viernes, 23 de diciembre de 2016

Cuatro Colores (5 de 6)



El día pasó rápido y llegó la noche. Ninguno de los cuatro corredores había llegado a la cima, así que la carrera seguía en marcha.
Hasta que no hubiera un ganador no podría terminar.
El hombre rojo había podido recuperar terreno después del imprevisto a la salida de su territorio y había llegado hasta la mitad, más o menos, de su recorrido. Estaba a los pies de la colina, en el inicio del sendero amarillo que subía hasta su cima. Había hecho una carrera muy intensa, para poder recuperar terreno, así que estaba muy cansado. No tenía intención de correr de noche.
Se sentó en el gran camino blanco, con su perro al lado, y sólo deseó descansar. No llevaba material encima para encender una hoguera ni nada parecido, así que se quedó allí a oscuras. Por eso, cuando escuchó los pasos que se acercaban, se alarmó un poco, al no ver de dónde venían ni quién era el que se acercaba.
¿Sería otro corredor? Parecía alguien caminando, no corriendo....
- ¿Quién se acerca? – preguntó al fin, algo nervioso. Su perro se había puesto de pie y gruñía.
- Sólo soy un caminante – le respondió una voz tranquila y agradable. – No quería asustarle, lo siento....
A la luz de la Luna el rojo pudo ver a un hombre pálido, vestido de negro de los pies a la cabeza. Llevaba puesto un sombrero de ala estrecha, con un ligero pico en la parte delantera y redondeado por detrás. Llevaba pantalones negros, camisa negra, abrigo negro de paño y unos zapatos negros rotos y deslustrados. Sonreía amablemente.
- ¿Quién es usted?
- Soy el Hombre de los Zapatos Rotos – contestó el extraño. – Sólo estoy de paso, no quiero molestar....
- Gente con el mismo color de piel que usted ya me ha molestado hoy – dijo el rojo, levantándose y sonando amenazador. El perro gruñó a sus pies.
- Pues yo le aseguro que no quiero molestarle – dijo el extraño, apoyando una rodilla en el camino, agachándose y acariciando al perro, que al instante dejó de gruñir y lamió la mano del Hombre de los Zapatos Rotos, que lo acarició y rascó con una sonrisa en los labios. – Aunque creo saber quién le ha molestado....
- Eran dos hombres con una piel muy extraña....
- No. Quien está detrás de todo esto en realidad es un Dharjûn – le contradijo el extranjero. – Esos dos hombres que vio sólo eran imágenes que había conjurado para entretenerle....
- ¿De veras? – se asombró el hombre rojo.
- Eso me temo. De aquí en adelante no vuelva a hacer caso a apariciones como ésa, y no se detenga por nada raro que vea en el camino – le aconsejó el Hombre de los Zapatos Rotos, irguiéndose de nuevo. – Y que tenga buena carrera....
- Gracias – dijo el rojo, atónito. Su perro movía la cola alegremente, mientras veía al extraño alejarse y desvanecerse en la oscuridad de la noche.
La mujer amarilla sí que había previsto que la carrera no acabara antes de hacerse de noche y sí que había llevado consigo unas astillas de madera y un par de troncos del arenal, para encender una hoguera.
Se había librado de las dos mujeres orondas poco antes del anochecer y no quiso seguir corriendo de noche. No estaba muy cansada, pues apenas había corrido: se había pasado la mayor parte del día caminando detrás de gente rara con la piel de color rosado. Pero no quería accidentes provocados por la oscuridad.
Estaba en el camino blanco pero al inicio de la escalera roja, que llevaba hasta la cima de la colina. Estaba más o menos a mitad de camino de su propia escalera, la amarilla, por la que tenía que subir para ganar la carrera. No sabía si todavía tenía posibilidades....
- ¡Ha de la hoguera! – escuchó desde la oscuridad. Se sobresaltó, aunque la voz era amistosa y tranquila. – ¿Puedo acercarme a calentarme un rato?
- Sí.... – dijo la mujer amarilla, con cierto miedo. Desde la oscuridad de la noche apareció, iluminado por las llamas, un hombre pálido, vestido de negro de los pies a la cabeza. Llevaba sombrero de ala estrecha, pantalones, camisa, abrigo de paño y zapatos, todos negros. Los zapatos, además, estaban rotos y deslustrados.
- Muchas gracias – sonrió el extraño, con amabilidad. – La verdad es que la noche es fría....
- Sí.... ¿Quién es usted? – la amarilla sonó desconfiada: gracias al fuego, había podido ver que el extraño tenía la piel del mismo tono que la gente que la había cortado el paso durante todo el día.
- Soy el Hombre de los Zapatos Rotos – dijo el recién llegado, acuclillado frente a la hoguera, calentándose las manos y el cuerpo. – No quiero molestarla, de verdad, sólo quería aprovechar su fuego para calentarme un poco. En seguida seguiré camino....
La amarilla no supo qué contestar. Aunque parecía de la misma raza que los ancianos y las mujeres orondas que había visto (y soportado) no la había ignorado como aquellos y la había tratado con amabilidad. Sonreía todo el rato y no era una sonrisa peligrosa que había que temer: era sincera.
- Creo que ha tenido problemas durante la carrera, ¿verdad? – dijo el extranjero.
- Sí, la verdad, alguno que otro – contestó la amarilla, y después recordó las veinte zancadas que se había visto obligada a dar, no sabía por qué ni por quién. – La verdad es que me han pasado cosas raras durante todo el día....
