lunes, 9 de junio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9x2



- 9 x 2 -
 
Los grupos quedaron establecidos en poco tiempo. Se habían organizado en cinco equipos, para poder aprovechar los coches que tenían: la moto del padre Beltrán se quedaría en Siena del Sil.
Marta quería haber estado con el padre Beltrán en el equipo, pero éste estaba con otros tres guardias civiles. De todas formas Marta estaba satisfecha y contenta: estaba en el mismo equipo que Justo, con otro guardia civil llamado Miguel Aldea López.
Daniel y Mónica estaban en otro grupo, con otros dos guardias civiles, Sole estaba sola con otros dos números de la Guardia Civil y Andrés formaba equipo con otros tres compañeros suyos.
Todos los guardias civiles sabían que estaban allí para detener a los presuntos causantes de una ola de asesinatos por la mitad de España, pero no sabían la naturaleza demoníaca de los sospechosos. Andrés les había convencido de que tenían que cambiar las balas y fabricar unas nuevas con los rodamientos que el viejo cura había traído para ellos, pero no les había explicado por qué. Muchos guardias estaban con la mosca detrás de la oreja, pero no dijeron nada: estaban allí de forma voluntaria, sabiendo (Andrés se lo había advertido desde el principio) que no tendrían información completa de lo que estaba pasando. Aquel caso era Top Secret, y a todos les encantaba pensar que estaban participando en un caso así, aunque lo hicieran a ciegas.
- Muy bien – habló Justo, y todos los miembros de tan extraño grupo se giraron para mirarle. Todo el mundo había cogido un cuchillo o una palanqueta de plata, y los que llevaban armas de fuego tenían al menos un par de cargadores de balas de plata, además de las balas “retocadas”. – Ya casi es de noche y el padre Beltrán cree que el acontecimiento está cerca. Los dos custodios aparecerán en alguna parte de la comarca, para realizar un ritual. Nuestro deber es detenerlos antes de que lo hagan. Que cada equipo coja un coche y buena suerte a todos.
El grupo se fue desperdigando. Marta se acercó a Sole y le dedicó un gesto cariñoso de buena suerte. Después fue hasta Daniel y Mónica y les dio un abrazo, contenta por tenerlos allí.
Poco podía imaginar que no volverían a estar los tres enteros y vivos nunca más.

* * * * * *

Los custodios caminaron por el pueblo agarrados de la mano. Eran dos, pero su misión era la misma. Debían mantenerse siempre unidos.
Se dejaron guiar por su instinto, para que los llevara al lugar donde el ritual cobraría más fuerza y lograría abrir el portal con éxito.
Su instinto demoníaco los condujo hasta la plaza central del pueblo. Era muy amplia, rectangular, rodeada de calzadas de asfalto. En la parte frontal estaba el largo y bajo edificio del ayuntamiento, con su característica portada con arcos. En el medio de la plaza había una fuente redonda de agua, con caños que salían hacia arriba. Estaba seca.
Tan sólo había dos o tres farolas que funcionaban, pero con tan poca luz fueron capaces de ver los coches que había aparcados al lado del bajo bordillo de la plaza, rodeándola. También vieron el gran grupo de gente.
Esperaron, escondidos detrás de una esquina. Aquellos seres humanos no eran rival para ellos (excepto uno, del cual emanaba una fuerza poderosa) pero estaban cerca del final y arriesgarse era arriesgar la misión. La fuerza vital de sus hermanos esperaba que ellos cumplieran y no fracasaran. El ritual era complicado y necesitaban tranquilidad y seguridad.
No tuvieron que esperar mucho: los humanos estaban organizándose para irse de allí. Montaron en los coches y se alejaron en cinco direcciones distintas. Los custodios se fundieron con las sombras cuando un gran todoterreno pasó por su lado.
Se asomaron al cabo de un minuto. Los motores de los coches eran un rugido estridente que se alejaba en la distancia. La noche había ocupado su lugar en aquel mundo y la oscuridad lo cubría todo.
Tenían la plaza para ellos solos.

