lunes, 18 de diciembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XI (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- XI -
CONVERSACIONES A LA LUZ DE UNA VELA

Quentin Rich fue el mayor aliado de Drill durante aquella época, al margen de Ryngo. Lo sé porque apenas sé nada de las batallas que mi antiguo yumón libró durante aquella guerra ni sé nada de las acciones que tuvo que realizar, pero conozco conversaciones, buenos ratos, confidencias que sí me contó.
Una de ellas, la que más recuerdo, es ésta que voy a contaros.
No sé cuándo sucedió, exactamente, pero tuvo que ser después de la batalla del muro de Lithus, porque según mi yumón ya habían entrado las Calendas. Se habían ido las lluvias y había venido el Verano.
La compañía de Drill llevaba unos días en las laderas de las montañas Hartodhax, cerca de Ire. Había indicios de que pequeños escuadrones de soldados de Escaste estaban cruzando por los pasos de montaña para agruparse al otro lado y formar una fuerza de ataque importante, para tomar las ciudades y aldeas que había en esta vertiente, entre los ríos Verde y Naranja. El ejército bareniense había dispuesto una compañía de monteros baquianos organizada en grupos por las montañas, vigilando y buscando a posibles invasores. La compañía Puño servía de enlace entre los monteros y el llano, haciendo también labores de contención y de defensa.
Aquella noche Drill montaba guardia en un pequeño avistadero con Bill “Broncas”. El avistadero era una plataforma de madera, levantada sobre postes, con tejado y paredes bajas de troncos, para resguardarse. Estaba en un risco, desde el que se divisaba todo el valle. Sólo se podía subir por medio de una escalera de mano, que podía recogerse desde arriba y hacer inaccesible el puesto.
Cada uno de los dos soldados estaba sentado en un rincón del cuadrado de la plataforma del avistadero, apoyados en la pared baja, que hacía de baranda. Ryngo estaba con ellos dos. Bill “Broncas” conocía al zorrillo e incluso podía considerarse amigo suyo: Ryngo comía de su mano cuando le apetecía y en un par de ocasiones se había dejado acariciar. De todas formas, aquella noche el matasiete no había hecho mucho caso del raposo: Bill estaba enfermo, tapado con una manta a pesar de la noche templada de Verano. Leía una novela en cuartillas desencuadernadas, a la luz de una vela, protegida por la baranda de troncos. Drill oteaba el valle, forzando la vista de su único ojo, apoyado en la barandilla de la baja pared del avistadero.
- Viene alguien – musitó, despreocupado. La figura ascendía la ladera hasta el risco con tranquilidad, iba sola y no parecía llevar armas. Además, venía desde la dirección en la que estaba acampada la compañía, así que probablemente se trataba de un camarada.
Bill se arropó más con la manta y se acercó al lado donde estaba Drill, poniéndose de rodillas sobre las planchas del suelo y mirando por encima de la baranda de troncos que delimitaba la plataforma.
- ¿Puede ser Quentin? – propuso, después de observar la forma de andar de la figura que se acercaba.
- Podría ser, sea – asintió Drill.
El soldado tardó todavía un rato en llegar hasta el avistadero y cuando lo tuvieron debajo y el hombre miró hacia arriba, sonriente, pudieron comprobar que era su amigo. Drill descolgó la escalera de mano y el gigantesco soldado subió hasta la plataforma.
- Buenas noches os dé Sherpú – saludó, con voz alegre. Venía abrigado con un chaquetón largo de arpillera, a pesar de la buena noche que hacía.
- ¿Qué haces aquí? – se extrañó Drill. – Hoy no te toca guardia, no sé por qué no aprovechas para descansar en el campamento.
- Creo que el que más necesita descansar en un colchón de paja, al lado de una hoguera, es Bill – contestó Quentin Rich, señalando al valentón arropado en la manta.
- ¿Lo dices en serio? – sonrió el otro, sorprendido pero agradecido.
- Claro que sí. Ve a la tienda del enfermero: ya he hablado con él y te habrá preparado un lecho confortable al lado del fuego.
- Gratitud y prosperidad, amigo – sonrió Bill “Broncas”, posando una mano en el hombro del ladrón. – Te debo una.
- No me debes nada – desechó con un gesto de la mano el gigantón. Todos llevaban tiempo luchando juntos y se habían hecho favores, demasiados para llevar la cuenta.