- Están pasando cosas raras en todo el camino blanco – dijo el Hombre de los Zapatos Rotos, poniéndose de pie y mirando a la corredora amarilla. – Le aconsejo que no haga caso a lo que vea en el camino mañana, y que no tema mostrarse desagradable con las personas que intenten molestarla: no son personas, en realidad.
- ¿Pues qué son?
- Manifestaciones o imágenes creadas por Zard, un mal bicho que ya conozco de hace tiempo.... – dijo el Hombre de los Zapatos Rotos, arrugando la cara. – En todo caso no le hará daño, sólo quiere molestar.
- ¿Y por qué a mí? – se quejó la mujer.
- Esto no va sólo contra usted – se encogió de hombros el extranjero. – Descanse para mañana. Y buena carrera....
- Gracias – dijo la mujer amarilla, viendo cómo el extraño seguía su camino, sin preocuparse por la oscuridad. Al poco, esa misma oscuridad se lo tragó.
Al pie de la escalera verde que llevaba a la cima de la colina estaba sentada la chica azul, la nadadora. Estaba cansadísima, después de haberse cambiado de sandalias en su territorio y haber vuelto al camino blanco para reemprender la carrera. Había hecho un gran esfuerzo para tratar de recuperar el tiempo y el terreno perdidos.
Llevaba más o menos la mitad del recorrido y se dijo que se merecía un buen descanso, así que se había echado sobre una manta que llevaba en un pequeño macuto y se había apoyado en los brazos cruzados, sabiendo que el sueño le atraparía pronto. La carrera continuaría a la mañana siguiente.
A medio camino entre estar despierta y dormida, escuchó unas pisadas cerca de ella, sobre los adoquines del gran camino. Abrió los ojos, asustada, y se puso de pie sobre la manta, alerta de repente, mirando a su alrededor. A un paso de ella había un hombre pálido, vestido completamente de negro de los pies a la cabeza. Lo que más destacaba de su vestimenta era un curioso sombrero de ala estrecha y sus zapatos, que estaban tremendamente rotos.
- ¡Perdone! – dijo, alzando las manos, y sonriendo con amabilidad. – Creí que estaba dormida. Pasé por su lado sin querer molestarla, creyendo que no se despertaría.
- ¡¿Quién es usted?!
- Soy el Hombre de los Zapatos Rotos – contestó, con una leve reverencia. – No soy corredor en esta carrera, pero también estoy recorriendo el gran camino blanco. Por lo menos de momento....
- ¿Y qué hace aquí?
- Ya le digo: caminar. Vuelva a dormirse, de verdad, yo seguiré mi camino. No quería molestarla....
La chica azul tenía sus dudas, pero la verdad era que el extranjero no parecía entrañar ningún peligro. Su sonrisa era sincera y amable y ya se alejaba, siguiendo el camino adoquinado. La nadadora volvió a sentarse en la manta, sin perderle de vista. El Hombre de los Zapatos Rotos se dio la vuelta, cuando estaba a unos tres metros.
- Perdone, una última cosa más: tenga cuidado mañana en el camino. Puede volver a encontrarse con gente rara o con alguna cosa extraña....
- ¿Cómo la nube azul que me hizo avanzar y detenerme sin que yo pudiera hacer nada? – preguntó, aliviada al poder contárselo a alguien.
- Supongo que sí – el Hombre de los Zapatos Rotos sonrió y se encogió de hombros. – Hay un tipo, un mal bicho, llamado Zard, que anda por aquí molestando a los corredores. Sólo le aviso para que, si ve algo raro, no se acerque ni lo toque: puede ser una trampa de ese Dharjûn....
- ¿Qué es un Dharjûn?
- Si no lo sabe es mejor que yo no se lo cuente: así podrá dormir – bromeó el extranjero. – Solamente tenga cuidado mañana. Y buena carrera.
- Gracias – dijo la chica azul. El Hombre de los Zapatos Rotos se despidió levantándose ligeramente el sombrero, se dio la vuelta y siguió su camino, por la oscuridad del camino blanco.
Mientras los otros tres corredores descansaban, el chaval verde seguía trotando por el gran camino blanco. Había perdido mucho tiempo al tener que volver a casa cuando le habían “comido” los mosquitos, y ahora quería seguir durante la noche. Estaba agotado, pero seguía trotando, medio dormido y casi sin fuerzas.
Cuando pasó por delante de la escalera que llevaba a la cima de la colina, la de color azul, casi se dio de bruces con un hombre que había en medio del camino. Casi se chocaron y el extraño le sujetó, impidiendo que cayera.
- ¡Epa! Tenga cuidado, joven, puede sufrir un accidente si sigue corriendo de noche....
- ¿Eh? ¿Quién es usted?
- Soy el Hombre de los Zapatos Rotos – contestó el extranjero. El verde se dio cuenta de que el hombre que le sujetaba era pálido e iba vestido de negro de los pies a la cabeza. Sonreía amablemente y cuando le ayudó a sentarse en el camino adoquinado el chaval se dio cuenta de que los zapatos del extraño eran de color negro y estaban muy rotos y deslustrados.
- ¿Qué hace aquí?
- Caminar – fue la sencilla respuesta. El extraño le acomodó en el suelo y le colocó para que durmiera a gusto. – Y usted no debería seguir de noche: está agotado y necesita descansar.
- Pero la carrera....
- La carrera seguirá mañana por la mañana – le dijo el Hombre de los Zapatos Rotos, con voz amable. – Lo que me recuerda una cosa: tenga cuidado con todo lo que vea, con todo lo que le parezca extraño. Hay un canalla que anda por ahí molestando a los corredores. No haga caso y tenga cuidado: limítese a correr.
El chaval verde asintió, mientras se le cerraban los ojos y se acomodaba en el suelo, quedando dormido casi al instante.
- Que tenga buena carrera....


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