* * * * * *

- Buena suerte a todos – dijo Sole, usando la radio de su todoterreno. Los Nissan de los guardias civiles tenían radio incorporada y Justo había cogido una radio portátil con batería para llevar en su coche. De esa forma los cinco equipos estarían conectados durante toda la misión.
Un pitido estridente se escuchó en el interior del todoterreno, mientras recibía las contestaciones de los demás. Sole miró alrededor, extrañada.
- ¿Falla la radio? – preguntó el guardia civil que iba en el asiento del copiloto, llamado Francisco Torres Alonso.
- No, no es la radio.... Funciona perfectamente.... No sé lo que es.... – dijo la soldado, asombrada.
- Suena aquí atrás.... – comentó la guardia civil que iba en los asientos traseros, una mujer joven llamada Ángela Aguilar Sastre.
- Abre una maleta metálica que hay en el asiento, Ángela, por favor.... – dijo Sole, mirando por el espejo retrovisor, con un nudo en la garganta. La guardia civil la obedeció y dejó al descubierto el medidor de ondas ectoplásmicas: el pitido venía de allí. El piloto amarillo parpadeaba furiosamente.
- ¿Esto qué es? – preguntó Ángela Aguilar Sastre, atónita.
- Problemas.... – dijo Sole, frenando en seco y haciendo derrapar el todoterreno en la cuneta de la carretera comarcal por la que iban. Después cogió el mando de la radio, para dar el aviso.
La mano le temblaba muchísimo.

* * * * * *

El padre Beltrán iba muy silencioso en el asiento trasero de uno de los Nissan de la Guardia Civil, acompañado por tres agentes.
- ¿Está bien, abuelo? – le preguntó el que iba sentado con él atrás, un chico joven llamado Iker Gamarra Gil.
- Estoy bien – contestó el padre Beltrán, con voz lúgubre. – Solamente iba escuchando.... y nunca he sido abuelo.
El chico borró su sonrisa amable de la cara al recibir la mirada incendiaria del sacerdote de negro, desde detrás de las gafas oscuras. Tragó saliva y miró hacia adelante, donde sus dos compañeros se rieron de él con grandes carcajadas.
Entonces, el padre Beltrán se envaró en el asiento, terriblemente tieso. Se giró hacia atrás, mirando por el cristal trasero, quitándose las gafas de un zarpazo.
Había algo que habían dejado atrás que podía ver.
Lo podía ver muy bien.
- ¡¡Pare!! – ordenó, con su voz como un trueno.
- ¿Cómo? – preguntó el conductor, molesto. No frenó, pero dejó de acelerar.
El padre Beltrán no contestó al instante, concentrado en lo que sus ojos velados de blanco podían ver en la oscuridad.
- ¡¡Dé la vuelta!! ¡¡Rápido!! – gritó, mirando de nuevo hacia adelante, mientras se volvía a poner las gafas.
El conductor giró el Nissan, a regañadientes, pero enfiló la carretera de vuelta a Siena del Sil. En ese momento chasqueó la radio.
- Atención, atención. Habla Sole ¿Me recibís? Hemos detectado con uno de los sensores que llevamos en el coche que los custodios están en el pueblo que acabamos de dejar. Hay que volver, repito, hay que volver a Siena del Sil.
El conductor, un guardia civil llamado Pablo Sánchez López, cogió el mando de la radio y contestó:
- Recibido, Sole, vamos para allá. Nuestro.... sensor también ha recibido algo.... – dijo, mirando por el espejo retrovisor el ansioso rostro del extraño cura.
Aquella misión era rara de cojones....