Bill “Broncas” bajó por la escalera sin perder la manta y una vez en el suelo se arropó mejor con ella, sujetándola a la altura del cuello con una mano, mientras con la otra agarraba el puñado de hojas sueltas. Se despidió de sus amigos desde abajo con un cabeceo y después echó a andar por la roca de la montaña, de camino al campamento. Todavía tenía una media hora de camino, pero lo que le esperaba allí (un colchón cómodo, una hoguera cálida, los cuidados del enfermero) era suficiente motivo para olvidar las incomodidades del camino.
- Bueno, ¿cómo estás? – comentó Quentin, sentándose en la esquina contraria que ocupaba Drill, haciendo que todo el avistadero se sacudiera por su corpulencia y su peso. Ryngo se acercó tranquilamente a él, olisqueando las planchas de madera del suelo y se dejó acariciar el lomo. Después le dio dos lametones en la mano al gigantesco ladrón y se volvió con Drill, acomodándose entre sus piernas cruzadas.
- Como siempre – se encogió de hombros Drill, con una mueca. Quentin Rich asintió despreocupadamente.
- La guerra terminará pronto, ya lo verás – dijo, sin creérselo él mismo. Los dos estuvieron en silencio un instante.
- No sé si hemos tenido mala suerte o buena suerte – dijo Drill, al cabo de un rato, mirando hacia el valle, con el brazo apoyado en la baranda de maderos.
- ¿Qué quieres decir?
- Mala suerte por estar en el sitio equivocado cuando aparecieron los soldados que hacían el reclutamiento – explicó mi antiguo yumón. – Buena suerte porque llevamos en esta mierda de guerra varios meses y no hemos muerto.
- Difícil de decidir – aceptó Quentin. – Aunque creo que si hemos sobrevivido hasta ahora es por algo más que la simple suerte....
- Claro, pero no dudes que estar vivo en una guerra es, sobre todo, por la buena suerte....
- Wen a eso.
Los dos amigos siguieron en silencio un momento más, Drill acariciando distraído a Ryngo y Quentin mordiéndose las uñas, con detenimiento y dedicación.
- Vrinden, yo tendría que estar cumpliendo mi misión – musitó Drill, de repente. Quentin sonrió.
- ¿Tienes la caja por ahí?
- Está en el barracón.
Quentin rio, ligeramente. Al parecer Drill le había enseñado la caja y lo que había dentro hacía ya tiempo.
- Siempre me produce mucha ternura ver lo que hay dentro de la caja – resultó curioso escuchar esas palabras a un ladrón tan despiadado como Quentin Rich y tan sanguinario en las batallas. – Es.... muy bonito pensar que eso pertenece a un hombre adulto. Muy entrañable.
- Todo lo que tú quieras, pero por culpa de esa caja tan entrañable estoy metido en medio de esta historia – dijo Drill, desdeñoso.
- No te olvides que estás metido en esta guerra por la mala suerte, como tú has dicho antes – bromeó Quentin.
- La mala suerte que me ha traído esa caja – farfulló Drill, volviéndose hacia su amigo, sin dejar de acariciar el tupido pelaje rojizo de Ryngo. El zorrillo se estaba quedando dormido.
Quentin rio a carcajadas disimuladas. En el avistadero había que tratar de no hacer demasiado ruido, de pasar desapercibidos.
- Esa caja te va a traer tu caldero de oro – le dijo Quentin Rich y aquella vez su voz no era de broma. – Confía en ello, te lo ruego. La guerra terminará pronto, no estoy seguro de ello pero tengo esperanzas en que así sea. Y entonces nos iremos los dos a Escaste, hasta el bosque ése al que quieres ir.
- ¿Me acompañarás? – se sorprendió Drill.
- Me he cansado un poco de mi patria, con todo esto de la guerra – dijo Quentin, con tono ligero pero muy en serio. – Me apetece salir del reino, y si es con un amigo mucho mejor.
Los dos se miraron y Drill se contagió de la sonrisa de Quentin. Aunque estoy segura de que fue su sonrisa infantil la que ocupó su cara.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo X (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- X -
LA BATALLA DEL MURO DE LITHUS

Ryngo permaneció junto a Drill durante toda la guerra.
