miércoles, 18 de mayo de 2016

Vampiros del Far West - La última noche (5 de 5)

- XI -
(5 de 5)

Cortez avanzó con su grupo por la calle del pueblo, por entre los porches de las casas. Iban con cuidado, asegurándose de que no había vampiros por allí que los veían.
Descubrieron a los vampiros que vigilaban desde los tejados, orientados todos hacia el gran establo. Ninguno se inmutó cuando pasaron a su altura. Cortez estaba convencido de que los habían visto, pero los vampiros no dieron la voz de alarma. El cazavampiros estaba seguro de que aquello era una trampa, pero no dijo nada más. Siguió avanzando y sus compañeros con él.
Cuando ya vieron el establo, a unas cinco casas de distancia, Emilio Villar y Henry Stewart se separaron del grupo y buscaron una casa en la que entrar para poder buscar una buena posición para cubrir a los demás.
- Tenéis un par de minutos – les dijo Cortez, en susurros. – Es lo que vamos a esperar para salir al descubierto.
Los dos hombres se fueron y los demás esperaron.
- ¿Tenemos alguna posibilidad? – preguntó Sue al lado de Cortez, escondidos a unos metros de los vampiros que había delante del establo.
- ¿De conseguir los caballos? Alguna hay.... – dijo Cortez, con tono alegre. – De sobrevivir....
El cazavampiros no terminó la frase, dejándola ominosamente en el aire. Sue le miró de reojo y sintió miedo por primera vez en todo el tiempo que llevaba en Desesperanza.
Observaron la escena. Había unos ocho vampiros delante del gran establo, mirando hacia él. La puerta estaba abierta y se oía piafar y relinchar nerviosamente a algún caballo. No se veía ni rastro de animales o de vampiros dentro.
- Encarguémonos de los de aquí fuera – murmuró Cortez. – Lo de dentro es cosa de White y los otros.
Y salió a la calle del pueblo.
Los vampiros se dieron la vuelta a la vez, en ese momento. Estaba claro que los estaban esperando.
Cortez y Lucius McGraw abrieron fuego, mientras corrían. Sue sacó su pequeña ballesta y también disparó, caminando, para poder recargarla cada vez que disparaba.
Los vampiros recibieron los certeros disparos, casi con confianza. Pero cuando la madera entró en sus cuerpos muertos, sintieron un terrible dolor que no se esperaban. Fue una sorpresa para ellos descubrir que aquellos asaltantes humanos tenían armas que podían dañarles.
Los tres humanos llegaron más cerca de ellos, pudiendo afinar aún más la puntería. Tres vampiros murieron, dos de ellos quedando reducidos a polvo.
Los vampiros de los tejados saltaron con agilidad al suelo y corrieron a una velocidad asombrosa hacia el establo, para ayudar a sus compañeros y hermanos. Entonces, un tiroteo de balas de madera también les regó desde los dos edificios que había frente al gran establo. Los proyectiles de madera les hicieron daño, deteniéndoles y aturdiéndoles.
Mientras Sue y Lucius peleaban con los vampiros de fuera y los que llegaban desde los tejados, Cortez corrió hacia dentro del establo, con el largo guardapolvo negro ondeando tras él, protegido por la rociada que descargaban Villar y Stewart. El cazavampiros corrió por el establo, deseando llegar a tiempo para salvar suficientes caballos para los supervivientes de Desesperanza. Llegó hasta la mitad del establo, comprobando que había varios caballos vivos, en los corrales individuales. Le sorprendió no encontrar a ninguno muerto.
Entonces comprendió la trampa al completo. Los vampiros no habían pretendido matar a ningún caballo. Ni siquiera querían hacer salir a los supervivientes de sus escondites.
Alastair quería cazarlo a él.
Se detuvo en el sitio, al comprender que se había metido en la boca del lobo. Sorprendido vio llegar corriendo a Mike Nelson, perseguido por Alastair. El cazavampiros levantó su pistola y disparó, pero estaba descargada. La tiró al suelo y echó mano a la otra, la que llevaba metida en el cinto, en el vientre. Pero no llegó a cogerla.
Ocurrió todo a la vez. Alastair alcanzó a Mike Nelson y le golpeó, mandándolo por los aires otra vez hacia la parte trasera del establo. El bandido rompió una de las separaciones de madera de los corrales individuales y aterrizó en un montón de paja. En ese mismo instante, cuando Alastair golpeaba a Mike y se quedaba delante de Cortez, éste recibía el ataque de dos vampiros desde la espalda. Le golpearon en la nuca y alejaron sus manos del revólver que llevaba en el vientre, tirándole al suelo.
Alastair se cernió sobre él, sonriendo, mirándole con sus ojos completamente negros.
- Me alegro de encontrarnos en esta situación, cazavampiros – dijo, con voz seductora y hambrienta. Abrió la boca al completo, con los afilados colmillos dispuestos.
Un disparo sonó a su espalda y la bala le atravesó la cabeza, desde la nuca a la frente. Por suerte para el vampiro fue una bala de plomo.
