miércoles, 2 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 13

- 9 + 13 -

Andrés García Aragón corría hasta el límite de sus fuerzas, para salvar la vida. El guardia civil había perdido de vista a su compañera, y no sabía si seguiría con vida o no.
En realidad, no estaba seguro de que a él mismo le quedase mucha vida por delante.
Orientó hacia atrás el fusil, por encima de su hombro, sin dejar de correr, y apretó el gatillo. El arma atronó la noche y las balas de plata silbaron hacia atrás, pero sin encontrar el blanco. El demonio que lo seguía graznó, agudo. Parecía un grito divertido y victorioso.
Andrés García Aragón buscó un lugar donde esconderse, donde poder afirmar su posición y disparar directamente sobre su enemigo, pero no encontró ninguno. El demonio acabó alcanzándole, lo agarró por los hombros, agitó sus enormes alas y lo levantó en el aire, unos quince o veinte metros. Andrés, chillando de pánico, levantó el fusil hacia arriba y disparó una ráfaga, haciendo que el demonio lo soltara, aunque no le hirió. El guardia civil cayó a plomo sobre una nave con techo de uralita: las planchas se rompieron y cayó dentro, sobre unas tablas de madera y unas lonas, que amortiguaron su caída, al menos un poco.
Quedó allí tendido, medio inconsciente, escondido a ojos del demonio.
Al menos así podía descansar. Sólo un rato.
Andrés había llegado a Páramos de Siena con su compañera Alicia Ozalla Ibarguren. Sole les había llevado hasta allí con su todoterreno. Cuando llegaron habían visto un incendio extraño en un par de casas del pueblo, que estaban muy juntas: las llamas eran grandes, pero de color rojo, casi rosa. El incendio se encontraba en el lugar donde la estela de humo granate que había dejado el cometa (Andrés imaginaba que era el demonio) se terminaba. Había mucha gente muerta por el pueblo, con la garganta abierta o con heridas graves y profundas en el pecho y el abdomen.
Al parecer, el demonio se había puesto las botas.
Andrés se espabiló, saliendo de entre las lonas y los tableros de madera. Estaba en una antigua serrería, cubierta de serrín y polvo. Tosió y estornudó, varias veces, intentando tapar el sonido con el brazo: no supo si lo consiguió o no, pero al menos el demonio no apareció.
Salió de la vieja serrería, con cautela, buscando signos del demonio. No parecía que estuviese por allí. Salió cojeando a la calle, vigilando el cielo y los tejados y aleros de todas las casas, apuntando con el rifle. Volvió sobre sus pasos, calle abajo, esperando encontrar a su amiga Alicia.
Cuando habían llegado al pueblo, después de que encontraran a la mayoría de la población de Páramos de Siena asesinada en la calle, el demonio los atacó, cayendo desde el cielo. Los dos guardias civiles le habían disparado, aterrados.
El demonio era un ser alado, con un cuerpo pequeño, rechoncho y bajo. Las alas eran grandes y amplias: Andrés calculó un metro y medio de largo cada una de ellas. La cabeza era similar a una cabeza humana, sólo que llena de escamas, con los ojos amarillos y con cuernos retorcidos hacia arriba. Andrés pensó en los dinosaurios de goma que coleccionaba cuando era niño, en los Pterodáctilos voladores. Cuando el demonio los atacó, hizo que se separaran, cada uno corriendo hacia un lado de la calle.
Mientras avanzaba por la calle, en silencio, buscando a su amiga, Andrés se asustó al escuchar ruido de disparos. Corrió hacia ellos, esperando que fuese Alicia quien disparaba: así podría encontrarla. Guiándose por el sonido, el guardia civil acabó desembocando en una calle ancha, entre dos filas de casas de piedra.
Allí estaba Alicia, disparando al demonio volador, que se suspendía en el aire ante ella, a unos seis metros del suelo. La guardia civil le disparaba con su fusil, pero el demonio esquivaba las balas, girando y quebrando en el aire con mucha pericia.
De pronto el fusil de Alicia enmudeció. Cuando apretaba el gatillo no salían más balas. El cargador estaba vacío. El demonio sonrió en el aire, sádico, y se lanzó a por ella. Alicia gritó de pánico.
Andrés caminó entrando en la calle, disparando al demonio con su fusil, sujetándolo con las dos manos, mientras gritaba, desahogándose.
