miércoles, 15 de marzo de 2017

Desmembramientos a la luz de la Luna - Capítulo 3



- 3 - 
(Arenisca)

Lucas Barrios aparcó su Renault Twingo en un pequeño hueco al lado de la acera, con pericia. Salió a la calle, que ardía bajo una pesada manta de aire caliente, y cerró el coche con el mando, mientras subía a la acera por la parte trasera de su coche y caminaba por ella, a la esquina, en dirección al parque.
Iba vestido normal, “de calle”, sin el mono rojo, lo cual agradeció: el Sol no tenía misericordia de los peatones y al menos con su ropa normal iba algo fresco.
Al entrar en el parque, que ocupaba una gran manzana entre edificios, notó el frescor de los árboles y las plantas. Respiró hondamente, sintiéndose un poco más a gusto. Seguía haciendo calor, claro, pero allí se notaba un poco menos. Caminó con paso resuelto hasta el banco de siempre, a la sombra de las copas de los árboles. Ella ya estaba allí.
- ¡¡Hola, monstruito!! – le saludó, sonriendo. Siempre que lo hacía sus ojos se achinaban y desaparecían tras sus pómulos. Lucas pensó, como siempre que la veía sonreír, que era preciosa.
- Te has cortado el pelo.... – notó él.
- ¡¡Sí!! ¡¡Te has fijado!! – se alegró ella. Se lo atusó, con gestos exagerados, de broma: ahora lo llevaba un par de centímetros por debajo de las orejas. – ¿Te gusta?
- Todo lo tuyo me gusta – contestó él, dejándose caer en el banco, al lado de ella. Se besaron, como sólo se besan las personas enamoradas que comparten su amor y llevan días sin verse.
- ¿Qué tal hoy? ¿De dónde vienes?
- De Reinosa
-  ¿De Reinosa? ¿Desde tan lejos y ya estás aquí?
- Acabo de llegar. En cuanto terminé el trabajo me vine de vuelta....
- ¿Y qué has hecho todos estos días que no te he visto? – preguntó ella.
- El viernes estuve en un pueblo de La Coruña, Betanzos, echando un ojo a unos corrales: sólo era un zorro que se comía las gallinas. El fin de semana estuve en Avilés, “exorcizando” – hizo las comillas con los dedos mientras hablaba – a una mujer, que en realidad tenía botulismo. Lunes y martes en un pueblecito de Huesca, Sabiñánigo, vigilando una casa que estaba supuestamente infestada de espíritus: eran murciélagos que habían anidado en el desván, nos dimos cuenta la segunda noche. Y hoy miércoles en Reinosa, porque una señora oía ruidos en casa y los hijos querían que me encargara de ellos.
Patricia rio, divertida.
- ¿Y qué eran los ruidos de la señora? ¿Las cañerías?
- ¡No! Era un fantasma de verdad.... – contestó, abrazándola. – He visto el espíritu de un gato, que no se quería ir de la casa....
- ¿El fantasma de un gato en casa de una anciana? Qué típico.... – bromeó Patricia. Lucas rio, apretándola más.
Era su complemento. Lo sabía. Había estado con muchas mujeres (Lucas no era un chulo que fardase con esas cosas, pero era la verdad) a lo largo de sus viajes por el mundo, todos los años pasados, pero habían sido meras compañeras o incluso aventuras que duraban una sola noche. Había amado sólo dos veces, pero no había sido tan intenso como con Patricia.
La conoció casi nada más llegar de vuelta a España, hacía algo menos de cinco años. Se conocieron por un amigo común, uno de los pocos compañeros del instituto con los que Lucas Barrios seguía teniendo trato. Cuando volvió a España quedó con él, para reencontrarse y ponerse al día de sus respectivas vidas (la de Lucas llena de países lejanos y aventuras en desiertos y selvas; la de su amigo José Ramón más ordinaria pero llena de anécdotas del trabajo y del grupo de teatro en el que actuaba) y su amigo había quedado con un grupo de compañeros del trabajo, a los que Lucas conoció aquella noche.
