lunes, 6 de marzo de 2017

Desmembramientos a la luz de la Luna - Introducción



Deja que la palabra y la leyenda te precedan.

Cort en “La Torre Oscura I: El pistolero”, Stephen King (1982)



- Oye, yo no es por cortarte el rollo, ¿eh?, pero ¿las estacas no eran para los vampiros?
- Es que andamos cortos de plata para hacer balas y mucha agua bendita no hay por aquí, así que....

Calixto y Tomás en “Lobos de Arga” (2011)



Es que me vuelvo lobbo, ay, ay, ay....
Si te acercas te como, ay, ay, ay....

“Lobbo”, Huecco (2016)



Cuando era niño podía ver cosas. Cosas que los humanos, se supone, no ven. Cosas que no deberíamos ver.

“Constantine” (2004)



- Todas las mujeres somos complicadas. Eso nos hace interesantes y os mantiene interesados.
- ¿Oh, sí? Eso nos vuelve locos y hace que muramos antes....

Odd y Stormy en “Odd Thomas: Cazador de fantasmas” (2013)




Cuando se oculta el Sol sale la Luna. Aunque no siempre.
Hay noches en que la Luna está más perezosa y sale sólo a medias. A menudo cambia de perfil y sale desde un lado distinto. Y hay otras veces en que no sale, porque está corriendo aventuras muy lejos de aquí.
Y luego hay noches en que sale en todo su esplendor. Redonda. Blanca.
Peligrosa.
Porque la Luna llena es la causante de enamoramientos, de alumbramientos y de juramentos. Pero también de maldiciones.
Y hay que tener mucho cuidado con las consecuencias de esas maldiciones....


viernes, 3 de marzo de 2017

Cuatro Reyes - Capítulo XX



Un mes después de la guerra en la cordillera Oscura y de la jornada en la que Thilt estuvo a punto de escapar y volvió a ser hecho prisionero, los cuatro reyes se reunieron para una ceremonia especial en el círculo de rocas, a los pies de las montañas Prye, muy cerca del mausoleo del monarca fundador de aquellos reinos, Heraclio “el Padre”. Allí estaban congregados muchos miembros de cada corte, ministros, gente de armas, eruditos e intelectuales, gente del pueblo llano y miembros de los cuerpos de seguridad.
Los cuatro reyes lucían sus mejores galas, aunque ellos no eran los protagonistas del evento. Lucían muy gallardos, muy elegantes, muy bizarros y muy orgullosos. Pero aquel acto no era para ellos.
Frente al estrado de la herradura oxidada, esperaban en una mezcla de emociones (orgullosos, nerviosos, asustados, avergonzados, alegres y felices) el coronel Darius Gulfrait, de Rodena; el alguacil Remigius y la bibliotecaria Zanigra, de Tiderión; los hechiceros Eonor y Dímoras, de Tâsox; y el pastor de cabras Cástor, acompañado por su fiel perro Ceniza, de Berilio.
Los cuatro reyes tomaron seis medallas que descansaban en el estrado, al lado de la herradura oxidada, y cada uno de los monarcas se las colocó a sus súbditos. Con aquellas medallas se agradecía a los héroes su actuación, su valor, su osadía y su entereza, al encargarse de solucionar aquella crisis.
Las medallas de Tiderión tenían un oro grabado en su superficie, la de Rodena una espada, la de Berilio un basto y las de Tâsox una copa.
Los seis amigos contemplaron sus medallas, se miraron y sonrieron. Darius Gulfrait estaba tremendamente orgulloso, Remigius estaba emocionado, Zanigra lloraba de alegría, pensando en sus padres y en lo que les hubiese alegrado verla en aquel momento, Cástor estaba sereno y flemático, un poco tenso por ser el centro de atención, Eonor sonreía divertido, sorprendido por toda aquella ceremonia y Dim estaba terriblemente avergonzado, rojo de timidez. Hicieron una reverencia a los cuatro reyes y después se giraron hacia todas las personalidades que esperaban fuera del círculo de piedras.
Fueron arropados por un aplauso que duró varios minutos.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Cuatro Reyes - Capítulo XIX



