo de la almohada, lo que facilitaba el trabajo de los ayudantes de Ramón.
La leyenda del ratón que recogía dientes caídos de debajo de la almohada y dejaba monedas se hizo muy famosa y se extendió por todos los campos y todas las ciudades del país.
Ramón Pérez se sentía muy satisfecho y muy contento con su oficio.

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