Patricia le gustó desde el primer momento, pero no hizo ningún intento de conquistarla. Acababa de llegar de su aprendizaje de varios años y no le interesaba empezar una relación al instante. Pero fue ella la que tomó la iniciativa y le conquistó a él: un mes después del primer encuentro, ya en enero, Patricia le llamó para invitarle a ir a una pista de hielo, a patinar.
Aquella fue la primera cita, en la que Lucas se enteró de que a ella también le había gustado y que Patricia había preguntado mucho por él a su amigo José Ramón. Gracias a él había conseguido su teléfono.
A esa primera cita le siguieron muchas más, hasta que la relación fue consolidándose y haciéndose más seria. Llevaban cuatro años juntos y no habían tenido crisis graves ni problemas insalvables: aquello parecía ser definitivo.
A esta situación ayudaba que Patricia fuese muy tolerante, de mente muy abierta y que tuviera mucha imaginación. Lucas no podía mantener una relación con nadie si tenía que ocultarle su oficio y con una chica muy diferente a Patricia hubiese tenido que hacerlo. Por suerte, Patricia no era una escéptica y estaba abierta a creer en fantasmas, demonios y otros entes. La idea de los multiversos le daba un poco de mareo, pero la entendía lo suficiente como para comprender el trabajo y los casos de Lucas.
- ¿Y el resto de la semana? – preguntó Patricia, sentándose de lado en el banco, mirándole. – ¿Qué planes tienes?
- Por ahora no tengo ningún caso – respondió. – Solamente tengo que preocuparme de que los hijos de la señora de Reinosa me hagan el ingreso de la minuta.... ¿Por qué?
- Para saber si puedo hacer planes contigo – contestó Patricia, con una sonrisa pícara, que a Lucas le encantaba. – Mañana he quedado con mi amiga Myriam, la de Bilbao, para tomar algo por la tarde: está en la ciudad sólo esta semana, por el trabajo, y queríamos vernos. Pensaba quedar con ella primero y luego podías unirte tú, así también te ve.
- Vale.
- Y el viernes celebra su cumpleaños Sofía – añadió Patricia. – Ha dicho que nos juntemos en la “Taberna del Duende” para tomar algo todos juntos: lo que no sabe es que Tomás le está montando allí una fiesta del copón, con cena, globos, carteles, invitados de más que ella no se espera.... Pepe le ha dicho que podremos poner la música que queramos durante toda la noche.
- Muy bien.
- ¿Te apuntas?
- Sí, si tengo la semana tan libre como parece, sí. Y si me sale algo como lo de hoy, que lo hago en un rato y estoy de vuelta enseguida, no habría problema.
- Pues apúntatelo en la agenda, que no se te olvide, monstruito, no quiero que faltes....
- Tengo la agenda en el coche – bromeó Lucas, volviendo a abrazarla y a besarla.
- Menudo cacharro.
- ¡¡Eh!! – se ofendió Lucas, aunque había notado el tono ligero y de broma de su novia. – ¡Es un bólido! Menudo dinero me ha costado retocarlo....
- Y hasta ahora, ¿cuántas veces te ha salvado la vida el blindaje de la carrocería y los cristales? – bromeó Patricia. – ¿O cuántas veces has usado el inyector de nitroso? ¿O has puesto la sirena?
- ¡¡Ah!! ¡La sirena la he puesto varias veces! ¡Sin ir más lejos, el otro día en La Coruña! – respondió Lucas, triunfante. Patricia rio, sin poder contenerse, y Lucas acabó por unirse.
Patricia pasó a relatarle algunas cosillas que le habían pasado en el trabajo (trabajaba en la guardería de un colegio) y las últimas desventuras de su amiga Carmen, que estaba en busca de un novio y con tanto hombre con el que probaba tenía siempre historias muy jugosas que contar. Lucas escuchó, alternando miradas a su novia y a la plaza del parque: justo delante del banco tenían una fuente redonda, que rodeaba mucha gente que paseaba o cruzaba por allí.
De repente vio algo que le hizo ponerse tenso.
- ....así que le dejó allí plantado en calzoncillos y con las páginas amarillas de la mano.... ¿Qué te pasa, cariño?
