domingo, 17 de agosto de 2014

(Verde) El Guardián del Sendero - 6 de 12


(6)

Cuando Séptido volvió al trabajo tres días después de haber sufrido la picadura de arpía se dirigió a casa de Óctido. Sabía por su madre que el Guardián le había llevado a casa cuando estaba empezando a enfermar y que se había interesado por él al día siguiente de aquello. Séptido quería agradecérselo y acompañarle a trabajar.
Pero cuando llamó a la puerta de la cabaña de Óctido quien le abrió fue la anciana Hortensia, una viuda de la aldea que hacía las mejores tartas de moras. Vivía sola en una cabaña cercana, pero Séptido no sabía qué hacía allí.
- ¡Hola, Séptido! Veo que ya te has repuesto....
- Hola, doña Hortensia. Sí, ya estoy mucho mejor.... – sonrió Séptido. – ¿Dónde está Óctido? Venía a buscarle para ir al Sendero....
- Claro, no lo sabes, has estado un par de días enfermo.... – respondió la anciana, con pesar, y Séptido se asustó un poco. ¿Qué le había ocurrido a su amigo? – Óctido no se encuentra bien.
- ¿Está enfermo? – preguntó Séptido, que de pronto había recordado que su compañero había aplastado a la arpía que le había picado a él. Quizá, con mala suerte, la arpía también le había picado a Óctido cuando acabó con ella.
- No, no enfermo como lo entendemos – explicó doña Hortensia. – Óctido ha perdido la memoria.
- ¿Qué?
- No recuerda quién es, ni dónde está. No sabe quiénes somos ninguno de los vecinos del pueblo. No recuerda lo que es el Sendero ni que él es un Guardián.
Séptido se quedó con la boca abierta.
- ¿Pero cómo....? ¿Cuándo....?
- No sabemos cómo ha pasado exactamente, aunque algunos recuerdan que hace dos noches aceptó un vaso de hidromiel en la taberna de parte de un forastero, pero sabemos que sucedió ayer. Óctido se despertó al alba y no reconocía a nadie. Se asustó al despertarse en esta cabaña que no conocía y se asustó aún más cuando algunos llegamos hasta aquí para ayudarle: como no nos conocía pensaba que íbamos a hacerle daño. Al final, por la tarde, conseguimos calmarle y yo me trasladé aquí para cuidar de él. Ahora está durmiendo: es muy temprano para él, teniendo en cuenta que no va a ser capaz de ir a patrullar al Sendero....
Séptido no supo qué contestar. Dio las gracias a la anciana Hortensia por encargarse de su amigo y después se fue al Sendero, completamente ofuscado.
Recorrió el Sendero hasta su zona, pensativo. Estaba muy triste y preocupado. Nóvido no estaba en su zona (al parecer, según le dijo Tiburcio, seguía dormido como un tronco en su cama) y Óctido tampoco estaba en la suya, pues estaba desmemoriado en su cabaña, acompañado por la viuda Hortensia.
Parecía que una extraña maldición se había cernido sobre los tres últimos Guardianes del Sendero, y si no fuese porque su madre tenía guardado el asaúco él también estaría fuera de servicio. No estaba del todo restablecido, se sentía todavía un poco cansado y la mano izquierda seguía algo hinchada, pero estaba lo suficientemente bien como para poder patrullar.
Esperaba no tener mucho lío.