Se escabullía fuera del cuartel o de los campamentos itinerantes que los soldados montaban mientras estaban de campaña. Siempre se alimentaba y dormía en el campo o en el bosque, aunque siempre encontraba un rato para volver con mi antiguo yumón y estar con él. En algunas ocasiones, cuando debían dormir al raso a causa de su misión, el zorrillo dormía con Drill, acurrucado bajo su manta. Se acercaba en la oscuridad, asegurándose de que nadie podía verle y se reunía con el mercenario.
Drill me confesó que algunos de sus compañeros sabían de la existencia de Ryngo: no se les habían pasado por alto sus incursiones nocturnas. Pero nadie dijo nada: el comandante no necesitaba saber algo que en realidad carecía de importancia. Aunque Drill tuvo que aguantar las bromas sobre su “peluda amante nocturna” y las chanzas de los compañeros que sabían lo que pasaba.
El zorrillo fue una ayuda para Drill mientras estuvo en la guerra, estoy segura de ello. Era una manera de evadirse de la estupidez y la muerte que había alrededor en todo momento.
Ryngo no estuvo con Drill en la batalla en el muro de Lithus. Fue una de las campañas más duras de aquella guerra, durante el mes de mayo.
El muro de Lithus es una construcción en piedra que delimita la frontera entre los reinos de Barenibomur y Escaste, al oeste de las montañas Hartodhax. Es una antigua construcción, de los tiempos en que se dice que los Elfos de Melnûn llegaron hasta las costas de Escaste.
El muro es de roca gris y negra, de grandes ladrillos. Tiene una altura de cuatro metros y una anchura de dos. Hay tres puertas en toda su longitud, anchas, por las que pueden pasar carros grandes. Las puertas las controlan los Caballeros de Alastair, al ser un paso fronterizo, pero durante la guerra estaban desatendidas. Por lo que sé, durante los meses que duró la guerra el control del muro estuvo constantemente cambiando de manos, entre un ejército y otro.
Cuando Drill y su compañía tuvieron que acudir al muro de Lithus, los escasteños habían logrado derrumbar parte del muro, en dos puntos diferentes, que utilizaban para cruzar al reino de Barenibomur. En aquellos momentos el muro estaba controlado por el ejército bareniense y no podían consentir que el enemigo se les colara en el reino.
Una vez encontradas las dos brechas, tres compañías de infantería se encargaron de cerrar la más occidental, mientras mantenían a los escasteños al otro lado. Dos compañías de infantería junto con una de arqueros se ocuparon de la brecha más oriental, que estaba a unas cinco leguas del inicio de las montañas.
La compañía Puño estaba entre ellas.
Drill no me dio muchos detalles de la batalla, aunque por lo menos me contó la historia. Llegaron a la brecha al caer la tarde, después de todo el día de marcha. Había una escuadra de zapadores ya allí, empezando las reparaciones. Una compañía comenzó a montar el campamento, mientras los arqueros se colocaban en lo alto del muro y la compañía Puño pasaba al otro lado, en terreno escasteño. Formaron en posición defensiva, preparados ante cualquier ataque enemigo. Drill me dijo que vieron a soldados enemigos, a larga distancia, observándoles y controlando lo que ocurría a los pies del muro, pero no se acercaron. Sólo eran batidores.
La noche debió hacerse muy larga. Hubo arqueros de guardia en lo alto del muro y las dos compañías de infantería se dieron el relevo a cada lado del muro, vigilando cuando estaban en terreno enemigo y durmiendo en el recién levantado campamento cuando estaban en el reino de Barenibomur.
La noche fue tranquila. Pero la mañana fue muy distinta.
Tras el amanecer, el desayuno y la reunión de los comandantes para organizar la jornada, los gritos de alarma de los soldados que estaban en Escaste en aquel momento movilizaron a toda la tropa.
Los escasteños atacaban.
Las dos compañías de infantería pasaron la brecha, formando al otro lado. Los arqueros se dispusieron por baterías en lo alto del muro, extendiéndose a los lados de la brecha. Las cuadrillas de zapadores abandonaron los trabajos de reconstrucción, quedándose en territorio amigo.
No sé muy bien cómo se desarrolló la batalla, Drill no quiso contarme esos detalles. Su interés en aquella jornada era otro, que fue lo que me contó. Yo pude averiguar algo después, en la biblioteca de Vuidake (tuve que ir a documentarme para otra misión) y lo que pude preguntar a otros veteranos que conocí durante mis viajes.
