martes, 5 de noviembre de 2013

Oficios, Gatos y Otros Quebraderos de Cabeza (3 de 6)

Ramón se pasó dos días metido en su habitación en la pensión para ratones, asustado. Estaba decidido a volver a la granja con sus padres, aunque aquello significase que se había rendido y la ciudad había podido con él, pero de aquella manera estaría a salvo y no acabaría en el estómago de ningún gato.
Con el paso del tiempo se calmó y acabó convenciéndose de que lo que le había ocurrido en el taller del maestro carpintero era algo normal en la gran ciudad, y que a partir de entonces debería tener más cuidado.
Así que al tercer día salió de su caja llena de viejas servilletas (muy cómodas y suaves) y volvió a la calle, dispuesto a encontrar un trabajo, aunque más precavido.
Dio vueltas durante casi una semana, hasta que acabó llegando a una parte de la ciudad que todavía no había visitado. Allí las calles estaban más limpias, había más árboles y las aceras eran más amplias. Todo parecía distinto.
Se fijó en un gran escaparate, desde el que se podía ver un local muy lujoso, con paredes de mármol y bonitos cuadros colgados sobre ellas. Se fijó en el cartel y descubrió que aquel sitio tan bonito y elegante era un restaurante.
Ramón buscó la puerta trasera de aquel sitio, para poder entrar. Le gustaba mucho cocinar (en la granja lo hacía muy a menudo) y quería comprobar si era verdad que podía trabajar de cocinero y se ganaba mucho dinero con ello.
Encontró el callejón y se coló en la cocina por un agujero en la puerta metálica, que estaba cerrada pero muy oxidada.
Un montón de olores (verduras, carne al horno, pescado en salazón, queso fuerte muy curado, frutas en almíbar, sopa cociendo, lavavajillas, lejía, desinfectante....) le golpearon en la pequeña naricilla. Ramón recorrió la cocina con mucho cuidado, escondiéndose por entre los equipos de la cocina, las mesas de acero inoxidable y por debajo de los fregaderos y los lavavajillas.
En aquella cocina inmensa había un montón de humanos vestidos de blanco trabajando, cada uno ocupado con sus quehaceres: uno atendía unos fuegos, otro aderezaba unas ensaladas, otro limpiaba unos hornos, otro guisaba varias sopas en diferentes pucheros, otro cortaba la carne sobre una mesa amplia con un cuchillo enorme....
Ramón estaba maravillado con todos ellos, pero sobre todo con una mujer que pasaba por todos los puestos, atenta al trabajo de todos los cocineros: era la cocinera jefe. Iba también de blanco, pero el uniforme era ligeramente diferente. Su cara también lo era, seria y concentrada, de una manera profesional.
Ramón se encaramó a lo alto del fregadero, trepando por un trapo de cocina colgado del borde y luego subió hasta una repisa llena de botes de especias, escondiéndose entre ellas para ver mejor todo lo que ocurría en la cocina. Estaba maravillado, y aquello era mejor que la carpintería.
Ya sabía a qué quería dedicarse.
- ¡¿Qué haces tú aquí?! – le dijo una voz malhumorada desde el suelo. – ¿No habrás venido a robar?
Ramón miró bajo él, al suelo, y vio un gato blanco, largo y delgado, con las patas finas y largas. Tenía el pelaje fino y brillante y le observaba con dos grandes ojos azules, ligeramente oblicuos hacia arriba.
- No, no, no, no.... Todo lo contrario – repuso Ramón, preocupado. Todo el miedo que había sentido de forma repentina al ver al gato se había cambiado por preocupación al oír llamarle ladrón. Quería dejar claras sus intenciones honradas. – No pretendo robar nada, por supuesto. He venido a aprender.
El gato lo miró sorprendido, con el ceño fruncido sobre sus transparentes ojos azules.
- ¿Quieres convertirte en cocinero? – le preguntó el angora turco.
- Nada me gustaría más....
- ¡Qué alegría! Así que eres otro aficionado a la cocina, ¿eh? – le dijo el gato, contento. Ramón no pudo evitar sonreír mientras asentía. – ¡Oh, qué bien! Desde que mi ama me trajo aquí me he convertido en una especie de experto.... ¿Cuál dirías que es tu plato favorito?
Ramón se quedó un instante en silencio, algo sorprendido por la pregunta.
- El queso, supongo.... – contestó al final, sin estar muy seguro de si el queso podía considerarse como un “plato” de cocina.
