sábado, 2 de mayo de 2015

Târq (7) - Capítulo 7 + 17


- 7 + 17 -
  
Cuando llegó a lo alto de la escalera, la figura que había visto desde abajo ya no estaba allí. Habría jurado que mientras subía todavía había podido ver a alguien allí arriba, después del último escalón, esperando en el descansillo del primer piso, pero al llegar arriba estaba él solo.
Gustavo no dejó de correr, a pesar de no ver a nadie. Agarró con más fuerza el atizador de leña bañado en plata que le había dado Daniel y corrió por el pasillo ancho que salía desde las escaleras.
El pasillo del primer piso tenía forma de cuadrado, con habitaciones en ambos lados. Gustavo recorrió el primer tramo, dio la vuelta a la primera esquina y al fondo de ese nuevo tramo vio a una mujer que corría.
- ¡¡Alto ahí!! – gritó, sin poder contenerse, corriendo detrás de ella. La mujer atravesó una puerta y Gustavo fue hasta ella, sin dejar de correr. Cargó con el hombro contra ella y entró como una exhalación en la habitación.
No había nadie.
Tan sólo había un viejo somier de muelles, tirado y medio doblado contra una de las paredes y una ventana con los postigos cerrados en otra de las paredes, la que daba a la parte exterior de la casa: por las rendijas y las grietas de la madera se colaba un poco de luz del Sol del anochecer.
Gustavo encendió su linterna (Daniel había traído de todo, bendito fuese) y alumbró la pequeña habitación, sin ver ni rastro del fantasma que acababa de perseguir.
- ¿Pero qué coño....? – se dijo a sí mismo.
La puerta se cerró con un golpe a su espalda, Gustavo se giró asustado y sobresaltado y se dio de bruces con el espectro. La mujer tenía los pelos alborotados, de loca, y los ojos estaban rojos, como las luces de los carruseles de la feria. Empujó con las manos a Gustavo, clavándole las uñas en el pecho, a ambos lados del esternón. Lanzó al agente hacia atrás, golpeando contra la pared y aterrizando sobre el somier retorcido y oxidado.
Gustavo quedó hecho un guiñapo sobre los hierros retorcidos, tratando de levantarse, respirando el polvo del suelo, que le hacía ahogarse más, notando el dolor de las heridas del pecho y la sangre resbalando sobre sus pectorales.
El fantasma de la mujer, con rasgos latinos, aunque la piel era pálida y brillaba a la luz de la linterna, vestida con lo que parecía una chaqueta de punto marrón y una falda del mismo color, se cernió sobre él.
Gustavo no hacía dos horas de gimnasio siempre que podía para poder fardar en la piscina y en la playa. Lo hacía porque estar en buena forma en su trabajo podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. En aquella ocasión lo fue.
A pesar de estar herido y tirado sobre un somier de metal oxidado, fue capaz de revolverse y lanzar una cuchillada con el atizador de leña de plata que había escogido entre todas las armas que había llevado Daniel. Atravesó al fantasma de la mujer por el cuello, como si estuviese hecha de humo, (no en vano así los llamaban en la agencia) separando la cabeza del resto del cuerpo. El fantasma se desvaneció, desde el corte hacia fuera.
Gustavo se puso en pie, con dificultad, pero con prisa. En aquella mansión había siete fantasmas cabreados con ganas de vengarse (además de los que la casa ya tuviese “de serie”) y sólo se había librado (momentáneamente) de uno. Salió de encima del somier, se colocó sobre el suelo de madera y sacó sal de los bolsillos del vaquero, dibujando una circunferencia con ella, alrededor de sí mismo. Sacó el walkie-talkie del cinturón y trató de ponerse en contacto con Marta o con Justo.
- ¡Hola! ¿Me oís alguno? – dijo, apretando el botón para hablar. Entonces se dio cuenta de que el aparato se había roto, en su golpe contra la pared. Lo tiró al suelo con rabia.
Después se irguió, empuñando el atizador, vigilando. La puerta seguía cerrada, la linterna caída en el suelo, iluminando de medio lado parte de la habitación. No parecía haber ni rastro del fantasma.
Hasta que empezó a formarse delante de él, como si el polvo que flotase en el ambiente se fuese congregando para formar una figura humana, en lugar de pelusas bajo la cama. El fantasma de la mujer no avanzó, frenada por la muralla de sal. Pero sí que habló.
- Querías matarme y lo conseguiste – dijo, con voz profunda, con ecos. – Aunque fue un camión quien te hizo el trabajo sucio....
- Oiga, señora, yo no sé de qué me habla – dijo Gustavo, nervioso, sin poder dejar de bromear, con ganas de estirar el brazo y volver a “apuñalar” al espectro con el arma de plata, pero recordó las instrucciones del padre Beltrán: si sacaba el brazo del refugio de sal que había dibujado en el suelo, el fantasma podría atacarle.
- Tú querías matarme.... – repitió el espectro de la mujer. Desapareció, volviéndose invisible, aunque Gustavo supo que seguía por allí.
Se giró, echando de menos la linterna, que estaba allí al lado, tan lejos pero tan cerca. Trató de ver dónde podía estar el fantasma, dando vueltas sobre sí mismo dentro del círculo de sal.
Dio tantas vueltas que perdió la precaución y acabó arrastrando un poco de sal con el talón, al girarse una vez. Lo suficiente para que la circunferencia no estuviese completa y hubiese un “roto” en su trazado.
El fantasma de la mujer reapareció, se materializó en un parpadeo y se lanzó sobre Gustavo, pillándolo por sorpresa, clavándole los dedos hasta la segunda falange en el pecho y el cuello, tirándole al suelo. Gustavo aulló de dolor.
La puerta de la habitación se abrió lentamente.