Lucas no le respondió inmediatamente, hasta estar seguro de lo que había visto. En ese corto espacio de tiempo Patricia lo dedujo ella sola: no era una chica tonta. Todo lo contrario.
- ¿Has visto alguno? ¿Quién es?
El tono de Patricia ya no era ligero, de broma. Aquello era serio. Podía ser incluso peligroso.
- Un demonio menor – contestó Lucas, sin mirar a la chica, con voz átona.
- ¿Quién?
- ¿Ves el anciano de camisa gris y barba blanca? Hay un tipo detrás con chaqueta azul marino y perilla: él es.
El tipo que había descrito Lucas apareció detrás del anciano, caminando tranquilamente por la plaza, rodeando la fuente. Patricia lo veía como un hombre más, normal, con aspecto ordinario. Pero Lucas veía su verdadera identidad, detrás del “disfraz” que había conjurado para poder pasearse por aquella dimensión.
- ¿Es peligroso? – susurró Patricia, por precaución, aunque el “hombre” pasaba al lado de la fuente, delante de ellos pero muy alejado.
- No lo creo, sólo es un demonio menor. Aunque quizá forme parte de un plan mayor que sí sea peligroso.... – dijo Lucas, con tranquilidad aparente. Sin embargo, Patricia sabía que su zozobra interior podía ser intensa.
- ¿Vas a encargarte?
Lucas negó con la cabeza.
- La agencia estará al tanto si algo ocurre. Es más, creo que ya está al tanto....
Señaló con un gesto de la mano un tipo en vaqueros y camisa negra, que caminaba con paso rápido por la plaza, siguiendo la misma dirección y el mismo sentido que el demonio que había visto Lucas. Al otro lado de la plaza y de la fuente, otro tipo se movía igual que el primero, adelantando a los demás transeúntes que había por el parque, disfrutando, ignorantes, de aquella tarde tranquila de verano.
- ¿Esos?
- Podrían ser, sí....
El tipo con aspecto de hombre pero con una realidad mucho más monstruosa ya había salido de su campo de visión, por uno de los caminos de tierra del parque. Los dos hombres que quizá eran de la agencia llegaron al mismo camino y lo recorrieron juntos, perdiéndose de vista también. Lucas se relajó un poco, pero sabía que tardaría unos minutos en recobrar la normalidad.
Patricia lo abrazó, sabiendo que en aquel instante lo necesitaba. Lucas se acomodó a ella y también le pasó los brazos en torno al cuerpo, con la mirada fija delante de él, sin mirar nada en concreto.
Había visto la cara del demonio, y aunque siempre que pasaba algo así, que veía la verdadera naturaleza de los entes que poblaban aquella dimensión humana, recordaba a su padre, esa vez había sido más intensa: la cara del demonio era similar a la del espíritu que se lo había llevado.
- ¿Estás bien? – preguntó Patricia, al cabo de un rato, mesándole el cabello castaño despeinado.
Lucas asintió.
Estaba acostumbrado a aquello. No sufría un trauma cada vez que se enfrentaba a un ente paranormal. Los diez años de viajes por el mundo, aprendiendo de brujos, santos, chamanes y científicos, le habían servido para reponerse, al menos en parte.
No estaba traumatizado, pero le afectaba.
Aunque fuese mínimamente.
Patricia sabía la historia, él se la había contado al principio de su relación, cuando le explicó su trabajo y la realidad del mundo y del universo. Por eso no le dijo nada.
Sólo le acarició el pelo, dejando que Lucas volviera a ser el mismo.
Era justo lo que necesitaba.

lunes, 13 de marzo de 2017

Desmembramientos a la luz de la Luna - Capítulo 2

- 2 -
(Arenisca)



- ¿Quién es? – sonó una voz asustada y anciana al otro lado de la puerta.
- Soy Lucas Barrios, señora. Detective paranormal – dijo Lucas desde su lado de la puerta. – Sus hijos me han llamado para que me encargue de su problema....
- ¡¡Ay, madre!! ¡¡Un sorcista de esos en mi casa!! – dijo la anciana desde dentro del apartamento.
