viernes, 25 de agosto de 2017

Estrellas caídas (14 de 15)



Salieron al cabo de un rato al otro lado, al camino del Caldero. Rafael guio al caballo y dirigió el carro hacia Sauce. Allí también era de día y el cielo estaba azul, pero las estrellas que caían eran muy visibles. El camino del Caldero no estaba lleno de estrellas, aunque había algunas en las cunetas y en medio del camino: Rafael las pudo esquivar con poca dificultad, haciendo girar al caballo. Las ruedas golpearon a algunas, que rodaron hasta las cunetas, deteniéndose allí.
- Hay que darse prisa – comentó Tym, mirando con pena las estrellas del suelo.
Cuando los tres llegaron a Sauce, montados en el carro, el espectáculo en el pueblo era terrible: había agujeros en todos los tejados, algunos fuegos descontrolados, la gente chillaba por todas partes y corría en todas direcciones. Parecía que había cundido el caos en el pueblo, al fin. Las estrellas ya no eran bolas que olían bien y daban calorcito: la gente las veía como lo que en realidad eran, bolas de fuego que caían del cielo.
- No es solo eso – dijo Tym, después de los comentarios que habían hecho entre ellos. – La gente empieza a notar la pérdida de la magia. No saben lo que es, pero lo notan: eso los pone más nerviosos y hace que tengan miedo.
- Vamos a la taberna, rápido – dijo Rafael, saltando del carro. Daniel lo imitó y corrieron por la calle, seguidos de Tym, que iba más atrás, debido a sus piernas más cortas.
Se cruzaron con muchos vecinos, que salían de casa asustados, cargados con maletas o sacos llenos de sus pertenencias más importantes. Los dos hermanos trataron de convencerlos de que no se fueran de Sauce, que ellos iban a acabar con la crisis de las estrellas.
Pero era en balde: las estrellas seguían cayendo mientras ellos trataban de convencer a todo el mundo, haciendo ruido, rompiendo tejados y asustando a la gente. Algunas llegaban a quemar la paja de los tejados o la ropa tendida fuera, debido al calor que emitían. Los ciudadanos se turnaban entre tratar de huir de allí y apagar los fuegos.
- Vamos, dejadles – les dijo Tym, que les había alcanzado. – Acabemos con esto y de esa forma les ayudaréis mejor.
- A la taberna.
Los tres corrieron al gran edificio, que también tenía agujeros en el techo: por uno de ellos salía una estrecha columna de humo.
Entraron con mucho ímpetu en el local, vacío de clientes: toda la gente estaba entretenida con otras cosas. Las mesas y sillas estaban todas volcadas y fuera de su sitio. Había un fuego al lado de la barra: dos estrellas habían aterrizado o rodado hasta una silla ancha en la que colocaban, doblados y planchados, los manteles que usaban en las mesas en la hora de la comida. Estos habían ardido y la columna de humo gris salía de allí.
Una única persona estaba en la taberna, tratando de apagar aquel fuego (y otros cuatro, mucho más pequeños, que quemaban alguna silla o mesa solitaria): era Alicia, armada con un trapo que remojaba en la cubeta para fregar, con el que golpeaba los manteles, tratando de apagarlos del todo.
- ¡¡Alicia!! – le llamó Rafael. Daniel y él fueron hasta ella y la ayudaron a apagar los manteles.
- ¿Dónde estabais? ¡¡Lleváis fuera un montón de tiempo!! – les reprochó, una vez que el fuego estuvo apagado. Entonces se sentó en una silla chamuscada que había al lado, resoplando: la chica parecía cansada, pero a la vez llena de energía. Seguía con la piel apagada y ojeras, pero ya no parecía enferma.
- Nos ha ocurrido una cosa que no te vas a creer.... – le dijo Daniel. – Pero tienes que creértelo, porque eres la que lo va a solucionar.
- ¿Qué?