Pero aquello le enfureció, irguiéndose y girándose. Siseó a su nuevo enemigo.
Tenía la misma estatura que el cazavampiros que llevaba persiguiéndole tanto tiempo. Era moreno también y vestía también de negro. Pero su cara era muy afilada y sus ojos estaban siempre entrecerrados. Una estrella plateada brillaba en el pecho de su camisa negra.
El sheriff Mortimer volvió a disparar sobre el vampiro, dándole en la garganta. Sabía que no podría matarle, pero quería llamar su atención: mientras Alastair aullaba hacia el sheriff, Cortez se alejó rodando de él, se levantó y clavó una estaca en el corazón de uno de los vampiros que lo habían tirado al suelo. Alastair saltó por los aires, hacia adelante, buscando al sheriff. Pero a su lado estaba Joseph Westwood que le vació un cargador entero en el pecho al vampiro mientras estaba por el aire. Alastair aterrizó sobre el ayudante del sheriff, arrancándole la cabeza con sus manos.
El otro vampiro que había reducido antes a Cortez saltó hacia Mortimer, volando por los aires. Era un vampiro con aspecto de mejicano, el que había acompañado a Alastair la noche anterior en la destrucción del saloon. El sheriff lo esperó y lo recibió sujetándole las garras, alejándose de sus colmillos. Rodaron los dos por el suelo cubierto de paja, alejándose de Alastair y del cuerpo destrozado de Westwood. Acabaron uno encima del otro, el vampiro sobre el humano, buscando su garganta con los dientes. El sheriff le alejó lo suficiente hacia arriba para sacar una estaca que llevaba en el cinto y clavársela en el corazón. El cuerpo sin vida del vampiro cayó sobre él, cubriéndole.
Alastair miró alrededor, buscando al sheriff o a Cortez. No vio al primero por ninguna parte, pero el segundo estaba tras él. Se giró para mirarlo. Y sonrió.
Cortez se había encontrado con el Ungido.
El cazavampiros supo enseguida quién era la niña que tenía ante él. Era un vampiro, por supuesto, pero con el aspecto de una niña de unos siete años, muy guapa, de tirabuzones rubios. Era la clave para que Alastair desatara el apocalipsis vampírico que se proponía.
Blandió la estaca y la dirigió hacia el corazón de la niña, sin que su adorable aspecto le hiciese dudar. Pero no llegó a clavarla. La niña la detuvo con las dos manos a escasos centímetros de su pecho, colocándolas juntas, como si rezara, atrapando la estaca entre ellas. Después las giró e hizo que la estaca se le escapara de la mano a Cortez, cayendo al suelo.
Alastair sonrió, expectante: el final del cazavampiros estaba cerca.
Entonces escuchó ruidos a su espalda, y se giró prevenido, ante un ataque sobre su persona. El otro humano, aquel que había disparado sobre él la noche anterior en el corral de los terneros, se estaba levantando. Alastair se plantó delante de él en una carrera.
- Me alegro de verte de nuevo – dijo, sarcástico, golpeándole con el dorso de la mano. Mike voló por los aires, golpeando la pared del establo, cayendo desmadejado al suelo.
La niña rubia agarró la mano de Cortez, la que había empuñado la estaca, y la retorció. Los huesos sonaron como ramas secas, partiéndose. Cortez aulló de dolor.
La niña no le soltó, levantándole por encima de su cabeza, lanzándole contra el corral individual más cercano. Cortez aterrizó sobre el costado de un caballo y cayó al suelo. El animal se agitó, asustado, huyendo de allí.
Alastair llegó hasta Mike y lo cogió del cuello, levantándolo del suelo. El bandido estaba aturdido, dolorido y descoordinado. No fue capaz de coger la estaca que llevaba al cinto.
Alastair abrió la boca para morder a su víctima cuando otro vampiro llegó hasta él, agarrándole del brazo con el que cogía a Mike. El nuevo vampiro le retorció el brazo y Alastair tuvo que soltar a Mike, que cayó encogido al suelo.
Mike levantó la mirada, mientras el nuevo vampiro arrastraba a Alastair hacia la otra pared del establo, retorciéndole el brazo aún. El vampiro vestía un peto de color marrón y una camisa blanca que resaltaba mucho contra su piel oscura.
El vampiro que le había salvado la vida era su amigo Sam.
La niña rubia se acercó con paso orgulloso a Cortez, que se sentó en el suelo y se apoyó en la pared del corral individual, ahora vacío. El Ungido entró en el corral, sonriendo, pícara. Sus ojos cambiaron: se volvieron opacos, como los del resto de vampiros, pero rojos en lugar de negros. Cortez notó esos ojos clavados en él y rompió a reír, con una risa cansada al principio, una risa derrotada, para acabar soltando carcajadas, llenas de diversión.
- ¿De qué te ríes, viejo? – preguntó el Ungido, y su voz sonó infantil y angelical, aunque su aspecto era el de un verdadero demonio.