- No, señora, no soy un exorcista.... – repuso Lucas. Después recapacitó y dijo para sí mismo – Al menos no siempre....
- ¡¿Cómo dice?!
- ¡Déjeme pasar, por favor! ¡Veré si puedo ayudarla!
Lucas Barrios esperó unos segundos, al lado de la puerta. Al final sonaron tres cerrojos antes de que se abriera, dejándole ver a una anciana de cabellos blancos, falda marrón, blusa blanca y cara de susto y de desorientación.
- ¿Así que le han llamado mis hijos? – preguntó, con un tono desamparado que a Lucas le hizo dudar durante un instante.
- En realidad su nuera, Carmen Higuera – explicó. La anciana arrugó la cara al oír el nombre. – Estaba preocupada por usted y mi número le llegó muy oportunamente....
- Ésa.... – dijo la anciana. Sin más.
- ¿Me puede decir su nombre, por favor? – dijo Lucas, con amabilidad.
- Soy Higinia López Conesa.
- Encantado, doña Higinia, yo soy Lucas Barrios, como ya le he dicho – agachó la cabeza, en un saludo caduco que sin embargo satisfizo a la anciana. – Su nuera me llamó y sus hijos se encargan de la factura, usted no se preocupe. Simplemente explíqueme cuál es el problema y dónde se localiza....
La anciana miró un instante más a Lucas, sin fiarse. Después pareció convencerse porque se puso a hablar mientras caminaba por el piso. Lucas Barrios la siguió.
- Verá, oigo un montón de ruidos cuando estoy en el salón viendo la tele, sobre todo por las noches – explicó la anciana, precediéndole por el pasillo. – No me dejan oír nada: son como quejidos o suspiros. Los tengo dentro del oído, ¿sabe? Me resuenan en la cabeza....
- Ya veo....
- ¿Ve? Me siento en el sillón, pongo la tele y no oigo nada, si empiezan los ruidos – dijo la señora Higinia López Conesa, señalando el sillón y la tele, que estaba en un pequeño soporte con ruedas, con una rejilla debajo en la que había media docena de revistas de patrones y punto de cruz. – Ya le digo, sobre todo por la noche....
- Ya. ¿Por el día no le pasa? – preguntó Lucas, acercándose a la tele y acuclillándose delante de ella, para verla bien de cerca.
- No, hijo, como no veo la tele en toda la mañana.... – dijo Higinia López Conesa, encogiéndose de hombros. Lucas se aguantó una carcajada.
- Bien. Y esos sonidos o ruidos, ¿dice que son como suspiros que tiene dentro del oído? – preguntó, volviéndose a la anciana. Se había fijado antes, en el pasillo, y ahora lo volvió a mirar: doña Higinia López llevaba audífono en los dos lados.
- Sí, me suenan por dentro.
- Ya veo.... – Lucas se pasó las yemas de los dedos por la barba de tres días que solía cubrirle las mejillas y la barbilla. Imaginaba que el TDT de la señora se acoplaba con los audífonos y los ruidos que éstos generaban no le dejaban ver la tele. Una situación que podía arreglarse fácilmente con un pequeño inhibidor de ondas enchufado al TDT: su amigo Héctor Mazos, de Valladolid, podía conseguirle uno.
Allí no había nada paranormal, pero los hijos de la señora pagaban y no le discutirían el precio si su anciana madre podía volver a ver la tele y dejaba de quejarse. No les interesaría el problema, mientras creyeran que era paranormal.
Por eso Lucas Barrios tenía dos tarifas: una para casos reales y otra para los incautos que confundían los problemas del hogar con fantasmas y ecos.
- Bueno, pues no creo que sea difícil de arreglar.... – le dijo Lucas Barrios a la anciana Higinia.
- ¿Es cosa de fantasmas? ¿De sorcismos? – preguntó la anciana, con los ojos abiertos llenos de susto.
- No lo creo.... Pero puede ser un eco ectoplasmático recurrente.... – dijo Lucas, sin sentido, aguantándose la risa. – Nada grave, no se preocupe....
- ¡Ay, Virgen santísima! Que no me preocupe, me dice. Con un ecoplasma en casa y dice que no me preocupe....