Los escasteños acudieron allí con la caballería y con dos compañías de infantería. Además, había una pequeña escuadra de artillería, armada con lo que se conocía como fuego Kulthu (Kulthus es como se llama en Escaste a los antiguos Elfos). Querían mantener la brecha abierta y lucharían por ella: gracias a aquel paso podían colar (siempre que los barenienses no se interpusieran) a pequeñas compañías ligeras en territorio enemigo, para realizar escaramuzas y otras acciones de desgaste.
La batalla duró todo el día, intercambiándose diferentes ataques, con la caballería escasteña barriendo a los soldados de Barenibomur y con los arqueros de este reino diezmando a los jinetes de Escaste desde lejos.
Creo que la victoria al final de la jornada fue para Barenibomur, que consiguió espantar al ejército enemigo y mantener el control del muro, a costa de varias docenas de muertos, pero no estoy segura.
Poco importa. Aquella batalla fue una más dentro de la guerra, sin mucha importancia, porque si no me equivoco el muro de Lithus pasó a estar controlado por los escasteños al cabo de un par de semanas después de aquello.
Lo que de verdad atormentaba a Drill (y por eso me contó aquella batalla, por encima, sin muchas ganas y gracias a que se había pasado un poco con las cervezas) eran las órdenes que los arqueros tenían aquel día.
Metido en medio de la vorágine de la lucha, Drill pudo ver cómo algunos compañeros de su compañía y de la otra que luchaba con ellos se dieron la vuelta, volviendo a la seguridad del muro. Las dos compañías estaban compuestas por soldados veteranos de otras luchas, pero todos habían sido reclutados a la fuerza, así que era en parte comprensible que ante la evidente superioridad inicial del ejército de Escaste algunos soldados recularan y huyeran, buscando refugio tras el muro de Lithus. Ninguno estaba allí porque quisiera luchar de verdad por el reino de Barenibomur.
Entonces los arqueros de lo alto del muro empezaron a disparar contra los soldados de su propio ejército, a aquellos que no seguían luchando y que volvían atrás, heridos y asustados. Los arqueros cumplían las órdenes que el alto mando había transmitido a sus superiores, pero eso no hace que les tenga simpatía. Aquello fue una ejecución en toda regla, por parte de compañeros del mismo ejército.
Drill me contó el pánico que siguió, los compañeros que seguían corriendo hacia la retaguardia, siendo asaeteados por sus compatriotas, deteniendo sus carreras en el acto, atravesados por varias flechas. Los soldados que vieron eso gritaron enfurecidos, pero ante la posibilidad de sufrir ellos mismos una descarga de flechas, se volvieron hacia adelante y cargaron contra los escasteños, que no dejaban de lanzar su caballería, su infantería y sus descargas de fuego Kulthu, que volaban con chispas de colores por el aire y estallaban al caer al suelo, entre los soldados barenienses.
He sido mercenaria toda mi vida, por mis misiones he tenido que pelear en muchas ocasiones, no pocas veces en tumultos donde había mucha gente, pero nunca he visto nada como aquello. Ni quiero verlo ni vivirlo, desde luego.
Drill me contaría mucho después que corrió por su vida, pero en lugar de hacia atrás, a la seguridad del muro de Lithus, hacia adelante, hacia el enemigo y sus espadas y lanzas. Por suerte para él era un gran espadachín: además, tenía su espada decorada (los mandos del ejército le habían permitido tenerla: no había armamento para todos los soldados y se agradecía que algunos llevaran sus propias armas y equipamientos). Recordad que os dije que aquella espada tenía un par de agujeros en la guarda de la empuñadura, que no eran decorativos. Drill sabía manejar aquella espada con soltura (era un espadachín terrible), metiendo el dedo en uno de aquellos agujeros y haciendo girar la espada como un molinillo, desconcertando a los enemigos y tajándoles por sorpresa.
Pero lo peor aún estaba por venir. Lo que traumatizó a mi antiguo yumón todavía no os lo he contado.
Con la huida final del ejército de Escaste (o durante una retirada preventiva de las varias que hubo durante la batalla, no lo sé) Drill se vio corriendo por la pradera, en la que había pocos soldados dispersos. Se topó con dos enemigos, matando a uno casi al instante y trabándose con el otro después. El soldado escasteño le cortó en un muslo, una herida no muy grave pero que le hizo perder pie. El otro alzó la espada, con las dos manos, apuntando hacia abajo, aullando como un poseso. Desde el suelo, con la rodilla apoyada en la hierba, mi antiguo yumón se movió con rapidez y le clavó su espada decorada en oro en la barriga, por entre las placas de la armadura ligera. El soldado enemigo cayó sobre Drill y los dos acabaron tendidos en el suelo.