* * * * * *

Daniel cogió el mando del escáner láser y observó la pantalla. Estaba emitiendo lecturas.
- El escáner de calor está registrando lecturas – comentó en voz alta. Mónica le miró interesada y se inclinó hacia él. El guardia civil que iba en el asiento del copiloto, llamado Gabriel Román Trimiño, se giró para mirarle, levemente interesado. El conductor, un hombre llamado Eduardo Herrera García, ni se molestó en mirarle. – ¿Dónde hemos colocado el cubo?
Mónica negó con la cabeza.
- En ningún sitio. No hemos instalado los equipos....
- Entonces.... ¿seguirá en el maletero del todoterreno de Sole? – preguntó Daniel. Mónica asintió.
Los dos técnicos miraron la pantalla del mando externo del escáner láser de calor residual, atónitos. Estaban dejando atrás una lectura doble de ciento veinte grados.
- ¿Ocurre algo? – preguntó Gabriel Román Trimiño, al verles tan concentrados en el “juguetito”, aunque lo hizo más por cortesía que por interés.
- Tenemos que dar la vuelta – dijo Daniel, con un hilo de voz. El guardia civil se asustó un poco al verle la cara.
En ese momento la radio habló.
- Atención, atención. Habla Sole ¿Me recibís? Hemos detectado con uno de los sensores que llevamos en el coche que los custodios están en el pueblo que acabamos de dejar. Hay que volver, repito, hay que volver a Siena del Sil – dijo la voz de Sole a través de la radio. Los dos guardias civiles se quedaron mirándola un instante antes de reaccionar. El conductor dio un volantazo y volvió por donde habían venido. El copiloto tomó el mando de la radio para contestar.
Daniel y Mónica no perdieron de vista las lecturas de calor. Los dos custodios estaban allí reflejados.

* * * * * *

Marta llevaba la radio, en su regazo, sentada en el asiento trasero. Justo conducía su coche con prisa pero con cautela y el guardia civil que los acompañaba (un tal Miguel Aldea López) iba en el asiento del acompañante, con cara seria.
Cuando Sole les mandó el mensaje, Marta dio un respingo, asustada:
- Atención, atención. Habla Sole ¿Me recibís? Hemos detectado con uno de los sensores que llevamos en el coche que los custodios están en el pueblo que acabamos de dejar. Hay que volver, repito, hay que volver a Siena del Sil.
Justo no esperó más. Confiaba en Sole (después de todo lo pasado juntos) así que dio un volantazo, hizo derrapar al R-11 (que se quejó con unos cuantos chirridos de los neumáticos y la carrocería) y volvió hacia Siena del Sil.
- Somos idiotas.... – murmuró Justo, apretando el volante con las manos y el acelerador con el pie derecho. – Nos hemos ido todos dejando el pueblo central sin vigilar. ¿Cómo no se me ha ocurrido?
- Estamos todos muy tensos – comentó Marta, sosteniendo el mando de la radio cerca de su boca, sin presionar la manija. – Es normal que cometamos errores....
- Pues ya no podemos permitirnos más – contestó el veterano agente, acelerando aún más. Marta dejó de mirar a la carretera y se concentró en responder al aviso de Sole.
Acababan de salir de Siena del Sil, así que ninguno estaba muy lejos del pueblo todavía. Todos los coches llegaron en seguida al pueblo, y Sole les dijo que las lecturas del medidor de ondas indicaban que la presencia de los custodios se ubicaba en la plaza central del pueblo.
El coche de Justo fue el primero en llegar. Detuvo el R-11 en la esquina de la casa de una de las calles que salían desde la amplia plaza. Estaban en un rincón de la plaza y avanzaron hasta la calzada ancha que rodeaba todo el lugar.
Desde allí podían ver perfectamente a los custodios. Eran dos niños, un niño y una niña, de unos doce o trece años. Estaban sentados con las piernas cruzadas, a lo indio, uno frente al otro. Tenían las manos a la altura de los hombros, palma con palma. Era difícil decirlo de lejos, pero parecía que tenían los ojos cerrados. Lo que sí era seguro era que estaban recitando un salmo, o algo parecido.
Los otros coches llegaron en ese momento, casi a la vez, con unos pocos segundos de diferencia, cada uno por una esquina o lado de la plaza diferente.
- ¡¿Dónde están?! – gritó Andrés, saliendo de su Nissan, con una escopeta en las manos. – ¡No los veo!
- ¡Al otro lado de la fuente! – respondió Sole, en otro lado de la plaza. – ¡Pero yo no tengo tiro!
La soldado se movió lateralmente, para encontrar una línea de disparo despejada.
Los custodios separaron sus manos y cogieron sendas piedras afiladas que cada uno tenía a su lado. Las agarraron con firmeza y las colocaron hacia su izquierda, a la altura del cuello de su compañero.
El padre Beltrán se apeó en ese momento de su coche, con desesperación. Parecía un dios terrible.
- ¡¡Están a punto de abrir el portal!! – bramó, con su voz cascada como el sonido de un trueno.
- ¡Yo tengo tiro! – se escuchó decir Marta, sacando la pesada pistola de la espalda. La cogió con las dos manos, la derecha sujetando la empuñadura (con el dedo índice en el gatillo) y la mano izquierda abrazando la otra mano. Respiró hondo, intentando apuntar.
Era su primer disparo.
Vio cómo los dos custodios terminaban su letanía, cómo se quedaban quietos un instante y cómo apretaban con fuerza los cuchillos improvisados que los dos sostenían. Vio al padre Beltrán erguido al fondo, con los puños apretados y la vieja y arrugada cara en un gesto preocupado. Vio con el rabillo del ojo, lejos a su izquierda, cómo Sole encontraba un lugar adecuado para disparar y acomodaba el rifle en sus manos.
Marta apretó el gatillo, lanzando la bala en dirección a la “niña” de la derecha. En ese instante, los dos custodios se movieron, con un gesto diestro y veloz, cortando la garganta de su compañero, los dos a la vez. Cuando las gargantas de los dos estaban abiertas y la sangre ya se había derramado, la “niña” recibió el tiro de Marta, en la sien izquierda, cayendo de lado. Menos de un segundo después, el “niño” de la izquierda recibió la ráfaga de balas de Sole, tirándole al suelo de costado.
Después, las armas de los demás guardias civiles se pusieron a tronar, alcanzando a los dos cadáveres, destrozándoles un poco más. La escopetada despertó a los vecinos del pueblo y repiqueteó en la piedra del suelo de la plaza.
- ¿Lo hemos conseguido? – preguntó Andrés, bajando la escopeta. Marta estaba (casi) segura de que lo habían logrado.
Después, a lo lejos, vio al padre Beltrán con la cabeza gacha, meneándola con desánimo.