- Tranquila, en un día lo tendré solucionado – explicó Lucas, mordiéndose el labio para no estallar en carcajadas. – Tengo que pedir una pieza a un compañero de Valladolid y estará todo arreglado para mañana....
- ¿Y se acabarán los ruidos? – preguntó Higinia López Conesa.
- Así es.
- ¿Y dejarán de moverse las cosas?
Lucas Barrios dejó de sonreír de golpe y la miró con más atención.
- ¿Se mueven las cosas?
- ¡¡Uy, sí!! Se me caen los cuadros que están colgados encima del sofá, los ovillos de costura corren por el suelo, se me caen los vasos y platos que tengo a escurrir en la cocina.... ¡¡Un no parar!! ¿Eso también se solucionará con la pieza ésa que se va a cargar al ecoplasma?
Lucas no supo qué contestar. Una cosa era que una anciana con dos audífonos escuchara ruidos cuando tenía la tele puesta y otra que las cosas de la casa se movieran solas.
- ¿Y siempre se mueven las mismas cosas?
- Sí señor. Yo cuelgo los cuadros todos los días y todas las noches se me vuelven a caer. Y si dejo platos y vasos a secar al lado del fregadero, se me vuelcan todos: a veces acaban en el suelo. Y las zapatillas de felpa se me mueven de sitio, corriendo por el pasillo. ¡¡Y los ovillos rodando por el suelo, de aquí para allá!!
Lucas no contestó: se descolgó la mochila de la espalda y sacó un aparato alargado, como una linterna de las de tubo. Tenía dos luces grandes en un extremo y en el otro un visor redondo, de color rosa, con una escala con una flecha y una pantalla rectangular, ahora en negro. Lo encendió y lo pasó a su alrededor, por todo el salón. Las luces amarilla y verde se encendían alternativamente, como los intermitentes de un coche parado en el arcén de la autovía.
- ¿Ese chisme para qué es? – preguntó Higinia López, pero Lucas no la contestó. Estaba atento a la pantalla del pistón y a la flecha negra, que empezó a temblar, llegando hasta el quince.
Cuando pasó el pistón por delante y encima del sofá la flecha se movió hasta el doscientos, a mitad de la regla curvada y empezaron a aparecer letras y números en la pequeña pantalla de debajo, en rápida sucesión: aparecían desde la derecha y salían por la izquierda.
- No me jodas.... –murmuró, asombrado.
Allí no iba a tener que cobrar la tarifa reducida para incautos.
Sonaron unos chasquidos del interior del pistón y las luces del otro extremo se quedaron fijas. La flecha llegó al doscientos cincuenta cuando Lucas pasó por delante del balcón, cerrado.
Entonces todo se volvió una locura en el piso de la señora Higinia López Conesa.
Los cuadros de la pared que estaban encima del sofá se cayeron, por orden, aterrizando entre los cojines. Media docena de ovillos de lana y carretes de hilo para hacer punto de cruz saltaron de la cesta de labores y rodaron por el suelo, creando una telaraña muy colorida. Se escuchó ruido de cristalería golpeándose en la cocina y las cristaleras del balcón resonaron, como si alguien estuviese zarandeando toda la puerta.
- ¡¡Ay, Dios mío!! ¡¡Que ya vuelve a empezar!! ¡¡Y no es de noche!! – gritó doña Higinia. Lucas miraba a su alrededor, asombrado pero analizándolo todo.
Las zapatillas de felpa de la anciana salieron despedidas de una puerta entreabierta, que Lucas supuso que era el dormitorio de Higinia López Conesa. Volaban a unos centímetros del suelo, como si estuvieran colgadas de algún sitio, y acabaron cayendo en mitad del pasillo, cada una por su lado. Lucas tuvo una corazonada en aquel instante.
- Señora Higinia, ¿tiene usted perro o lo ha tenido?
- No – respondió la anciana, asustada, mientras las cosas seguían moviéndose en toda la casa. – Tuve un gato.
- ¿Ya no lo tiene?
- No, se me murió hace unos meses – Lucas, que agarraba a la anciana por los hombros, la hizo agacharse: una zapatilla salió despedida desde el pasillo y cruzó el salón, aterrizando entre los ovillos y carretes, que seguían desenrollándose y botando por el suelo.
