martes, 15 de julio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 17



- 9 + 17 -

El cuatro latas que había cogido para huir de Carbones de Siena estaba en las últimas, así que Sole no le dio mucha tralla. Cuando dejó atrás al demonio de dos cabezas que la había atacado en el pueblo cubierto de sangre levantó el pie del acelerador, el motor dejó de gruñir agónicamente y el coche siguió su marcha más ligero, aunque bastante despacio.
Quizá si hubiese ido un poco más rápido, las cosas no hubieran ido como fueron. Quizá más gente se hubiese salvado y no hubiese muerto. O quizá hubiese forzado el coche y no hubiese llegado nunca a Siena del Sil. Nunca se podrá saber.
Lo que sí permitió fue que, al ir a una velocidad moderada, pudiese reaccionar cuando se encontró en medio de la carretera con aquella pareja de ancianos.
Iban caminando agarrados de la mano, en zapatillas de andar por casa, por el medio de la carretera, a pasitos cortos, en la misma dirección que llevaba Sole.
La soldado los vio y pisó el pedal del freno, al mismo tiempo que giraba el volante y los esquivaba sin dificultad. De todas formas, cuando el cuatro latas se detuvo del todo, el corazón de Sole latía con fuerza.
- ¿Están ustedes bien? – preguntó la soldado, bajando la ventanilla y mirando hacia atrás.
La pareja de ancianos la respondieron con un asentimiento. Sus caras eran la personificación misma del susto.
- ¿A dónde van?
- A Siena del Sil, hija – contestó el hombre, con voz temblorosa. Sole pensó que estaba aterrorizado.
- Tenemos que ir allí.... – dijo la mujer que lo acompañaba, con un hilo de voz. Tenía los ojos abiertos de par en par, asustadísima.
- Suban, les llevo – dijo Sole, animándoles con gestos. Los ancianos sonrieron levemente, como despistados, y se acercaron al coche. La mujer subió detrás y el hombre en el asiento del copiloto. De cerca, Sole pudo comprobar que eran muy mayores, quizá tuviesen los dos más de ochenta y cinco años.
- ¿Es usted soldado? – preguntó el hombre, señalando el fusil y las ropas de Sole.
- Sí, lo soy.
- ¿Va usted a Siena del Sil a verlo también? – preguntó la anciana desde atrás, con voz lánguida. Sole arrugó el ceño.
- No señora, ya lo he visto.... – contestó al fin, pensando en el portal. Después miró a los dos ancianos de nuevo, con atención. Algo no estaba bien, aunque no sabía el qué. – Voy a evitar que algo más salga de allí....
- ¿Va usted a enfrentarse al Príncipe? – preguntó el hombre a su lado. Sole sintió la boca seca inmediatamente. Lo miró de nuevo y comprendió que la mirada de aquellos ancianos no era de susto o de terror, sino de fanatismo. No parecían temblorosos o desorientados por el miedo, sino por la alegría y el deseo.
- Bájense del coche inmediatamente.... – empezó a decir Sole. Pero no pudo terminar de frenar el coche.
La anciana le agarró desde atrás por el cuello, estrangulándola. Por reflejo, Sole estiró la pierna y apretó aún más el acelerador, haciendo que el coche gimiera y corriera más. Mientras trataba de controlar el cuatro latas con la dolorida mano izquierda intentaba alcanzar el fusil con la derecha, pero el anciano de su lado la molestaba para impedírselo. Sole le lanzó un codazo a la cara, desembarazándose de él, y pudo coger el fusil al final. Con dificultades, por el pequeño espacio, lo apuntó hacia atrás y disparó. Al instante la presión que hacía la anciana sobre su cuello se aflojó por completo, y pudo volver a respirar con normalidad.
El anciano entonces intentó quitarle el fusil, force-jeando con ella. Sole fue consciente de que aquel iluminado no se había puesto el cinturón de seguridad, así que aceleró a tope y guió el coche a la cuneta, con la mano izquierda. El golpe fue muy fuerte, y el anciano atravesó el parabrisas para estrellarse contra el suelo. El cinturón sujetó a Sole, pero no lo suficiente y se golpeó contra el volante. Fue un golpe fuerte, aunque no mortal: de todas formas se hizo una brecha en la frente.
Con la cara otra vez cubierta de sangre, limpiándose con la manga, salió del coche accidentado. No se le había olvidado el fusil, así que corrió con él de la mano, de camino hacia Siena del Sil.
La frente le sangraba, la nariz volvía a hacerlo y le dolía la mano izquierda (todavía cubierta por el apestoso chapapote). A pesar de todo ello, y del latigazo que le había dado el cinturón de seguridad, Sole corrió.
Parecía que el único peligro no eran solamente los demonios. Sabiendo lo que sabía ahora, tenía mucha más prisa por llegar.
Y ojalá hubiese llegado antes.
Sobre todo por su bien.