Drill me contó que escuchó correr a más compañeros, pasando por allí cerca, sin reparar en él. El ejército escasteño se alejaba y la zona se quedaba en silencio.
Se le ocurrió huir en ese preciso instante. Era la oportunidad más clara que había tenido desde hacía dos meses, cuando había sido reclutado en la víspera de su cumpleaños. Estaba tendido en el campo de batalla, oculto con el cuerpo de un enemigo que se desangraba encima de él. Estaba en territorio del reino de Escaste, justo donde su misión le quería llevar. El grueso de su ejército estaba muy atrás y sólo tenía que esconderse de los compañeros que acababan de pasar corriendo, tras los últimos soldados enemigos rezagados. Cuando se asegurase de que estaba solo se levantaría, arrastrándose desde debajo de los cadáveres de los enemigos muertos y correría a ocultarse a los pies de las cercanas montañas.
Escuchó los pasos de los soldados barenienses que volvían y cuando los oyó pasar y la distancia los hizo inaudibles, empezó a arrastrarse, para salir de debajo del cadáver, tirando de su espada para recuperarla.
Entonces volvió a oír pasos, así que se quedó tendido, boca abajo, volviéndose a hacer el muerto para pasar desapercibido.
Mirando desde el suelo, por entre los cuerpos de compañeros y enemigos muertos, vio pasar a tres soldados jóvenes de su mismo ejército. Los conocía de vista, pertenecían a la otra compañía que había luchado junto a la Puño aquella jornada. Eran tres chicos reclutados a la fuerza, como casi todos, que ya tenían experiencia en la lucha, por haber formado parte de una expedición para acabar con una banda de forajidos que había aterrorizado a Barenibomur el año anterior.
Los tres chicos corrían medio agachados, pasando por el campo de batalla, mirando constantemente hacia atrás, tratando de pasar inadvertidos, comprobando que nadie los veía irse. Estaban desertando.
Drill esperó, viéndolos correr por el campo. Unirse a ellos no parecía tan buena idea: un grupo grande era más fácil de encontrar. Prefería huir solo, aunque de esa manera no tendría la ayuda de nadie.
Sonó un grito dándoles el alto, un grito autoritario y serio. Los chicos echaron a correr, ya sin precauciones, para alejarse de allí cuanto antes, esperando que los que les habían descubierto no les alcanzasen.
Sonó la cuerda de un arco y uno de los chicos, el que iba en el medio, cayó al suelo con un grito leve de dolor. La flecha sobresalía entre las paletillas. Se derrumbó en el suelo y los dos compañeros se detuvieron, alzando las manos. Drill vio cómo dos soldados pasaron por delante de él, llegaron hasta los chicos y se los llevaron detenidos. El cadáver del tercero se quedó allí abandonado.
Drill aún dudó, durante un segundo. Durante ese instante aún pensó en tratar de escapar, pero después recapacitó, pensando en lo que acababa de ver. Cuando los soldados pasaron a su lado lanzó un grito débil de ayuda, fingiendo un poco. Los soldados le apuntaron con las espadas, al principio asustados, alerta, pero al comprobar que era un compañero herido le ayudaron a levantarle y le llevaron de nuevo con el grueso de la tropa.
Los otros dos soldados desertores iban con ellos, cabizbajos.


Drill no los volvió a ver a ninguno de los dos, salvo dos días después, cuando ya habían dejado atrás el muro de Lithus y la brecha había sido reparada. Una noche, en el campamento provisional, los dos desertores fueron castigados con veinticinco latigazos cada uno, delante de toda la tropa, para que sirvieran como ejemplo.
Cuando cinco días después llegaron a los cuarteles, cerca de Birma, la capital del reino, uno de los chicos fue trasladado a otra compañía. El otro había muerto durante el viaje, a causa de las heridas de la espalda.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo IX (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- IX -
LA GUERRA

Mi antiguo yumón apenas me contó cosas de esta parte de su viaje, de la guerra entre Barenibomur y Escaste. No hace falta ser muy lista para imaginarse por qué omitió este periodo en su relato y yo no pedí más detalles. Con lo poco que me contó me sirve para hacerme una idea de aquellos meses.