- ¿Y dónde está enterrado?
- ¿Dónde va a estar enterrado? – repuso la anciana, con cierto toque de sorpresa. – En los tiestos del balcón, claro....
- ¿Ha enterrado su gato en los tiestos del balcón?
- ¡¡Pues claro!! Era mi gato, no lo iba a enterrar en el campo o dárselo a los del ayuntamiento, que lo quemarían.... – argumentó la anciana, con personal lógica.
- ¿Tiene coñac? ¿O brandy?
- Sí, tengo coñac y anís.... ¿Pero a usted le parece un buen momento para ponerse a beber? – le preguntó la anciana, con aire censor.
- Depende a quien le pregunte, este es el mejor momento para darse a la bebida – un ovillo de lana, casi desenrollado ya, le dio en plena cara cuando terminó la frase.
- ¿Se lo traigo? – preguntó la anciana.
- Tráigame las dos cosas, sí, por favor.... – Lucas soltó a la anciana y se dirigió al balcón. Las puertas seguían zarandeándose en los marcos, pero pudo abrirlas haciendo fuerza. Miró en las dos pequeñas y alargadas jardineras que la anciana Higinia tenía colgadas en la barandilla de hierro del pequeño balcón y “vio” dónde había enterrado a su gato. – El fantasma de un gato cabreado, no me jodas....
Murmurando para sí mismo metió las manos en la tierra, desenraizando unas orquídeas y encontrando en el fondo los restos del gato, a medio pudrirse. Venció su asco (sabía que había visto cosas mucho peores que el cadáver de un gato, pero muchas no las había tocado) y controló las arcadas, dejando parte del cadáver al aire.
- ¡¡Joder, qué asco!!
Sacudió las manos, para limpiárselas de la tierra (y de los restos del gato muerto que pudiesen haberse quedado adheridos a ellas) y después rebuscó en la mochila, que estaba en el suelo a sus pies. Sacó un bote de plástico, lleno de sal, y la vertió sobre la tierra de la jardinera, en el hueco que había hecho con las manos.
- Aquí está el coñac y el anís.... – dijo la anciana, a su espalda.
- Muy bien, eche un buen chorro de cada en la jardinera....
- ¿En la jardinera? – se sorprendió la anciana.
- ¡¡Doña Higinia, por favor, hágame caso!! ¡¡Si no, no se acabarán los ruidos al ver la tele ni todo ese desbarajuste!! – señaló con una mano el salón, donde seguían volando cosas. Ahora que sabía a qué se debía todo aquello, Lucas era capaz de escuchar los bufidos del gato cabreado.
- Vale, vale, voy, voy.... – la anciana se hizo hueco en el pequeño balcón y echó un buen chorro sobre la tierra y los restos del gato que estaban visibles. Lucas no perdió el tiempo y encendió un fósforo del Teide que había sacado de su mochila, dejándolo caer sobre la tierra. Al estar empapada con las dos bebidas alcohólicas prendió con rapidez, ennegreciéndose y consumiendo el cadáver del gato de Higinia López Conesa.
Al instante las cosas de la casa dejaron de moverse, cayeron al suelo y allí se quedaron. Lucas escuchó maullar de dolor a un gato y vio pasar por su lado un jirón como de niebla o humo, con la forma de un felino, que se perdió entre los edificios de la ciudad, desapareciendo y desvaneciéndose.
- ¡Buff...!
- ¿Y ya está? ¿Ya se ha ido el ecoplasma ése que decía usted? – preguntó doña Higinia, entrando de nuevo en su casa y recogiendo los cuadros, los hilos y lanas y las zapatillas de felpa.
- Sí, esto ya está – respondió Lucas, viendo cómo se consumía la pequeña hoguera improvisada en la jardinera. Después se miró las manos y suspiró. – Doña Higinia, ¿dónde está el baño?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Desmembramientos a la luz de la Luna - Capítulo 1



- 1 -
 (Arenisca)

La fábrica de harinas y piensos estaba en penumbra. La única luz que podía atravesar los cristales llenos de suciedad y polvo de las ventanas iluminaba pobremente las grandes estancias de trabajo.