* * * * * *

Marta iba unos doce escalones por detrás de Gustavo, pero le perdió de vista. Cuando llegó a lo alto de la escalera no le vio en el tramo corto de pasillo que había delante.
- ¿Gustavo? – llamó, asustada. No sabía qué hacía en lo alto de la escalera, recorriendo el pasillo corto pero ancho, con puertas a ambos lados. Todas estaban cerradas, salvo una a su izquierda, que golpeaba ligeramente contra el marco.
Empuñando la pistola entró en esa habitación. Quizá estuviese abierta porque Gustavo había entrado en ella.
Marta no vio a nadie en la habitación, con la pistola agarrada con las dos manos, apuntando delante de ella, con los brazos estirados. Comprendía lo inútil que parecía una pistola para luchar contra los fantasmas (como matar mosquitos a cañonazos) pero ella ya había visto lo que hacía la plata a las criaturas sobrenaturales.
Y sus balas eran de plata.
Abrió la puerta por completo, sujetándola con un trozo de madera gruesa, que parecía la pata de una antigua cama, muy decorada. Gracias a la pata de madera, como tope, mantuvo la puerta abierta del todo.
Entró en la habitación, que era larga, hasta la ventana. Estaba cerrada, con los postigos clavados desde fuera. Era imposible de abrir, al menos con las herramientas que tenía. Allí no había entrado Gustavo, porque no había rastro de él, ni siquiera detrás de un montón de trozos de techo que había en un rincón. Apartó una sábana blanca (gris por el polvo) que cubría un bulto, pero tampoco era Gustavo: era un viejo baúl cochambroso.
La puerta golpeó varias veces contra la pata que servía de tope y Marta levantó la vista y la pistola hacia ella, alerta.
Un fantasma había tratado de cerrar la puerta para dejarla allí encerrada. Era el fantasma de un hombre, vestido con unos pantalones que podían ser vaqueros y con una camisa de color verde. De guardia civil.
Marta conocía aquella cara.
- No me jodas, Andrés.... – dijo.
- Por tu culpa he vagado casi un año como una marioneta de los demonios de Anäziak – dijo el fantasma del guardia civil que Marta había conocido el verano anterior. – Y después me diste muerte....
- Yo no he sido, Andrés, fue el padre Beltrán, y sólo trató de ayudarte – dijo Marta, intentando razonar con él.
Pero no se puede razonar con un fantasma.
El fantasma de Andrés se abalanzó sobre ella, con los ojos rojos como bombillas. Pero Marta no le dejó acercarse. Le disparó con precisión tres tiros en el pecho, atravesán-dole, pero haciendo que se desvaneciese, como el humo que se deshace en la brisa, desde los impactos de las balas, que acabaron incrustándose en la madera.
Marta desató la bolsa con la sal de roca de una de las presillas que el pantalón vaquero tenía para el cinturón, empezando a echar un poco en el suelo, haciendo un dibujo cerrado para refugiarse en el interior.
El espectro se rehízo pronto, con rabia. Agarró la pata de madera del suelo y se la lanzó a Marta, que la esquivó. La pata de madera impactó en la ventana, rompiéndola en pedazos, dejando el hueco abierto.
- ¡¡Cabrón!! – gritó Marta, disparándole otras tres veces, esta vez dándole en la cara. La plata hizo su trabajo y el fantasma de Andrés se desvaneció de nuevo. Marta no se entretuvo más con la sal y salió corriendo de la habitación, de nuevo al pasillo.
Allí, a lo lejos (pero no mucho), escuchó gritar a Gustavo.

* * * * * *

Un ruido de cristales rotos les hizo dar un respingo, asustados. No habían quitado ojo de la puerta cerrada de “La Casona”, escuchando con pavor los ruidos que venían desde dentro, sin saber qué pasaba.
Daniel Galván Alija y Hassan Benali vieron cómo un trozo de madera con forma de pata de cama o de mesa atravesaba una ventana del primer piso de la mansión y acababa aterrizando en el descuidado jardín.
- ¡¡Cabrón!! – escucharon gritar a una mujer y a continuación sonaron tres disparos de pistola.
- ¡¡Es Marta!! – dijo Daniel, preocupado. Hassan recordó a la guapa mujer rubia que lo había sonreído con confianza antes de entrar en “La Casona”. Sintió una angustia en el pecho por ella. Daniel se llevó el walkie a la boca y habló apretando el botón. – ¿Marta? ¿Marta, me oyes? – pero no recibió respuesta. Se volvió a mirar al chico marroquí con pánico en la cara y en la voz. – ¡¡Hay que ayudarles!!
Daniel se echó al suelo y Hassan se sorprendió ayudándole a pasar por el hueco entre las hojas de la verja y yendo él detrás. Los dos cruzaron el jardín y subieron las escaleras del porche. La puerta de entrada se abrió para ellos sin problemas y traspasaron el umbral.
En un rincón del cerebro de Hassan había una voz que le gritaba que se fuera de allí, que no entrara, que se diera la vuelta, que corriera a casa y se escondiera debajo de las sábanas. Pero el resto del cerebro de Hassan no pensaba mucho.
Quería ayudar a aquellos forasteros que habían ido hasta allí para luchar contra los fantasmas que habían matado a sus amigos.
Y también quería satisfacer su curiosidad de niño.
Quería ver “La Casona” por dentro.
Sobrevivir era algo secundario, fuera de su alcance....



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