sábado, 4 de octubre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - IX




UN DISPARO CERTERO
 
Bernabé, Adelaida y Chichinabo entraron en Astudillo por la puerta norte de la muralla. La gente, allí congregada y apretada a los dos lados de la calle, empezó a chillar, contenta y alegre. Los vitoreaban. La princesa y el verdugo se miraron, sorprendidos. El mulo no miró a nadie, indiferente.
Un poco más allá, al lado izquierdo, había una tribuna de madera engalanada con los colores de la corte. Sobre ella estaban la reina Guadalupe, la infanta Rosalinda, fray Malaquías, el aprendiz de mago, Sir Aquilino y otros nobles del reino. La reina Guadalupe se volvió hacia su confesor, que se acercó a ella para escuchar lo que le decía.
- Al final no ha sido tan malo que el secreto se haya hecho público – dijo la reina y el fraile asintió, sonriendo como un zorro. – La gente adora a Adelaida y la han recibido como se merece....
Rosalinda, que alcanzó a oír lo que su madre había dicho, apretó los dientes con furia. Miró de reojo al aprendiz, sentado lejos de ella, y esperó que aquel mago de pacotilla tuviese todo bien preparado.
- ¡Bienvenida, Adelaida! – dijo la reina Guadalupe, poniéndose en pie y abriendo los brazos, hacia la princesa montada en el mulo. La reina estaba sonriente y contenta: veía a su pueblo alegre desde hacía mucho tiempo. – Espero que el viaje haya sido cómodo y de tu agrado. Siéntete como en tu casa, pues el reino de Cerrato será tu hogar a partir de ahora.
La gente de Astudillo rompió a gritar, lanzando vítores a su reina y a su nueva princesa.
- ¿Por qué necesitáis una princesa, majestad? – dijo la princesa Adelaida, guardando la compostura. A pesar de estar prisionera, mantenía sus modales y toda su dignidad. En verdad era una princesa hecha y derecha.
- ¿Por qué? – se sorprendió la reina. – Para que las jóvenes doncellas del reino tengan a alguien en quien fijarse, para poder llegar a ser como ella. Para que los caballeros del reino tengan a alguien en nombre de quien ir a matar dragones o cazar brujas en los reinos bárbaros del norte. Para que en las fiestas de la primavera la gente de Astudillo tenga a quien regalar sus coronas de flores y de mimbre. Para que los pintores del reino tengan a alguien bello a quien pintar, que ya estamos hartos de tanto bodegón.
- Pero, para todo eso, ¿no tenéis ya una infanta grácil y bella? – dijo Adelaida, señalando a Rosalinda con un movimiento de cabeza.
- Oh, sí, Rosalinda es nuestra infanta – dijo Guadalupe, posando su mano en el antebrazo de su hija, en un gesto maternal. – Pero es una bastarda, ¿sabéis? No puede llegar a ser una princesa nunca....
Rosalinda enrojeció de ira, otra vez (y van....). Se volvió con un gesto brusco hacia el aprendiz, que miraba embobado el vuelo de una mariposa. El muchacho, al sentir la mirada cabreada de la infanta volvió en sí, asintió nervioso, haciendo que sus gafas se deslizaran hasta la punta de su nariz. Cuando quiso colocárselas perdió la varita, que se le cayó al suelo de madera del estrado. Se agachó a por ella, la recogió y se enderezó, con todos los pelos alborotados, mirando a la infanta sin parar de asentir. Después se dio la vuelta y miró hacia lo alto de una de las torres del castillo, haciendo un gesto torpe con la mano de la varita.
Gadea, que llevaba apostada allí desde primera hora de la mañana, tensó un poco más la cuerda del arco, manteniendo el blanco. Desde que Adelaida se había detenido delante del estrado de la reina, montada en el mulo, la arquera la había apuntado con la flecha, sin moverse ni temblar. Gadea inspiró profundamente y mantuvo el aire en sus pulmones, fijando el blanco. Después, soltó la flecha.
El proyectil viajó certero hacia abajo, apuntando siempre a la princesa Adelaida. Ni el aire la desvió, ni perdió fuerza. Fue un disparo magnífico de Gadea.
- ¡Ahí va! ¡Una flecha! – dijo Maruja, la campesina cotilla, señalando la flecha. Todo el público la miró acercarse, asombrados, con la boca abierta.
Bernabé reaccionó, sin saber muy bien de dónde le vino la rapidez y la motivación para hacerlo. Levantó su hacha de doble hoja y la puso delante de la princesa Adelaida. La flecha rebotó con fuerza en la hoja de acero, desviándose de su destino, yéndose a clavar en el respaldo alto del trono de madera en el que estaba sentada la infanta Rosalinda en el estrado. La muchacha se agachó, asustada, viendo cómo la flecha temblaba, clavada donde antes había estado reposada su cabeza.
- Esto ya sé de dónde viene, de las torres del castillo. Seguro que es cosa de la conspiración de los duendes del reino Pompadejabón, que siempre nos han tenido envidia. Además, he oído por ahí, que un duende marqués perdió todo su oro en los casinos de la villa y exigió que se lo devolvieran, cosa que el dueño del casino se negó a hacer, por supuesto, faltaría más, pero el marqués sigue enfadado y puede que haya querido vengarse, cosa que hicieron ya con los reyes del reino Flanconnata.... – habló y habló Maruja, haciendo corrillo entre la gente del público.
Otros ciudadanos gritaron del susto, otros de rabia y otros de sorpresa. La gente del pueblo empezó a asustarse, corriendo en todas direcciones, empujándose y tirándose al suelo. Hubo tirones de pelo y mordiscos en las orejas. El fraile Malaquías se frotó las manos, pensando que el apocalipsis empezaba allí mismo. Bernabé bajó a Adelaida de su mulo y la protegió con su cuerpo. La reina Guadalupe se puso en pie y chilló, con su poderosa voz.
- ¡A ver! ¡Que nadie se asuste! ¡No ha pasado nada! – la gente de Astudillo se detuvo, apabullados por los gritos de su reina. – ¡Guardias! ¡Rastread las torres del castillo! ¡Deprisa!
Un destacamento de guardias reales corrió al castillo, buscando en todas las torres al arquero que había atentado contra la princesa Adelaida. Pero Gadea era muy buena soldado y ya se había ido de allí después de hacer el disparo.
Los guardias del reino no encontraron a nadie.

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