A Zard todo aquello no le importaba. Él siempre recibía a la gente en el sótano y allí sí que había luz suficiente para ver el miedo en los rostros de sus visitantes.
Escuchó las pisadas en las escaleras de hormigón, que hacían crujir la arenilla blanquecina que las cubría, mientras miraba la deslustrada bombilla amarillenta que colgaba del techo e iluminaba la estancia. El Dharjûn dejó los palillos chinos con los que estaba trabajando sobre la mesa y caminó dos zancadas hasta la silla de oficina con ruedas en la que solía sentarse. Le gustaba esperar allí a sus visitas, justo delante de la puerta.
No estaba camuflado ni disfrazado. Esperaba con su apariencia normal, ya que el visitante que esperaba lo conocía de sobra y sabía cuál era su aspecto de Dharjûn. A Zard le daba igual mostrarse tal cual era o disfrazarse: disfrutaba de todas sus apariencias y personalidades, ya que con todas era capaz de hacer cundir el caos.
Pero agradecía no tener que “disfrazarse” de vez en cuando. Su verdadera apariencia era con la que había sido creado y la prefería siempre.
La puerta se abrió y Zard se ocupó de que la vieja bombilla luciese un poco más, con un poco más de intensidad. Su visitante entró en la estancia, momentáneamente cegado por la diferencia de luminosidad entre el resto de la fábrica y aquel cuarto del sótano. Aquello también le gustaba a Zard.
Un guardaespaldas grande y fornido (no era un ser de aquella dimensión) acompañaba al visitante: saludó con un cabeceo al Dharjûn y después cerró la puerta cuando el visitante ya la había traspasado.
- Me alegro de verte de nuevo, Jonathan – saludó Zard. Su voz siempre sonaba sardónica, pero en el saludo lo hizo mucho más que de costumbre. – Te esperaba, has sido puntual.
- Sí, bueno, sé que no te gusta esperar.... – dijo el visitante, mirando su reloj de pulsera. Marcaba las 22:18, sólo un minuto después de la hora a la que había quedado con Zard: al Dharjûn le gustaba citarse a horas raras, que no fuesen en punto, porque así las cosas eran más desordenadas.
Zard observó con leve atención a su visitante. Se le notaba asustado y nervioso, y eso le gustaba: el miedo y la incertidumbre estaban cerca del caos. Pero Zard también lo necesitaba competente y atento, para que sus propósitos salieran bien.
- Te ofrecería una silla, para que te sentaras y te relajaras, pero no tengo más – dijo Zard al humano, y aunque su voz sonó sarcástica, como casi siempre, esta vez no hablaba en broma. – Así que, por favor, relájate y dame tu informe....
- Muy bien – asintió el hombre, aunque no parecía más tranquilo. Tragó saliva y estuvo un momento pensativo, con aspecto de estar decidiendo cómo contarle la información al Dharjûn. Éste sabía que el nerviosismo del muchacho no se debía a que le tenía miedo (o, al menos, no sólo a eso), sino que quería hacer bien su trabajo y no defraudarle. – He encontrado informaciones sobre esa agencia que usted quería investigar, aunque no suena a nada paranormal.
- ¿Ah, no? – se extrañó Zard. Arrugó el ceño, haciendo su horrenda cara más horrorosa. A Jonathan le costó seguir mirándole. – Eso me sorprende. Aunque quizá sea una tapadera....
- Eso pensé yo, señor.... – apuntó Jonathan, al instante. – Tengo un montón de información, informes oficiales, números del B.O.E., páginas web, hasta un perfil de Twitter. Todo haciendo referencia a la Jefatura Central de Homicidios, pero todo muy terrenal. Nada que ver con otras dimensiones ni criaturas y monstruos que vengan de ellas.... Con perdón.