- ¡¡Aaaaaaaaahhh!! ¡¡Tomaaaaaaa, cabróooooon!!
El demonio estaba atento a su presa, y Andrés estaba cerca, así que la ráfaga de balas le impactó en el cuerpo, atravesándole también un poco el ala izquierda. Cayó al suelo, entre gañidos de dolor, retorciéndose entre el asfalto de la calle. Pero se rehízo enseguida, se puso en pie y salió de allí volando, raudo y veloz, batiendo sus grandes alas.
Andrés jadeó, por la descarga de adrenalina, y se volvió a Alicia, que jadeaba también, de terror.
- ¿Estás bien? – le preguntó. La mujer asintió, sin poder hablar, respirando con fuerza y profundamente. – Ahora está herido así que tenemos que encontrarle para matarle del todo. Ahora será más fácil....
- ¿Qué es eso? – preguntó Alicia, con una voz asustada demasiado chillona.
- Algo muy malo que no debe juntarse con sus otros compañeros, porque será peor – contestó Andrés. – Vamos.
Los dos se pusieron en marcha, buscando al demonio. Apenas había ruidos en el pueblo, salvo los que provenían del gran incendio de color rojo.
Avanzaron con cautela por las calles del pueblo, vigilando. No parecía haber ni rastro del demonio. ¿Le habrían hecho huir del pueblo? Andrés no lo creía....
Y, efectivamente, cuando llegaron a un cruce más abierto entre tres calles, el demonio atacó de nuevo.
La farola adosada a la fachada que iluminaba el cruce explotó, dejando caer chispas de color naranja a la calle. La zona quedó a oscuras.
El demonio cayó desde el cielo entonces, embistiendo a Andrés, sin darle tiempo al guardia civil a disparar. El demonio le golpeó con los cuernos en el hombro derecho, lanzándolo al suelo unos diez metros más allá del cruce. Andrés chilló de dolor, revolviéndose para evitar el siguiente ataque del demonio volador, pero éste se desentendió de él.
Volvió a por Alicia, volando a ras del suelo. La mujer le apuntó con el fusil y disparó, pero no salieron balas: en ese momento recordó que su cargador se había agotado antes, más atrás. El demonio llegó hasta ella, buscándole la cara pero clavando sus fauces en su antebrazo, que la mujer usó para cubrirse. La sangre cayó al suelo y los crujidos de los huesos se escucharon intensamente, incluso por encima de los chillidos de Alicia.
Andrés llegó otra vez al cruce, disparando otra ráfaga con el fusil, pero el retroceso del arma le repercutió en el hombro herido, así que acabó soltando el arma. Los disparos habían sido poco certeros, así que no hirieron al agresor, aunque sirvieron para ahuyentar al demonio.
El guarda civil llegó hasta su compañera, tomándole el brazo herido con delicadeza. Tenía un gran mordisco en el antebrazo derecho y pedazos de hueso sobresalían de la piel. Andrés sintió náuseas, pero las contuvo, por el bien de su amiga. Sacó del bolsillo un pañuelo de tela amplio y envolvió con delicadeza el antebrazo, sujetándolo. A pesar de su cuidado, Alicia aulló de dolor. Enseguida el pañuelo se tiñó de rojo.
Miró alrededor, sin dejar de sentir cómo le ardía el hombro derecho: a saber qué clase de virus o bacterias le podía haber transmitido aquel demonio viajando adheridas en sus cuernos desde su mundo. Pero en ese momento aquello no le importaba: sólo quería encontrar al demonio y matarlo.
El demonio volador gorjeó desde arriba y el guardia civil desenfundó su pistola con rapidez (su hombro herido gritó de dolor) apuntando a la oscuridad. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que el demonio se había posado sobre la farola apagada, que chirriaba por su peso. La criatura los miraba con sus ojos amarillos, golosos. Sonreía, divertida.
Aquello le hizo hervir la sangre a Andrés.
- ¡¡Ven aquí abajo, cabrón, a ver si te ríes!! – le retó, mientras escuchaba los sollozos de Alicia a su espalda.
El demonio les miró un instante más, para luego levantar la cabeza hacia el cielo, ladeada, como si estuviese escuchando algo que sólo él pudiese escuchar.
