jueves, 7 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 2 de 12

(2)

Una noche, después de una tranquila jornada de trabajo (hacía muchas lunas que ninguna criatura fantástica se colaba en el Sendero y llegaba hasta Musgo) Séptido estaba tomando una cerveza tibia en la taberna del pueblo, acompañado por Óctido y Nóvido. Los tres eran los más jóvenes de la Brigada de Guardianes y por lo tanto estaban solteros. Vivían con su familia en Musgo, o solos en una cabaña, como le ocurría a Óctido.
Nóvido era hijo de pastores. Era el más joven de todos y vestía con ropas de lana: un peto de color marrón y camisas gruesas, normalmente blancas. Usaba como arma una horca de establo.
Óctido era de la misma edad que Séptido, sólo un par de meses más joven. Llevaba el pelo largo y ondulado, de color negrísimo, igual que su bigote espeso, del que se sentía muy orgulloso. Los padres de Óctido eran agricultores en un pueblo que estaba a unos cien kilómetros de allí, llamado Sauce. Siempre llevaba puesta por encima una capa vieja y sucia. Su arma era una azada de mango largo.
Séptido tenía el pelo largo como Óctido, pero de color castaño. Llevaba barba y bigote descuidados y como su padre había sido leñador siempre llevaba camisas gruesas de cuadros bajo el capote de piel de oso.
La taberna era tranquila. Todas las noches, a primera hora, se llenaba con la gente del pequeño pueblo, que se reunía allí para ver a los vecinos y compartir con ellos una jarra de cerveza o un vaso de vino. Francisco, el tabernero, tenía poco lío durante el día, pero estaba muy atareado desde media tarde hasta la hora del cierre.
Los tres Guardianes estaban en silencio, relajados, después de haber recibido los saludos de todos los parroquianos (eran muy respetados en Musgo) cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe, dándoles un susto a todos. Nóvido, el más rápido, echó mano de su horca. Séptido y Óctido se pusieron en pie, alertas. Todos en la taberna se quedaron callados, mirando a la puerta abierta.
En el vano estaba Tiburcio, uno de los chicos jóvenes del pueblo. Se estaba preparando para ser Guardián, cuando una plaza quedara libre, pero aún tenía que mejorar su conducta: era muy despistado y siempre tenía la cabeza a pájaros. Cuando todos vieron quién era el que estaba en la puerta se relajaron y los tres Guardianes volvieron a sentarse, serenos. Nóvido dejó su horca apoyada en la pared, con la azada y el garrote.
- ¡¡Tenéis que ver esto!! – dijo Tiburcio, con la cara iluminada. Estaba eufórico.
Sin esperar ninguna respuesta el chico se dio la vuelta y desapareció del vano de la puerta. Los vecinos de la taberna, de natural tranquilo, se vieron intrigados por lo que Tiburcio quería que vieran y salieron detrás de él. Probablemente sería una locura, pero la vida en Musgo era tan tranquila que de vez en cuando, alguna pequeña locura, no venía mal....
Los tres Guardianes se quedaron solos en la taberna, con Francisco, que seguía detrás de la barra, mirando ansioso la puerta abierta.
- ¿Os importa si os dejo solos? – dijo, hablando hacia los tres Guardianes. – Quiero ver qué es eso que hay ahí fuera....
Los tres asintieron y Francisco salió corriendo.
- A lo mejor deberíamos ir a ver qué pasa.... – propuso Nóvido. Los tres sabían que no tenía que ver con su trabajo en el Sendero, porque los linces verdes no habían maullado, pero era verdad que se sentían intrigados. Al fin y al cabo, aunque en realidad su lugar de trabajo fuera el Sendero, ellos eran el único cuerpo de guardia de Musgo.
Así que los tres se levantaron de la mesa, salieron de la taberna, que se quedó vacía y caminaron hasta la cercana plaza circular, en la que estaba la fuente del Gigante. Allí estaba congregada toda la gente de la taberna y otros vecinos del pueblo. Prácticamente todo Musgo estaba allí.
Y lo que miraban eran unas luces en el cielo, que se distinguían hacia el sur. Largas líneas doradas trazaban su camino hacia el horizonte.
- ¿Qué crees que son, Séptido? – le preguntó Tiburcio, que se había acercado hasta él. El Guardián y el muchacho se conocían y se llevaban muy bien, pues habían sido vecinos de cabaña durante toda su vida.
Séptido se lo pensó antes de contestar.
- Parece una lluvia de estrellas – dijo al fin, convencido, pero a la vez asombrado y algo preocupado. Todos sabían que si las estrellas empezaban a caer del cielo es que algo malo iba a pasar. Al menos eso decían las leyendas.
Sin embargo, el espectáculo era tan bonito y maravilloso, que nadie prestó atención a los presagios que sus madres les habían enseñado desde pequeños.



No hay comentarios:

Publicar un comentario