Lo que no sabían los seis compañeros era que, debido a la columna de fuego que se arqueó en el cielo, visible desde la cordillera Oscura, los Innos habían abandonado sus posiciones en el frente. Su capitán, Zard el Dharjûn, no estaba allí con ellos para mantener el orden y la disciplina y los Innos, al ver el arco de fuego se asustaron, porque sabían lo que significaba: venía Thilt.
Los caballeros de Rodena, los hechiceros de Tâsox al sur y los bárbaros de Berilio al norte, aprovecharon esta situación para avanzar, persiguiendo y dando muerte a los rezagados. Los ejércitos y las tropas de los Cuatro Reinos entraron en Gondthalion.
Mientras perseguían a los escuadrones de Innos que huían y mientras buscaban la guarida de Kuliaqán (los Innos prisioneros en Sinderin, la capital de Rodena, habían acabado hablando, víctimas de las más terribles torturas, y habían dado el nombre del hechicero que estaba detrás de todo aquel plan y de aquella guerra) los seis compañeros contemplaban el nuevo relicario que apresaba a Thilt.
- ¿Conocíais todo este tiempo el conjuro que podía atrapar a Thilt y no lo habíais dicho? – preguntó el coronel Gulfrait, acercándose al hechicero, atónito y un poco molesto.
- No, ni mucho menos.... – explicó Eonor. – Lo que he hecho aquí es simplemente un hechizo para encerrar a un ser vivo en un recipiente.
- Lo usamos en Medin, para deshacernos de las ratas que se cuelan en el almacén de la tienda – apuntó Dim, con una risa.
- Es una medida provisional: tenemos que conseguir el grimorio de Kórac y entre los hechiceros más poderosos de Tâsox podrán encerrar definitivamente al Gran Hechicero Maligno Thilt en esta nueva prisión. Pero si tardamos demasiado, Thilt recuperará sus poderes y podrá salir de aquí sin ninguna dificultad....
- La columna de fuego vino de allí – señaló Remigius, señalando hacia el sur. – Quien tenga el grimorio estará en el origen, ¿no es así?
- Eso es – asintió Zanigra.
- Démonos prisa – terció Cástor, sacando su silbato de debajo de la camisa basta y soplando, largo y fuerte. Las cabras, que se habían alejado espantadas cuando la batalla había comenzado, volvieron, sumisas, ante la sorprendente llamada del pastor.



Los seis compañeros se montaron en las cabras y se alejaron de allí. Llevaban consigo el nuevo relicario, el que los Innos no habían conseguido en Berilio, en el que habían encerrado a Thilt. Zard había escuchado que era un encierro provisional, pero montados sobre aquellas cabras montesas no tardarían en llegar a la guarida del Sumo Sacerdote y se harían con el grimorio.
Zard estaba convencido. Aquel grupo funcionaba bien junto, lo acababa de comprobar. Además, sentía que el ejército había cruzado la cordillera Oscura y la guarida que Kuliaqán había elegido no estaba lejos de las montañas, así que esos seis tendrían el apoyo de los caballeros de Rodena, los hechiceros de Tâsox y los bárbaros de Berilio.
- Una lástima.... Estábamos tan cerca.... – se lamentó el Dharjûn. Pero tampoco estaba tan abatido: al menos había empezado una guerra, que se había mantenido durante días. Había habido muerte y destrucción, de la que se había alimentado con gusto. La venida de Thilt le habría proporcionado un periodo largo de bienestar, repleto de matanzas, dolor, muerte e injusticias, pero qué le iba a hacer. Las cosas no siempre salían como uno quería. – El caos es así: un individuo puede ser una variable determinante. Bueno.... hay más mundos....
Zard comprobó que el cuélebre estaba muerto, le pateó la cabeza, que osciló al final del largo cuello, se dio la vuelta y echó a andar, hacia el interior de Gondthalion.
Poca gente sabía que estaba implicado en aquello, pero prefería escapar y alejarse de las reprimendas.
No estaba preocupado.
Sabía que se libraría de aquello.
Como siempre.



Los seis compañeros viajaron durante todo el día y llegaron a la guarida secreta de Kuliaqán poco antes de que se hiciera de noche. Allí se encontraron con caballeros del ejército de Rodena y hechiceros del ejército de Tâsox. De esa manera se enteraron de que los Innos se habían retirado, perseguidos por los bárbaros de Berilio y por parte de los otros dos ejércitos.
Los soldados también les explicaron que habían encontrado el cadáver de uno de los antiguos Sumos Sacerdotes Oscuros, atrapado y destrozado bajo toneladas de rocas. El grimorio de Kórac estaba sepultado junto con él, pero el libro no había sufrido daños.
Sabía cómo protegerse él solo.
Entre Eonor y otros hechiceros del ejército de Tâsox realizaron el hechizo que consultaron en el grimorio, encerrando con seguridad y definitivamente a Thilt en el nuevo relicario de bronce.
Días más tarde, en una asamblea real en la que estuvieron presentes los cuatro reyes, se decidió que Thilt fuese arrojado a las simas de piedra fundida que había al este de la tierra de Gondthalion, de donde no se podía sacar roca aprovechable para construir. Se designó un grupo que llevaría a cabo la misión, entre los que estaban tres amigos que conocemos bien.
Pero ésa es otra historia.