- De que gracias a mi trabajo he aprendido a disparar con la mano izquierda – dijo Cortez, sin dejar de reír. Entonces, rápido como un rayo, lanzó su mano izquierda hacia el cinturón, donde llevaba la pistola en el vientre, orientada hacia la mano derecha. La sacó de allí con un movimiento ágil, apuntó y disparó.
Sam no soltaba a Alastair, retorciéndole el brazo sin parar. Mientras tanto, el vampiro veterano lanzaba zarpazos con la mano izquierda, destrozándole a Sam el lado derecho de la cara. Sin embargo, Sam seguía sin soltarle: los vampiros recién transformados tenían una fuerza muy superior a la de un vampiro curtido.
El brazo derecho de Alastair acabó por separarse de su cuerpo. Sam se separó de él, mirándole con sus nuevos ojos negros, sin pupila ni iris. Lamió el muñón del brazo, con aspecto distraído. Alastair cayó de rodillas, aullando de dolor, agarrándose el muñón del hombro con la otra mano, mirando lleno de furia al vampiro novato.
El Ungido se lanzó hacia adelante, mientras la bala salía por el cañón. Lo que pasó fue que, el roce del proyectil con el hierro del cañón hizo que la madera se inflamara, viajando la bala en llamas hacia la pequeña vampiresa rubia. La bala le impactó en el pecho, abrasándola por dentro.
La niña se detuvo, gritando a pleno pulmón, agarrándose el pecho con las garras, escarbando en él para sacarse el incendio que la quemaba por dentro, devastándose de dolor. Se tambaleó y corrió hacia atrás, manoteando. Pronto todo su torso estaba en llamas y después sus ojos se derritieron y llamas pequeñas salieron por las cuencas. Al final cayó al suelo de espaldas, quemándose poco a poco desde dentro, como una hoguera.
Alastair giró la cabeza y aulló, rabioso y lleno de pena.
- ¡¡¡Pequeña mía!!! ¡¡¡Mi demonio!!! – gritó, roto de dolor por dentro.
Se levantó y se olvidó de su contrincante, corriendo fuera del establo, saliendo por la puerta de atrás, alejándose del pueblo corriendo por el desierto, a una velocidad sobrehumana, volando sobre la arena. Un aullido animal, desgarrado, se escuchó mientras huía.
El resto de vampiros que quedaban en la parte delantera del gran establo escucharon aquel aullido y se taparon los oídos, quebrados por el dolor de su amo. Huyeron de allí como gamos, siguiendo a Alastair hacia su refugio en las cuevas. Sue y Lucius McGraw, que todavía estaban en pie, los vieron irse, aliviados y sorprendidos.
Mike se puso en pie, todavía un poco desorientado. Al mismo tiempo Cortez se levantó y salió del corral individual, con el revólver en la mano izquierda. El sheriff Mortimer se acercó al cazavampiros pasando al lado del pequeño incendio que era el Ungido y le acompañó, ayudándole a caminar, recorriendo el establo, acercándose
los dos a Mike. El bandido no los miraba a ellos.
Mike tenía la vista fija en Sam, que seguía de espaldas, mirando hacia la puerta trasera del establo, por donde Alastair había huido. El vampiro poco a poco se dio la vuelta, encarándose con Mike. Éste lo miró, con tristeza y con miedo. Sacó la pistola, pero la mantuvo baja, apuntando hacia el suelo.
Sam le miró con los ojos negros, inclinando la cabeza hacia un lado. Soltó el brazo de Alastair, que al caer al suelo acabó deshaciéndose en polvo oscuro y áspero. Abrió la boca, dejando ver sus colmillos, emitiendo un leve gruñido hambriento.
- Mátame.... – logró articular, sin quitar la mirada de encima de su amigo. Parecía luchar contra su instinto de vampiro con la poca conciencia de humano que le quedaba, que seguro que se estaba escapando.
Mike levantó el revólver y Sam siseó, amenazador, lanzando un zarpazo al aire, pero se controló. Su conciencia humana desaparecería en un instante.
Mike tragó saliva, sabiendo lo que debía hacer, pero sin poder hacerlo. Sam había sido amigo de Nick, era amigo suyo.... y le había salvado la vida.
- Adiós, amigo – murmuró Mike, y le pareció que su amigo vampiro sonreía, por un momento. Después disparó.
Mike tenía buena puntería, incluso en los momentos más peliagudos o más tensos. O en los más emotivos. La bala le dio a Sam en el corazón, matándolo en el acto. Cayó hacia atrás, desmadejado, como una marioneta a la que le cortan los hilos.
Mike se acercó a él, roto por dentro, pero intentando mantener la compostura. Metió la mano en el bolsillo y sacó una cerilla, que encendió con el pulgar. Después la dejó caer sobre el cuerpo de su amigo muerto.
Se dio la vuelta mientras el cadáver de Sam se quemaba y salió del establo acompañado de Cortez y del sheriff Mortimer.
Fuera estaba amaneciendo.


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