- Oye, Alicia, ¿ya estás curada? – le preguntó Rafael. – La última vez que nos vimos estabas en la cama, enferma....
- Sigo enferma – respondió. – O al menos eso parece, aunque ya no me encuentro tan mal como antes. Sigo teniendo como un peso en el pecho, que me hace tener una sensación de ahogo, pero estoy bien. Tuve que levantarme de la cama: alguien tenía que hacerse cargo de la taberna, vosotros habíais desaparecido.
- ¿Cuándo mejoraste? – preguntó Rafael, con intención.
- En el mejor momento, por lo visto: cuando las estrellas que caían del cielo llenaron el pueblo y espantaron a la gente – respondió la muchacha. – Entonces recobré la energía, aunque sigo sintiéndome un poco ahogada y mareada, como ya os he dicho.
Los dos hermanos se miraron. Rafael asintió y Daniel empezó a contarle toda la historia a Alicia: los dos sabían que el pequeño lo haría mucho mejor. Le explicaron por qué caían las estrellas, qué significaba ser la Protectora de Estrellas, la historia del bebé raptado, la implicación de la reina y del caballero de Gurfrait.... y que ella era ese bebé, era la hija de los reyes, era la Protectora de Estrellas.
- ¿Qué queréis? ¿Reíros de mí? – les reprochó Alicia, que siempre había querido saber quiénes eran sus padres y de dónde venía: aquel tema la ponía muy susceptible.
- Me temo que todo lo que le han contado es cierto, majestad – dijo Tym, acercándose a los humanos. Se había quedado casi en la puerta, durante el episodio de la extinción del pequeño incendio y durante la conversación de los tres jóvenes. Pero en ese momento creía conveniente intervenir. – Yo soy Tym, soy del reino de Xêng.
Alicia parecía aterrorizada por su aspecto.
- Sé que soy un poco extraño, pero soy una criatura de un reino mágico. Soy un....
- Yaugua – terminó la frase Alicia, con cara extraña. Los dos hermanos se volvieron a mirarla, sorprendidos.
- ¿Lo sabes?
- ¿Lo recuerdas?
- No lo sé.... Creo que es una mezcla de ambas cosas.... – dijo ella, con un hilo de voz.
- Habéis vivido aquí toda la vida y lo poco que supieseis de forma innata o lo que recordéis de vuestros tres meses de vida en Xêng habrá despertado al verme – dijo Tym. Luego rio. – O más bien al ver las estrellas caídas cerca de vos. Sois la Protectora de Estrellas por herencia de vuestro hermano, majestad: es normal que ellas os influyan.
- Entonces.... ¿todo es verdad?
- Todo – dijo Tym, apenado al ver la cara de susto de la muchacha. – Entiendo vuestro recelo y vuestro miedo, pero es cierto. Tenéis un padre que os quiere y os echa de menos, que nunca os ha olvidado a pesar del tiempo pasado. Y lamento deciros que también tenéis una responsabilidad, con vuestro reino y con los demás mundos. Las estrellas están cayendo del cielo y sólo vos podéis evitar que eso siga ocurriendo....
Alicia se levantó de la silla y dio unos pocos pasos por la estancia, en la que hacía calor y había algo de humo. Se acercó a una estrella caída, al lado de la pata de una mesa. Era del tamaño de una pelota con la que jugar a patadas y la cogió del suelo, con una mano: la sostuvo allí, notando su tacto, su calor, su olor y su peso. El color amarillo de la estrella se reflejó un instante en su rostro. Mientras, se escuchaban los gritos de la gente en la calle.
- No entiendo todo lo que decís, pero siento algo distinto dentro de mí cuando tengo esta estrella en la mano – dijo con voz serena. Después se volvió a mirarles. – Está claro que hay algo más dentro de mí y las estrellas tienen la respuesta. Quiero descubrirla.
- Sólo ellas pueden dársela, alteza, y sólo en el reino de Xêng: allí la magia está presente.