• • • • • •

La mañana pasó tranquilamente, hasta que Séptido se dio de bruces con otra criatura fantástica. Caminando por su zona del Sendero había doblado un recodo de la montaña, encontrándose de repente con una cría de unicornio, un simple potrillo. El cuerno con los colores del arco iris todavía era pequeño y estaba cubierto de pelusilla todavía, pero el animal ya era muy bello y hermoso.
Cuando Séptido lo encontró estaba comiendo fresas silvestres de un matorral, con tranquilidad. Séptido admiró al potrillo, pero tenía que cumplir con su deber, así que cogió el garrote con las dos manos (la izquierda le dolió un poco) y lo puso horizontal, para hacer gestos hacia el potro de unicornio, para ahuyentarle.
El animal al principio lo miró molesto, pero como los unicornios son animales asustadizos y tímidos, el potrillo pronto se alejó del matorral y trotó por el Sendero, alejándose de Séptido.
El Guardián siguió su camino por el Sendero y cuando volvía a encontrarse con el potro de unicornio volvía a ahuyentarle, para echarle de allí. El unicornio siempre se alejaba unos cuantos metros antes de detenerse, remoloneando por el Sendero.
De repente sonaron unos chillidos agudos en el aire. Séptido agarró el garrote por un extremo y se puso en guardia, mirando hacia adelante y hacia arriba. Pero su pose fue en vano, porque cuando vio a las dos criaturas aladas se quedó sin fuerzas y el valor le abandonó.
Dos cuélebres llegaban volando, desde lo alto de la Montaña Azul. Seguían el rastro del Sendero mientras bajaban de la cima de la montaña. Eran dos ejemplares grandes, dos serpientes gigantes de ojos amarillos, grandes colmillos y alas de murciélago a mitad del cuerpo.
El potrillo de unicornio relinchó asustado, quedándose helado y sin poder huir. Los dos cuélebres volvieron a chirriar, como una cadena oxidada, antes de cernirse sobre el unicornio.
Séptido actuó, sin saber muy bien cómo. Arrancó a correr y llegó al lado del unicornio a la vez que las dos criaturas aladas. Nada más llegar atizó un garrotazo a una de ellas, alejando su cabeza del lomo del unicornio. El otro cuélebre se giró hacia el Guardián, chirriando y siseando, sacando la lengua bífida por entre las mandíbulas sin labios. Lanzó una dentellada a Séptido, que la esquivó de milagro. Después le descargó un golpe tremendo en la cabeza, haciendo que el cuélebre cayera al Sendero, con las alas estiradas. El primer cuélebre agitó la cabeza, para despejarse, y se volvió a lanzar contra el Guardián.
Pero el unicornio reaccionó entonces, dándole una coz en mitad de la frente. El cuélebre siseó, dolorido y mareado. Remontó el vuelo, alejándose de allí a toda prisa, hacia la cima de la montaña.
El Guardián dio unas leves patadas al cuélebre que estaba tendido en el Sendero, pero éste no se movió. No daba muestras de estar vivo, aunque a Séptido le pareció que sí respiraba.
El unicornio relinchó, contento y agradecido, dándole una caricia a Séptido en el hombro. El Guardián, que agradecía seguir vivo, le devolvió la caricia al animal.
El unicornio trotó contento, hacia adelante. Al cabo de unos pocos metros se detuvo y se volvió a mirar a Séptido. Desanduvo unos pasos y volvió a trotar, alejándose, relinchando hacia el Guardián.
- ¿Quieres que te siga? – le preguntó Séptido, algo asombrado. El unicornio casi pareció asentir, volvió a relinchar y trotó otro poco hacia adelante, parándose y mirando a Séptido. Éste no le hizo esperar más, echó a andar y le alcanzó prontamente.
El unicornio apoyó su testuz en el hombro de Séptido y cuando el Guardián se volvió a mirarle movió la cabeza y la apoyó sobre la frente de Séptido.
Entonces Séptido notó una energía que le recorría el cuerpo, como un soplo de aire frío que le despejaba. Incluso la mano izquierda dejó de dolerle durante un instante. Recordó de repente todo lo que le había pasado los últimos días, en especial la canción de las hadas.
- ¡¡El portal!! ¿Qué va a pasar con el portal? – preguntó asustado, pero el unicornio no le contestó, por supuesto. – ¡Hay que avisar a la gente de Musgo! ¡¡No!! ¡Hay que ir hasta la cima! Tengo que avisar a los demás Guardianes. ¡Vamos!
El unicornio le llevó hasta el Arce Blanco y más allá, adentrándose en la zona de Héxido. Aquello era muy irregular, lo normal era que cada Guardián se quedara en su zona y no entrara en la de los otros, pero Séptido creía que aquellos días estaban pasando cosas no demasiado normales, así que tampoco se preocupó mucho.
Recorrió el Sendero acompañando al unicornio, fijándose en cómo era la zona de su compañero Héxido. No era muy diferente a la suya propia, pero como todo era nuevo para él, no perdía detalle.
Al cabo de un buen rato, después de andar y andar al lado del potro de unicornio, se dio cuenta de que en aquella parte del Sendero faltaba una cosa: Héxido.
- ¿Y Héxido? – preguntó en voz alta. El unicornio se detuvo a su lado, mirándole. – ¿Dónde está el Guardián?
El unicornio relinchó, grave, y cambió el rumbo. Se adentró en la ladera de la montaña, siguiendo un estrecho camino que salía desde el Sendero. Séptido no se había fijado bien, porque no lo había visto. El estrecho camino atravesaba un bosque de hayas, que crecían muy juntas unas de otras. Al final del bosque el camino estrecho acababa en un claro.