Ésta es una de esas partes de su historia en las que, en caso de que haya incongruencias o errores, no puedo achacárselos a Drill conscientemente. Creo más bien, como ya os dije más adelante en esta narración, que se deben a espacios en blanco de su memoria, a pasajes olvidados inconscientemente, tales fueron las miserias, el horror y el sufrimiento que tuvo que ver y vivir.


El día de sus cumpleaños Drill llegó a Ire, eso es seguro. Como seguro es, también, la especie de interrogatorio e investigación a la que se vio sometido.
No había entrado en el reino de Barenibomur de forma “legal”, no había pasado por ningún puesto en la frontera ni se había encontrado a ninguna patrulla fronteriza de Caballeros de Alastair a los que poder haberse identificado, así que no había registros de su entrada ni de su identidad.
Esta situación ocurre a veces: yo misma, en una ocasión, pasando de Gaerluin a Rocconalia por las Colinas Grises, llegué al reino del norte sin pasar por ningún control, ya que el paso entre las colinas es muy difícil e inaccesible, así que llegué sin declarar el cruce de la frontera. Pero aquello se arregló con una visita a un alguacil de un puesto de guardia en una pequeña ciudad y con el pago de una pequeña multa.
Pero Drill estaba en un país en guerra, con el ambiente revuelto y con todo lo que aquello implicaba. Incluso se le llegó a intentar acusar de espionaje, pero como no había pruebas que le incriminaran (revisaron su artilla y sus armas, encontrando la caja de Karl Monto: cuando le preguntaron qué era aquello y qué significaba el contenido, Drill contestó que era una reliquia familiar) tuvieron que admitir que no parecía un espía al servicio de Escaste.
Sin embargo le reclutaron para el ejército bareniense. Necesitaban muchos soldados y la situación irregular de Drill en el reino les sirvió como excusa para hacer un poco de abuso de poder.
Como ya digo, no sé mucho de aquella temporada, ya que Drill apenas habla de ella. Se pone muy serio y muy triste cuando la nombra. Pero sí sé algunas cosas, como que al principio mi antiguo yumón estuvo en los cuarteles provisionales de Ire, donde estuvo vigilado y controlado. Pasaron algunas semanas, en las que se entrenó con la nueva tropa, hasta que le asignaron un puesto en una compañía de veteranos, una compañía de reserva, compuesta por antiguos soldados, hombres de armas, gente que se había encargado de la seguridad de nobles, guardaespaldas, matones, matarifes, espadachines a sueldo y algún que otro delincuente. Todos eran mayores, de cuarenta años para arriba, todos sabían pelear y luchar y ninguno se hacía ya ilusiones sobre la vida. Eran un grupo peligroso, pendenciero, al borde de la insubordinación, pero letal en el combate. A pesar de las distintas procedencias de cada uno de ellos, como todos sabían lo que era luchar y matar, las relaciones entre ellos eran cordiales. Incluso cercanas.
Poco sé de los destinos y acciones de guerra en las que participó mi antiguo yumón (apenas me contó un par) pero de los compañeros de la compañía Puño (un nombre muy sugerente y adecuado a la personalidad de sus miembros) sí sé algo más.
Como que, por ejemplo, coincidió con un antiguo mercenario, conocido también por mí. Hacía años que se había retirado de la Hermandad y se había trasladado a Barenibomur, como encargado de la seguridad de una rica familia que tenía plantaciones por todo el reino. Carius Lynn, se llamaba, aunque todo el mundo le llamaba “Perro”, por la curiosa forma de sus mandíbulas, como las de un bóxer.
También he oído hablar de un matasiete llamado Bill “Broncas”, muy conocido en el ambiente tabernario y prostibulario de Exonn y sus pueblos cercanos. Alquilaba su espada a quien pudiera pagarla y después se gastaba sus dineros en compañía femenina, en compartir el vino en las tabernas y en perderlo a los dados. Según Drill era un tipo callado y sombrío, que sin embargo tenía una agradable voz y una conversación pausada, cuando se daban las condiciones adecuadas para ello. Sin embargo, según cuenta mi yumón, cuando había que entrar en combate, Bill “Broncas” era sanguinario y peligroso. Toda su amabilidad y tranquilidad desaparecían.