* * * * * *

Desde el suelo, entre los cuerpos de los dos custodios sacrificados, surgió un rayo de energía, parecido a una descarga eléctrica. Era de un color rojo intenso y subió hacia el cielo, retorciéndose y quebrándose, impactando contra un muro de nubes grises que se estaban congregando allí, llegando en una gigantesca espiral.
Una elipse de color rojo se formó en el cielo, albergando una negrura en su interior más oscura que la propia oscuridad.
De pronto, desde el portal, surgieron ocho cometas, que dejaban tras de sí ocho estelas de humo de color rojo y granate.
Cada uno de los cometas partió en una dirección, dejando atrás el oscuro y eléctrico portal.

jueves, 5 de junio de 2014

Anäziak (9) - Capítulo 9 + 8



- 9 + 8 -
 
- Y ahora, ¿qué?
Todos se miraron. Más o menos todos estaban pensando algo parecido. Sin mediar acuerdo, todos acabaron mirando al padre Beltrán. Incluso Justo, que se sentía impotente y se reconocía interiormente que aquel hombre podía tener las respuestas.
- Hemos fallado con el último poseído – dijo el padre Beltrán, al comprobar que todos lo miraban. – Sólo tenemos una última oportunidad y es encontrar a los custodios antes de que abran el portal. Una vez abierto, acabar con los nueve será prácticamente imposible....
- El portal se abre en algún lugar de Concejos de Siena, ¿verdad? – dijo Justo y el cura le asintió. – Vayamos allí, entonces. Quizá descubramos a los dos últimos poseídos, esos que usted llama.... custodios.... cuando lleguen allí y todo esto habrá acabado.
- Quizá deberíamos informar antes al general.... – propuso Marta.
- Podría enviar a más agentes para formar un nuevo equipo de campo – dijo Sole.
- No hay tiempo – cortó el padre Beltrán. – El portal se abrirá esta noche, estoy convencido. Puedo verlo – Marta sintió un escalofrío al recordar los ojos del sacerdote de negro. – El nuevo equipo no llegaría a tiempo.
- ¿Y tus compañeros? – preguntó Sole, dirigiéndose al guardia civil. – ¿Cuándo estarían listos?
- Ya – contestó Andrés. – Están preparados y esperando mi llamada.
- Llámelos.... – dijo el padre Beltrán. – Necesitamos toda la ayuda posible.
Andrés sacó el móvil y buscó un número en la agenda, al que llamó. Los demás se reunieron, organizándose para viajar. Sólo el padre Beltrán se quedó aparte.
- ¿Se encuentra bien? – le preguntó Marta. Se había acercado a él con disimulo. El sacerdote la miró y asintió.
- ¿Por qué?
- Por nada.... es sólo que me parecía más serio de lo normal, aunque parezca raro.... – sonrió Marta, intentando quitarle importancia. El cura, como era su costumbre, no sonrió. – Quería saber que se encontraba bien. Le necesitamos....
El padre Beltrán volvió a asentir.
- Sólo me lamentaba por tener que enfrentarnos de nuevo a todo esto.... a otra profecía.... a otro apocalipsis.... Creí que todo eso había acabado el verano anterior.... Pero todo ha vuelto – dijo, con pesar. – Y no sólo eso: lo que hice el verano pasado ha provocado todo esto....
- ¡Vamos! No diga eso....
- Es cierto – refutó el padre Beltrán. – Callarlo no lo hace menos cierto. Acabar con Zwartdraak provocó un vacío de mal que los anäziakanos han aprovechado. Parte de esto es culpa mía.
- ¿Es culpa suya que haya mal en el mundo? ¿O en los mundos? – replicó Marta. – No me esperaba que usted se entregara a la autocompasión tan fácilmente....
El padre Beltrán la miró fijamente, desde detrás de sus pequeñas y redondas gafas de sol. Al final acabó asintiendo.
- De acuerdo. La batalla no está perdida hasta que se acaba.... – y después echó a andar con paso decidido hacia el grupo. Marta lo siguió, satisfecha.
- ¿Y bien? – le preguntó Justo en un aparte.
- Todo bien.... – le dijo Marta, sonriente. Justo asintió, complacido, con cara seria.
- ¿Qué han decidido? – preguntó el padre Beltrán.
- Hemos estado viendo la mejor ruta para ir hasta la comarca de Concejos – contestó Sole, enseñándole el mapa que Justo había sacado de su R-11. – Saliendo desde Burgos lo mejor será que tomemos la A-231 hasta el sur de León. Allí enlazaremos con la nacional 120 cogiendo un tramo la A-66. Después en Astorga cogemos la A-6 hasta Ponferrada y una vez allí atravesaremos el Bierzo hasta Concejos de Siena, por la LE-711 o la LE-715....
- Bien....
- Será un viaje muy largo para ir en moto.... – comentó Daniel, con intención, mirando al sacerdote de negro.
- Les he hecho más largos y peligrosos, no se preocupe, agente – contestó el padre Beltrán, sin soberbia. Daniel sonrió, quizá porque le habían llamado agente.
- ¿Y tu gente? – preguntó Sole a Andrés, que se acababa de incorporar al grupo, después de colgar el teléfono.
- Están listos. Vendrán en diez minutos – contestó el guardia civil.
- Saldremos en quince – dijo el padre Beltrán.
Catorce minutos después, cuando los compañeros de Andrés se habían unido a ellos y se habían hecho las presentaciones de rigor, el todoterreno de Sole inició la marcha seguida por tres Nissan de la Guardia Civil y el R-11 de Justo. Como siempre, la moto del padre Beltrán cerraba la marcha.