En el claro había una cabaña de madera, muy parecida a la de Séptido, sólo que esta no estaba cubierta de Musgo. Era grande, de una sola planta con el tejado inclinado hacia un solo lado. Tenía una puerta y dos ventanas cuadradas a cada lado, como los ojos y la nariz larga de una cara.
El unicornio le empujó con la testuz en la espalda, animándole a acercarse.
- Ya voy, ya voy.... No me metas prisa.... – se quejó Séptido, pero echó a andar. Se acercó a la puerta y se detuvo delante. Tímido, se volvió a mirar al unicornio, que asintió con la cabeza, sacudiendo las crines, a la vez que removía el suelo de tierra con uno de los cascos delanteros – Vale, vale.... – Séptido llamó a la puerta con los nudillos, despacito y no muy fuerte. – ¿Hola? ¿Héxido? ¡Soy yo, Séptido! – dijo, pero nadie respondió.
Volvió a llamar fuerte a la puerta y ésta se abrió, como consecuencia de los golpes. Se volvió al unicornio, que le devolvió la mirada, sin inmutarse. Séptido resopló y entró en la cabaña.
Estaba muy oscura. Las ventanas estaban cerradas con las cortinas echadas y los postigos de fuera estaban cerrados también. Séptido se acercó a una, la que quedaba a la derecha de la puerta, desde fuera, y dejó que entrara un poco de la luz del Sol de mediodía.
La casa estaba muy revuelta, con sillas volcadas y cosas caídas por el suelo. En la chimenea ardían unas pocas brasas, que se estaban apagando.
- ¿Hola? ¿Hay alguien en casa? – preguntó, preocupado, porque la cosa no pintaba muy bien.
Séptido notó un golpecito en una de sus botas. Miró, curioso, a ver qué podía haber sido, y se llevó un susto tremendo al ver lo que era.
Un hombre.
Había un hombrecillo, del tamaño de un corcho de botella, al lado de su bota, golpeándole con una cerilla.
Séptido trastabilló hacia atrás, asustado, chocando contra la pared de la casa. El hombrecillo no se movió del sitio, aunque agitó mucho los brazos.
Séptido venció su susto inicial, para volver a acercarse a aquel hombrecillo. Le pareció que vestía de color pardo, como si fuese tela de saco, y tenía el diminuto cabello de color rubio. Miró hacia un lado, donde descansaba la alabarda de Héxido, su arma de guardián.
- ¿Héxido? – preguntó, atónito.
El hombrecillo hizo gestos con los brazos.
Séptido se agachó y puso su mano al lado del hombrecillo. Éste se subió a la palma y Séptido se acercó la mano a los ojos. Sin duda era Héxido, aunque en menor tamaño. El Guardián vestía sus pieles de trampero y tenía el pelo y el bigote rubios.
- ¿Qué te ha pasado, Héxido? – preguntó Séptido, llevándose luego la mano a la oreja, sin dejar de tener la palma hacia arriba.
- ¡No grites tanto! – le dijo Héxido (o al menos una voz que se parecía a la de Héxido, sólo que hablada por un ratón). – Tu voz resuena mucho....
- Lo siento.... – dijo Séptido, en voz baja.
- ¿Cómo es que estás aquí? – le preguntó Héxido. – Habíamos oído que estabas enfermo....
- Lo estaba, pero me recuperé pronto – respondió Séptido, cuidándose de hablar en voz muy baja.
- ¿Y por qué estás aquí? Ésta no es tu zona.... ¿Pasa algo grave en el sendero?
- Sí, en el Sendero hay más criaturas fantásticas de las que debería – contestó Séptido. – He visto hadas, unicornios, arpías y cuélebres. Un unicornio me ha traído hasta aquí. Y creo que algo malo va a pasar en el portal.... ¿Qué te ha pasado a ti?
- A mí y a toda mi familia – contestó Héxido, con voz triste. – No sabemos cómo fue. Ha tenido que ser magia oscura, aunque no hemos visto nada extraño los últimos días. Ayer nos despertamos así....
- ¿Dónde está tu familia?
- Debajo de esa silla volcada.... Allí no nos alcanzan las ratas....
- Espera.... – dijo, Séptido, metiendo la mano en la que estaba Héxido debajo de la silla volcada. Notó cosquillas en ella y cuando cesaron sacó la mano, llena de seres humanos diminutos. Además de Héxido estaban su mujer y sus tres hijas, todas rubias. – Os colocaré en la mesa, allí no os alcanzarán las ratas.
Además de ponerlos a salvo sobre la mesa, Séptido les dio alfileres para poder defenderse y les alcanzó retales de tela de la caja de costura, para que pudieran dormir y acomodarse. Cerró las ventanas pero descorrió las cortinas, para que pudiera entrar la luz del Sol. Y avivó las llamas y alimentó la hoguera para que el fuego durase todo el día.
- No puedo hacer mucho más, amigo, pero creo que puedo ayudar a resolver todo esto que está pasando. Aguantad aquí y buena suerte – dijo Séptido. La familia de encogidos le dedicó gestos de agradecimiento.
Séptido salió de la cabaña, cerrando la puerta bien para que no entrasen alimañas del bosque que pudiesen atacar a Héxido y su familia. Se volvió hacia el claro, pero el unicornio se había ido.
- Unicornio. ¡Unicornio! – le llamó, pero no obtuvo respuesta ni el potrillo apareció. El Guardián se encogió de hombros, resignándose, y volvió al Sendero él solo. Después siguió su camino en dirección a la cima.


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