Aunque de quien más puedo hablaros es de Quentin Rich, un tipo enorme, de redonda panza, brazos musculosos, apariencia amenazadora y sonrisa como de trueno. No he llegado a conocerle, evidentemente, pero puedo hablaros de él como si lo hubiera hecho. Drill habla a menudo de él, es de lo único de la guerra de lo que habla con una sonrisa en la cara, aunque le dura poco. Quentin fue su amigo en la guerra, con quien pasó más tiempo, y se nota.
Debía de sacarle medio metro de altura a mi yumón, lo cual me hace imaginar la curiosa y cómica pareja que debían conformar cuando estaban juntos por los cuarteles. Era enorme, no sólo de altura, y era un gran luchador.
Quentin había sido ladrón, después de que unos forajidos le hubiesen quitado todo lo que tenía. Era comerciante callejero, con un carro lleno de cestas y otros objetos de mimbre. Cuando se quedó sin nada pasó unos días en la calle, pasando hambre y frío, hasta que de forma fortuita cometió el primer robo, al defenderse de otro mendigo. Se dio cuenta entonces de que su físico portentoso le ayudaría mucho en aquella nueva forma de vida y se convirtió poco a poco en un ladrón muy habilidoso, a la par que amenazador y brutal.
Tenía un humor muy fino y hacía un montón de chistes, terminados siempre en risas atronadoras. Drill me contó que fue su gran apoyo durante aquellos meses de guerra.
Mi antiguo yumón  no dejó de estar vigilado y controlado. En realidad, todos en la compañía Puño lo estaban: ésa era una de las razones por las que tener juntos a un montón de veteranos de guerra, a un montón de delincuentes de medio pelo y a un montón de alborotadores y hombres de dudosa inocencia. Otra razón era la de encomendarles misiones complicadas o peligrosas, ya que las bajas que sufría la compañía eran recibidas por el alto mando tanto con pena como con alivio.
Para mandar tal grupo de bravucones el alto mando designó a un comandante duro y disciplinado. Según Drill, parecía un delincuente tanto como los hombres a los que mandaba. Se llamaba Sandans y era un hombre autoritario, sereno y muy duro: tenía que serlo, para aguantar a semejante tropa. Tenía a tres tenientes que le ayudaban en aquella tarea, según Drill unos tipejos desagradables, maleducados y caprichosos. Sólo se salvaba uno, el teniente Thadëus, un oficial serio, con poca paciencia, pero justo a la hora de tratar a la tropa, con el que Drill tuvo bastante trato y al que pudo conocer mejor.
Claro, porque todavía no os he contado que mi antiguo yumón fue nombrado sargento. Al principio los oficiales tenían la orden de vigilarle, ante la posibilidad de que fuese un espía infiltrado, pero cuando fue evidente que Drill sólo era un pobre hombre atrapado en aquella guerra y demostró su valía en el campo de batalla, el alto mando cambió su forma de verle. En cuanto hubo una vacante le nombraron sargento.


La primera vez que le pregunté a Drill por qué no había desertado y huido de la guerra, olvidándose de todo aquello y siguiendo con su misión, me miró largo rato, sin decir nada, antes de contestarme. Al ver su mirada, triste y desamparada, no quise escuchar la respuesta.
Aquella guerra, la que enfrentó a los reinos de Barenibomur y Escaste, fue una guerra entre sus gobernantes, entre sus gobiernos. Fue una guerra provocada en los despachos de los embajadores y en las salas del trono de los reinos. Las causas de la guerra fueron diplomáticas y comerciales y la gente del pueblo llano no entendió ni supo los motivos por los que se peleaba.
Por esa razón era muy difícil convencer a la gente para que peleara, para que se uniera al ejército regular, insuficiente para una guerra que se avecinaba larga. Por eso el reino de Barenibomur se había visto obligado a realizar un reclutamiento forzoso, haciendo que fuesen a la guerra multitud de chicos y hombres que no querían ni sabían luchar.
Las deserciones eran, por tanto, esperables y el alto mando decidió emplear una táctica represora para prevenirlas. Se crearon compañías enteras de soldados y oficiales leales al ejército encargadas solamente de vigilar a los soldados regulares, provenientes de las levas forzosas. Drill me contó después de aquella mirada cargada de pesar que escapar era algo muy difícil y que hacerlo durante una batalla era suicida: el enemigo estaba tanto delante como detrás de ti.
Por suerte puedo daros más detalles de a lo que se refería Drill, porque en un momento de debilidad (y de borrachera ligera) conseguí que me contara algunas historias de la guerra.