* * * * * *

- Muy bien. Hay nueve pueblos que pertenecen a la comarca de Concejos de Siena – explicó Sole, sobre el mapa colocado en el capó de su todoterreno. A su alrededor estaban el padre Beltrán, Justo, Marta y Andrés. Daniel y Mónica escuchaban detrás de todos ellos: el chico miraba por encima del hombro de Justo y la mujer no podía ver nada, por su corta estatura. – Son Veguillas de Siena, Villatercia de Siena, Carbones de Siena, Rubiales, Torillos de Siena, Los Cármenes, Siena del Sil, Páramos de Siena y Vegarrosales. Están colocados más o menos en círculo, alrededor de Siena del Sil, que es cabeza de partido. No están muy lejos unos de otros: la distancia más larga entre dos pueblos es de veintitrés kilómetros, y el pueblo más alejado de Siena del Sil es Rubiales, a unos quince. Lo que pasa es que estamos entre León, Galicia y Asturias, así que el terreno es como hemos visto, montañoso y lleno de quebradas y estrechos valles. No podemos patrullar por toda la zona a la espera de encontrar a los dos poseídos.
- Los custodios – apuntó el padre Beltrán.
- ¿Cuántos somos? – preguntó Justo.
- Dieciocho – contestó Andrés, al instante.
- Podemos dividirnos en equipos....
- ¿Para vigilar cada pueblo? – preguntó Sole, y el sacerdote de negro asintió. – Puede funcionar, aunque no me gusta la idea de separarnos....
- Y eso sólo funcionará si los custodios abren el portal en un pueblo – apuntó Justo. – No sabemos si lo harán en plena montaña, a campo abierto.
- Es cierto, pero de alguna manera debemos organizarnos – dijo el padre Beltrán, pensativo.
- ¿Y si usamos los equipos para rastrearlos? – propuso Marta.
- No funcionan – contestó Daniel, detrás de ellos. Los que estaban sobre el capó se giraron ligeramente para mirarle. – Mónica y yo los hemos probado de camino, y no registran nada. Incluso nuestro grupo recoge más rastros ectoplásmicos que cualquier cosa de los alrededores.... – dijo el técnico, cuidándose de no decir que esos rastros ectoplásmicos provenían todos del padre Beltrán.
- Se están ocultando.... ¿Pueden hacer eso? – preguntó Justo.
- Es probable que puedan hacerlo, sí.... – respondió el padre Beltrán, que había seguido mirando a Daniel, fijamente, hasta que el veterano agente de la ACPEX le había preguntado. – No sabemos qué clase de magia o poderes tienen.
- Puede que no hayan llegado todavía.... – opinó Andrés.
- No. Ya están aquí. Han llegado antes que nosotros – aseguró el padre Beltrán.
- ¿Está seguro?
- Los presentí cuando todavía estábamos en Burgos – explicó el padre Beltrán, con naturalidad.
- ¿Y por qué no dijo nada entonces? – preguntó Justo, en una mezcla entre sorprendido y enfadado.
- Estábamos más ocupados en otras cosas – explicó el sacerdote de negro, encogiéndose de hombros. Nadie le replicó nada más: todos habían estado presentes cuando la masa de hipnotizados había cargado contra ellos.
- Muy bien.... Así que sabemos que los custodios ya están aquí, en la comarca, aunque no sabemos exactamente en qué lugar – resumió Justo. – Tenemos que encontrarles antes de que pongan en marcha el ritual por el que abrirán la puerta que dejará entrar a los nueve. Y no tenemos medios para averiguar su escondite.
