lunes, 20 de octubre de 2014

Arrieros Somos y en Astudillo Nos Encontraremos - XIV




TRES ESCUDEROS
 
Mientras esto ocurría en Astudillo, en Marfil, la capital del reino de Castillodenaipes, también cundía el pánico, pero por otros motivos.
El día anterior, los reyes Zósimo y Clotilde descubrieron que su amada hija Adelaida había desaparecido durante la noche. Como no estaban acostumbrados a que la princesa saliera sin permiso, los reyes se asustaron un poco y mandaron buscarla por la ciudad. Al no encontrar rastro de ella por ninguna parte, se dieron cuenta de que se había ido con sólo un vestido, dejando el armario lleno de ropa.
Los reyes no entendían nada, hasta que se presentó ante ellos un guardia de la muralla. El hombre estaba avergonzado y algo nervioso: informó a los reyes de que durante la guardia de aquella noche alguien había entrado en la ciudad de madrugada, para hacer algo en  las cocinas. No recordaba muy bien quién era el extranjero ni para qué había ido allí, porque reconocía haber estado algo amodorrado, pero estaba completamente seguro de que al marcharse se llevaba un bulto en el mulo, un saco lleno de algo.
Los reyes de Castillodenaipes dieron la voz de alarma por todas las ciudades y pueblos de su reino: al parecer Adelaida había sido raptada. No sabían quién podía haberlo hecho, pero los alguaciles siguieron investigando para poder aclarar el misterio.
La noticia se difundió por todo el reino de Castillodenaipes por medio de pregoneros, que llegaron hasta todos los rincones del país. De esta forma, un guardia fronterizo que había cumplido el turno de noche en la puerta del norte, se presentó ante sus majestades cuando se enteró de la noticia. Había visto cruzar la frontera la noche pasada a un hombre con capucha, acompañado de un mulo que llevaba a lomos un saco grande lleno de algo.
Ahora ya estaba claro que los infames raptores habían sido súbditos del reino de Cerrato.
El rey Zósimo y la reina Clotilde movilizaron a sus caballeros, para que fueran en misión guerrera a rescatar a la princesa Adelaida al reino vecino.
Pero al día siguiente, las noticias de que el reino de Cerrato estaba lleno de peste llegaron hasta Marfil, justo antes de que el séquito de caballeros saliera al galope.
Nosotros sabemos que en el Cerrato y en Astudillo no había ni rastro de peste, sabemos que todo había sido un error, una equivocación. Sabemos que había cundido el pánico y que la población había salido espantada como las ratas cuando se hunde el barco.
Pero los caballeros de Castillodenaipes no lo sabían.
Así que ellos no quisieron arriesgarse y se negaron a ir a rescatar a la princesa a un reino apestado. Tenían miedo de contagiarse y morir de peste. Además, aseguraban que la princesa podía haberse contagiado ya y que rescatarla sólo serviría para traer la enfermedad a Castillodenaipes.
La gente en el reino del rey Zósimo y la reina Clotilde también se asustó mucho. Los reyes decretaron un toque de queda real, para evitar que el reino se despoblase como le había pasado a Cerrato. Por este toque de queda, la gente no podía salir de sus ciudades ni de sus pueblos, los puentes para cruzar el río estaban cerrados y custodiados por soldados y las puertas norte y sur de la frontera se cerraron también, guardadas por alguaciles y el ejército.
Pero había gente muy valiente en el reino de Castillodenaipes. Y entre los más valientes del reino había tres escuderos, tres niños que servían a tres caballeros en Marfil. Estos tres escuderos iban a haber viajado con los caballeros hasta Astudillo aquel mismo día, antes de saberse lo de la peste. Pero ahora se habían quedado en Marfil, sin poder ir a buscar a la princesa, para rescatarla. Los tres querían mucho a la princesa Adelaida, y sentían mucho no poder ir a salvarla, sabiendo que la habían raptado para llevársela a un reino que estaba contagiado de peste.
- Yo creo que deberíamos ir a por ella, a pesar de la peste – dijo María, una de ellos. Era una niña bajita, regordeta, de pelo marrón cortado a cazuela. Era muy alegre y vivaracha, no paraba de hablar y siempre se estaba moviendo.
- Yo también quiero ir, pero si los reyes han dicho que no nos movamos de Marfil.... les estaríamos desobedeciendo.... – dijo otro de los escuderos, Darío, un chico mayor que María, muy alto y muy delgado, de piel blanca y eterna cara de susto. Era un chico serio, muy inteligente y precavido.
- Pero estamos hablando de la princesa Adelaida.... – dijo María, con ganas, queriendo convencer a sus amigos. – Tenemos que arriesgarnos por ella. Está allí presa, contra su voluntad, sola.... ¿Tú qué opinas?
María se había vuelto hacia el tercer escudero, un chico serio llamado Sergio. Era moreno, tanto de piel como de pelo, que llevaba muy corto y pegado a la cabeza. Era un chico más bajo que Darío, pero  mucho más ancho. No estaba gordo, pero estaba mazao: tenía fuertes brazos, espalda ancha, buenas piernas para correr y un torso poderoso. Era muy callado y muy noble.
- Yo haré lo que decidáis – dijo, con su voz grave. – Iré con vosotros, hagáis lo que hagáis.
- ¿Y tú, Darío? ¿Sigues pensando como un cobardica? – dijo María, con intención.
- No soy un cobardica – dijo Darío, picado en su amor propio. – Sólo digo que los reyes han prohibido salir de Marfil y cruzar la frontera. ¿Cómo vamos a poder llegar hasta el reino de Cerrato?
- Podemos salir descolgándonos por la muralla con una cuerda – opinó María.
- Y pasaremos por Torre Marte para cruzar la frontera.... – propuso Sergio. – Los monjes seguro que nos dejan....
Darío estaba pensativo, mirando al suelo. Después levantó la cabeza y miró alternativamente a sus dos amigos.
- No podremos pasar por los puentes para cruzar el río, así que tendremos que pasarlos de otra forma. Sé que hay una barca con una cuerda más al norte. No creo que esté vigilada: podremos pasar por allí.
- Entonces, ¿vamos los tres? – preguntó María.
Darío miró a Sergio, que asintió en silencio.
- Claro que sí – dijo el escudero alto y delgado.
Los tres escuderos se descolgaron con una cuerda por la muralla, aquella misma tarde, cuando el toque de queda real ya estaba implantado del todo. Como eran escuderos y niños, los guardias no les hicieron mucho caso, y aprovecharon para saltar la muralla sin que nadie los viera. Los tres llegaron abajo y corrieron hacia el norte, por la carretera. El camino estaba vacío: todo el mundo en Castillodenaipes cumplía el toque de queda real.
Todo el mundo, menos ellos tres.

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