Se entretuvo en esa postura unos instantes más y después volvió a mirar a los humanos que lo observaban desde el suelo. El demonio gorjeó una vez más, casi tiernamente, y después levantó el vuelo, agitando sus enormes alas. Tenía varios impactos de bala en el cuerpo, en un costado, pero parecía no importarle. Sin embargo, Andrés comprobó que volaba más despacio que antes.
Aquello era bueno. Demostraba que podían hacerles daño a aquellos bichos.
Pero en ese momento lo más importante era socorrer a Alicia. En Páramos de Siena estaban solos, así que lo mejor sería volver al pueblo del centro de la comarca, a Siena del Sil. Estaba sólo a seis kilómetros y ninguno de los dos estaba herido en las piernas: la marcha sería rápida.
- Vamos, Alicia, en marcha. Volvamos a Siena del Sil: allí podremos curarte – le dijo, con cariño, caminando al lado de ella.
No se dio cuenta que el demonio volaba también en aquella dirección, por delante de ellos.

* * * * * *

Sole, por su parte, estaba en Carbones de Siena, otro de los nueve pueblos de la comarca. Había ido allí acompañada por Francisco Torres Alonso (al que todos llamaban Fran) después de dejar en Páramos de Siena a Andrés y Alicia. Sole y Fran se habían encontrado un espectáculo macabro en el pueblo al que fueron. Como en el resto de pueblos, había un incendio con fuego de color rojo, que afectaba a varias casas. Se había originado, al parecer, en el lugar donde el demonio salido del portal había aterrizado, pero se había extendido a otras casas vecinas a causa del viento. La estela de humo color granate se había desvanecido, víctima de aquel viento.
Sole y Francisco Torres Alonso se temían que fuesen las únicas personas que quedaban vivas en el pueblo. Carbones de Siena era un lugar pequeño, con poco más de setenta habitantes, los cuales parecían estar en aquel momento en las calles, algunos enteros y otros en pedazos.
Todos muertos.
El guardia civil y la soldado de la ACPEX caminaban sobre una película de sangre que cubría el asfalto de las calles del pueblo. Estaba claro que el demonio que había aterrizado en aquel pueblo era muy sanguinario.
Llevaban un buen rato dando vueltas por el pueblo, sin encontrar ni rastro (salvo los cientos de cadáveres). Al final se detuvieron en una pequeña plaza que había al lado de la carretera que recorría el pueblo de lado a lado, donde una fuente de piedra no cesaba de echar agua por su caño de hierro. Francisco Torres Alonso se refrescó la cara, mientras Sole no dejaba de vigilar, rifle en mano.
- Esto es horrible.... – dijo Fran, irguiéndose. Tenía la cara contraída en un gesto de horror. – ¿Quién puede hacer una cosa así?
- Te aseguro que quien lo ha hecho no es de este mundo.... – dijo Sole, sin entrar en más detalles. Fran la miró, algo extrañado.
Pero su pregunta se quedó en sus labios. Una risita malévola se escuchó allí cerca, aunque el eco no les permitió deducir de dónde venía. Le respondió otra risita, algo más ronca, pero igual de malvada.
- Atento.... – dijo Sole, y Francisco Torres Alonso cogió su fusil, vigilando los alrededores.
Escucharon unos pasos rápidos, que chapotearon en la sangre. Sonaban extraños, como si quien los produjera fuese descalzo. Las dos risitas se repitieron, respondiéndose la una a la otra. Tan pronto sonaban por delante de ellos como por detrás. Y siempre iban acompañadas por aquellos pasos descalzos.
De repente algo pasó por el lado de Fran, empujándole ligeramente. El guardia civil gritó, asustado, y disparó al suelo. Las balas de plata rebotaron.
- ¡Quieto! ¡No las malgastes! – dijo Sole.
Los dos se volvieron y vieron una especie de animal que corría a cuatro patas, tremendamente rápido, alejándose de la plaza y escondiéndose tras la esquina a oscuras de una casa. Las dos risas volvieron a sonar, cada vez más divertidas y complacidas.
- ¿Has visto lo que era?
- No.
Los pasitos descalzos volvieron a sonar, y las risas los acompañaron. Sole se estaba poniendo histérica, sin dejar de apuntar a las sombras, sin encontrar al supuesto demonio que los acechaba.