Zard le excusó con un gesto de la garra de dedos retorcidos y uñas duras y amarillentas. Jonathan lo miró pensar, mientras tragaba otra vez saliva. Sabía que no tenía que temer nada de aquel monstruo, que no le iba a matar allí mismo ni hacer daño. Aquellas no eran las maneras de un Dharjûn. Lo que Zard podría hacer era poner en marcha un intrincado plan en el que el caos y la mala suerte se cebasen en él, pero no le haría daño de forma directa, en aquel momento y en aquel sótano. Lo que le preocupaba era fallarle, no cumplir correctamente el encargo que le había confiado. Zard no dejaría salir su decepción en forma de rabia delante de él, pero sus represalias podían ser mucho peores, más calculadas y más frías. Más impersonales.
- No sabemos el nombre de la verdadera agencia ni conocemos a ninguno de sus agentes, ¿no es así? – elucubró Zard y Jonathan asintió. – Bien.... Sin ningún dato concreto es difícil encontrar información que sin duda será clasificada o secreta. Necesitamos un nombre, sólo eso....
- No sé si tiene que ver con la agencia paranormal que me pidió que encontrara – intervino Jonathan, aprovechando el momento – pero he descubierto un detective paranormal.
- ¿Un detective paranormal? – se extrañó Zard.
- Se anuncia así. Es el único de España – Jonathan se encogió de hombros, encendiendo la tablet que llevaba en la mochila. Buscó unos archivos en ella y se los mostró al Dharjûn una vez estuvieron en pantalla. – Al parecer lleva ya tiempo en activo, pero se ha hecho más “famoso” desde hace un par de años. No sé si habrá oído un caso de niños secuestrados en la provincia de Málaga, hará dos veranos....
- No sé....
- Resulta que eran un grupo de vampiros, de la dimensión Bramstok. Éste detective se hizo cargo del asunto cuando una de las familias afectadas le contrató y acabó descubriendo todo el embrollo. Apareció en los periódicos a nivel local y parece que así su fama subió como la espuma de una caña de cerveza....
- ¿Y qué tiene que ver este detective con la agencia que me interesa? – preguntó Zard, con su tono irónico. Pero Jonathan le conocía bien: había un tono de impaciencia en su pregunta.
Cuidado.
- Quizá nada, señor.... O quizá haya una conexión – explicó, tratando de sonar seguro de sí mismo. – No lo sé con seguridad, pero ese chico se anuncia como detective paranormal en varios periódicos por todo el país. No se esconde. Se enorgullece de su trabajo y no trata a los seres paranormales como si fuesen un secreto. Es un hilo del que tirar, y con suerte....
- Con suerte, si de verdad existe esa agencia paranormal de la que me hablaron en Santander hace unos meses, le tendrán localizado y querrán controlarle – dijo Zard, complacido. – A lo mejor, usando a ese chico de cebo, llegamos hasta la agencia escondida....
- Eso es, señor – Jonathan respiró tranquilo.
- Muy bien, muy bien.... – Zard se rascó el mentón con una uña amarilla y dura como una piedra. – Has hecho un buen trabajo, a pesar de las dificultades que te has encontrado. Creo que te has ganado esa recompensa....
Jonathan sonrió, satisfecho y aliviado. Zard se impulsó con las piernas, haciendo fuerza con las botas en el suelo de hormigón, para deslizarse con la silla con ruedas hasta la mesa en la que antes había estado trabajando. Allí cogió una caja metálica que contenía tres jeringuillas con un líquido pajizo en su interior. Se levantó de la silla con la caja en la garra y se acercó al muchacho. Jonathan se encogió un poco al verle acercarse: a pesar de caminar encogido, el Dharjûn tenía una presencia imponente, con la espalda curvada llena de los bultos de los músculos, los brazos largos redondeados y la anchura de sus hombros.
- Aquí tienes, muchacho – le tendió la caja a Jonathan. – Son tres dosis en tres días seguidos. Después habrás obtenido lo que querías, te guste o no.
- Gracias – dijo Jonathan, contento. Casi no podía esperar a ponerse la primera inyección.
- Una última cosa.... – dijo Zard, a un palmo de distancia. Jonathan tembló un poco al fijar sus ojos en los ojos amarillos del Dharjûn, hendidos como los de los gatos. – ¿Cómo se llama ese detective paranormal?
- Lucas Barrios....