jueves, 19 de enero de 2017

Cuatro Reyes - Capítulo III



Eonor entró en la sala del palacio cuando se lo indicó el guardia con alabarda de bronce que había a la puerta. Se lo agradeció con un cabeceo y traspasó la puerta.
Estaba en el palacio del rey Al-Jorat, entrando en la sala de audiencias, para tener una conversación importante con su majestad. Había tenido suerte de que el rey pudiese recibirle en tan poco tiempo, pues aquella mañana Al-Jorat sólo esperaba reunirse con un guía de caravanas de Barat, pero hacia el mediodía. A aquellas horas de la mañana estaba libre.
Eonor había dejado a Dímoras en la tienda, una vez que se habían convencido de que el libro que faltaba era el grimorio de Kórac, como se había temido el hechicero. El aprendiz estaba encargado de cuidar la tienda y todo lo que quedaba dentro.
El hechicero entró en la sala, que era pequeña y bonita. Era rectangular, con dos entradas: la de los visitantes, por la que había entrado él, que estaba en uno de los lados cortos de la sala. La otra entrada estaba en el lado largo a la derecha de la otra y era más grande y adornada con pan de oro.
El trono de audiencias del rey de la copa estaba frente a la puerta de los visitantes. Era sencillo pero no por ello menos elegante. Era de madera, de caoba, adornada con relieves de lunas y de formas geométricas. Unos cortinajes adornaban la zona del trono, alzado del suelo por una tarima, cubierta de cojines y almohadones. Había una mesita redonda al lado del trono, con una vasija y un vaso de cristal tallado.
Había cuatro guardias armados dentro de la sala, dos a cada lado. Los de la derecha flanqueaban la puerta dorada y los otros dos estaban a la izquierda, pero más juntos.
- Adelante, mi viejo yumón – dijo el rey, haciendo referencia al breve y antiguo tiempo en el que Eonor había sido su maestro. Éste no pudo evitar sentirse halagado. – Siempre es un placer y un honor hablar contigo.
- El honor es mío, majestad.... – respondió Eonor, colocando el dedo índice y el corazón, unidos y estirados, en el entrecejo, a lo largo de la nariz, y bajando la cabeza a la vez, en el respetuoso saludo común en los Cuatro Reinos.
- Vamos, vamos, alguien que me enseñó las cuatro operaciones de la matemática, que corrigió mi ortografía y que incluso me dio algún tirón de orejas cuando cometía errores no debería guardarme tanto protocolo.... – bromeó el monarca, sincero. – ¿Qué tal estáis?
- Bien, alteza, no puedo quejarme, la verdad.... – contestó Eonor, que se quedó de pie delante del rey sentado en su trono. – Vivo humildemente, pero tengo trabajo y sigo manteniendo buena fama entre la gente....
- Vuestra fama de hechicero justo y sabio no ha mermado con los años – asintió el rey Al-Jorat. – Decidme, ¿a qué se debe esta audiencia tan urgente? ¿Ocurre algo grave?
- Me temo que sí, alteza.... – respondió el hechicero, después de tragar saliva. – Han asaltado mi tienda esta noche y se han llevado un antiguo grimorio, el grimorio de Kórac....
- ¡¡Válgame Heraclio!! – se escandalizó el rey. – ¡¡Qué contrariedad!! ¿Era un libro valioso?
Eonor pensó antes de contestar.
- Mucho, majestad. ¿Recordáis a Thilt, alteza?
- Por supuesto, fue un gran hechicero, aunque erró el camino de la magia – respondió Al-Jorat, con seriedad. – Además, es la parte más entretenida de nuestra historia desde el éxodo de Heraclio “el Padre”. ¿Por qué me lo preguntáis?
- Porque, lamentándolo mucho, el grimorio de Kórac es el único libro en el que quedó registrado el hechizo que se usó hace siglos para encerrar a Thilt en su cárcel de bronce – explicó Eonor. – Allí están registradas todas las instrucciones....
Al-Jorat miró con atención y una chispa de apremio al viejo hechicero.
- Todas las instrucciones, ¿no es así? ¿Incluso los hechizos para liberarlo? – preguntó con acierto el rey de la copa. – ¿Es eso lo que queréis decir?
- Sí, alteza....
- Así que creéis que quien os haya robado ese grimorio quiere liberar a Thilt, ¿no es eso? – preguntó Al-Jorat, que no en vano tenía fama de ser un rey sabio. Eonor asintió. – ¿Quién sabía que vos teníais ese tal grimorio de Kórac?
- Sólo mi aprendiz, un puñado de ancianos hechiceros del reino y yo mismo.
- Muy bien.... – Al-Jorat se pasó la morena mano derecha por la perilla. – Creo que deberíamos avisar a Máximus, el rey de Rodena. Ellos son los que guardan la frontera con Gondthalion. Quienquiera que haya decidido liberar a Thilt habrá venido de allí. Y deberíamos investigar a los otros hechiceros que sabían que vos teníais el grimorio....
- Muy bien, alteza.
- El viaje a Rodena llevará varios días, así que el grupo que parta hacia allí debería salir hoy mismo. Me gustaría que vos y vuestro aprendiz formarais parte de él, pues nadie mejor que vos podrá explicar al rey Máximus la gravedad del asunto.
- Muchas gracias, alteza.
- Pero antes de organizar la compañía y de marchar a Rodena debéis darle los nombres de los otros hechiceros al capitán de mi guardia. Él se encargará de organizar escuadrones para investigarlos en Medin.
- Muy bien, alteza.



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