* * * * * *

- Mira, ya llegamos.... – dijo Andrés, y no se sorprendió al notar alegría en su voz.
Alicia levantó la mirada y vio frente a sí las primeras casas de Siena del Sil. La guardia civil no pudo ni siquiera sonreír, aunque se alegró enormemente de llegar. Habían caminado a buen paso por la carretera, tardando unos cuarenta minutos en llegar hasta allí. Aún les quedaban unos diez para entrar realmente en el pueblo, pero verlo en la distancia ya les reconfortaba.
Habían caminado con ligereza, en silencio. A Andrés cada vez le ardía más el hombro y estaba más convencido a cada paso de que se le había infectado la cornada del demonio volador. Alicia, por su parte, iba cabizbaja, muy pálida, con el brazo herido contra el pecho, sujeto por el otro brazo. Ojeras oscuras se marcaban bajo sus ojos, destacando en la palidez del rostro.
Mientras seguían marcando el paso acelerado (estaban deseando llegar para descansar de aquella noche horrible) escucharon un rumor a su alrededor. Andrés levantó la mirada y buscó en los alrededores. No parecía haber nada. Alicia no se inmutó. Iba concentrada en su dolor y en mover los pies para llegar al pueblo.
Mientras se iban acercando a las primeras casas, el rumor fue creciendo en intensidad. Y fue evidente su ori-gen: una multitud de personas (cerca de cincuenta o sesenta) salió del pueblo arrastrando los pies. No hablaban entre ellos, pero parecía que todos llevaban el mismo propósito.
Miraron a los dos guardias civiles fijamente, con curiosidad y reto. Andrés leyó cierto odio en los ojos de algunas de las personas de la multitud. Era gente normal, vestidos de forma normal (había trajes, ropa deportiva, vaqueros y camisetas, pijamas, monos de trabajo....) pero todos bastante sucios o llenos de polvo. Ninguno parecía darse cuenta de aquello, o al menos no les importaba.
Aquello no le dio buena espina a Andrés.
Y entonces cayó en la cuenta. Recordó dónde había visto un grupo de gente parecida recientemente.
- Joder.... – musitó. Y fue entonces cuando los seguidores del Príncipe, hipnotizados por los poseídos heraldos que habían preparado su llegada, echaron a correr hacia ellos.
Andrés cogió el rifle y disparó a la multitud, sin pensar en que eran seres humanos normales. El retroceso del arma le transmitió dolor al hombro, así que sus disparos impactaron en los del principio del grupo y luego salieron desviados hacia el cielo. Alicia sólo pudo gritar de pánico.
El grupo de hipnotizados cayó sobre ellos. Con saña apalearon a Alicia, hasta matarla. Andrés fue zarandeado y lo acabaron tirando al suelo, siendo pateado.
De repente, uno de los hipnotizados, un hombre joven vestido con pantalones anchos, camiseta de tirantes dos tallas más grande y una gorra de visera plana torcida sobre la cabeza, se inclinó sobre él, a gatas en el asfalto. Lo olisqueó, como si fuese un perro y después se levantó de un salto alzando las manos, dando voces. Consiguió detener a sus compañeros.
- Éste no.... – dijo, sin más. Los demás le hicieron caso, aunque no parecía que fuese su jefe ni su líder. Todo el grupo se volvió hacia el pueblo y el chico se diluyó entre la gente, sin ocupar un lugar especial ni recibir un trato diferente de los demás.
Andrés jadeó, atontado. No comprendía muy bien lo que había ocurrido, pero lo que sí sabía es que seguía vivo. Seguía vivo por la extraña misericordia de un grupo de alucinados sin cerebro que se consideraban seguidores de un grupo de demonios conquistadores y sanguinarios.
Se puso en pie y saltó a la cuneta de la carretera, cruzando el campo, sin dedicar una mirada a la masa sanguinolenta que descansaba en la carretera en que se había convertido Alicia.
Andrés quería entrar en el pueblo, su objetivo no había cambiado, pero no quería hacerlo por el mismo sitio que aquel grupo de locos asesinos.
Lo haría por otra carretera, llegando a ella a través del campo abierto, con cautela.
Mucho se temía que Siena del Sil había sido invadido por los seguidores de los demonios de Anäziak.

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