- Imagino que ahora mismo estarán en trance, esperando el momento de ponerse en marcha – dijo el padre Beltrán. – De esa manera los custodios mantienen el control sobre los cuerpos poseídos, pero no pueden ser rastreados de ninguna manera, ni por la tecnología ni por la magia. Cuando llegue el momento del ritual volverán a despertarse: entonces podremos encontrarlos.
- Yo creo que deberíamos separarnos – opinó Andrés. – Somos muchos guardias civiles que podemos repartirnos en los equipos. Además, somos los que mejor armados estamos.
- Esas armas no servirán de nada – dijo el padre Beltrán, mientras Justo y Sole asentían. – Son simples balas de plomo. La plata es la única que podrá eliminarlos.
- ¿Plata? ¿Y de dónde sacamos plata? – preguntó Andrés, medio divertido, medio ofendido.
El padre Beltrán se volvió a mirar a Justo, que se separó del grupo, hacia su coche. Abrió el maletero y sacó una bolsa de deporte. Parecía pesada, porque el veterano agente la cargó con ambas manos, llevándola al grupo. Con un fuerte golpe la depositó en el capó del todoterreno, encima del mapa. Descorrió la cremallera y dejó a la vista lo que había en el interior.
- ¡Joder! – dijo Daniel, asombrado.
Dentro de la bolsa había machetes, palanquetas, cuchillos y navajas. Todos de plata. También había unos cuantos cargadores de pistola de calibre 9 mm. y una caja de cartón cuadrada bastante grande.
- ¿De dónde han sacado esto? – preguntó Andrés, sacando un gran machete de la bolsa. La hoja de plata refulgía con un brillo poderoso con las luces de la tarde.
- Tengo mis contactos – contestó el padre Beltrán, sin asomo de soberbia. – Llevo en esta lucha muchos años, hijo: a mi lado el agente Díaz es un novato. Sé dónde conseguir el material que necesito. Todos ustedes, incluidos los compañeros de Andrés, deberían coger un arma corta. Los cargadores para las pistolas están cargados con balas de plata: hay de sobra, repártanlos. En la caja hay rodamientos de plata con varios alicates: con ellos podrán desmontar las balas que los guardias civiles han traído para rellenarlas con la nueva munición. Dense prisa, no tenemos mucho tiempo.
Los miembros del grupo se sobrepusieron de la sorpresa y se armaron con machetes y cuchillos. Andrés cogió la bolsa después y se acercó a sus compañeros, para repartir los cargadores y para ponerlos a trabajar, cambiando las puntas de sus balas por las bolas de plata.
- ¿Cómo consiguió todo eso? – preguntó Justo al padre Beltrán, acercándose a él por detrás, apartados del grupo. El agente de la ACPEX recordaba el sótano al que habían ido después de su entrevista con Jonás, la conversación en un extraño idioma que el sacerdote de negro había tenido con unos tipos siniestros, enormes, calvos y musculados. Sabía que habían salido de allí sin un rasguño y con la bolsa de deporte llena de armas de plata, pero no sabía a qué acuerdo había llegado con aquellos tipos.
- Les convencí de que ellos también tenían mucho que perder si los nueve y su ejército de demonios anäziakanos acababan conquistándonos – explicó el padre Beltrán. – Además, no es la primera vez que vendo parte de mi alma....
- ¡Eh! ¡Justo! ¡Padre! Vamos a organizarnos en equipos.... – los llamó Marta, dejando la conversación a medias y a Justo completamente estupefacto y asustado.