- ¡¡Mmmmhh!! ¡El queso es una delicia! – dijo el angora turco, cerrando los ojos y poniendo cara de éxtasis. – Una buena fondue de queso es un plato exquisito....
Ramón asintió, sin estar muy seguro de lo que era una fondue.
- ¿Y la verdura? ¿Te gusta la verdura? – preguntó el gato, emocionado, apoyándose en la puerta del horno para mirar hacia arriba a Ramón. Éste pensó en las zanahorias y los calabacines crudos que a veces cogía del huerto de los humanos en la granja y cómo los roía durante horas y asintió al gato. – Pues entonces te encantará la ensalada de rúcula e ibéricos que la cocinero jefe hace aquí. ¡Maravillosa! No es porque sea mi ama, pero es una cocinera magnífica.
Ramón asintió, algo asombrado.
- Y el pisto, ¡ay el pisto! Si te gusta la verdura tienes que probarlo. Es una de las especialidades de la casa – aseguró el gato, relamiéndose, asintiendo con seguridad hacia Ramón.
- Lo probaré algún día, está claro.... – dijo Ramón, algo confundido.
- El pescado al horno tampoco se hace mal aquí, sobre todo la merluza y la dorada a la sal. Son dos platos deliciosos.... ¿Te gusta el pescado?
Ramón, que alguna vez en la granja había recogido de la basura de los humanos algún resto de pescado para comer él y sus padres, asintió.
- Entonces vas a disfrutar una barbaridad con los pescados al horno. ¡Bueno, y con las sardinas! Uno de los cocineros las hace al escabeche que son una maravilla. Se deshacen en la boca.... ¡Mmmmhh!
Ramón miró otra vez a los cocineros que no dejaban de deambular por allí, sin parar de trabajar. Quizá no fuese su trabajo soñado. Estaba claro que aquello era mucho más complicado que hacer pan y cocer maíz o judías, como hacía él en la granja. Sacudió la cabeza, apenado.
- ¿Y las cucarachas? ¿Te gustan? – dijo entonces el gato, haciendo que Ramón se volviera hacia él extrañado. – Son divinas. A veces las cazo en el almacén, correteando por los rincones. Me encanta cuando crujen.... Las palomas no están mal, son muy tontas y es fácil cazarlas en el callejón de atrás, pero comen mucha porquería y luego me salen granos y eccemas y todas esas cochinadas – dijo el angora turco con una mueca de asco. – Sin duda lo mejor son los ratones.
- ¿Ratones? – dijo Ramón, mirándolo asustado, asomándose por el borde de la repisa.
Entonces el gato blanco brincó, ágilmente. Se apoyó con sus patas traseras en lo alto del horno y se impulsó otra vez, para alcanzar la repisa de las especias. Ramón, con los nervios a flor de pelaje, saltó hacia abajo, aterrizando sobre un trapo de cocina. El gato chocó contra todos los botes de las especias que había en la repisa, tirándolos al suelo y haciendo que resonaran por toda la cocina.
Ramón se descolgó hasta el suelo y salió corriendo por la puerta, para darse cuenta después de que se había equivocado y se había metido en la cámara frigorífica. El angora turco lo persiguió con rabia por entre carne envuelta en plásticos, bandejas de frutas jugosas (uvas, ciruelas, melocotones y melón en rodajas), cajas de huevos y cajas de verduras frescas que salpicaban de rocío cuando Ramón y el gato de angora corrieron sobre ellas.
Ramón consiguió despistarlo y salir del frigorífico, volviendo a correr por el suelo de la cocina, hasta llegar a un horno vacío que acababan de limpiar. La puerta estaba abierta, plana cerca del suelo. Ramón se subió a ella de un salto, buscando la puerta de salida con prisa.
El gato llegó corriendo entonces, saltando a por él. Ramón se apartó con buenos reflejos, y el gato blanco acabó al fondo del horno. Ramón trepó por el lateral del horno y corrió por la parte superior, empujando sin querer unas cazuelas apiladas que había encima. Las cazuelas cayeron sobre la puerta abatible del horno, haciéndola rebotar hacia arriba y encerrando al gato.
Con todo el revuelo montado la cuadrilla de cocineros no vio a Ramón, que acabó por encontrar la puerta trasera, rota y oxidada. A pesar de estar cerrada, Ramón pudo salir por el agujero cercano al suelo, corriendo por la calle de vuelta a la pensión, donde la casera le daría de comer sin peligros.

Se le habían quitado las ganas de ser cocinero.




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