Entonces, decidido al fin, volvió a atacar. Embistió a Fran por detrás, golpeándole las piernas a la altura de las rodillas, pasando entre ellas mientras el guardia civil caía al suelo, gritando asustado. El demonio llegó hasta Sole, que se había dado la vuelta, rifle en mano, y se irguió ante la mujer, sobre sus patas traseras.
Solo que no eran patas traseras.
Sole gritó asustada, al ver la criatura que tenía ante ella. El demonio estaba formado por dos torsos con aspecto humano, unidos por la cintura, sin piernas, cada cabeza apuntando en una dirección. La piel de aquel engendro tenía el aspecto de la piel y la carne quemadas por el fuego. El vientre que compartían los dos torsos sólo tenía un ombligo.
Por eso había dos risas.
Por eso caminaba a gatas.
La soldado no pudo reaccionar, superada por la criatura que contemplaba. Una de las cabezas estaba frente a ella, mientras la otra la sostenía haciendo el pino. La cabeza que tenía ante sí, llena de llagas y cicatrices, con la piel contraída y brillante y con ojos rojos, rugió antes de darle un cabezazo. La soldado cayó hacia atrás, resbalando en la sangre que cubría el suelo, perdiendo el rifle de asalto.
El demonio volvió al suelo, apoyándose en las manos y con las caras hacia arriba, imitando la postura que los niños en el patio del colegio llamaban “el puente”. Caminó con velocidad hacia Fran, que estaba detrás de él, y se detuvo a su lado.
El guardia civil gritó, aterrorizado, y agarró su fusil para disparar. Pero el demonio fue más rápido. La cabeza que lo miraba de frente, dada la vuelta, se estiró hacia delante y le mordió en la cara con sus colmillos afilados. Sole escuchó gritar a Francisco Torres Alonso aún con la cara cubierta por las fauces del demonio. La soldado vomitó, sin poder evitarlo, a su lado.
A pesar del cepo, el guardia civil logró zafarse de las mandíbulas de una de las cabezas del demonio, dejándose la nariz y parte de una mejilla en el proceso. Cubierto de sangre, Francisco Torres Alonso seguía gritando, frenético, huyendo hacia atrás, arrastrándose por el suelo.
Entonces, la cabeza que le había mordido escupió un chorro de fuego que lo impactó de lleno, en la cara y en el pecho. Francisco Torres Alonso se retorció y giró por el suelo, sin poder evitar asarse en vida.
Al mismo tiempo, la cabeza que estaba orientada hacia Sole escupió un líquido negro, parecido a la brea. La soldado tuvo los reflejos de rodar por el suelo y alejarse, pero el pesado líquido humeante le salpicó en la mano izquierda. Parecía chapapote hirviendo.
Sole se levantó y corrió, agitando la mano para librarla de aquella sustancia que la quemaba, pero era muy pegajosa y sólo salieron despedidas unas pequeñas gotas. Recogió del suelo ensangrentado con la mano derecha el rifle y apuntó hacia atrás, hacia el demonio que cargaba contra ella a cuatro patas. Las balas rebotaron alrededor de él, e incluso un par de ellas le dieron en el vientre, pero el demonio no fue herido de gravedad. Aún así, se alejó, aullando asustado.
Sole aprovechó para mirar alrededor, haciéndose cargo de la situación. Un pequeño cuatro latas estaba aparcado delante de la plaza de la fuente, así que corrió hacia él, mientras sacaba el cuchillo de su funda. Con él cortó los cables y le hizo el puente, haciendo que arrancara con un tosido agónico. Cerró la puerta y arrancó el coche, enfilando de nuevo al pueblo donde había surgido el portal.
La mano izquierda le ardía (todavía cubierta por aquella sustancia asquerosa y pegajosa), creía tener la nariz rota, tenía todo el mentón y el pecho de la guerrera cubierto de sangre y los gritos de Fran le resonaban en la cabeza.
La mejor opción era volver a reagruparse en el pueblo central de la comarca. Allí los guardias civiles que esperaban bajo el portal tenían una radio, y con ella podría ponerse en contacto con los demás equipos. Separarse no había sido una gran idea.
Por el espejo retrovisor vio al demonio correr a gatas tras ella, con el vientre hacia el cielo. Nadie podría alcanzarla corriendo mientras fuese en coche, aunque fuese un viejo cuatro latas.
Con furia apretó el acelerador, para alejarse aún más de aquel engendro.



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