- Vamos, entonces.
Los cuatro salieron de la posada y corrieron por la calle hacia el carro que habían abandonado. Alicia llevaba la estrella todavía en la mano. Montaron en él y salieron de Sauce por el camino del Caldero, dejando atrás los incendios, el caos y la gente asustada que corría y gritaba por las calles.
En el camino del Caldero había más estrellas que antes, pero Tym conducía el carro con prisa, sin esquivar las estrellas. Éstas no se rompían, solamente rebotaban contra las ruedas, saliendo despedidas, rodando por el camino y las cunetas.
- Ya estamos cerca – señaló Tym con su mano de tres dedos: a unos metros estaba la entrada de la cueva.
- ¡¡Cuidado!! – avisó Daniel. Señalaba por delante y por encima de ellos y los otros tres miraron hacia allí. Tuvieron el tiempo justo de apartarse y saltar del carro, antes de que una estrella de gran tamaño les cayera encima. El carro se rompió en pedazos mientras ellos rodaban por el suelo, rebotando entre las estrellas. El caballo se encabritó, pero no salió corriendo.
- ¿Qué hacemos ahora? – se lamentó Tym.
- Alicia sabe montar – respondió Rafael, ayudando a la chica a ponerse en pie y a subir al caballo. Una vez arriba los miró, con cierta duda. – Corre, entra por la cueva. Nosotros te seguiremos.
- Sí, ve – le dijo Daniel. Tym la miraba con ganas.
- De acuerdo – dijo Alicia, sin tenerlas todas consigo. Tocó con los talones los costados del caballo, haciendo que se pusiera en marcha y luego le hizo ir más rápido con las riendas. Entró a todo correr en la cueva, agachándose sobre el cuello del caballo y corrió por el corredor de piedra, oscuro y largo. La estrella brillaba en su mano, mucho más fuerte que cuando otro la sostenía en la oscuridad, y gracias a eso se guio hasta el fondo de la cueva sin desviarse hacia las paredes de roca. Cuando vio al fondo la luz de la salida aflojó la velocidad, aunque acabó saliendo al aire libre bastante rápido.
Allí había una gran multitud. Alicia no sabía si la estaban esperando o no, pero la miraron asombrados y alucinados.
La estrella en su mano brilló con mucha más intensidad que en el interior de la cueva. Estaba incandescente, brillando con una luz amarilla muy potente. Alicia sabía que quemaba, aunque ella no notaba dolor en la mano. Miró a su alrededor, montada en el caballo y toda la gente a su alrededor (criaturas, monstruos y ciudadanos con aspecto de humanos) se postró ante ella.
La reconocían. Y ella se reconocía a sí misma.
En el momento en que entró en el reino de Xêng se sintió distinta y cuando vio brillar con luz amarilla la estrella en su mano, supo lo que era. Y supo cómo actuar.
Extendió más la mano, pero la estrella no rodó por su palma. Alicia se concentró en sus poderes (unos poderes que hacía unos minutos no sabía que tenía, pero que desde que volvía a estar en su reino sabía cómo utilizar) y mandó la estrella al cielo, que subió a un ritmo tranquilo pero sin pausa. La multitud a su alrededor emitió un grito de sorpresa.
Alicia (o Alethes, como recordó que se llamaba en aquel reino) miró al cielo, donde se veían caer docenas de estrellas. Alzó la mano hacia ellas y las detuvo en el aire, para después volver a mandarlas a su lugar de origen, cada una a su punto exacto en el firmamento.
La gente la vitoreó.
En aquel momento salieron de la cueva Rafael y Daniel. Jadeando por la carrera, vieron a Alicia (a la que conocían como una hermana) sobre el caballo, aclamada por los ciudadanos del reino, con una postura de poder y grandeza.
Los dos hermanos se miraron, sonrieron, y se postraron ante la princesa.

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