* * * * * *

La pareja de custodios estaban acostados en sendas camas, en la misma habitación. Vegetaban, más que dormir. Su conciencia estaba dormida, pero sus instintos animales y sus reflejos estaban alerta. Ocultaban a ojos desaprensivos su presencia en el pueblo.
Habían llegado allí tan sólo una hora antes, y sólo cuarenta minutos antes que el grupo de humanos que quería acabar con ellos. Habían dejado el coche aparcado delante de una casa y habían entrado por la puerta, que estaba abierta. Nadie cerraba la puerta en los pueblos de Concejos.
Se habían encargado rápido y limpiamente de los habitantes de la casa. Ahora eran ellos los únicos que la ocupaban.
¿En qué casa de tantas como había en la comarca? ¿En qué pueblo? Ni siquiera ellos lo sabían.
Habían ido allí donde su instinto demoníaco les había dirigido. Habían hecho lo que debían hacer, lo que sus genes infernales les habían indicado.
Debían protegerse. Debían descansar antes de abrir el portal para el Príncipe y sus Ocho Generales. Era un honor servir a su Príncipe....
La noche ocupaba su lugar en el mundo. Las sombras se alargaban hasta cubrirlo todo de oscuridad. Había llegado el momento.
Los dos custodios abrieron los ojos al unísono.